El sentido de los privilegios de María

María fue la criatura elegida gratuitamente por Dios para que diera entrada libre y directa a su Hijo en la naturaleza humana y, a su través, en toda la creación. La piedad de Dios para con todos los hombres quiso mostrar su absoluta gratuidad y justicia en María, su Madre. La elección de María, prevista desde toda la eternidad y hecha efectiva en el mismísimo instante de su concepción, sin mérito alguno de su parte, llevaba consigo la preservación del pecado de origen, para que pudiera ser la Madre del Verbo hecho hombre, de modo que Éste pudiera tomar una naturaleza humana libre del pecado de origen, y también llevaba consigo la plenitud de la gracia, para que pudiera estar a la altura de la propuesta sin parangón que Dios le iba a hacer: la de pedirle permiso para bajar a ella, hacerla fecunda y convertirla en la Madre de Dios.

Esto último pone de relieve la importancia que en el plan de Dios tiene la libertad humana. A María le tocó no sólo hacer lo contrario de lo que había hecho Luzbel, sino mucho más: ofrecerse entera a Dios para que Él hiciera por medio de ella su ingreso en el orden de las criaturas. Dios está en todas sus criaturas por esencia (ser), presencia (entender) y potencia (querer), pero quiso entrar en el reducto de lo creado, en lo que Él nos ha dado como propiedad nuestra, en nuestra naturaleza, para, con nuestro consentimiento, abrirnos su intimidad y convertirnos en habitáculos vivos de su vida intratrinitaria. El privilegio mariano llevaba consigo, sin embargo, la mayor de las obligaciones: dar entrada a los planes salvíficos y sobreelevadores de la misericordia divina, ser la madre que acogiera al Verbo encarnado en su seno y lo nutriera, dar la entrada al reino de Dios en la historia, ser Madre de todos los hombres, más aún, ser Madre de todas las criaturas que por la encarnación de su Hijo quedaran renovadas. Tal privilegio, mayor que el cual no existe otro entre las meras criaturas, fue recibido y aceptado por María, quien no lo retuvo para sí, sino que lo puso a disposición de todos, uno a uno, como vemos que hizo de inmediato en su vida: teniendo a Dios en su seno, no se lo reservó, sino que lo puso en comunicación con otros, cuando fue a prestar ayuda a su prima sta. Isabel, a s. Juan Bautista, y a Zacarías; teniéndolo en sus brazos, nada más nacer, lo mostró a pastores y magos; mientras aún lo tenía en su casa y sometido a ella como hijo, lo empujó a manifestarse públicamente como el Mesías en las bodas de Caná; y cuando todos abandonaron a su Hijo en la cruz, ella fue la única que lo entregó y se entregó con Él al Padre; más aún, cuando nadie sobre la tierra esperaba que pudiera superar la muerte, ella creyó y esperó su resurrección al tercer día.

La misericordia de la elección llevaba consigo la mayor de las exigencias: no debía poner obstáculo alguno a la muerte de su Hijo, más aún, debía «morir» voluntariamente con Él al pie de la cruz. Si a Abrahán se le pidió estar dispuesto a sacrificar a su hijo, a María se le pide sacrificar realmente a su Unigénito a imitación del Padre, que lo entregaba para hacer eficaz Su amor y el de su Hijo respecto de nuestros males. El amor de María Madre es una imitación del amor del Padre: ambos entregan al mismo Hijo, que lo es de los dos, de uno por naturaleza divina, de otra por su naturaleza humana.

El gran privilegio de María, la fuente de todos sus otros privilegios, es el haber sido elegida para dar inicio a la venida del reino de Dios, para ser el final del Primer Testamento y el comienzo del Último, el punto de unión del pueblo de Israel y de la Iglesia, en pocas palabras: para ser la Madre de Dios hecho hombre. Este privilegio no tiene igual en todas las meras criaturas, pues establece una vinculación intrínseca entre Dios y una criatura. El nexo entre Dios y María lo establece Dios mismo, pero con la aceptación de María, y consiste estrictamente en una relación corporal única, a saber, aquella según la cual el Verbo se hace hombre, tomando su carne de María y entrando en su seno. Dios ha hecho del cuerpo el vínculo de las criaturas con Su intimidad y el puente por donde nos viene toda la comunicación de su divinidad. El Verbo entra en María y en el mundo justamente cuando toma carne. Lo que en el hombre es inferior es el camino elegido para la entrada de la Virtud del Altísimo, en congruencia perfecta con el abajamiento que implica la encarnación: la distancia entre el hombre y Dios es tal que, al unir éste consigo lo más bajo de aquél (el cuerpo), destaca el exceso de la misericordia que pone en juego para salvarnos. La encarnación eleva la dignidad del cuerpo humano al grado de lo supremo, por eso el más alto nombre que pueda tener una mera criatura es el de Madre de Dios. La grandeza de la paternidad que Dios concedió al hombre al crearlo queda sobrealzada en María, porque en ella Dios se ha querido hacer hijo suyo, Hijo del hombre. ¡Qué dignidad no tendrá la maternidad humana, cuando el Verbo divino ha querido ser hijo de una mujer! El vínculo entre la divinidad y la humanidad alcanza su punto más alto –fuera de la propia unión hipostática– en el seno de María, en el que Dios ha puesto su primera habitación entre las criaturas. No cabe un vínculo más íntimo, no cabe un título más alto, pero tampoco cabe un medio más efectivo de comunicación: al tomar el Verbo carne de y en María, el hombre pasa a tener su naturaleza en común con Dios. María es, según lo dicho, la puerta elegida para que se abriera libremente a la entrada de Dios en el orbe de lo creado, pero a cambio de que no se lo quedara para ella, sino de que lo diera a luz y lo entregara a todos los hombres y a toda la creación.

