El periodismo español: fiel reflejo de un sistema perverso

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Sé cómo conseguir todo tipo de noticias y, si no hay ninguna, salgo a la calle y muerdo a un perro“, aseveraba Chuck Tatum (Kirk Douglas) en la película El Gran Carnaval, al ofrecerse como reportero para un pequeño diario local.

Esta mala imagen y desconfianza que los periodistas suscitan en muchos países, como elementos poco fiables, oportunistas y aprovechados, refleja muy bien, salvo honrosas excepciones, a la prensa española, cuyo descrédito solo es equiparable al de su clase política. De hecho, la decrepitud de ambas profesiones discurre en paralelo, como si el periodismo y la política, lejos de mantener las distancias, hubieran llegado a un acuerdo: manipular a cualquier precio a la opinión pública.

El último ejemplo de compadreo, de colusión, de comportamiento sospechosamente cooperativo entre la prensa y la clase política lo encontramos en el empeño que han puesto ambas partes para convertir la rocambolesca alternancia en el gobierno español en una muestra incontestable de buen funcionamiento del sistema político, evitando así que el público exija ser llamado a las urnas.

Es cierto que, desde siempre, y no sólo en España, ha existido el periodismo de partido, algo aceptable, siempre y cuando utilice el mismo rasero para todos, la misma vara de medir: no consientan a los suyos actitudes y conductas que no tolerarían al adversario. El problema surge cuando se fragua una velada alianza entre informadores y políticos para mantener al ciudadano acorralado dentro de los márgenes de su estrecho terreno de juego.

Periodismo, libertad y mentira

Decía Albert Camus que la prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, sólo puede ser de mala calidad. Porque cuando no existe libertad solo surge la mentira y la manipulación, nunca la información veraz, tal como muestran las dictaduras.

Pero, siendo necesaria, la libertad no es suficiente para generar una prensa de calidad ni un público exigente. Porque la libertad implica, para el informador y para el público, la posibilidad de elegir entre la incómoda verdad o la reconfortante mentira, algo que en demasiadas ocasiones desemboca en una dependencia mutua de la mentira. Así, el periodista proporciona sólo aquella información que su público esté dispuesto a consumir, casi siempre aquello que le hace sentir bien, convirtiéndose en alguien no fiel a la verdad sino a la demanda ideológica.

Calidad democrática y calidad informativa

Las sociedades abiertas, explicaba Jean-François Revel, son a la vez causa y efecto de la libertad de informar y de informarse. Lamentablemente, quienes recogen la información parecen tener como principal objetivo falsearla; y los receptores evitarla. Así, aunque se apele al deber de informar y al derecho a la información, la voluntad de los periodistas para ejercer este deber es tan escasa como el interés del público en ejercer este derecho. Informadores y público fingen respetarse cuando no hacen otra cosa que temerse y despreciarse.

Sólo en las sociedades abiertas puede observarse y medirse el auténtico celo de los hombres en decir la verdad y aceptarla, porque  el único obstáculo que deben vencer son ellos mismos. Y eludir la verdad redunda a la larga en su perjuicio: “la democracia no puede sobrevivir sin una dosis mínima de verdad”.

El periodismo en España, peor todavía

Decía G. K. Chesterton que el periodismo consiste en informar de que ‘lord Jones ha muerto‘ a personas que ni siquiera sabían que lord Jones existía y estaba vivo, algo que no es precisamente un elogio a la prensa. Sin embargo, en España la prensa podría incluso informar de que alguien ha muerto, estando vivo y más fresco que una lechuga. Porque aquí la degradación del periodismo ha alcanzado cotas inauditas. El sectarismo, el servilismo, y la manipulación dominan una profesión que ha unido su destino al de la clase política, al dinero y a los intereses de las grandes empresas sin apenas disimulo.

Durante décadas fue surgiendo en España una prensa que estableció unos malsanos vínculos con el poder político, unas relaciones basadas en el intercambio de favores, la corrupción, la utilización de la información como moneda de cambio para obtener ventajas, prebendas o subvenciones. “Yo escribo bien de ti y tú me suministras secretos, confidencias“.

La relación del periodismo con las grandes empresas estuvo cortada por el mismo patrón, dada la borrosa frontera que existe en España entre lo público y lo privado. El mercado de publicidad, alejado de la competencia,fue copado por unos pocos anunciantes cuyo negocio estaba subordinado a decisiones políticas.

Como consecuencia, el poder y la prensa fueron tejiendo una malsana red de relaciones clientelares, de intercambio de favores y confidencias, una connivencia basada en reglas sobreentendidas, poco transparentes, que determinaban el tipo de información que se difundiría y el tratamiento de las noticias. Una situación fuera de toda lógica de mercado, donde algunos periodistas ganaban más por callar que por escribir.

El periodismo desarrolló una grave adicción al maná llovido del Poder mientras la información se convertía, no en un servicio abierto a los ciudadanos, sino en un recurso de uso privado intercambiable por otras prebendas. No se trata de informar convenientemente sino de utilizar la información para ganar influencia política.

