El rey de España pide perdón

ESCUCHAR NOTICIA: Hace no mucho tiempo publique una respetuosa “Carta abierta al rey de España”, en la que se efectuaba un repaso a la nefasta existencia de la dinastía borbónica como elemento simbólico representativo de nuestra patria. Una nefasta existencia, a pesar de la cual y atrapados en un laberinto  sin aparente salida, nos encontramos. En efecto, un laberinto, porque las alternativas republicanas ensayadas hasta la fecha han sido una catástrofe colosal, obligando a salidas autocráticas, probablemente las únicas que han conseguido, en la medida de lo posible, revertir la situación de marasmo histórico, que, con implacable reiteración, parece aflorar una y otra vez desde el abismo insondable de nuestra inacabable estupidez nacional. Muchas son las causas de la postración del espíritu colectivo, y de su servidumbre crónica a intereses antinacionales. Intereses, políticos, ideológicos, geoestratégicos y puramente crematísticos antiespañoles, comenzando por el abandono de la propia idea nacional. Una situación que se convierte en una historia interminable digna de cualquier saga literaria sin fin. No es ahora el momento de indagar sobre semejante aspecto de nuestra decadencia, integrada colectivamente como una segunda piel y transmitida nihilistamente de generación en generación desde el comienzo del régimen del 78.  Sus antecedentes se enraízan mucho antes y remitirnos a ellos nos apartarían del objeto de este artículo. El hecho, es que preguntarse por qué el Borbón de la Zarzuela va adquiriendo el carácter ridículamente irritante que manifiesta cada vez que tiene a bien abrir la boca, es un misterio difícil de escrutar. Será por su mala cabeza, por los malos consejos que recibe de su entorno cortesano, por el servilismo abyecto a los deseos del felón de la Moncloa, o por, como dicen las malas lenguas, la funesta influencia de su mujer, la experiodista progre convertida en reina consorte. Quizás todo junto. Lo cierto, es que ya hace tiempo que no da una en el clavo de la sensatez patriótica, que es lo mínimo que se puede esperar de él. La última, ha sido la absurda declaración pública sobre la conquista de Méjico, siguiendo la estela interesada de los designios del expresidente Lopez Obrador, de su sucesora Claudia Sheinbaum, y la decisión diplomática del ejecutivo español, que ya por boca del ministro de Exteriores Albares en octubre pasado inaugurando la exposición titulada «La mujer en el México indígena» en el madrileño Museo Arqueológico Nacional, excretó la vomitiva consigna a seguir por las sucesivas declaraciones de estado sobre el «dolor e injusticia» causado por los españoles a «los pueblos originarios» en América. «Como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios. Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida, no podemos negarla ni olvidarla«, Como fiel y obediente lacayo de los intereses coyunturales del gobierno, el rey de España ha obedecido como se espera de él, en la visita a la misma exposición anteriormente referida. Allí, ante el embajador de Méjico, Felipe VI habló de la necesidad de conocer la historia pese a que haya situaciones que «no pueden hacernos sentir orgullosos. Hay cosas que luego, cuando las estudiamos, las conocemos, y dices: Bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentirnos orgullosos… Y sacar lecciones, porque también ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder… Los reyes católicos, la reina Isabel con sus directrices, las leyes de Indias, tuvieron un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso». La presidenta mexicana saludó esas palabras y dijo que eran el «primer paso» del gobierno de España para reconocer los abusos cometidos: «Es la primera vez que una autoridad del Gobierno español habla de lamentar la injusticia, es importante, desde mi punto de vista, un primer paso.”. Si se trata del primer paso, veremos cual es el siguiente en ese camino de pelotilleo institucional. El pozo del ridículo felipista siempre tiene un trayecto más insondable aún. Poco después, el presidente del llamado Gobierno español, Pedro Sánchez Pérez- Castejon, aseguró que normalizar las relaciones con México era una «prioridad» tras años de tensiones por el pasado colonial de España. Una vez más el ínclito Felipe VI, pierde una ocasión para estar orgullosamente callado, o para efectuar una declaración honorable y patriótica, reconfortando a un espíritu nacional que vive huérfano de referentes conceptuales y de actitudes personales que lo fortalezcan  y reanimen.  En vez de esto, el rey, con su mirada miope, su vuelo plano, y su posibilismo cortoplacista, solo piensa en sus intereses y los de su familia, sometiéndose servilmente a las ordenes del gobierno, pensando atenuar su potencial antinomia ideológica, como medio para sostenerse en su mullido sillón de la jefatura del estado sin demasiado sobresaltos. Con semejante actitud solo demuestra su inoperancia y su inutilidad existencial. Que no exista alternativa sensata a la monarquía, es otra cuestión que forma parte de ese nudo gordiano español sin aparente solución, pero que como en la vieja leyenda  puede acabar siendo resuelto al ser cortado por el filo de la espada.  “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”, dijo Alejandro  Magno, tras solucionar el enredo con un simple golpe de su poderoso brazo. El  monarca español, “el preparao”, haría bien en conocer los mitos de la antigüedad clásica, aunque para un epígono de la agenda 20/30 como él, tal alusión pueda sonar a ruido de ultratumba. La verdad es que con las declaraciones del rey Felipe, lo único que este demuestra es la certificación de su ignorancia sobre la historia del virreinato, su negligente desconocimiento de la realidad cultural de un proceso civilizatorio que transformó el mundo de forma irreversible, y en definitiva, de la incomprensión de los fenómenos culturales que supusieron el nacimiento del mundo mesoamericano a la historia de la humanidad. Y que todo ello ocurrió porque España lo hizo posible. Es ahí donde Felipe debería hacer énfasis, y no someterse al espurio interés de los políticos mejicanos, de sus socios ideológicos españoles y del edulcorado pensamiento progre-woke mundial. Ya nadie discute que cuando Hernán Cortes llegó a Méjico, mas de 20.000 corazones al año eran arrancados en vivo a los pueblos sometidos por los mexicas, para ser devorados en ceremonias antropofágicas sin fin. Nadie discute que sin la ayuda de estos pueblos tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, y texcocanos entre muchos otros, que habían sido invadidos cien años antes por los mexicas, los ochocientos españoles que acompañaban a Cortes, jamás hubiesen podido hacerse con Tenochtitlan, que fue tomada al asalto por mas de 100.000 guerreros que odiaban a los mexicas y ansiosos de venganza. Nadie discute que los mexicas solo representaban el 1% de los pueblos de Mesoamerica, mientras que la gran mayoría de los indígenas restantes apoyaron a Cortés como medio para lograr su libertad del sangriento yugo mexica. Nadie discute que cuando los españoles llegaron a Yucatan, los grandes templos que ahora visitan los turistas en manada, eran ya unos restos arqueológicos desde cientos de años antes, porque lo cierto es que los españoles llegaron a un mundo que ya estaba en ruinas. Nadie discute que sin la intervención de los  misioneros, que en un acto de voluntad sobrehumana, exploraron el norte de Mesoamerica contactando con los pueblos semisalvajes, aquellas tribus indígenas, que no conocían la agricultura, la ganadería, la rueda, la mineria, o la metalurgia, hubiesen seguido sumidos en la oscuridad primitiva y en el atraso más profundo. Allí construyeron comunidades, trabajaron juntos, y enseñaron a labrar la tierra. Nadie discute que sin la intervención de los abnegados franciscanos, que le dieron grafías latinas al nahuatl que era una lengua, que no tenía posibilidad de ser escrita, esta se había perdido para siempre. Del mismo modo que sin haber elaborado las gramáticas del maya del quechua y del aymara, aquellas lenguas hubiesen seguido el mismo camino hacia el olvido definitivo. Nadie discute que la esclavitud fue prohibida por Isabel la Católica en 1504. Las leyes de Burgos fueron aprobadas en 1512. Las leyes nuevas del imperio en 1542. Y la Controversia de Valladolid ocurrió en 1555. Y mediante ese corpus jurídico, insólito en el mundo por aquella época, se excluía la esclavitud y se protegía la dignidad de los todos los seres humanos del Nuevo Mundo. Nunca hubo esclavitud indígena en América. Nadie discute que con la llegada de los españoles a Mesoamerica, se generaron actividades económicas que no existían. No había rueda, arado o yuntas de bueyes o minería. Por tanto se desarrollaron nuevas actividades, que se desarrollaron en conjunto y que beneficiaron a los propios indígenas y mas tarde a los mestizos del virreinato. Eso es en esencia, el nacimiento de una nueva civilización. Nadie discute que el Méjico actual, con sus elementos culturales característicos e identitarios, es el derivado de la Nueva España virreinal, con su lengua, su arquitectura, su orfebrería, su cultura social, su música, sus templos católicos emblemáticos y su religión. ¿Que hubo abusos, violencia y muerte? Por supuesto. Exactamente como desde que el mundo es mundo, en todo tiempo y lugar.  Pero las Indias estaban a 8.000 km. de España, a doce semanas de viaje. Era inevitable la corrupción y la irrupción de la crueldad de la naturaleza humana. Pero lo trascendente era la voluntad de la Corona, la justa comprensión de la nueva realidad y la formulación de disposiciones legales que la hiciesen posible Pero ahora, ante todas estas indiscutibles realidades históricas, el rey de España, sale pidiendo perdón, en su linea apocada y mezquina para complacer al gobierno mejicano y los deseos del felón monclovita. Un gobierno mejicano responsable de la gobernación de un país que se cae a pedazos, donde existen 100.000 asesinatos al año. Un país en manos de los carteles de la droga y donde la corrupción y el crimen son tan cotidianos como el aire que respiran sus ciudadanos. Lo cierto es que, dejando al lado discursos de politicastros de baratillo, como los de Albares, Obrador, Felipe VI, Sheimbaum o Sánchez, la realidad histórica se impone con la sola verdad de los hechos, esa a la que el rey de España debería aludir como compromiso personal con la historia de España que representa. Como muy bien escribe Diego A. Moncada en este mismo medio digital, con implacable lucidez: “España no es solo un territorio geográfico. Es una comunidad de recuerdos, una herencia espiritual, una forma de estar en el mundo. Una España que está siendo vaciada por dentro (Y desde dentro). No solo  ocupada por bases militares americanas, sino por una ocupación mucho más sutil y profunda: la de las ideas, las modas y los valores que nos son ajenos. Han conseguido, en gran medida, infantilizarnos, degradarnos, reducirnos a idiotas primitivos que dan vueltas sin rumbo, con la cabeza y los pies en el aire, al ritmo de un horrendo hip-hop que es la música de nuestra propia alienación.” Toda esta auto despersonalización autóctona, fomentada acrítica y sumisamente por nuestra propia sociedad esquizoidemente descreida, y rubricada negligentemente por la jefatura del estado, que debería potenciar los elementos objetivos que le dan sentido a nuestra trascendencia civilizatoria y cultural, sin perder un momento para hacer ostentación de nuestra trascendencia histórica, es un peso a las espaldas de la nación y un retardo cada vez mas significativo de nuestra proyección futura, que amenaza nuestra propia existencia, ante otras comunidades orgullosas de si mismas. Como español siento vergüenza de nuestro rey, y desprecio profundo por una clase política tan ciega como miserable, recordando la inmortal afirmación del Cantar de Mio Cid: “Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor” Termino con las magnificas y reflexivas palabras de Diego A. Moncada, porque se puede decir mas alto pero no mas claro, y porque pocas serán las repeticiones de este texto para que su eco resuene constantemente en las conciencias de cada español, por mas que a veces cueste encontrar semejante espécimen: “Pero la historia no ha terminado. La conciencia de esta colonización es el primer paso para la liberación. Reivindicar nuestra lengua, nuestra historia, nuestra música y nuestro pensamiento no es un acto de nostálgico aislamiento, sino de supervivencia cultural. Es la afirmación de que no queremos ser una sucursal ni colonia de nadie, que tenemos algo propio y valioso que ofrecer al mundo. Frente a los ídolos de barro que nos ofrece la maquinaria cultural norteamericana, debemos levantar de nuevo los nuestros, los que nos conectan con nuestra tierra, nuestra historia, nuestra sangre vertida y nuestra dignidad como pueblo. La batalla es cultural, y hay que librarla en las aulas, en los medios y en el corazón de cada español. O recuperamos nuestra alma, o seguiremos siendo, para siempre, colonias de nadie.” Que así sea.   Pulse para escuchar el texto Hace no mucho tiempo publique una respetuosa “Carta abierta al rey de España”, en la que se efectuaba un repaso a la nefasta existencia de la dinastía borbónica como elemento simbólico representativo de nuestra patria. Una nefasta existencia, a pesar de la cual y atrapados en un laberinto  sin aparente salida, nos encontramos. En efecto, un laberinto, porque las alternativas republicanas ensayadas hasta la fecha han sido una catástrofe colosal, obligando a salidas autocráticas, probablemente las únicas que han conseguido, en la medida de lo posible, revertir la situación de marasmo histórico, que, con implacable reiteración, parece aflorar una y otra vez desde el abismo insondable de nuestra inacabable estupidez nacional. Muchas son las causas de la postración del espíritu colectivo, y de su servidumbre crónica a intereses antinacionales. Intereses, políticos, ideológicos, geoestratégicos y puramente crematísticos antiespañoles, comenzando por el abandono de la propia idea nacional. Una situación que se convierte en una historia interminable digna de cualquier saga literaria sin fin. No es ahora el momento de indagar sobre semejante aspecto de nuestra decadencia, integrada colectivamente como una segunda piel y transmitida nihilistamente de generación en generación desde el comienzo del régimen del 78.  Sus antecedentes se enraízan mucho antes y remitirnos a ellos nos apartarían del objeto de este artículo. El hecho, es que preguntarse por qué el Borbón de la Zarzuela va adquiriendo el carácter ridículamente irritante que manifiesta cada vez que tiene a bien abrir la boca, es un misterio difícil de escrutar. Será por su mala cabeza, por los malos consejos que recibe de su entorno cortesano, por el servilismo abyecto a los deseos del felón de la Moncloa, o por, como dicen las malas lenguas, la funesta influencia de su mujer, la experiodista progre convertida en reina consorte. Quizás todo junto. Lo cierto, es que ya hace tiempo que no da una en el clavo de la sensatez patriótica, que es lo mínimo que se puede esperar de él. La última, ha sido la absurda declaración pública sobre la conquista de Méjico, siguiendo la estela interesada de los designios del expresidente Lopez Obrador, de su sucesora Claudia Sheinbaum, y la decisión diplomática del ejecutivo español, que ya por boca del ministro de Exteriores Albares en octubre pasado inaugurando la exposición titulada «La mujer en el México indígena» en el madrileño Museo Arqueológico Nacional, excretó la vomitiva consigna a seguir por las sucesivas declaraciones de estado sobre el «dolor e injusticia» causado por los españoles a «los pueblos originarios» en América. «Como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios. Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida, no podemos negarla ni olvidarla«, Como fiel y obediente lacayo de los intereses coyunturales del gobierno, el rey de España ha obedecido como se espera de él, en la visita a la misma exposición anteriormente referida. Allí, ante el embajador de Méjico, Felipe VI habló de la necesidad de conocer la historia pese a que haya situaciones que «no pueden hacernos sentir orgullosos. Hay cosas que luego, cuando las estudiamos, las conocemos, y dices: Bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentirnos orgullosos… Y sacar lecciones, porque también ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder… Los reyes católicos, la reina Isabel con sus directrices, las leyes de Indias, tuvieron un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso». La presidenta mexicana saludó esas palabras y dijo que eran el «primer paso» del gobierno de España para reconocer los abusos cometidos: «Es la primera vez que una autoridad del Gobierno español habla de lamentar la injusticia, es importante, desde mi punto de vista, un primer paso.”. Si se trata del primer paso, veremos cual es el siguiente en ese camino de pelotilleo institucional. El pozo del ridículo felipista siempre tiene un trayecto más insondable aún. Poco después, el presidente del llamado Gobierno español, Pedro Sánchez Pérez- Castejon, aseguró que normalizar las relaciones con México era una «prioridad» tras años de tensiones por el pasado colonial de España. Una vez más el ínclito Felipe VI, pierde una ocasión para estar orgullosamente callado, o para efectuar una declaración honorable y patriótica, reconfortando a un espíritu nacional que vive huérfano de referentes conceptuales y de actitudes personales que lo fortalezcan  y reanimen.  En vez de esto, el rey, con su mirada miope, su vuelo plano, y su posibilismo cortoplacista, solo piensa en sus intereses y los de su familia, sometiéndose servilmente a las ordenes del gobierno, pensando atenuar su potencial antinomia ideológica, como medio para sostenerse en su mullido sillón de la jefatura del estado sin demasiado sobresaltos. Con semejante actitud solo demuestra su inoperancia y su inutilidad existencial. Que no exista alternativa sensata a la monarquía, es otra cuestión que forma parte de ese nudo gordiano español sin aparente solución, pero que como en la vieja leyenda  puede acabar siendo resuelto al ser cortado por el filo de la espada.  “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”, dijo Alejandro  Magno, tras solucionar el enredo con un simple golpe de su poderoso brazo. El  monarca español, “el preparao”, haría bien en conocer los mitos de la antigüedad clásica, aunque para un epígono de la agenda 20/30 como él, tal alusión pueda sonar a ruido de ultratumba. La verdad es que con las declaraciones del rey Felipe, lo único que este demuestra es la certificación de su ignorancia sobre la historia del virreinato, su negligente desconocimiento de la realidad cultural de un proceso civilizatorio que transformó el mundo de forma irreversible, y en definitiva, de la incomprensión de los fenómenos culturales que supusieron el nacimiento del mundo mesoamericano a la historia de la humanidad. Y que todo ello ocurrió porque España lo hizo posible. Es ahí donde Felipe debería hacer énfasis, y no someterse al espurio interés de los políticos mejicanos, de sus socios ideológicos españoles y del edulcorado pensamiento progre-woke mundial. Ya nadie discute que cuando Hernán Cortes llegó a Méjico, mas de 20.000 corazones al año eran arrancados en vivo a los pueblos sometidos por los mexicas, para ser devorados en ceremonias antropofágicas sin fin. Nadie discute que sin la ayuda de estos pueblos tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, y texcocanos entre muchos otros, que habían sido invadidos cien años antes por los mexicas, los ochocientos españoles que acompañaban a Cortes, jamás hubiesen podido hacerse con Tenochtitlan, que fue tomada al asalto por mas de 100.000 guerreros que odiaban a los mexicas y ansiosos de venganza. Nadie discute que los mexicas solo representaban el 1% de los pueblos de Mesoamerica, mientras que la gran mayoría de los indígenas restantes apoyaron a Cortés como medio para lograr su libertad del sangriento yugo mexica. Nadie discute que cuando los españoles llegaron a Yucatan, los grandes templos que ahora visitan los turistas en manada, eran ya unos restos arqueológicos desde cientos de años antes, porque lo cierto es que los españoles llegaron a un mundo que ya estaba en ruinas. Nadie discute que sin la intervención de los  misioneros, que en un acto de voluntad sobrehumana, exploraron el norte de Mesoamerica contactando con los pueblos semisalvajes, aquellas tribus indígenas, que no conocían la agricultura, la ganadería, la rueda, la mineria, o la metalurgia, hubiesen seguido sumidos en la oscuridad primitiva y en el atraso más profundo. Allí construyeron comunidades, trabajaron juntos, y enseñaron a labrar la tierra. Nadie discute que sin la intervención de los abnegados franciscanos, que le dieron