El silencio de los corderos

Permítame, el atento lector, que comience este artículo, dada su relevancia con dos de las más aclamadas citas del Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu:

“La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”.

“Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder”.

En las últimas fechas, el ciudadano español está asistiendo al desenmascaramiento de las garras del poder político, hecho que, por otra parte, llevamos denunciando aquellos que, sin tapujos, nos circunscribimos dentro del hoy denostado pensamiento liberal. La democracia, que tantas sospechas levantó entre los padres de la que ha sido, es y será la madre de todos los saberes, del que soy un ferviente retoño, la Filosofía, pone de manifiesto algunos de los peligros que no solo fueron denunciados en los tiempos de la Grecia clásica, sino que han recorrido el mundo de las ideas y la política hasta los tiempos actuales.

Este artículo trata de enfatizar en la obligación del ciudadano que, absorto en otros menesteres, ha olvidado la mayor de sus responsabilidades, a saber: exigir de aquellos que nos gobiernan el cumplimiento escrupuloso de todas las leyes que han posibilitado más de cuarenta años de paz y prosperidad para una gran nación como es la española. No se trata de dar cabida a esa batalla cultural que hoy hondea sus estandartes con más fuerza que nunca, no se trata de posicionarse a favor o en contra de las tesis de izquierda y derecha, se trata de exigir y luchar para que unos pocos no terminen arruinando la vida de muchos, o, rectius, que unos pocos en nombre de la mayoría que los votó amedrenten, amordacen y terminen por estrangular tanto las libertades como el bienestar de todos cuantos viven dentro del territorio nacional.

La democracia en mayúsculas solamente tiene sentido cuando un poder tiene los suficientes contrapesos y barreras que no pueda subyugar o absorber al resto. Los ciudadanos, más preocupados por las reivindicaciones insulsas de aquellos tiempos en los que los ideales de la derecha cobraban sentido bajo el sustantivo que los nombraba, o la izquierda surgía como fuerza de revolución con intenciones de destruir lo existente para ver el amanecer de un nuevo comienzo, no han terminado por darse cuenta de que estos ideales se han desdibujado y los principios a los que hacen alusión están tan difuminados que casi parecen no haber existido. El facsímil de la defensa de una izquierda fiel defensora de los pobres y una derecha que da cobijo a los más poderosos es casi de carácter blasfemo. Solo tenemos que desempolvar los libros de historia que yacen en las estanterías como objetos de museo para percibir que si algo ha caracterizado a la una es crear millones de aquellos que decía defender y que la otra no ha sino posibilitado la existencia de unos ciudadanos que pueden alcanzar cotas que hasta entonces les estaban denegadas e incluso prohibidas.

Un pueblo adormecido respecto a sus gobernantes solo tiene una consecuencia lógica: “aquellos que practican la mendacidad hasta la saciedad serán los mejores gobernantes, mientras que aquellos otros que asuman decisiones bajo el prisma de la responsabilidad parecerán ir en contra de todos sus gobernados”. Los políticos nacionales, muy conscientes de que no se les reclamarán las responsabilidades exigibles a todo gobernante, actúan en beneficio propio a pesar de que esto contradiga todo aquello que prometieron tanto en sus campañas como en sus programas electorales. Una vez finalizados los periodos electorales, sus promesas, motivos por los cuales fueron votados, se convierten en papiros mojados en un mundo que va tan deprisa y que mira tan poco a lo anteriormente acontecido que casi dan ganas de echarse a llorar.

Parte de todo lo expresado anteriormente se encuentra en la base de que la ciudadanía española guarde absoluto silencio mientras observamos impasibles como el poder judicial, el contrapeso lógico del poder legislativo, está siendo asaltado como si de una diligencia se tratase en los tiempos del lejano oeste. Si bien, hay que reconocer que el Tribunal Constitucional no forma parte del poder judicial, sino que hay que entenderlo como lo que es, una magistratura del mismo poder legislativo, sí que a efectos prácticos sirve de contrapeso para aquellos gobernantes que ebrios de poder han olvidado sus principales cometidos, es decir, la defensa de los intereses de su pueblo, la búsqueda de un reparto igualitario tanto de obligaciones como de derechos. No es posible, por más que lo intenten justificar, que una sociedad se enmarque bajo las directrices de la justicia cuando sobre las espaldas de unos pocos recaen las responsabilidades de muchos que, obcecados en exigir aquello que no se han ganado por derecho, piensan que justo es que unos dejen su vida en el desarrollo de sus labores y menesteres para que otros disfruten los frutos que los primeros consiguieron. Este aspecto daría para otro buen artículo del que en estos momentos no me ocuparé, solo aclararé que aquellos que confundían ecuaciones con inecuaciones en el plano humano; es decir, aquellos que se erigieron en los predicadores de una igualdad que a todas luces era una desigualdad fragrante, ahora han cambiado el concepto por equidad, realzando mucho más sus reprochables intenciones.

Algunos nos planteamos cómo es posible que permanezcamos impasibles ante tanta injusticia; cómo es posible que no reaccionemos ante las decisiones que no hacen sino perjudicar los mismos cimientos de la forma de gobierno que ha posibilitado que vivamos en cierta paz. La respuesta no es simple y permítanme que no cometa el mismo error de aquellos que, en el uso tanto de mi libertad como de mi responsabilidad constitucional, me atrevo a cuestionar. Sí, mis queridos lectores, y es que ante problemas complejos las soluciones no suelen ser de carácter sencillo, a pesar de que esta afirmación pueda contradecir, en cierto sentido, a las tesis expuestas en la navaja de Ockham. Pero tenga en cuenta, el atento lector, que en este caso no hablamos de igualdad de condiciones, pues las complejidades de las sociedades son tan grandes, tal y como recogían los liberales hijos y seguidores de la escuela de Frankfurt, de la que me reafirmo como seguidor, que soluciones simples siempre son y mucho me temo que serán injustas. Si bien, no hay recetas simples para postres complejos, ni leyes fáciles y mágicas para sociedades compuestas y complejas, sí que podemos detectar alguna de las explicaciones que nos llevan a la situación en la que nos encontramos en la actualidad. Una de ellas es, sin duda, la ingente cantidad de recursos que, una vez expoliados a los ciudadanos con los más bondadosos pretextos, son destinados para el adoctrinamiento y manipulación de las conciencias. Algunos han caído en la trampa, tan burda, de pensar que las ayudas públicas son de un ente misterioso y con una bondad universal que se asemeja mucho a los numerosos dioses que hemos conocido en la historia de la humanidad. Piensan que el estado, una entelequia a todas luces, sin los ciudadanos que lo componen, es el encargado tanto de asumir nuestros errores cuanto de formar parte de manera existencial de nuestros aciertos. La verdad, señores lectores, es que la responsabilidad vive uno de sus periodos de más bajo calado en esta sociedad sin fronteras y bajo el yugo de las nuevas tecnologías.

Así, arrojados en las garras del miedo, casi existencial, por asumir la responsabilidad de nuestros actos, nos dejamos guiar, como corderos, en una espiral que mucho me temo que tiene una consecuencia lógica, la sumisión total del ciudadano bajo el influjo de los nuevos poderosos que podemos circunscribir en el ámbito de la política. En este sentido, vemos como intentan, por todos los medios, apoderarse de todas las instituciones y de todos los contrapesos cuya finalidad es acotar las intenciones y el poder de esta nueva casta política.

El miedo a la libertad diría Erich Fromm, vivir la vida en un estado perenne de minoría de edad, como denunciaba Kant o simplemente el sentirse seguro y confortable en el rebaño de corderos, como denuncia el que escribe en este presente artículo, es, sin dudarlo, uno de los grandes motivos que hacen que los ciudadanos españoles sigan adormecidos ante el recorte masivo de sus libertades. El estado de cosas es de tal magnitud que todavía algunos de los “indecentes” que nos gobiernan se permiten el lujo de afirmar que con sus leyes aumentan los derechos de sus ciudadanos. El que escribe el presente artículo todavía se plantea una sola ley que aumente los derechos de los ciudadanos y no los limite. Las leyes, en su propia esencia y aplicación, no son sino elementos coactivos y limitantes del devenir de las acciones humanas. Hasta en eso, mis queridos lectores, nos intentan justificar lo injustificable. Hace mucho tiempo que en las esferas de los gobernantes se han puesto de manifiesto las viejas recetas para mantener al pueblo adormecido y adoctrinado a partes iguales. Tal es el calado del problema que el circo es más diverso que nunca y el pan se ofrece a borbotones con cargo aquellos que tienen la mala suerte de trabajar o de enfrentarse al mundo de la incertidumbre capitaneando un negocio. Además, si no hay recursos suficientes para tanto despropósito y derroche, no se preocupen ustedes que se le carga el coste a las generaciones futuras en forma de deuda pública que posteriormente y agrandada con sus respectivos intereses tendrán que abonar, incluso, aquellos que todavía no han llegado a la vida.

Otro de los motivos que se pueden esgrimir en el camino que nos lleva al estado de cosas actual, es el enfoque erróneo de los problemas, apuntando a direcciones no claras como causas de los problemas que sus decisiones han provocado.

Una causalidad errónea tiene acarreadas consigo unas decisiones de igual magnitud o superiores en el error con el fin de mejorar el estado de cosas existente. Los ricos, los poderosos, los culpables de crear puestos de trabajo que generan riqueza y bienestar para todos, incluso, para aquellos que aprovechándose de un sistema podrido y de la buena voluntad de los que se esfuerzan viven, y no por tener problemas que le impidan lo contrario, del esfuerzo de otros, a los que encima exigen que se esfuercen más, que trabajen más, para que las mieles sean compartidas. Revestir con aromas de justicia aquello que nace de lo contrario es una vieja receta utilizada por los que abrazaron, abrazan y abrazarán el totalitarismo. Para los que denunciamos tan viles actos nos esperan otros precios a pagar, aunque algunos estamos dispuestos a hacerlo, como son la denostación social, el improperio, el estigma de egoístas o la responsabilidad de los resultados que los mismos gobernantes han producido con sus medidas. Mucho es el trabajo que nos queda por hacer si no queremos empeorar el estado de cosas imperante. La falta de cultura, el escaso espíritu crítico o, lo que es peor, el estado crítico sin un soporte de conocimiento que lo sustente, es decir, la mera charlatanería, se han apoderado de este país que tiene en su horizonte la creación de grandes proyectos.

Salvar la jurisprudencia de las garras de unos políticos que, contaminados con sus intereses espurios, tratan de adueñarse de todo, es una labor que le compete exigir al ciudadano. Manifestarse, expresar la desaprobación por la manipulación tanto de las conciencias como de las instituciones, debería ser un camino de mínimos, lejos quedan los tiempos en los que estos eran reclamados a sangre y acero.

Para concluir, he de advertir que prefiero ser un cordero que arrojen a las garras del matadero por expresar mis convicciones a vivir eternamente anclado en el rebaño y relamiéndome en la confortable vida de quién no se cuestiona la verdad única del discurso político y de la sociedad.

Para la Razón Histórica


4 respuestas a «El silencio de los corderos»

  1. Totalmente de acuerdo. El problema es que lo único que nos queda al puñado de valientes con valor y dignidad es el derecho al pataleo, vista la deserción del resto del rebaño, cobarde, sumiso, indolente, aterrado y miserable hasta la náusea. Convencer a uno sólo de estos becerros es una proeza poco menos que imposible, entre otras cosas porque los valores más altos y nobles, como la decencia, el altruismo, el coraje, la vergüenza, el orgullo, la nobleza o el patriotismo, ni se pueden comprar, ni adquirir con el tiempo; o se tienen o no se tienen, se nace o no con ellos, y la mayoría de la gente, por desgracia, carece totalmente de ellos. «El precio de desentenderse de la política es ser (des)gobernado por los peores hombres», dijo Platón, y la piara de desechos humanos que nos está conduciendo a la ruina y a la destrucción lleva décadas encargándose de que la masa acepte el «status quo» sin rebelarse ni rechistar siquiera, so pena de una represión cada vez más grosera, indisimulada, aberrante y brutal. Bienvenidos al Planeta de los Simios, a 1984, a un Mundo Feliz, la involución del ser humano a todos los niveles y en su máxima expresión.

  2. Les puedo asegurar que los actos de honor en los pocos hombres que quedan, no será en vano, la victoria ya es un hecho espiritual, solo falta manifestarse en este infierno decadente que no tiene más recorrido. Desgracia para los que duermen en la actitud lúdica y sacralizante, ciegos a las señales, anestesia en la memoria de sangre de sus ancestros. Poco tiempo debe quedar, para poder despertar antes del día del espíritu, los necios desperdician su tiempo que les queda para intentar comprender que es el HONOR.

    El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.

    Saludos cordiales

  3. Me queda la impresión de que el autor de este artículo, no está suficientemente concienciado de hasta qué profundidad ha descendido la degradación moral y espiritual de la sociedad española contemporánea, en su mayor parte.

    La miserable caterva de políticos que padecemos en España (particularmente, la cada vez más exigua minoría honrada de la población), no es un accidente, sino la consecuencia inevitable del interesado voto mayoritario. Y como vivimos en «democracia» (un ciudadano/a, un voto), pues háganse cuentas…

    En fin, mejor que nadie sueñe con alcanzar un futuro muy diferente de lo ya conocido en poco tiempo.

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