El significado correcto de la obediencia al Papa

La santa Iglesia es, en primer lugar y más profundamente, una institución divina, y es un misterio en su significado sobrenatural. En segundo lugar, tiene también la realidad humana y visible, los miembros visibles y la jerarquía (Papa, obispo, sacerdote).

Cuando la Madre Iglesia atraviesa una de las crisis más profundas de su historia, como ocurre en nuestro tiempo, en el que la crisis afecta a todos los niveles de la vida de la Iglesia de forma espantosa, la Divina Providencia nos llama a amar a nuestra Madre Iglesia, que es humillada y burlada no en primer lugar por sus enemigos, sino desde dentro por sus pastores. Estamos llamados a ayudar a nuestra Madre Iglesia, cada uno en su lugar, a ayudarla para una verdadera renovación mediante nuestra propia fidelidad a la integridad inmutable de la fe católica, mediante nuestra fidelidad a la constante belleza y sacralidad de su liturgia, la liturgia de todos los tiempos, mediante nuestra intensa vida espiritual en unión con Cristo, y mediante actos de amor y caridad.

El misterio de la Iglesia es más grande que el Papa o el obispo. A veces los papas y los obispos han hecho daño a la Iglesia, pero al mismo tiempo Dios se ha servido de otros instrumentos, a menudo simples fieles, simples sacerdotes o algunos obispos, para restaurar la santidad de la fe y de la vida en la Iglesia.

Ser fiel a la Iglesia no significa obedecer interiormente todas las palabras y actos de un Papa o de un obispo, ya que el Papa o un obispo no son idénticos a toda la Iglesia. Y si un Papa o un obispo apoya un camino que daña la integridad de la fe y de la liturgia, entonces uno no está de ninguna manera obligado a seguirlo interiormente, porque hay que seguir la Fe y las normas de la Iglesia de todos los tiempos, de los apóstoles y de los santos.

La Iglesia católica es la única Iglesia que Cristo fundó, y es voluntad expresa de Dios que todos los hombres sean miembros de su única Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia no es propiedad privada de un Papa, sino que éste es sólo el vicario, el servidor, de Cristo. Por lo tanto, no se puede hacer depender el convertirse en católico de pleno derecho del comportamiento de un Papa en particular. Seguramente hay que obedecer al Papa cuando propone infaliblemente la verdad de Cristo, cuando habla ex cathedra, lo cual es muy raro. Hay que obedecer al Papa cuando nos ordena obedecer las leyes y mandamientos de Dios, [y] cuando toma decisiones administrativas y jurisdiccionales (nombramientos, indulgencias, etc.). Pero si un Papa crea confusión y ambigüedad respecto a la integridad de la fe católica y de la sagrada liturgia, entonces no hay que obedecerle, y hay que obedecer a la Iglesia de todos los tiempos y a los Papas que, a lo largo de dos milenios, enseñaron constante y claramente todas las verdades católicas en el mismo sentido. Y estas verdades católicas las encontramos expresadas en el Catecismo. Hay que obedecer al Catecismo y a la liturgia de todos los tiempos, que los santos y nuestros antepasados siguieron.

Junto a otras reflexiones se presenta en las siguientes líneas un breve resumen de la magistral ponencia del Prof. Roberto de Mattei, «Obediencia y resistencia en la historia de la Iglesia», pronunciada en el Foro Vida Roma, el 18 de mayo de 2018.

Es una falsa obediencia cuando una persona diviniza a los hombres que representan la autoridad en la Iglesia (Papa u obispo), cuando esta persona acepta órdenes y consiente afirmaciones de sus superiores, que evidentemente dañan y debilitan la claridad e integridad de la fe católica.

La obediencia tiene un fundamento, una finalidad, unas condiciones y unos límites. Sólo Dios no tiene límites: Él es inmenso, infinito, eterno. Toda criatura es limitada, y ese límite define su esencia. Por lo tanto, no existe en la tierra ni la autoridad ilimitada, ni la obediencia ilimitada. La autoridad se define por sus límites, y la obediencia también se define por sus límites. La conciencia de estos límites conduce a la perfección en el ejercicio de la autoridad y a la perfección en el ejercicio de la obediencia. El límite insuperable de la autoridad es el respeto a la ley divina de la integridad y la claridad de la fe católica, y el respeto a esta ley divina de la integridad y la claridad de la fe católica es también el límite insuperable de la obediencia.

Santo Tomás plantea la pregunta: «¿Están los súbditos obligados a obedecer a sus superiores en todo?» (Summa theologica, II-IIae, q. 104, a. 5); su respuesta es negativa. Como explica, las razones por las que un súbdito no puede estar obligado a obedecer a su superior en todas las cosas son dos. En primer lugar: por un mandato de una autoridad superior, dado que la jerarquía de autoridades debe ser respetada. En segundo lugar: si un superior ordena a un súbdito hacer cosas ilícitas, por ejemplo, cuando los hijos no están obligados a obedecer a sus padres en materia de contraer matrimonio, preservar la virginidad o asuntos similares. Santo Tomás concluye: «El hombre está sometido a Dios absolutamente, y en todas las cosas, internas y externas: por tanto, está obligado a obedecer a Dios en todas las cosas. Sin embargo, los súbditos no están obligados a obedecer a sus superiores en todas las cosas, sino sólo en algunas. (…) De ahí que se puedan distinguir tres tipos de obediencia: la primera, que es suficiente para la salvación, obedece sólo en las cosas obligatorias; la segunda, que es perfecta, obedece en todas las cosas lícitas; la tercera, que es desordenada, obedece también en las cosas ilícitas» (Suma teológica, II-IIae, q. 104, a. 3).

La obediencia no es ciega ni incondicional, sino que tiene límites. Cuando hay pecado, mortal o no, tenemos no sólo el derecho, sino el deber de desobedecer. Esto también se aplica en circunstancias en las que se ordena hacer algo perjudicial para la integridad de la fe católica o la sacralidad de la liturgia. La historia ha demostrado que un obispo, una conferencia episcopal, un Concilio, [y] hasta un Papa pronunciaron errores en su Magisterio no infalible. ¿Qué deben hacer los fieles en tales circunstancias? En sus diversas obras, Santo Tomás de Aquino enseña que, cuando la fe está en peligro, es lícito, incluso adecuado, resistir públicamente a una decisión papal, como hizo San Pablo a San Pedro, el primer Papa. En efecto, «San Pablo, que estaba sometido a San Pedro, le reprendió públicamente por el riesgo inminente de escándalo en una cuestión de fe». Y San Agustín comentaba: «También San Pedro dio ejemplo para que los que gobernaban, pero en ocasiones se desviaban del buen camino, no rechazaran como impropia una corrección, aunque procediera de sus súbditos» (ad Gálatas 2, 14)» (Summa theologica, II-II, q. 33, a. 4, ad 2).

La resistencia de San Pablo se manifestó como una corrección pública de San Pedro, el primer Papa. Santo Tomás dedica una cuestión entera a la corrección fraterna en la Summa. La corrección fraterna también puede ser dirigida por los súbditos a sus superiores, y por los laicos contra los prelados. «Puesto que, sin embargo, un acto virtuoso necesita ser moderado por las debidas circunstancias, se deduce que cuando un súbdito corrige a su superior, debe hacerlo de manera adecuada, no con impudicia y dureza, sino con dulzura y respeto» (Summa theologica, II-II, q. 33, a. 4, ad 3). Si hay un peligro para la fe, los súbditos están obligados a reprender a sus prelados, incluido el Papa, incluso públicamente: «Por eso, debido al riesgo de escándalo en la fe, Pablo, que de hecho estaba sometido a Pedro, le reprendió públicamente» (ibidem).

La persona y el cargo del Papa tienen su sentido en ser sólo el Vicario de Cristo, un instrumento y no un fin, y como tal, este sentido debe ser utilizado, si no queremos invertir la relación entre el medio y el fin. Es importante subrayar esto en un momento en que, sobre todo entre los católicos más devotos, hay mucha confusión al respecto. Además, la obediencia al Papa o al obispo es un instrumento, no un fin.

El Romano Pontífice tiene autoridad plena e inmediata sobre todos los fieles, y no hay autoridad en la tierra que sea superior a él, pero no puede, ni con declaraciones erróneas ni ambiguas, cambiar y debilitar la integridad de la fe católica, la constitución divina de la Iglesia, ni la tradición constante de la sacralidad y el carácter sacrificial de la liturgia de la Santa Misa. Si esto sucede, existe la legítima posibilidad y el deber de los obispos, e incluso de los fieles laicos, no sólo de presentar apelaciones y propuestas privadas y públicas de correcciones doctrinales, sino también de actuar en «desobediencia» de una orden papal que cambie o debilite la integridad de la fe, la Constitución Divina de la Iglesia y la liturgia. Esta es una circunstancia muy rara, pero posible, que no viola, sino que confirma, la regla de la devoción y la obediencia al Papa que está llamado a confirmar la fe de sus hermanos. Tales oraciones, apelaciones, propuestas de correcciones doctrinales y una supuesta «desobediencia» son, por el contrario, una expresión de amor al Sumo Pontífice para ayudarle a convertirse de su peligroso comportamiento de descuidar su deber primordial de confirmar a toda la Iglesia sin ambigüedades y con vigor en la fe.