Conviene, pues, prestar algo más de atención a la importancia que otorgó Dios a la maternidad al elegirla como primer paso en sus planes salvíficos. La lengua latina ha reservado, sabiamente, la idea de padre para la riqueza y acumulación de medios familiares (el patrimonio); mientras que ha reservado la idea de madre o maternidad para la institución por la que todos los hombres venimos al mundo: el matrimonio, la unión de varón y mujer. La maternidad es la vía natural humana por la que, a nuestra entrada en el mundo, somos acogidos cada uno de nosotros. Es de notar que Dios en sus planes eternos tomó la maternidad, y no la paternidad, como camino para llevar a cabo su grandiosa obra de misericordia, la salvación del hombre. De este modo, aunque Dios hizo al hombre varón y mujer –siendo conjuntamente ambos imagen y semejanza de la paternidad divina–, en el caso de su Hijo concentró sólo en María la imagen de esa paternidad, sin varón alguno que la compartiera. Tal elección divina potencia de modo inaudito la importancia de la maternidad en la obra redentora, hasta llegar a constituirla en el modelo de la perfecta creaturidad. Dios pudo haber creado la humanidad de Cristo como creó a Adán, de primera mano: habría sido, sin duda, una creación más perfecta, pero no nos habría redimido a nosotros, pecadores. En cambio, al tomar madre humana, al nacer de mujer, sin dejar de ser Él en su humanidad la más perfecta de sus posibles creaciones (la naturaleza asumida), se hizo hermano nuestro, las más débiles e imperfectas de sus criaturas. Es precisamente el papel de la feminidad el que Dios potencia en María como símbolo perfecto de la condición de la persona creada, elevada y redimida: lo único que requiere el redentor es ser acogido por la fe íntegra de sus criaturas elevadas, el resto lo hace su poder amoroso. Lo viril es la mediación, pero la encarnación no necesita de medios humanos externos, el reino de Dios viene con poderío propio, con el poder de su Palabra hecha carne, sólo necesita de nosotros el que lo acojamos con fe verdadera. Ésa es la obra de Dios, la que Dios quiere que hagamos: que creamos en su Hijo, y en esa obra María es la pionera y maestra. Por su parte, será el propio Hijo, Cristo, el que hará de mediador entre Dios y los hombres, el que dará sentido divino-humano a la virilidad, aportando la fuerza del brazo de Dios entre las criaturas,  así como los medios de salvación y sobreelevación para ellas. La encarnación separa, pues, la dimensión individuante del sexo respecto de la dimensión reproductiva, de una tan perfecta manera que crea un nuevo modo de vivir la sexualidad: el celibato por el reino de los cielos, del cual María, inspirada por el Espíritu Santo, se había hecho libremente socia. Pues bien, en el reino de los cielos no es nuestro papel el de Cristo, nos toca a todos imitar a María, concretamente su modélico fiat. De ahí que toda la tradición (oral y escrita) haya entendido que la Iglesia es la esposa de Cristo, porque en el reino de los cielos el único «varón» será Cristo: Aquel cuyo amor hasta la muerte nos trasmite la iniciativa del amor íntimo de Dios, y respecto del cual todas las criaturas debemos ser libres receptoras, a imitación de María.

Toda criatura elevada y redimida debe ser femenina respecto de Cristo, incluso la Iglesia y la creación enteras son también funcionalmente femeninas respecto de la encarnación, como María, la Hija, Madre y Esposa de las tres divinas personas.

En resumen, por la misericordia de Dios encarnada en Cristo, María recibió dones y gracias que nadie más recibió, pero unos y otras los comunicó ella a la creación entera en todo momento, y en especial cuando entregó a su Hijo en la cruz. Por consiguiente, la justicia querida por Dios, la que no va en contra de su misericordia, es la que se alcanza en la comunicación sin reservas de los diferentes dones, no en la igualdad de los mismos.


Una respuesta a «El sentido de los privilegios de María»

  1. Excelsa, la figura de la Virgen María, que en el Calvario asumió el compromiso de ser nuestra Santísima Madre e intercesora de todos nosotros ante su Hijo Jesucristo. Una realidad que se hace presente desde entonces y que tiene testimonios tan entrañables como el de su aparición en el año 1531 en el cerro del Tepeyac en México cuando se dirige al indio Juan Diego con estas palabras: “No se entristezca tu corazón… ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”
    Palabras que se aplican igualmente a todos quienes la invocan y cuya misericordia se manifiesta también en la multitud de milagros que concede.

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