El problema es la «Modernidad»

La Iglesia visible está en desbandada, fuera de control. A estas alturas no pasa día sin que desde alguna parte no nos llegue la noticia de un nuevo abuso litúrgico, de un nuevo escándalo pastoral, de una interpretación forzada de la doctrina, de una nueva y sucia historia de abusos sexuales. Los jesuitas están fuera de control; el clero está también descontrolado y también lo están las órdenes religiosas en general. Y si hasta ahora eran únicamente las “grandes publicaciones católicas” de mayor tirada las que estaban llenas de despropósitos y excentricidades, en este momento ya no se salvan ni las piadosas revistas de los santuarios o de los devotos de tal o cual santo: incluso los frailes de este o aquel convento han perdido la cordura y se han soltado la lengua tirando por lo peor.

No todos, se entiende. Algunos muchos. Y sin embargo, fácilmente me viene la pregunta. ¿Por qué tanta permisividad? ¿Por qué los buenos callan y tragan, con su silencio, la deriva que está teniendo lugar, y que en otras ocasiones he definido como una lenta, metódica revolución protestante y modernista dentro de la Iglesia? ¿Y los laicos qué hacen? ¿Es posible que su malestar, su frustración, su dolor viendo la diaria destrucción de todo el catolicismo, no encuentre el modo de hacer sentir su voz abiertamente? ¿Es posible que ciertos sacerdotes que abusan de su condición para transformar la misa en un espectáculo de adoctrinamiento político, social y ecologista, no se encuentren ante unos feligreses que en la puerta de la sacristía se enfrenten a ellos, de manera civilizada pero decidida, pidiéndoles cuenta de sus palabras, de su alejamiento del Evangelio de Jesucristo? Para amonestarles y exhortarles a no ofender más los sentimientos de los creyentes, a no violentar más la fe de las personas sencillas, a no difundir pensamientos que nada tienen que ver con el anuncio del Evangelio sino con sus opiniones personales en cuestiones políticas y en cuestiones sociales.

¿Es posible que a estos malos pastores, a estos sembradores de confusión y de desconcierto, les sea concedido hacer todo lo que quieran? Si una profe de primaria se permite la libertad de decir o hacer algo que se aleja del programa escolar, enseguida tres o cuatro padres se precipitan hacia el colegio para pedir explicaciones, para protestar, lanzar advertencias justificada o injustificadamente. Pero a los sacerdotes se les deja plena libertad de decir lo que les venga en gana, sea en la misa o donde sea. Pueden ponerse a cantar, tocar la guitarra, invitar a bailarinas hindús a bendecir las “sagradas especias de la papaya o del mango”, llevar pateras al altar para recordar el drama de los migrantes, revestirse con ornamentos con los colores del arcoíris, presentar como modelo las parejas de feligreses del mismo sexo. Todo en la casa de Dios y en el momento más sagrado de la vida cristiana: el santo sacrificio eucarístico.

Hay que preguntarse cómo hemos podido llegar hasta este punto. Hasta hace un tiempo no tan lejano, pues lo llegué a conocer y del que conservo un vivo y grato recuerdo, cuando se entraba en la iglesia y se participaba en la santa misa, y se escuchaban las palabras del sacerdote, era como recibir un bálsamo para las propias heridas. Las iglesias no eran hospitales de campaña, no se transformaban en comedores sociales para dar de comer materialmente a los pobres (había y aún hay comedores conventuales e incluso parroquiales). Los templos eran lugares de paz, de oración, de silencio, de recogimiento, de misticismo: lugares para encontrarse con Dios y en los que a través de la palabra del sacerdote, es escuchaban las palabras mismas de Jesucristo.

Esto ocurría porque ningún sacerdote se tomaba la libertad de hablar en nombre propio. Todos tenían muy claro que eran solamente obreros de la viña del Señor y que tenían la obligación de transmitir fielmente su palabra, sin quitar ni añadir nada. Podían, eso sí, explicar algún pasaje difícil; hacer paralelismos, dar ejemplos, hacer una homilía más cálida, más emotiva, más fácil de escuchar o de entender. Pero no osaban transformarla en un mitin político o un desahogo del humor del día en cuestión. No reían, no bromeaban, jamás perdían la gravedad que el lugar y la circunstancia requerían, y que no era impedimento para que en el lugar y el momento oportunos, se convirtieran en animadores entusiastas de jóvenes en reuniones o retiros o en acompañantes de niños y padres en una excursión o peregrinación.