grafías latinas al nahuatl que era una lengua, que no tenía posibilidad de ser escrita, esta se había perdido para siempre. Del mismo modo que sin haber elaborado las gramáticas del maya del quechua y del aymara, aquellas lenguas hubiesen seguido el mismo camino hacia el olvido definitivo. Nadie discute que la esclavitud fue prohibida por Isabel la Católica en 1504. Las leyes de Burgos fueron aprobadas en 1512. Las leyes nuevas del imperio en 1542. Y la Controversia de Valladolid ocurrió en 1555. Y mediante ese corpus jurídico, insólito en el mundo por aquella época, se excluía la esclavitud y se protegía la dignidad de los todos los seres humanos del Nuevo Mundo. Nunca hubo esclavitud indígena en América. Nadie discute que con la llegada de los españoles a Mesoamerica, se generaron actividades económicas que no existían. No había rueda, arado o yuntas de bueyes o minería. Por tanto se desarrollaron nuevas actividades, que se desarrollaron en conjunto y que beneficiaron a los propios indígenas y mas tarde a los mestizos del virreinato. Eso es en esencia, el nacimiento de una nueva civilización. Nadie discute que el Méjico actual, con sus elementos culturales característicos e identitarios, es el derivado de la Nueva España virreinal, con su lengua, su arquitectura, su orfebrería, su cultura social, su música, sus templos católicos emblemáticos y su religión. ¿Que hubo abusos, violencia y muerte? Por supuesto. Exactamente como desde que el mundo es mundo, en todo tiempo y lugar.  Pero las Indias estaban a 8.000 km. de España, a doce semanas de viaje. Era inevitable la corrupción y la irrupción de la crueldad de la naturaleza humana. Pero lo trascendente era la voluntad de la Corona, la justa comprensión de la nueva realidad y la formulación de disposiciones legales que la hiciesen posible Pero ahora, ante todas estas indiscutibles realidades históricas, el rey de España, sale pidiendo perdón, en su linea apocada y mezquina para complacer al gobierno mejicano y los deseos del felón monclovita. Un gobierno mejicano responsable de la gobernación de un país que se cae a pedazos, donde existen 100.000 asesinatos al año. Un país en manos de los carteles de la droga y donde la corrupción y el crimen son tan cotidianos como el aire que respiran sus ciudadanos. Lo cierto es que, dejando al lado discursos de politicastros de baratillo, como los de Albares, Obrador, Felipe VI, Sheimbaum o Sánchez, la realidad histórica se impone con la sola verdad de los hechos, esa a la que el rey de España debería aludir como compromiso personal con la historia de España que representa. Como muy bien escribe Diego A. Moncada en este mismo medio digital, con implacable lucidez: “España no es solo un territorio geográfico. Es una comunidad de recuerdos, una herencia espiritual, una forma de estar en el mundo. Una España que está siendo vaciada por dentro (Y desde dentro). No solo  ocupada por bases militares americanas, sino por una ocupación mucho más sutil y profunda: la de las ideas, las modas y los valores que nos son ajenos. Han conseguido, en gran medida, infantilizarnos, degradarnos, reducirnos a idiotas primitivos que dan vueltas sin rumbo, con la cabeza y los pies en el aire, al ritmo de un horrendo hip-hop que es la música de nuestra propia alienación.” Toda esta auto despersonalización autóctona, fomentada acrítica y sumisamente por nuestra propia sociedad esquizoidemente descreida, y rubricada negligentemente por la jefatura del estado, que debería potenciar los elementos objetivos que le dan sentido a nuestra trascendencia civilizatoria y cultural, sin perder un momento para hacer ostentación de nuestra trascendencia histórica, es un peso a las espaldas de la nación y un retardo cada vez mas significativo de nuestra proyección futura, que amenaza nuestra propia existencia, ante otras comunidades orgullosas de si mismas. Como español siento vergüenza de nuestro rey, y desprecio profundo por una clase política tan ciega como miserable, recordando la inmortal afirmación del Cantar de Mio Cid: “Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor” Termino con las magnificas y reflexivas palabras de Diego A. Moncada, porque se puede decir mas alto pero no mas claro, y porque pocas serán las repeticiones de este texto para que su eco resuene constantemente en las conciencias de cada español, por mas que a veces cueste encontrar semejante espécimen: “Pero la historia no ha terminado. La conciencia de esta colonización es el primer paso para la liberación. Reivindicar nuestra lengua, nuestra historia, nuestra música y nuestro pensamiento no es un acto de nostálgico aislamiento, sino de supervivencia cultural. Es la afirmación de que no queremos ser una sucursal ni colonia de nadie, que tenemos algo propio y valioso que ofrecer al mundo. Frente a los ídolos de barro que nos ofrece la maquinaria cultural norteamericana, debemos levantar de nuevo los nuestros, los que nos conectan con nuestra tierra, nuestra historia, nuestra sangre vertida y nuestra dignidad como pueblo. La batalla es cultural, y hay que librarla en las aulas, en los medios y en el corazón de cada español. O recuperamos nuestra alma, o seguiremos siendo, para siempre, colonias de nadie.” Que así sea.

