El santo sacrificio de la Misa para el bien de la sociedad

Sólo la Iglesia puede conducir al hombre desde las tinieblas a la luz; sólo ella puede devolverle la conciencia de un vigoroso pasado, el dominio del presente, la seguridad del porvenir; es decir, la verdadera conciencia de la realidad de su existencia. La Iglesia, como madre de familia, reúne todos los días en la intimidad a todos sus hijos, esparcidos por el mundo, los recoge en la unidad de su impulso divino. Es Jesucristo, que todos los días sobre innumerables altares, como Víctima propiciatoria, extiende sus brazos de extremo a extremo del mundo, abrazando y conteniendo al mismo tiempo a toda la sociedad humana, en su pasado en su presente y en su porvenir.

La misteriosa virtud del santo sacrificio de la Misa por el bien de la humanidad. Aquel sacrificio incruento instituido por el Redentor en la última Cena, “para que se representase el sacrificio cruento realizado una vez en la cruz y permaneciera su recuerdo hasta el final de los tiempos y se aplicase su saludable eficacia para perdonar sus pecados  que a diario cometemos”.[1] Con estas palabras lapidarias del Concilio de Trento, para perpetua memoria, en uno de los momentos más graves de la historia de la humanidad, la Iglesia defiende y proclama sus mejores y más altos valores, que lo son también para el hombre, para la misma sociedad. En la santa Misa el hombre se hace más consciente de su pasado culpable, y, al mismo tiempo, de los inmensos beneficios del Calvario. Del acontecimiento más grande la historia de la humanidad, recibe el hombre la fuerza necesaria para librarse de la más profunda miseria del presente, de la miseria de los pecados diarios, hasta los más abandonados reciben la influencia misteriosa de  Dios misericordioso. Todos quedan orientados hacia un seguro porvenir, hacia la consumación de los siglos con la venida del Señor allí sobre el altar, el Juez supremo que pronunciará un día la última y definitiva sentencia.

Con el santo Sacrificio la Iglesia ha ofrecido a lo largo de los siglos el apoyo más grande del fundamento de la sociedad humana; todos los días desde donde se nace al sol hasta donde se pone, sin distinción de pueblos y de naciones, se ofrece la oblación pura y santa, en la que participan en íntima fraternidad todos los hijos de la Iglesia esparcidos por todo lugar, y todos encuentran en la Misa el refugio en sus necesidades y la seguridad en sus peligros.

Aquel Sacrificio que durante siglos la Iglesia ha ofrecido con tales intenciones, es el que hoy también se ofrece, sino en toda la Iglesia, sí allí donde la fidelidad a la Tradición permanece; allí donde tales intenciones siguen vivas y presentes; allí donde sacerdote y fieles con temor y temblor entran hacia el altar de Dios.

Ave María Purísima.

[1] Concilio de Trento, Sess. 22 c.I.

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad