El sistema electoral español: otra traición más de Adolfo Suárez y Juan Carlos I

Fdo. Suárez

Circula un vídeo (AQUÍ y al final de este artículo) en el que Fernando Suárez González (último ministro aún vivo con el Caudillo), desveló que, a sabiendas y sólo para congraciarse (rendirse) a la izquierda, en 1976, Adolfo Suárez, a la sazón presidente del Gobierno por voluntad personal de Juan Carlos I, y, éste, entonces rey –en esos momentos con los mismos poderes «dictatoriales» que el Generalísimo, lo que se olvida, por lo que todo dependía de sus decisiones–, impusieron a los españoles el peor de los sistemas electorales posibles, siendo la actual Ley Electoral en vigor desde entonces una de las herramientas clave no sólo para hurtar a los españoles su voluntad real, sino también para favorecer el separatismo y con él la desintegración de España. En el vídeo, Fernando Suárez menciona un importante discurso de Cruz Martínez Esteruelas, entonces portavoz de Alianza Popular, grupo en la oposición, advirtiendo del error (traición) que suponía elegir el actual modelo

Les ofrecemos a continuación la parte de aquel discurso a que se refiere Fernando Suárez, (así como al final la transcripción en PDF de todos los discursos) de aquella importante sesión de las Cortes celebrada los días 16, 17 y 18 de Noviembre de 1976 en que, junto con otras, y sin que los españoles lo supieran, quedó sentenciada la sagrada unidad de España.

Intervención de Cruz Martínez Esteruelas en relación con el modelo de sistema electoral.-

Martínez Esteruelas

La cuestión del sistema electoral para el Congreso. Dicho esto, paso al debatido problema del sistema electoral. Señores Procuradores, ahora, gravemente, y después de una seria meditación, quiero reclamar la atención de la Cámara sobre un problema que considero de capital importancia, no desde mi posición de hombre de partido, sino desde la perspectiva del interés nacional. Me estoy refiriendo al sistema electoral al que habrán de ajustarse las primeras elecciones. Existe sobre este tema una actitud extene1ida que quiere reducirlo a puro procedimiento, a una cuestión meramente técnica. Este es –y lo señalo con respeto– el primer error sobre el que deseo llamar la atención a Vuestras Señorías. Porque, en efecto, estamos ante una cuestión de índole esencialmente política que, según cual sea su solución, afecta de modo muy diferente a la composición de las Cámaras, al comportamiento de los partidos políticos y del mismo cuerpo electoral y, finalmente, al gobierno de la Nación. Me parece obligado denunciar, por otra parte, un segundo error: el de enfocar el problema del sistema electoral en el sentido de decidir cuál de entre los sistemas posibles es el más democrático. Tenemos ejemplos de países genuinamente democráticos cuyas elecciones se rigen por un régimen de sistema mayoritario, en sus diversas variantes. Es evidente, por tanto, que ambos sistemas son igualmente democráticos y que sus diferencias no se derivan de este carácter, sino de los desiguales efectos que producen sobre el caminar político de los pueblos. Planteada la cuestión en los términos que, a mi juicio, revelan su auténtica y profunda dimensión, podemos entrar ya –insisto que con ánimo de objetividad– en la verdadera entraña del problema.

No voy a cansar a la Cámara con la exposición histórica ni con el concepto doctrinal de lo que han sido y son el sistema mayoritario y el proporcional, por ser estos aspectos sobradamente conocidos por los señores Procuradores. Solamente trataré de explicar, con cuanta claridad me permita mi entendimiento y con la brevedad que me sea posible, las razones por las que, con la representación que hoy ostento ante las Cortes Españolas, propugno la adopción del sistema mayoritario como principio fundamental. No parto con ello de una concepción apriorística sobre la organización electoral y el sistema de partidos, sino que hemos llegado a aquella absoluta convicción después de reflexionar previamente sobre el que consideramos el mejor futuro para la Patria, para la España de todos. Porque –es importante insistir en ello– sólo sabiendo el futuro que queremos para Estaña, podremos pronunciarnos responsablemente sobre un tema como el que os estoy exponiendo.

Pues bien, nosotros aspiramos a un futuro de estabilidad política para la Nación en el que sea posible una acción eficaz y realista de gobierno; en el que, si se produce el relevo en el Poder conforme a la lógica natural de un sistema democrático, el tránsito se produzca sin traumas para la vida nacional por profundos que sean los cambios que lleve consigo; y en el que, en suma, el ciudadano español, a la hora de ejercer su derecho al voto, pueda hacerlo con la reflexión y la disposición de ánimo del que elige entre opciones políticas importantes y ampliamente extendidas en la nación, y no en la desorientación y la inseguridad de quien se ve convocado a las urnas por una multitud de grupos políticos o «ismos» de toda condición, que sólo pueden darle una visión fragmentaria y menguada a la vida pública. Señores Procuradores, este futuro que os acabo de exponer, sólo será posible si esta nación cuenta con fuerzas políticas sólidas, coherentes y que respondan a las corrientes profundas de opinión que laten en el cuerpo social español. Es obvio, por tanto, que fuerzas de esta naturaleza han de ser, por su propia esencia, poco numerosas, y afirmo con absoluta convicción que tales fuerzas sólo podrían formarse y existir en el marco de un sistema mayoritario. Equivocarnos en este punto equivaldría a conducir a España a situaciones de inestabilidad y de crisis social que el pueblo español, que mira expectante e ilusionadamente al futuro, no merece.

De modo contumaz y con parcialidad evidente se ha tratado de crear un clima de opinión contra el sistema mayoritario, basado en dos afirmaciones: la primera es que la representación proporcional es un sistema más democrático porque podría asegurar una asamblea parlamentaria capaz de reflejar casi con exactitud matemática las más varias divisiones del electorado. La segunda afirmación consiste en responsabilizar al sistema mayoritario de producir una bipolarización en el cuadro de las fuerzas políticas existentes en el país. Las conclusiones que se quiere extraer de estas afirmaciones, tan profusamente aireadas, no resisten, señores, un análisis serio y objetivo.

No vamos a negar que la representación proporcional asegura la presencia en el Parlamento de tantas tendencias, divisiones o grupos como existan en el electorado. Al contrario, afirmamos que esto es así. Pero con igual rotundidad afirmamos que la representación proporcional impide que en las Cámaras y en la vida de la Nación estén presentes en su real dimensión aquellas fuerzas que representan las corrientes profundas de la opinión y las grandes opciones que sólo los grandes grupos políticos pueden ofrecer. Y aquí es donde radica el gran defecto, el error de concepción del sistema proporcional, porque al hacer énfasis en lo que divide al electorado y no en lo que le une, al tomar como núcleo de representación la existencia de todos los grupos, de todas las modas o diferencias ideológicas presentes en la sociedad, por accidentales o contingentes que sean, y hasta de todas las rencillas y escisiones que se producen en los partidos existentes, promueve la fragmentación de la vida política, la dispersión de los esfuerzos y, por consiguiente, la inestabilidad crónica del sistema político . Y todo esto se produce porque la representación proporcional conduce de modo inevitable al multipartidismo. Es su consecuencia natural.

Por tanto, constituye una inexactitud política afirmar que la representación proporcional refleja más fielmente la realidad política que el sistema mayoritario. Aquélla refleja la realidad de las grandes afinidades nacionales, de las fuerzas políticas cuya capacidad de convocatoria trasciende del círculo de las minorías políticas para desplegarse sobre todo el cuerpo social. ¿Qué realidad queremos reflejar? La opción es clara: o queremos pocos, pero fuertes grupos políticos, aptos para gobernar la Nación conforme a la voluntad popular, o, por el contrario, queremos muchos y débiles partidos, que reflejen con precisión todas las diferencias y divisiones sociales, pero que sean impotentes para hacer marchar a la Nación hacia adelante. Con el sistema mayoritario se hace, pues, política de Estado y de gobierno; con la representación proporcional, se hace política de partido.

Señores Procuradores, esta es la gran opción sobre la que tenemos la responsabilidad histórica de decidir.

Llegados a este punto, he de reflexionar brevemente sobre la acusación de bipolarización que se hace del sistema mayoritario, casi siempre con un intento de hacer olvidar el multipartidismo que es connatural a la representación proporcional, bipolarización que no significaría otra cosa, según los que la alegan con propósito descalificador, que la formación de bloques enfrentados. Pues bien, quienes así piensan, creo que se verán obligados a reconocer, si la parcialidad no les vence, que esa bipolarización es inevitable en el sistema proporcional, porque la imposibilidad en que se encuentran los excesivos partidos de gobernar por sí solos les obliga imperativamente a coaligarse entre sí, a entrar en el juego artificioso de los pactos y los compromisos más o menos sinceros, más o menos contingentes, con el fin de obtener esa mayoría que no pudieron conseguir del electorado. Y todo ello -no lo olvidemos, porque es aquí donde se gesta un auténtico fraude democrático- conseguido después de las elecciones, obedeciendo las consignas de los dirigentes de los partidos y siguiendo el juego de los intereses y las maniobras personales; es decir, obteniendo por la vía oblicua del pacto entre los partidos lo que no supieron o no pudieron conseguir de la voluntad expresa del pueblo.

Señores Procuradores, nuestra honestidad política, nuestro concepto de lo que España espera de sus políticos, nos impide aceptar esta fórmula. Si han de producirse uniones de fuerzas hoy dispersas, si ese proceso de unificación entre los afines es necesario para poder gobernar desde la mayoría, entonces que ello ocurra antes de las elecciones, como lo impone el sistema mayoritario, a fin de que quienes han de votar sepan previamente quiénes son los que se alían y de que las grandes opciones se formen cara a cara con el electorado y no a las espaldas de quienes con sus votos son los únicos que deben decidir quién está legitimado para gobernar. Lo que estoy pidiendo ante esta Cámara es que sean los electores quienes elijan verdaderamente a la mayoría gubernamental, y que ésta no dependa de las combinaciones decididas por los comités de los partidos, al margen de todo control electoral.

Quedan expuestas así, con la mínima extensión que la trascendencia del tema requiere, las esenciales diferencias que separan a los dos sistemas electorales. Creo que es suficiente para lograr algo que me preocupa sobremanera: que esta Cámara tome conciencia real de lo que en este punto estamos debatiendo, que sea consciente de adónde nos puede conducir a las fuerzas políticas de cualquier signo la representación proporcional. No sería bastante cuanto he dicho, y podría recordar por su simple enunciación otros aspectos que comunican complejidad e inestabilidad a este sistema. Circunstancias como la imposibilidad de conocer el resultado de las elecciones después de la inmediata terminación de las mismas, debido al lapso de tiempo que se requiere para proceder al reparto de los restos electorales; la complejidad suplementaria que dicho reparto origina con la necesidad de elegir entre los múltiples sistemas que sirven a su verificación; los problemas de designación de candidatos por el sistema de las listas en la representación proporcional, que propician hasta el abuso el caciquismo de los prohombres de los partidos y el carácter burocrático y oligárquico de éstos; el autoritarismo en que se inspiran las relaciones entre diputados y líderes políticos, ya que a los afiliados a un partido les resulta casi imposible desalojar de sus puestos a unos líderes bien atrincherados en los artificios del sistema electoral; la capacidad decisoria y de maniobra que se otorga a los pequeños partidos, que pueden por sí solos adulterar con sus compromisos el resultado de las elecciones; el hecho de que, al mantener las divisiones del electorado y, por reflejo, de los grupos políticos, refuerza la estratificación existente en la sociedad, incrementando sus tensiones, son, en fin, otros no pequeños inconvenientes de la representación proporcional que por imperativos del tiempo me limito a enunciar.

Y no olvidemos que, una vez instaurado, el sistema proporcional es de difícil sustitución, dado que sus beneficiarios cuentan definitivamente con los resortes de poder precisos para impedirlo.

Sólo me resta en este punto salir al paso de la tentación de que sean esgrimidos argumentos de tipo histórico en favor de la representación proporcional, habida cuenta de su aplicación en abundantes países de Europa occidental. Únicamente he de decir a este respecto lo siguiente:

Primero. Supone un detalle curioso –yo afirmaría que extremadamente significativo– que en las naciones de habla anglosajona –que son las que gozan de sistemas políticos tradicionalmente estables y democráticos–, la representación proporcional no se haya abierto camino .