Hace no mucho tiempo publique una respetuosa “Carta abierta al rey de España”, en la que se efectuaba un repaso a la nefasta existencia de la dinastía borbónica como elemento simbólico representativo de nuestra patria. Una nefasta existencia, a pesar de la cual y atrapados en un laberinto  sin aparente salida, nos encontramos.

En efecto, un laberinto, porque las alternativas republicanas ensayadas hasta la fecha han sido una catástrofe colosal, obligando a salidas autocráticas, probablemente las únicas que han conseguido, en la medida de lo posible, revertir la situación de marasmo histórico, que, con implacable reiteración, parece aflorar una y otra vez desde el abismo insondable de nuestra inacabable estupidez nacional.

Muchas son las causas de la postración del espíritu colectivo, y de su servidumbre crónica a intereses antinacionales. Intereses, políticos, ideológicos, geoestratégicos y puramente crematísticos antiespañoles, comenzando por el abandono de la propia idea nacional. Una situación que se convierte en una historia interminable digna de cualquier saga literaria sin fin.

No es ahora el momento de indagar sobre semejante aspecto de nuestra decadencia, integrada colectivamente como una segunda piel y transmitida nihilistamente de generación en generación desde el comienzo del régimen del 78.  Sus antecedentes se enraízan mucho antes y remitirnos a ellos nos apartarían del objeto de este artículo.

El hecho, es que preguntarse por qué el Borbón de la Zarzuela va adquiriendo el carácter ridículamente irritante que manifiesta cada vez que tiene a bien abrir la boca, es un misterio difícil de escrutar. Será por su mala cabeza, por los malos consejos que recibe de su entorno cortesano, por el servilismo abyecto a los deseos del felón de la Moncloa, o por, como dicen las malas lenguas, la funesta influencia de su mujer, la experiodista progre convertida en reina consorte. Quizás todo junto. Lo cierto, es que ya hace tiempo que no da una en el clavo de la sensatez patriótica, que es lo mínimo que se puede esperar de él.

La última, ha sido la absurda declaración pública sobre la conquista de Méjico, siguiendo la estela interesada de los designios del expresidente Lopez Obrador, de su sucesora Claudia Sheinbaum, y la decisión diplomática del ejecutivo español, que ya por boca del ministro de Exteriores Albares en octubre pasado inaugurando la exposición titulada «La mujer en el México indígena» en el madrileño Museo Arqueológico Nacional, excretó la vomitiva consigna a seguir por las sucesivas declaraciones de estado sobre el «dolor e injusticia» causado por los españoles a «los pueblos originarios» en América. «Como toda historia humana, tiene claroscuros. Ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios. Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida, no podemos negarla ni olvidarla«,

Como fiel y obediente lacayo de los intereses coyunturales del gobierno, el rey de España ha obedecido como se espera de él, en la visita a la misma exposición anteriormente referida. Allí, ante el embajador de Méjico, Felipe VI habló de la necesidad de conocer la historia pese a que haya situaciones que «no pueden hacernos sentir orgullosos. Hay cosas que luego, cuando las estudiamos, las conocemos, y dices: Bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentirnos orgullosos… Y sacar lecciones, porque también ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder… Los reyes católicos, la reina Isabel con sus directrices, las leyes de Indias, tuvieron un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso».

La presidenta mexicana saludó esas palabras y dijo que eran el «primer paso» del gobierno de España para reconocer los abusos cometidos: «Es la primera vez que una autoridad del Gobierno español habla de lamentar la injusticia, es importante, desde mi punto de vista, un primer paso.”. Si se trata del primer paso, veremos cual es el siguiente en ese camino de pelotilleo institucional. El pozo del ridículo felipista siempre tiene un trayecto más insondable aún.

Poco después, el presidente del llamado Gobierno español, Pedro Sánchez Pérez- Castejon, aseguró que normalizar las relaciones con México era una «prioridad» tras años de tensiones por el pasado colonial de España.