Hasta el primer posconcilio, los sacerdotes no olvidaban nunca que eran un alter Christus: en el púlpito, en el confesionario, impartiendo el catecismo a los niños, uniendo a los esposos en matrimonio, visitando las familias o bendiciendo las casas. Todos eran conscientes de ser unos siervos en manos de Dios. Y todo lo que hacían y decían era para agradar a Dios, ser fieles al evangelio y salvar almas.

¿Qué ha ocurrido pues para que tantos sacerdotes se hayan transformado en juglares, politicastros, payasos sin fronteras o la originalidad que les pase por la cabeza? ¿Y qué les ha sucedido a los seglares para no reaccionar?

Yo creo que el problema fundamental de los católicos en el transcurso de las últimas generaciones es la modernidad. Los católicos no han comprendido o se han olvidado qué es la modernidad y en consecuencia se han dejado seducir, tanto como los no creyentes; se han contagiado de un modo de sentir y pensar que es típicamente moderno, empeñado en modernizarlo absolutamente todo: hasta lo más inmutable y permanente. Y digámoslo claro: la modernidad es una civilización radicalmente anticristiana, enemiga del evangelio y que además odia a Jesucristo. Esto es la modernidad.

No quiero decir con ello que hay que rechazar todo lo moderno. Hay aspectos positivos de los que nos podemos servir, desde la técnica a la medicina, o los medios de comunicación de masas. Pero siempre sabiendo que hemos de hacer un uso comedido, ponderado, prudente, crítico y juicioso. Y que no hemos de ser esclavos de las cosas: ni de la técnica ni de la ciencia ni de la informática.

Muchos aspectos de la modernidad aunque sean buenos, están cargados de peligros. Volver la vida más fácil, y más ligero el trabajo cotidiano, más rápido el movimiento de las personas y las mercancías, más libre la circulación de las ideas: todas estas cosas son buenas; pero si se convierten en fines y no en medios, pueden convertirse en cosas perniciosas.

No perdamos de vista que la modernidad es moda, siempre a la última; es por tanto opción pasajera: basta ver cuán poco duran los nuevos modelos tecnológicos. Bien al contrario del cristianismo, que ni es una moda, ni es para estar al día, ni para lucir el último modelo. Cristo ha proyectado nuestra mirada a la eternidad. Por eso es una evidente perversión del cristianismo andar tras la novedad. La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo Buena y sigue siendo Nueva, pase el tiempo que pase.

El cristiano debe recordar que no todo lo que a uno le gusta es bueno para el alma. Al contrario: que los caminos del infierno están asfaltados con aquello que parece agradable y deseable. No se pueden adoptar estilos de vida que son intrínsecamente peligrosos o equivocados. El católico no puede dejarse seducir por las cosas: el mundo moderno está lleno de cosas apetecibles. Pero debemos llevar el timón y mantener el rumbo de nuestra vida. No podemos usar las cosas de manera superficial e irresponsable. Se dirá que dejarse arrastrar por las cosas materiales y por la comodidad es una cosa que siempre ha existido y que no constituye un carácter específico de la modernidad. Es posible. Pero lo que sí es específico de la modernidad es el haber difundido la idea de que todos tienen derecho al mayor número posible de cosas y de comodidades, y que sin estas la vida se convierte en un pesado fardo aburrido y molesto.

Además la modernidad ha convertido en accesibles una mayor cantidad de cosas y ha creado una multitud de necesidades que en realidad no lo son. En una palabra: ha creado una idolatría de las cosas y en particular de la técnica. Sólo la modernidad ha olvidado a la persona y la relación con Dios. Sólo la modernidad ha pretendido poner al hombre, las cosas por él construidas y las comodidades por él elaboradas, en el lugar de Dios: olvidándose de la dimensión trascendente y sobrenatural de su vida. Lo ha convertido en el peor enemigo de sí mismo. Lo ha reducido a un ser lacerado, dividido, infeliz, descontento, neurótico, proyectado siempre fuera de sí, sin paz, sin reposo, sin justicia, sin amor, sin verdad, sólo borracho de nuevos deseos de urgente satisfacción, siempre cegado por nuevos deseos que lo devoran y atormentan. La modernidad es el infierno: porque nació y cada vez se define más nítidamente como un mundo sin Dios. Nunca antes había sucedido en la historia. Quien cree en sus ídolos, entre los cuales el primero es el consumismo, quien se deja arrastrar por sus mitos y sus sobornos, no puede ser seguidor de Cristo.

He aquí el verdadero mal del catolicismo actual: se ha convertido en hijo de la modernidad, lo que automáticamente lo aleja de Dios. Porque no se puede servir a dos señores a la vez. ¿O lo habíamos olvidado?

Para Germinat Germinabit
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

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