Hay que recordar también lo que enseñó el Concilio Vaticano I: «El Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro no para que, por su revelación, dieran a conocer alguna doctrina nueva, sino para que, con su ayuda, custodiaran religiosamente y expusieran fielmente la revelación o depósito de la fe transmitida por los apóstoles» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus, cap. 4).

Desde hace algunos siglos, en la vida de la Iglesia prevalece un positivismo jurídico, combinado con una especie de papolatría. Tal actitud pretende reducir los órdenes exteriores del superior y la ley a un mero instrumento en manos de quienes ostentan el poder, olvidando el fundamento metafísico y moral de la propia ley. Desde este punto de vista legalista, que ahora impregna la Iglesia, lo que la autoridad promulga es siempre justo.

Los tratados espirituales tradicionales nos enseñan a obedecer a la Iglesia y al Papa, o al obispo. Sin embargo, esos se refieren a los tiempos de la normalidad, cuando el Papa y los obispos defendían y protegían valientemente y sin ambigüedades la integridad de la fe y la liturgia. Ahora vivimos, obviamente, el tiempo excepcional de una crisis global de la fe en todos los niveles de la Iglesia. Un fiel católico tiene que reconocer la autoridad suprema del Papa, y su gobierno universal. Sin embargo, sabemos que, en el ejercicio de su autoridad, el Papa puede cometer abusos de autoridad en evidente detrimento de la fe católica y de la sacralidad de la liturgia de la Santa Misa, como desgraciadamente ha ocurrido en la historia. Queremos obedecer al Papa: a todos los Papas, incluido el actual, pero si en la enseñanza de algún Papa encontramos una contradicción evidente, nuestra regla de juicio sigue la tradición bimilenaria de la Iglesia, es decir, la enseñanza constante de los Papas a lo largo de milenios y siglos.

Según el padre Enrico Zoffoli, los peores males de la Iglesia no provienen de la malicia del mundo, de la injerencia o de la persecución de los laicos por parte de otras religiones, sino sobre todo de los elementos humanos que componen el Cuerpo Místico: los laicos y el clero. «Es la desarmonía producida por la insubordinación de los laicos a la obra del clero y del clero a la voluntad de Cristo» (Potere e obbedienza nella Chiesa, Milán 1996, p. 67):

A la autoridad de un Papa o de un obispo que sobrepasa los límites de la ley divina de la integridad y de la claridad de la fe católica, hay que oponer una firme resistencia, que puede hacerse pública. Este es el heroísmo de nuestro tiempo, el camino más grave hacia la santidad hoy. Llegar a ser santos significa hacer la voluntad de Dios; hacer la voluntad de Dios significa obedecer su ley siempre, en particular, cuando esto es difícil o cuando esto nos pone en conflicto con los hombres, que, aunque como representantes legítimos de su autoridad en la tierra (Papa, obispo), están, por desgracia, difundiendo errores o debilitando la integridad y la claridad de la fe católica.

Tales momentos son muy raros en la historia de la Iglesia, pero han ocurrido, como es evidente a la vista de todos, también en nuestro tiempo.

Muchos, en el curso de la historia, han manifestado un comportamiento heroico, resistiendo a las leyes injustas de la autoridad política. Mayor aún es el heroísmo de quienes han resistido a la imposición, por parte de la autoridad eclesiástica, de doctrinas que se apartan de la constante Tradición de la Fe y de la Liturgia de la Iglesia. La resistencia filial, devota y respetuosa, no conduce al alejamiento de la Iglesia, sino que multiplica el amor a la Iglesia, a Dios, a su Verdad, porque Dios es el fundamento de toda autoridad y de todo acto de obediencia.

Por el amor al ministerio papal, al honor de la Sede Apostólica y a la persona del Romano Pontífice algunos santos, por ejemplo Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena, no se privaron de amonestar a los Papas, a veces incluso en términos un tanto fuertes, como podemos ver a Santa Brígida reportando las siguientes palabras del Señor, dirigidas al Papa Gregorio XI: «Empieza a reformar la Iglesia que compré con mi propia sangre para que sea reformada y conducida espiritualmente a su prístino estado de santidad. Si no obedeces esta mi voluntad, puedes estar muy seguro de que vas a ser condenado por mí ante toda mi corte celestial con el mismo tipo de sentencia y justicia espiritual con la que se condena y castiga a un prelado mundano que va a ser despojado de su rango. Se le despoja públicamente de su vestimenta sagrada y pontificia, se le derrota y se le maldice. Esto es lo que haré contigo. Te enviaré lejos de la gloria del cielo. Sin embargo, Gregorio, hijo mío, te exhorto de nuevo a convertirte a mí con humildad. Atiende mi consejo» (Libro de las Revelaciones, 4, 142).