Una vez más el ínclito Felipe VI, pierde una ocasión para estar orgullosamente callado, o para efectuar una declaración honorable y patriótica, reconfortando a un espíritu nacional que vive huérfano de referentes conceptuales y de actitudes personales que lo fortalezcan  y reanimen.  En vez de esto, el rey, con su mirada miope, su vuelo plano, y su posibilismo cortoplacista, solo piensa en sus intereses y los de su familia, sometiéndose servilmente a las ordenes del gobierno, pensando atenuar su potencial antinomia ideológica, como medio para sostenerse en su mullido sillón de la jefatura del estado sin demasiado sobresaltos. Con semejante actitud solo demuestra su inoperancia y su inutilidad existencial.

Que no exista alternativa sensata a la monarquía, es otra cuestión que forma parte de ese nudo gordiano español sin aparente solución, pero que como en la vieja leyenda  puede acabar siendo resuelto al ser cortado por el filo de la espada.  “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”, dijo Alejandro  Magno, tras solucionar el enredo con un simple golpe de su poderoso brazo. El  monarca español, “el preparao”, haría bien en conocer los mitos de la antigüedad clásica, aunque para un epígono de la agenda 20/30 como él, tal alusión pueda sonar a ruido de ultratumba.

La verdad es que con las declaraciones del rey Felipe, lo único que este demuestra es la certificación de su ignorancia sobre la historia del virreinato, su negligente desconocimiento de la realidad cultural de un proceso civilizatorio que transformó el mundo de forma irreversible, y en definitiva, de la incomprensión de los fenómenos culturales que supusieron el nacimiento del mundo mesoamericano a la historia de la humanidad. Y que todo ello ocurrió porque España lo hizo posible. Es ahí donde Felipe debería hacer énfasis, y no someterse al espurio interés de los políticos mejicanos, de sus socios ideológicos españoles y del edulcorado pensamiento progre-woke mundial.

Ya nadie discute que cuando Hernán Cortes llegó a Méjico, mas de 20.000 corazones al año eran arrancados en vivo a los pueblos sometidos por los mexicas, para ser devorados en ceremonias antropofágicas sin fin.

Nadie discute que sin la ayuda de estos pueblos tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, y texcocanos entre muchos otros, que habían sido invadidos cien años antes por los mexicas, los ochocientos españoles que acompañaban a Cortes, jamás hubiesen podido hacerse con Tenochtitlan, que fue tomada al asalto por mas de 100.000 guerreros que odiaban a los mexicas y ansiosos de venganza.

Nadie discute que los mexicas solo representaban el 1% de los pueblos de Mesoamerica, mientras que la gran mayoría de los indígenas restantes apoyaron a Cortés como medio para lograr su libertad del sangriento yugo mexica.

Nadie discute que cuando los españoles llegaron a Yucatan, los grandes templos que ahora visitan los turistas en manada, eran ya unos restos arqueológicos desde cientos de años antes, porque lo cierto es que los españoles llegaron a un mundo que ya estaba en ruinas.

Nadie discute que sin la intervención de los  misioneros, que en un acto de voluntad sobrehumana, exploraron el norte de Mesoamerica contactando con los pueblos semisalvajes, aquellas tribus indígenas, que no conocían la agricultura, la ganadería, la rueda, la mineria, o la metalurgia, hubiesen seguido sumidos en la oscuridad primitiva y en el atraso más profundo. Allí construyeron comunidades, trabajaron juntos, y enseñaron a labrar la tierra.

Nadie discute que sin la intervención de los abnegados franciscanos, que le dieron grafías latinas al nahuatl que era una lengua, que no tenía posibilidad de ser escrita, esta se había perdido para siempre. Del mismo modo que sin haber elaborado las gramáticas del maya del quechua y del aymara, aquellas lenguas hubiesen seguido el mismo camino hacia el olvido definitivo.

Nadie discute que la esclavitud fue prohibida por Isabel la Católica en 1504. Las leyes de Burgos fueron aprobadas en 1512. Las leyes nuevas del imperio en 1542. Y la Controversia de Valladolid ocurrió en 1555. Y mediante ese corpus jurídico, insólito en el mundo por aquella época, se excluía la esclavitud y se protegía la dignidad de los todos los seres humanos del Nuevo Mundo. Nunca hubo esclavitud indígena en América.

Nadie discute que con la llegada de los españoles a Mesoamerica, se generaron actividades económicas que no existían. No había rueda, arado o yuntas de bueyes o minería. Por tanto se desarrollaron nuevas actividades, que se desarrollaron en conjunto y que beneficiaron a los propios indígenas y mas tarde a los mestizos del virreinato. Eso es en esencia, el nacimiento de una nueva civilización.

Nadie discute que el Méjico actual, con sus elementos culturales característicos e identitarios, es el derivado de la Nueva España virreinal, con su lengua, su arquitectura, su orfebrería, su cultura social, su música, sus templos católicos emblemáticos y su religión.

