El sentido del dolor según Leonardo Polo (1/2)

El dolor nace de la sensibilidad ante la privación de un bien que tiene que ver con la vida y sus funciones. Cuando afecta a la persona de un modo grave e irremediable, aparece como incomprensible e insuperable. Hegel pone el significado del dolor en la negatividad del espíritu. El dolor surge del carácter dialéctico del ser y así está instalado en Dios. Leonardo Polo sostiene la ininteligibilidad del sufrimiento humano. La persona no sólo sufre, sino que su existencia misma es dolorosa. Su última raíz es el pecado. Lo único que da sentido al sufrimiento humano es la Pasión de Cristo, en la que el dolor y el mal voluntario son vencidos por el amor.

1.  El dolor como sentir una pérdida

Dolor y sufrimiento son una realidad negativa propia del dinamismo de la vida. A esto se oponen el placer y la felicidad, aspectos positivos de la vida sentida, tanto a nivel de sensibilidad, que afecta a los animales, como a nivel humano, en el que esos términos asumen un significado más alto. En este artículo quisiera examinar cómo Polo enfoca esta temática. En sus escritos no se estudia sistemáticamente el dolor, pero hay en ellos pautas importantes, especialmente en una perspectiva teológica.

En una primera impresión, el dolor físico aparece como una afección del cuerpo sensitivo relacionada con alguna disfunción corporal, así como la falta de alimentación produce hambre, lo que se siente como un malestar que conduce a la muerte si no se remedia. A un nivel más profundo, el dolor se puede ver como una condición del viviente, algo negativo que se instala de modo transitorio o permanente como una sensación física y una vivencia psíquica negativa, o al menos como una posibilidad siempre al acecho.

La vida, cuando se desenvuelve positivamente, de suyo es placentera, pero a la vez tiene una dimensión dolorosa en múltiples sentidos. Aquí tomo el dolor analógicamente. Podríamos llamarlo malestar, desagrado, sinsabor. Las cosas positivas de la vida, por una parte, se consiguen y se mantienen con dificultades y por eso cuestan trabajo y sacrificio. El adquirir cosas buenas se paga casi siempre con un ingrediente de sufrimiento, renuncia, lucha, que vale la pena si al final se llega a la meta deseada. Por otra parte, como la vida es contingente, es decir, su buen funcionamiento no está garantizado, es inestable y admite pérdidas, el dolor aparece en la forma de afección negativa por la pérdida “sentida” de algo natural. El dolor surge así de cierta privación que se hace consciente de modo vivido y no meramente informativo, como el dolor ajeno del que podemos tener una simple noticia.

Lo que acabo de decir se aplica a la vida animal y a nosotros mismos en cuanto tenemos una dimensión corpórea y animal. En este sentido sufrimos como cualquier animal, y lo mismo se puede decir de los placeres y del destino final de la vida física animal, que es la muerte. Pero como tenemos una dimensión más alta, intelectual y personal, nuestros dolores físicos se elevan al nivel del sufrimiento consciente –con consciencia intelectual–, relacionado con una constelación de sentimientos negativos, como la tristeza, la angustia, la desilusión, la rabia y cosas de este tipo.

Eso a lo que el dolor “se refiere” o que lo causa de modo inmediato podemos considerarlo como su objeto y lo llamamos malo. En este sentido el dolor tiene una objetividad, aunque sea eminentemente subjetivo, como lo son las sensaciones somáticas, por lo que se refiere al dolor físico, lo que en general puede llamarse “conciencia sensible” (tacto, sensaciones térmicas, viscerales, musculares, cinéticas, etc.). La falta de alimento es algo objetivo malo para el que lo padece, y esto malo se siente. El hambre, la sed, como sensaciones dolorosas se refieren a la falta de alimento y bebida. A su vez, casi simétricamente, lo que causa gozo o bienestar, o aquello a lo que un placer se refiere, lo llamamos objetivamente bueno. Un paseo, el encuentro con un amigo, son cosas agradables. Lo son porque constituyen un objeto adecuado a la vida humana o a nuestras capacidades (visión, ejercicio físico, inclinación a la compañía)1. Lo objetivo y lo subjetivo aquí están unidos, incluso aunque la sensación de dolor o placer se refiera sólo al propio cuerpo.

Se pueden establecer, entonces, dos polaridades: placer/dolor, bien/mal, de manera que lo bueno resulta placentero y lo malo es doloroso. No es que lo bueno sea el placer y lo malo sea el dolor, sino que hay actos, funciones y objetos objetivamente buenos, que traen consigo placer o agrado, y actos o situaciones que son objetos inadecuados, o falta de objetos debidos, que traen consigo malestar y desagrado.

La vida es compleja, pero la correspondencia placer-bien y dolor-mal en línea de principio es clara, aunque haya placeres malos (porque causan males que luego harán sufrir) y dolores buenos (pues causan bienes de los que luego se gozará)2. Placeres y dolores, entendiéndolos no como sensaciones físicas, sino más ampliamente como gozo y sufrimiento, no son sólo situaciones psicológicas o sentimientos, sino que se elevan al rango de algo ontológicamente profundo, pues tienen que ver con el vivir mismo. Por eso el tema del dolor no es sólo una cuestión médica o psicológica, sino que es como la otra cara de la moneda del problema del mal. El problema es a la vez metafísico y antropológico, y por eso al final es también teológico.

2.  Fenomenología del dolor 

Los seres humanos nos enfrentamos ante el dolor no de una manera teórica, sino vivencial. Como todo problema vital, es ante todo práctico. El dolor “debe” ser evitado y es siempre, al menos de por sí, rechazado, aunque sea inevitable. No se quiere el dolor en sí y hay quien prefiere la muerte antes que el dolor intenso e irreparable. Arriba vimos que normalmente tiene una objetividad –lo malo–, aunque de por sí el dolor acentúa la subjetividad, pues no lleva a reposar en el objeto, como sucede en la contemplación, sino que repliega al sujeto en sí mismo. Acalla otras sensaciones y obliga a que la atención se quede absorbida en él, no como un objeto contemplado con concentración, sino como una subjetividad doliente a la que le cuesta salir de sí extáticamente, como cuando se vive con alegría3.

Pero la persona humana es también capaz de interrogarse sobre el sufrimiento y su sentido. En esta introducción al tema pretendo situarlo como un problema planteado primariamente en torno a la vida. Según Aristóteles, el dolor aparece cuando un sujeto cognitivo padece la privación de un bien natural conveniente4. En Tomás de Aquino el dolor nace cuando se presenta un mal, algo que priva de un bien, siempre que esto se perciba5.

Al preguntarnos por su esencia y sentido, como de alguna manera hemos hecho hasta aquí, encontramos cierta paz, como sucede cuando entendemos algo. La intelección abstracta se sustrae el reino del dolor físico porque su objetividad se pone fuera del tiempo y de la vida. No es doloroso pensar en el dolor en abstracto e incluso es agradable, porque la operación inmaterial es algo bueno, en cuanto es una actividad humana natural no susceptible de corrupción, aunque depende del buen funcionamiento de la sensibilidad.

Esta consideración aristotélica admite, sin embargo, sus matices. Cuando una tarea intelectual es presa de dudas, desorientación, o se descubren errores importantes, sobreviene una inquietud. Esto sucede porque la mente en tales situaciones no llega a captar una verdad que desea comprender6. Además, considerar objetos malos, incluso abstractamente, produce cierto sufrimiento (por ejemplo, pensar en la guerra o en las enfermedades). El sufrimiento se presenta en las operaciones intelectuales porque estas tienen un acompañamiento afectivo. Por eso la contemplación de la verdad es gozosa y lo que se oponga a esto, como la dificultad en discernir la verdad, nos pone inquietos.

Pero la captación de objetos abstractos no está nunca separada del todo de la vida real. En los seres humanos esto se realiza cognitivamente –también de modo afectivo– como experiencia, lo que en Leonardo Polo se corresponde con el conocimiento habitual de lo que es acto, sobre todo acto vital. Las polaridades de bien/mal, gozo/sufrimiento, aparecen en la experiencia vital, a nivel intelectual y no sólo de sensibilidad.

En definitiva, el dolor surge en la vida cuando ésta padece una corrupción que aflora a la sensibilidad o a la experiencia a nivel racional. Sus causas objetivas lo “explican” en tercera persona, pero no dan idea del mismo si no se lo ha experimentado en primera persona7. En sí mismos el dolor y el sufrimiento son dimensiones importantes de la subjetividad, pero están en función del amor y la felicidad y no son lo absolutamente primario.

No hay dolor propiamente, sino sujeto doliente. La funcionalidad práctica inmediata del dolor está en que alarma sobre una privación y lleva así a evitarlo –si se puede– o a rechazarlo. Su superación, en su raíz, consistirá en remover sus causas. Pero como tiene cierta autonomía respecto a ellas, se lo puede afrontar para eliminarlo sin más, como hace un analgésico.

En atención a los niveles de la vida, el dolor puede ser fisiológico o del cuerpo, anímico o emocional y profundo o personal, aunque se da una sinergia entre las dolencias en estos tres niveles. No es lo mismo tener un dolor en la rodilla que además quedarse entristecido por ese dolor, ni es igual sentir un malestar físico que amargarse porque no haber superado un examen. Además una cosa es sentir los propios dolores y otra dolerse al advertir el sufrimiento ajeno y sufrir conjuntamente. En este último caso percibimos el dolor “en segunda persona” o “en primera persona plural”. Si el dolor se conceptualiza se captan algunos aspectos de su dinámica sin vivenciarlo, cosa muy útil para curarlo, como hace la medicina. Hay, pues, tres accesos al dolor: a) vivenciar los dolores propios; b) empatizar con los dolores ajenos; c) conceptualizar las dolencias.

La vivencia del dolor, aunque en muchos casos es parcial, si cobra cierta entidad afecta a la totalidad del sujeto. El yo comparece en las afecciones y sentimientos, que indican cómo está el sujeto y qué le pasa. Esto ocurre especialmente en los sufrimientos más agudos, que reclaman por entero la atención y así atenúan o acallan las voces de otros sectores de la vida psíquica8.

Todo está entrelazado y por eso una descompensación en una parte afecta a la totalidad, que tiene que reacomodarse. Si el malestar físico apesadumbra mucho, se genera un malestar en el nivel superior, anímico o emotivo, lo que a su vez repercute negativamente en el cuerpo, atenuando su vitalidad. Si esto es muy fuerte, la persona puede experimentar un extrañanamiento de sí misma y hasta un quiebre o pérdida de su sentido de identidad9. El nivel profundo o personal tiene que ver con las vivencias negativas más hondas, como la desesperación, la infelicidad o la incapacidad de reaccionar y de amar.

3.  En busca del sentido del dolor 

Lo que hasta aquí hemos visto da cierta inteligibilidad al dolor en sus variadas formas, como el malestar, la enfermedad, la injusticia y hasta la misma muerte. Lo negativo de la vida sirve para despertar nuestra conciencia, como acicate para conocer mejor la naturaleza de las cosas, como ocasión para descubrir lo bueno y superar las dificultades con ingenio y cooperación unos con otros. Si vemos el dolor dentro del horizonte de las limitaciones de la vida y lo traducimos como dificultad para aprender, trabajar y vencer, se nos hace casi imposible imaginarnos una vida sin dificultades y sufrimientos.

Una vida regalada, en la que todo iría siempre bien, se nos figura como aburrida, sin riesgos ni tensiones y difícil de imaginar realísticamente, porque la existencia de un mundo perfecto no corresponde al sistema biológico y humano en que vivimos. Los límites y las dificultades, aunque hagan sufrir, son necesarios en la vida. Sin ellos no existirían las ciencias, la medicina, la cultura, las leyes. Metafísicamente los males están en función de los bienes, porque aquellos, sin negar su dramatismo, no son más que destrucción y ausencia10.

Sin embargo, con una mirada más profunda, dirigida a aspectos muy negativos de la vida, el dolor se presenta como incomprensible, es decir, privado de sentido e inútil, cosa que peligrosamente nos acerca al nihilismo. Es así cuando consideramos los millones de personas que sufren y han sufrido aflicciones de todo tipo –físicas y morales– sin que tuvieran culpa alguna, especialmente cuando esas aflicciones ocuparon casi todo el tiempo de la vida y no se remediaron. No toda circunstancia dolorosa, como las enfermedades o las injusticias, acaba bien. Nada garantiza que lo malo acabe por dar pie a lo bueno.

Lo que digo se comprende si damos importancia a las personas. Muchos bienes a los que antes me he referido, como son los alcanzados por los progresos culturales, se consiguieron tras largo tiempo y así beneficiaron a algunos más favorecidos, quizá después de muchos años y aun siglos. La paz obtenida después de una guerra, por poner un ejemplo, no elimina el carácter trágico de la muerte de millones de personas. Pensemos en las últimas guerras mundiales. Si las personas no cuentan mucho, como si fueran animales, esto puede parecer inevitable y hasta natural y así nos dejaría indiferentes.

Pero tampoco es verdad que el dolor se ensañe sólo con los individuos y que su sacrificio al menos sirva al bien de los pueblos o al avance de la historia, pues muchas veces pueblos y enteras culturas sufren y perecen y no siempre de esas circunstancias han salido bienes. A causa de la contingencia del mundo, todo puede acabar en destrucción y aniquilamiento. Así el problema del sentido del mal y del dolor aparece en toda su radicalidad e incluso incomprensibilidad.

A pesar de las metafísicas clásicas del bien y del mal, que quieren evitar el maniqueísmo y ven a los males como algo solamente privativo y sin consistencia propia –Agustín, Tomás de Aquino, neoplatonismo cristiano–, ello no quita que esas “privaciones” estén muy enraizadas en el mundo humano y hagan sufrir. Todo el problema está en buscarles un sentido. Se trata de un problema especulativo por excelencia. Otra cuestión, más práctica y concreta, es cómo el hombre afronta el dolor y los sufrimientos con virtudes, ciencia o política. Pero normalmente existe una solidaridad entre ambos planos. Las actitudes humanas ante el mal, por ejemplo si se da mucha importancia a las ciencias, a las virtudes, o si se fomenta la solidaridad, o se cae en la indiferencia, suelen tener un fondo metafísico o antropológico implícitos.

Una persona o cierta actitud cultural pueden tolerar los males, renunciando a la lucha, por resignación o fatalismo, o al contrario pueden reaccionar con energía, buscando remedios en las ciencias de la salud o en proyectos políticos, quizá también dando importancia al cuidado de las personas o, al contrario, abandonando a su suerte a los desafortunados y fijando la atención sólo en metas políticas y hasta en utopías. Es posible también separar drásticamente el dolor de los males objetivos, por ejemplo con cierta visión “ética” en la que lo absoluto es esquivar el dolor, visto como máximo mal, mientras que el bienestar sería el sumo bien.

Se dan, pues, dos planos en la comprensión y actitudes ante el sufrimiento y el mal. Un plano es práctico, a nivel técnico y ético, lo que se puede comprobar fácilmente viendo, por ejemplo, cómo se comportan los médicos, enfermeros y enfermos ante los sufrimientos propios y ajenos con los que conviven a diario. Obviamente todos dan importancia a la medicina en la lucha contra la enfermedad y el dolor. Pero la actitud existencial –ética y antropológica– que anima a las personas que sufren y a lo que luchan contra el dolor puede ser muy distinta. Esta actitud nace de un plano que podríamos llamar especulativo, aunque sea implícito, que consiste en cierta visión metafísica y antropológica de la vida, una visión que se encuentra elaborada en los filósofos y vivida en las cosmovisiones religiosas.

4.  El dolor como negatividad del espíritu en Hegel 

Hegel

La posición de Polo ante el dolor y el sufrimiento es fundamentalmente antropológica y teológica, aunque tiene también una serie de consecuencias éticas. Para comprenderla en su radicalidad, planteo primero el panorama de las grandes visiones metafísicas o religiosas de las que se deriva un cierto sentido –o sin-sentido– del dolor (en lo que sigue tomaré dolor y sufrimiento como sinónimos, es decir, no me centraré exclusivamente en el dolor físico).

Las religiones pueden verse, desde cierto punto de vista –no absoluto–, como una respuesta humana ante el problema del sufrimiento. Se espera de lo alto el remedio de los males humanos. Las grandes realizaciones de la humanidad, como son las ciencias, la técnica, el Derecho, pretenden con diversos medios superar las dificultades y sufrimientos derivados de nuestra condición física y de las injusticias perpetradas por los seres humanos, lo que en su raíz nos remite al problema del pecado.

El hinduismo, el budismo, el hebraísmo, el islam, el cristianismo, para mencionar las grandes religiones, así como el epicureísmo, el estoicismo, Aristóteles, el existencialismo, el materialismo, si atendemos a las visiones filosóficas, incluyen una concepción acerca de los males y dolores y adoptan una actitud de fondo ante ellos.

Estas actitudes, filosófico-religiosas o sólo filosóficas, no solucionan de modo práctico los padecimientos, para lo cual hay remedios concretos –médicos, psicológicos, técnicos, jurídicos, cultuales, etc.–, sino que más bien les dan un sentido. Con este sentido las personas se animan a enfrentarse ante los males propios y ajenos con actitudes y emociones positivas, como la esperanza, el trabajo, la lucha, ciertas terapias, o quizá de modo negativo, como la resignación, la desesperanza, el suicidio, la eutanasia e incluso exterminios11. Un enfermo en un hospital, un detenido en una cárcel, un desocupado, se enfrentará ante estas situaciones de modo diverso si es un estoico, un escéptico, un creyente y así siguiendo.

No puedo referirme a todas estas posiciones, sino que me detendré brevemente en la de Hegel, a causa de su altura especulativa y cercanía a una respuesta teológica. Esto nos permitirá valorar mejor la posición de Polo. La clave de la filosofía hegeliana no es el simple racionalismo del iluminismo, ni el idealismo entendido como puro predominio del pensamiento, sino algo más complejo, que es el juego de la negatividad como elemento dinámico de la dialéctica finito-Infinito. Esto debe entenderse en un sentido rigurosamente teológico. La filosofía de Hegel es una teología (sin religiosidad), no una teología negativa en el sentido del apofatismo clásico, sino en el sentido del esfuerzo de una continua “aniquilación” de lo dado para apuntar a la superación ínsita en el movimiento de la Idea. Se puede decir, entonces, que es una teología del dolor. El dolor es una mediación entre lo finito y lo infinito. “El camino de lo negativo debe ser recorrido enteramente. Por eso Hegel no empezó por pensar la Encarnación, sino la muerte de Dios. Este descubrimiento de lo negativo es capital, revolucionario; es lo que le permite comprender al cristianismo como la religión absoluta, es decir, religión de la libertad de lo absoluto”12.

Este punto se encuentra diseminado en todas las obras de Hegel, desde las juveniles hasta las de la madurez. Ya en un texto del Hegel joven, de 1802, Fe y saber, leemos: “Pero el puro concepto, o el infinito como abismo de la nada, en el que todo el ser se hunde, tiene que sentir el dolor infinito”13. No se trata de que el dolor sea infinito, sino que el infinito contiene dentro de sí dolor (el concepto es más amplio que la noción de conciencia desgraciada de la Fenomenología del espíritu). El dolor supone así la libertad suprema del espíritu y está instalado en Dios mismo, no en un Dios trascendente y fuera del mundo, sino inherente al hacerse incesante de las cosas, aunque parezca que duerme en la naturaleza.

La esencia del espíritu es, por tanto, formalmente la libertad, la absoluta negatividad del concepto como identidad consigo mismo. Según esta determinación formal, el espíritu puede abstraer su existencia misma de toda cosa exterior y hasta de su propia exterioridad; puede soportar la negación de su inmediatez individual, el dolor infinito; esto es, puede mantenerse firme en esta negatividad y ser idéntico para sí14.

A nivel natural el dolor surge por primera vez en el mundo físico, según Hegel, cuando la superación de los límites dados, de las determinaciones adquiridas, entraña su negación, pues sólo así se puede ir adelante.

La planta supera el límite de ser como germen, y supera igualmente el ser flor, fruto, hoja; el germen se hace planta desarrollada, la flor se marchita, etc. En el límite del hambre, de la sed, etc., el sentiente es el instinto de superar este límite y lleva a efecto esta superación. Siente dolor, y el privilegio de la naturaleza sensible es sentir dolor. Es ésta una negación en su sí mismo, y está determinada en su sentimiento como un límite, precisamente porque el sentiente tiene el sentimiento de sí mismo, que es la totalidad, que está por encima y más allá de aquella determinación. Si el sí mismo no estuviera por encima y más allá de esta determinación, el sentiente no la sentiría como su negación y no experimentaría ningún dolor15.

La filosofía hegeliana se constituye entonces como una especie de ontoteodicea, es decir, un intento metafísico y teológico de “justificar” el dolor y el sufrimiento haciéndoles jugar un papel central en l proceso dialéctico16. Sin enfrentarse con el dolor, la filosofía sería superficial y poco seria. Le faltaría el “trabajo de lo negativo”17.

En las Lecciones sobre la filosofía de la religión, correspondientes al periodo maduro del pensamiento del filósofo alemán –años de docencia en la Universidad de Berlín–, Hegel entronca la temática del dolor con la teología trinitaria y cristológica. El dolor, el espíritu, aparecen cuando el hombre trasciende su conciencia como un ser simplemente natural, como si fuera un animal feliz e instintivo, bueno en el fondo, cosa que se asigna al estadio de la inocencia original de Adán y Eva. Con el pecado original, el hombre experimenta en sí mismo la división y el mal. Una vez que ha usado su voluntad, se sabe malo y egoísta, en una situación de oposición a Dios y al mundo18.

El hombre que tiene en sí esta conciencia de estar en lo más íntimo de esta contradicción [estar separado de Dios], tiene con esto en sí mismo el dolor infinito. El dolor está sólo presente en la oposición contra un deber, contra lo afirmativo (…) Dolor es precisamente la negatividad de lo afirmativo (…) Este dolor es uno de los momentos del mal. El mal solo, en sí, es una abstracción; el mal es sólo en la oposición al bien. Y en cuanto es en la unidad del sujeto, éste está escindido, y esta escisión es el dolor infinito19.

En esta situación el hombre está ya elevado al plano del espíritu, al sufrir –luteranamente, podríamos decir– su íntima pecaminosidad, viviendo en su corazón una profunda contradicción. “Aquí, en esta oposición, desaparece la inocencia”20. Ahora “yo sé que soy siempre lo que no debe ser”21. De esta suprema infelicidad e insatisfacción consigo mismo y con todas las cosas nace la renuncia completa al mundo propia de la conciencia infeliz. En los hebreos la conciencia infeliz se veía con relación a un Dios trascendente, lo que será retomado por el cristianismo medieval. En los estoicos se reacciona contra la infelicidad mediante el dominio racional de una conciencia que se siente individualmente por encima de todo lo natural. Donde de verdad se produce la reconciliación es con la Encarnación y Muerte de Cristo en la Cruz: sólo aquí quedará superada plenamente la oposición. Por eso, para Hegel el Cristianismo es la religión absoluta o la consumación de toda religión22.

La reconciliación absoluta es un momento necesario en la “historia” de Dios, pues de lo contrario lo finito no podría quedar abarcado por el Infinito. Dios tiene que auto-manifestarse en la conciencia humana. Lo hace el Hijo, el otro del Padre –alteridad–, en una eterna superación que es el amor, el Espíritu. Al establecerse en el Verbo encarnado la unidad de lo humano y lo divino, tenemos en Dios el dolor infinito en su momento más alto y válido para todos los hombres. El amor recíproco se pone como la suprema unidad de los hombres con Cristo, pero para esto es necesario estar desprendidos en absoluto de todo lo existente, con un abandono total. Esto es lo que comporta la muerte de Cristo en la Cruz, el “viernes santo especulativo”23. Su muerte humillante, civil, ni siquiera por enfermedad, sólo por amor, consuma la neta negatividad de toda vida natural. Así la Cruz, pareciendo una expresión máxima de finitud, porque es la misma muerte de Dios, da como fruto, en la resurrección y ascensión al Cielo, la reconciliación definitiva de toda escisión y dolor.

Amor y dolor quedan así eternamente entrelazados: “la muerte [de Cristo] es el mismo amor; por eso es intuida como amor absoluto. Es la identidad de lo divino y lo humano, por la que Dios en lo humano, en lo finito, está junto a sí, y este finito, en la muerte misma, es determinación de Dios”24. A partir de este momento, la comunidad sobre la que desciende el Espíritu Santo tomará conciencia de la reconciliación trinitaria y por tanto el reino del espíritu vivirá en la comunidad. ¿Se llegará así a una plenitud?25

Dejando de lado las dificultades de esta tesis para una hermenéutica de la teología hegeliana26, es obvio que muchas de las afirmaciones del pensador alemán tienen un acento místico, trinitario y cristológico que invitan a una comparación con la teología dogmática católica27. En Hegel una filosofía que no sea teología perdería profundidad y sería abstracta. Pero la teología hegeliana es una asimilación filosófica de las representaciones míticas de los dogmas cristianos. Aun así, cualquier interpretación de Hegel que deje de lado la centralidad de su visión teológica –trinitaria y cristológica– pierde lo substancial de su pensamiento28.

Al poner la negatividad en el interior mismo de la Idea, para así incorporar el dolor al concepto, Hegel pierde la distinción entre Dios y las creaturas. El dolor infinito está presente eternamente en Dios29.

‘Dios mismo ha muerto’, se dice en un canto luterano. Con esto se manifiesta la conciencia de que lo finito, lo frágil, la debilidad, lo negativo, son también un momento divino, que todo está en Dios, y que la finitud, la negatividad, la alteridad no están fuera de Dios, y como alteridad no es un obstáculo para la unidad con Dios. Y la alteridad, lo negativo, es conocido como un momento de la misma naturaleza divina. Aquí está contenida la más alta idea del espíritu30.

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1 Analíticamente se puede discutir si el dolor es una sensación representativa, una percepción o una emoción, o quizá todas estas cosas, que pueden disociarse y admiten modalidades complejas. No me detengo aquí en estos aspectos. Puede verse al respecto M. AYDEDE, voz Pain, “The Stanford Encyclopedia of Philosophy” (Spring 2019 edition), Edward N. Zalta (ed.), https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/pain.
2 Considero estas cuestiones en la voz Dolor, Enciclopedia filosófica online Philosophica, F. Fernández Labastida y J. A. Mercado (eds.), http://www.philosophica.info/voces/dolor/Dolor.html, marzo 2017, y en El sentido humano del dolor. Perspectiva filosófica, en Antropología del dolor, H. Velázquez y F. Mendoza (eds.), IF Press, Roma, 2019, 13-28.
3 Cfr., sobre este punto, G. PÉREZ MARC, Cuerpo y subjetividad: una filosofía del dolor, “Páginas de filosofía”, año 12, n. 15 (2015), 33-54.
4 Cfr. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, libro X, 1173b5-10.
5 Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S. Th., I, q. 35, a. 1.
6 En TOMÁS DE AQUINO, S. Th., I, q. 35, a. 5 se considera cómo puede introducirse sufrimiento en la contemplación.
7 Cfr., sobre el tema, C. MAILLARD, Sobre el dolor, “Humanitas Humanidades médicas”, vol. 1, n. 4, octubre- diciembre 2003, 353-360.
8 Cfr. L. POLO, Obras completas, Curso de teoría del conocimiento IV, Eunsa, Pamplona, 2019, 234-236. Abreviaré Obras completas como OC.
9 Cfr. G. PÉREZ MARC, Cuerpo y subjetividad, cit.; I. FUSTER, Perspectiva antropológica del sufrimiento,
“Espíritu”, 53 (2004), 263-277.
10 Cfr. TOMÁS DE AQUINO, C. G., III, cap. 4, 10, 11, todos dedicados a la metafísica del mal.
11 POLO se refiere a algunas de estas posiciones en OC, La persona humana y su crecimiento, Eunsa, Pamplona, 2015, cap. 8, El sentido cristiano del dolor, 139-185 y en OC, Epistemología, creación y divinidad, Eunsa, Pamplona, 2015, cap. 8, La concepción cristiana del dolor, 253-276.
12 J.-L. VIEILLARD-BARON, Hegel. Systèmes et structures théologiques, Cerf, París, 2006, 55.
13 G. W. HEGEL, Glauben und Wissen, Gesammelte Werke (desde ahora, GW), tomo 4, Meiner, Hamburgo, 1968, 413. Las traducciones de Hegel son mías.
14 HEGEL, GW, Enzyklopëdie der Philosophischen Wissenschaften im Grundrisse (1827), tomo 19, Meiner, Hamburgo, 1989, & 382 (p. 289). Cfr., sobre este tema, M. P. ROSATI, L’infelicità, una dimensione dello spirito, “Atopon”, vol. VI, http://www.atopon.it/linfelicita-una-dimensione-dello-spirito/, consultado el 29-6- 2021.
15 HEGEL, GW, Wissenschaft der Logik, parte I, Meiner, Hamburgo, 1985, 122.
16 Cfr. F. BRENCIO, L’emergere del negativo nella filosofia giovanile di Hegel, “Oros”, 1 (2007), 23-44.
17 Cfr. HEGEL, GW, Phänomenologie des Geistes, tomo 9, Meiner, Hamburgo, 1980, 18. Sin embargo, Hegel critica la detención nostálgica en el dolor subjetivo propia del romanticismo (por ej., Novalis), que no se abre a la plenitud del espíritu y así no supera la escisión propia del “alma bella” (pura, incapaz de enfrentarse de verdad con el dolor para superarlo): cfr. G. PORTALES, Dialécticas del dolor. En torno a Hegel y el romanticismo, “Seminarios de filosofía”, números 12-13, 1999-2000, 231-247.
18 Cfr. HEGEL, Vorlesungen über die Philosophie der Religion, parte III: Die Absolute Religion, ed. G. Lasson, Meiner, Leipzig, 1929, pp. 113-129, donde se expone la interpretación hegeliana del pecado original.
19 Ibidem, 118.
20 Ibidem, 119.
21 Ibidem, 119.
22 Cfr. ibidem, 138-174.
23 Cfr., sobre este tema, M. GONZÁLEZ VALLEJOS, Filosofía de la cruz en Hegel, “Veritas”, 42 (2019), 9-28. POLO toca brevemente este punto en OC, Hegel y el posthegelianismo, Eunsa, Pamplona, 2018, 53-54.
24 HEGEL, Vorlesungen über die Philosophie der Religion, parte III: Die Absolute Religion, cit., 166.
25 Cfr. C. MALABOU, L’Avenir de Hegel: Plasticité, temporalité, dialectique, Vrin, París, 1996. La autora presenta una reinterpretación del porvenir, que en Hegel es problemático, acudiendo a la plasticidad cerebral, lo cual daría pie a una transformación siempre abierta del hombre, pero vista en términos materialistas y por tanto lejana de la filosofía del espíritu de Hegel.
26 Las interpretaciones sobre qué significa esta comunidad son múltiples, debido a la misma ambigüedad de Hegel y a que quizá aquí su sistema, en apariencia tan bien trabajado como teología de la historia, acaba por derrumbarse al no encontrar una desembocadura clara (¿debería durar para siempre el dolor y la negatividad?, ¿la comunidad del espíritu implica una casi fusión entre la Iglesia y el Estado?). El tema no es pertinente en este trabajo, por lo que lo dejo de lado.
27 Cfr., en este sentido, P. CODA, Il negativo e la Trinità. Ipotesi su Hegel, Città Nuova, Roma, 1987; J. A. DÍAZ, Hegel y la superación de la religión, “Ideas y valores”, 56 (2007), 3-37; Ensayos de filosofía, I, ed. Usta, Bogotá, 2014, cap. 12, Hegel y la religión, 303-330; P. MANCINELLI, La croce nel concetto: rileggere Hegel                     alla     luce                    della         teologia     trinitaria,    “Reportata”,    2011, https://mondodomani.org/teologia/mancinelli2011.htm, consultado el 29-6-2021; I. ANDEREGGEN, Hegel y el catolicismo, Educa, Buenos Aires, 1995.