Santa Catalina de Siena

Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, dirigió la siguiente admonición contundente al papa Gregorio XI, exigiéndole que reformara enérgicamente la Iglesia o, si no lo hacía, que renunciara al papado: «Santísimo y dulce padre, vuestra pobre e indigna hija Catalina en Cristo dulce Jesús, se encomienda a vos en su preciosa sangre. La Verdad Divina exige que hagáis justicia sobre la abundancia de muchas iniquidades cometidas por los que se alimentan y pastorean en el jardín de la Santa Iglesia. Ya que Él os ha dado autoridad y vosotros la habéis asumido, debéis usar vuestra virtud y poder; y si no estáis dispuestos a usarla, sería mejor que renunciarais a lo que habéis asumido; más honor para Dios y salud para vuestra alma sería.»

Cuando los que ejercen la autoridad en la Iglesia (Papa, obispos), como ocurre en nuestro tiempo, no cumplen fielmente su deber de mantener y defender la integridad y la claridad de la fe católica y de la liturgia, Dios llama a los subordinados, a menudo los pequeños y sencillos de la Iglesia, a compensar los defectos de los superiores, mediante llamamientos, propuestas de corrección y, lo que es más poderoso, mediante sacrificios y oraciones vicarias.

Nicolás de Cusa

Durante la profunda crisis de la Iglesia en el siglo XV, en la que el alto clero daba a menudo mal ejemplo y fallaba gravemente en sus deberes pastorales, el cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464) se sintió profundamente conmovido por un sueño en el que se le mostraba esa realidad espiritual del poder de la ofrenda de sí mismo, la oración y el sacrificio vicario. Vio en sueños la siguiente escena: Más de mil monjas estaban rezando en la pequeña iglesia. No estaban arrodilladas, sino de pie. Estaban con los brazos abiertos, las palmas hacia arriba en un gesto de ofrenda. En las manos de una monja delgada y joven, casi infantil, Nicolás vio al Papa. Se podía ver lo pesada que era esta carga para ella, pero su rostro irradiaba un brillo de alegría. Esta actitud deberíamos emularla.

Para lifesite


3 respuestas a «El significado correcto de la obediencia al Papa»

  1. ¡De papa, nada! Bergoglione Caifás escupe veneno urbi et orbi, blasfema contra Dios y pisotea con sus pezuñas de guarro sacrílego todo lo que es querido por los cristianos. Hace las obras de su padre Satanás, luego es un siervo de Satanás. Al pan, pan y al vino, vino.

    1. Exactamente tal como comentas.
      Antes de «El significado correcto de la obediencia al Papa» habría que puntualizar -máxime con el descaro sin disimulo como actúa Bergoglio- si es Papa. Lo será de forma oficial Vaticana, pero de hecho NO LO ES, es incluso peor que un hereje. Un hereje podría cometer un desvío en la Doctrina de Cristo, pero es que este sinvergüenza va mucho más allá, su intención es la destrucción sistemática de la Iglesia, es uno de los más activos miembros satánicos que promueven el Nuevo Orden Mundial con objeto de adueñarse del mundo, actúa conjuntamente con estos promotores de EXTERMINIO y DOMINACIÓN.
      Un Papa hereje no podría ser Papa. Por citar algo al respecto, el Papa Paulo IV promulgó una bula declarando solemnemente que la elección de un hereje como Papa es nula e inválida. Y en conformidad con la verdad de que un hereje no puede ser Papa, la Iglesia enseña que no se puede rezar por los herejes en el canon de la misa (falsos santos y falsos Papas Roncalli, Montini y Wojtyla).
      Volviendo al título original del artículo «El significado correcto de la obediencia al Papa» sin mencionar a ningún un Papa y de mencionarlo que fuese realmente Papa, decir que SÍ habría que obedecerle en el aspecto Doctrinal, que evidentemente, no iría contra las enseñanzas de CRISTO. Por poner un ejemplo, aplicar la excomunión Latae Sententiae por votar a marxistas, acción y colaboración aborto, organización masónica, etc. como los decretados por Papas anteriormente.
      Al pan, pan y al vino, vino.

  2. Obediencia ciega a la actitud sacralizante causa la ceguera en su principio arquetípico de engaño, hasta la entelequia del fin que le está llegando, el principio y el final es la misma nada. Como vengo diciendo, ser paloma en la entelequia del alma o ser águila en espíritu alzando el vuelo de retorno a su origen.

    Saludos cordiales

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