¿Que hubo abusos, violencia y muerte? Por supuesto. Exactamente como desde que el mundo es mundo, en todo tiempo y lugar.  Pero las Indias estaban a 8.000 km. de España, a doce semanas de viaje. Era inevitable la corrupción y la irrupción de la crueldad de la naturaleza humana. Pero lo trascendente era la voluntad de la Corona, la justa comprensión de la nueva realidad y la formulación de disposiciones legales que la hiciesen posible

Pero ahora, ante todas estas indiscutibles realidades históricas, el rey de España, sale pidiendo perdón, en su linea apocada y mezquina para complacer al gobierno mejicano y los deseos del felón monclovita. Un gobierno mejicano responsable de la gobernación de un país que se cae a pedazos, donde existen 100.000 asesinatos al año. Un país en manos de los carteles de la droga y donde la corrupción y el crimen son tan cotidianos como el aire que respiran sus ciudadanos.

Lo cierto es que, dejando al lado discursos de politicastros de baratillo, como los de Albares, Obrador, Felipe VI, Sheimbaum o Sánchez, la realidad histórica se impone con la sola verdad de los hechos, esa a la que el rey de España debería aludir como compromiso personal con la historia de España que representa.

Como muy bien escribe Diego A. Moncada en este mismo medio digital, con implacable lucidez: “España no es solo un territorio geográfico. Es una comunidad de recuerdos, una herencia espiritual, una forma de estar en el mundo. Una España que está siendo vaciada por dentro (Y desde dentro). No solo  ocupada por bases militares americanas, sino por una ocupación mucho más sutil y profunda: la de las ideas, las modas y los valores que nos son ajenos. Han conseguido, en gran medida, infantilizarnos, degradarnos, reducirnos a idiotas primitivos que dan vueltas sin rumbo, con la cabeza y los pies en el aire, al ritmo de un horrendo hip-hop que es la música de nuestra propia alienación.”

Toda esta auto despersonalización autóctona, fomentada acrítica y sumisamente por nuestra propia sociedad esquizoidemente descreida, y rubricada negligentemente por la jefatura del estado, que debería potenciar los elementos objetivos que le dan sentido a nuestra trascendencia civilizatoria y cultural, sin perder un momento para hacer ostentación de nuestra trascendencia histórica, es un peso a las espaldas de la nación y un retardo cada vez mas significativo de nuestra proyección futura, que amenaza nuestra propia existencia, ante otras comunidades orgullosas de si mismas.

Como español siento vergüenza de nuestro rey, y desprecio profundo por una clase política tan ciega como miserable, recordando la inmortal afirmación del Cantar de Mio Cid: “Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor”

Termino con las magnificas y reflexivas palabras de Diego A. Moncada, porque se puede decir mas alto pero no mas claro, y porque pocas serán las repeticiones de este texto para que su eco resuene constantemente en las conciencias de cada español, por mas que a veces cueste encontrar semejante espécimen: “Pero la historia no ha terminado. La conciencia de esta colonización es el primer paso para la liberación. Reivindicar nuestra lengua, nuestra historia, nuestra música y nuestro pensamiento no es un acto de nostálgico aislamiento, sino de supervivencia cultural. Es la afirmación de que no queremos ser una sucursal ni colonia de nadie, que tenemos algo propio y valioso que ofrecer al mundo. Frente a los ídolos de barro que nos ofrece la maquinaria cultural norteamericana, debemos levantar de nuevo los nuestros, los que nos conectan con nuestra tierra, nuestra historia, nuestra sangre vertida y nuestra dignidad como pueblo. La batalla es cultural, y hay que librarla en las aulas, en los medios y en el corazón de cada español. O recuperamos nuestra alma, o seguiremos siendo, para siempre, colonias de nadie.”

Que así sea.


3 respuestas a «El rey de España pide perdón»

  1. Alguien debería regalarle a Felipe Vl algún libro del mejicano Juan Miguel Zunzunegui, como el titulado «Al día siguiente de la conquista». Seguro que cambiaría el relato.

  2. La cosa es fácil
    Felipe VI no pude ser Rey de España.
    Su comportamiento, forma de ser y de hablar no es ni de lejos, la adecuada al de un Rey de España.
    De manera que mejor que se vaya con buen viento

  3. A Felipe VI deberíamos llamarle LETIZIO VI…, pues por él habla su Ama y Señora.
    Por cierto, ¿cuándo nos explicará Leti su particular «conquista de México», ligera de ropa, y con la moral distraida, más pien perdida, como es público y notorio…?
    (Y es que hoy en día, con internet, la informática, etc., es dificil ocultar las cosas, por mucho que lo hayan intentado).
    LETCIO NO PUEDE SER NUESTRO REY. NO LO MERECE, pues es un manso, y una copmleta inutilidad.

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