Publicado en “Studia Poliana”, 2022 (24), pp. 65-83.


4 respuestas a «El sentido del dolor según Leonardo Polo (1/2)»

  1. El dolor físico es una respuesta defensiva del cuerpo ante una agresión. El espiritual, es fruto de una agresión sobre la estabilidad sentimental/emocional irracional; albergada en el subconsciente. Los amos, de cara al paso de gigante 20/30, están trabajando sobre ambos aspectos del ser humano, aplicando tecnologías desconocidas incluso a nivel militar de primer orden para someter a los animalitos de su granja.

    1. Por cierto, Hegel era un masonazo de los gordos; lacayo lameculos marranos anglosionistas nazis; y la teoría resobada de las antítesis relativas; poli bueno poli malo; no le era precisamente desconocida( Buhigas ).

  2. Hay una gran diferencia entre el dolor y el sufrimiento. El dolor puede ser físico en el microcosmos orgánico y mental en el macrocosmos arquetípico psicoideo. Por lo tanto, el dolor alerta, el valor y la voluntad, superior a este dolor, remedia en defensa o liberación del arquetipo psicoideo en su comprensión. En cambio, el sufrimiento, es tirar la toalla en la lucha, sumisión y fagocitación del sujeto hasta su muerte sin trascendencia. Despertar y orientarse al espíritu, es una lucha titánica, se han de revertir todas las miradas perdidas en los arquetipos psicoideos, integrando el arquetipo familiar, es lo que se conoce y denominamos Pontificar con el espíritu. El sujeto consciente sigue siendo substancia material, es la matriz arquetípica que nombra con el verbo el creador, con sus formas materiales de energía y entes creados, consciencia-tiempo. El reino de dios está más allá de esta matriz y solo se le abrirá la puerta, al hombre o mujer, puros de espíritu. Por lo tanto, el dolor y sufrimiento, placeres mundanos, procede de la matriz de su LOGOS micro-macrócosmico, entrar en el reino del verdadero dios, no existe la carne, ni las representaciones de la matriz. Este reino, al ser indeterminado, infinito, increado, al ser eterno, sin tiempo como lo conocemos, es imposible para el ser racional comprenderlo o imaginarlo, por eso lo denominamos paraíso.

    Saludos cordiales

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