La cercana complicidad con los gobernantes, rayana en el compadreo, indujo a ciertos periodistas a sentirse parte de los elegidos, de esa élite al corriente de lo que ignora el ciudadano común. A percibir que la participación en el secreto les confería poder para negociar mayores ventajas. Pero la sensación, salvo en algún caso aislado bastante conocido, era equivocada. En realidad, el político adulaba al informador, acariciaba su lomo, le daba de comer en su mano, haciéndole creer que poseía una influencia muy superior a la real.

Hacia el puro entretenimiento

Así, la calidad del periodismo cayó en picado, la prensa española experimentó una marcada evolución, una fuerte deriva hacia el puro entretenimiento, el escándalo, el espectáculo, la diversión… en detrimento de la información seria, del análisis riguroso. Una tendencia a difuminar la frontera que separa la información relevante, fundamental, de las noticias de “interés humano”. A elevar a titular destacado sucesos morbosos, fungibles, perecederos o intranscendentes, esas piezas que antaño eran relegadas a la sección de chismes y cotilleos.

Una corriente que llevó a la prensa a difundir los asuntos públicos con elevadas dosis de entretenimiento, de espectáculo, primando los detalles sensacionalistas sobre los contenidos profundos, el chismorreo sobre el debate y el pensamiento, la mera imagen sobre el análisis y el razonamiento. Se debilitaron así los valores clásicos de la prensa: la preeminencia de los hechos relevantes, la sensatez, la observancia de elementales principios, con grave perjuicio para el funcionamiento del sistema democrático pues el ciudadano necesita información relevante y fidedigna para poder votar con plena consciencia.

La obsesión de la prensa por ofrecer un producto barato, rápido, pero de baja calidad, de proporcionar al público una versión informativa de la comida rápida fue bautizada por Bob Franklin como un proceso de  McDonaldización, una tendencia hacia el McPeriodismo. Una estrategia que elevó al Olimpo profesional a meros chismosos, mucho más interesados en el detalle morboso, la frase comprometida, llamativa o ingeniosa, que en el fondo de la argumentación. Y que relegó, marginó a los verdaderos periodistas, serios, formales, siempre dispuestos a buscar las implicaciones últimas de los hechos.

La “uberización” del periodismo: un proceso inevitable

La aparición de la prensa digital desencadenó cierto vuelco en el panorama mediático. Unos costes de entrada y funcionamiento muy inferiores implicaban menos barreras, más competencia y menor dependencia del poder. El periodista, como profesional, perdía el monopolio de difundir noticias, difuminándose aquella drástica segmentación entre informador y común que llevó a declarar a Tristán Tzara en 1920, no sin cierta sorna, que su manifiesto dadaista “sería leído simultáneamente por cuatro personas y un periodista“.

Aun así, la estrechez del mercado de publicidad privada, su dominio por un puñado de empresas, la excesiva dependencia de los favores del poder político en forma de ayudas encubiertas y de filtración de información continuó siendo el principal talón de Aquiles de la prensa libre en España. Pero no el único. La inercia del pasado, y la débil cultura empresarial, condujo a enfocar demasiado frecuentemente los diarios digitales con los mismos parámetros que regían para la prensa de papel; como si fuese el viejo periódico… solo que no se imprime.

Pero el valor de un medio se obtiene hoy apartándose del camino trillado, lanzando ideas novedosas, útiles, que sirvan a la sociedad para profundizar, comprender las causas últimas de los problemas. España precisa una prensa seria, responsable, independiente, imbuida de sentido de ética y responsabilidad, que respete a sus lectores y se deba a ellos, no al poder político o a los grandes anunciantes.

Es necesaria una prensa que, sin olvidar la necesaria rentabilidad, se esfuerce por ganar credibilidad, objetividad, que huya de prejuicios, miedos e intereses mezquinos. Que rebase lo superficial, lo anecdótico, el constante chismorreo. Que proporcione análisis profundos, debates, nuevas ideas, renovadas interpretaciones que permitan ganar el futuro. Que ejerza como vigilante del poder, como contrapoder, denunciando la injusticia, la corrupción. En definitiva, necesitamos una prensa comprometida con la verdad. Y un público dispuesto a aceptarla… aunque duela.

Pero para eso, antes es necesario reformar el modelo político, y transitar de un sistema de acceso restringido a otro de libre acceso, en la política y la economía. Al fin y al cabo, el periodismo no es más que el fiel reflejo de un sistema clientelar, que fluye de arriba abajo, donde la economía está también sometida en buena medida al control de un puñado de nombres propios. Una economía más abierta, diversa y pujante, con muchas más medianas empresas solventes y dispuestas a publicitarse, proporcionaría a la prensa las oportunidades de las que ahora mismo carece. Y también una perspectiva de futuro a la sociedad española.

Para Disidentia

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