Segundo. La representación proporcional sólo se ha aplicado sin resultados insatisfactorios en pequeños países de Europa, como los reinos escandinavos, Bélgica y Holanda, en los que la estabilidad social derivada de su alto nivel de renta ha permitido compensar los defectos del muitipartidismo. Pero pensemos que esta época de crisis económica en que toda vida política será más difícil, y es previsible que por mucho tiempo, puede poner de relieve que quienes se permitieron en la felicidad del auge económico el complicado sistema proporcional, tengan ocasión de arrepentirse de él.

Tercero. Es un hecho histórico -comúnmente aceptado como paradigma de las últimas ilógicas consecuencias a que puede llevarse la representación proporcional- el fracaso de la República de Weimar, de 1919, sobre cuyo colapso y su desembocadura en una férrea dictadura no es necesario que ilustre a los señores Procuradores.

Cuarto. Desde el término de la Segunda Guerra Mundial son muchos los países que, adoptando el sistema proporcional, pretenden el retorno al sistema mayoritario en alguna de sus modalidades. Francia ya lo hizo en 1958, tras la desdichada experiencia que proporcionó la IV República, y en la República Federal Alemana, donde impera un sistema de representación proporcional con amplias medidas correctoras, ha ganado terreno en la actualidad en la opinión pública la idea de abandonar dicho sistema y sustituirlo por otro mayoritario, a pesar de la oposición del partido liberal, que teme perder su cómoda posición de árbitro en la vida política alemana.

Quinto. La representación proporcional ha sido el sistema defendido en toda la Europa occidental por los respectivos partidos comunistas.

Sexto. Y, finalmente, si miramos a España, no es difícil pensar a qué nos conduciría la representación proporcional, aun con medidas correctoras –en cualquier caso, no se olvide que en ningún país se aplica el sistema proporcional puro e integral–, habida cuenta de la proliferación increíble de partidos y siglas que ya estamos padeciendo. La experiencia histórica nos ha enseñado suficientemente a qué ha conducido el multipartidismo en España.

Yo querría, señores Procuradores, que la misma abundancia de las razones teóricas e históricas que en defensa del sistema mayoritario he expuesto a la consideración de la Cámara en esta histórica sesión no hubiesen velado por la extensión de mis palabras la importancia decisiva que han de tener el pronunciamiento de Vuestras Señorías en torno al sistema electoral. Algunos argumentarán todavía que si una sociedad es multipartidista, el Parlamento, que es su reflejo, también ha de serlo. Yo estimo, señores, que es éste un tremendo error. Porque no creo en el determinismo político. Porque tengo fe en la voluntad de los hombres como fuerza para cambiar el rumbo de las cosas y estoy convencido de que, si en estos momentos la sociedad española tiende a la división y a la disgregación, nosotros tenemos el deber histórico de oponer a esa disgregación política los mecanismos de unión y homogeneización que el sistema mayoritario proporciona.

También de esta cuestión pedimos votación previa y separada.

Para descargar todas las interenciones de tales días AQUÍ.


3 respuestas a «El sistema electoral español: otra traición más de Adolfo Suárez y Juan Carlos I»

  1. Tema clave para la consecución de la conspiración de la Transición… de esos polvos, estos lodos, y los que están por venir.
    Este señor, Martínez Esteruelas era, por inteligente, un visionario; además de buena persona; si sus actos fueron reflejo de sus palabras; cosa que parece bastante probable (pues se opuso a la opción disgregadora de las autonomías separatistas) cabe excluirlo de la caterva de traidores que en esos días nos vendieron.
    Minuciosamente ha ido enumerando todas las desdichas que podían sucedernos, y nos han sucedido, dada la elección de sistema. Resumiendo los puntos, a mi juicio, más claros/importantes de su exposición:

    – Con el sistema mayoritario se hace, pues, política de Estado y de gobierno; y con la representación proporcional( que tenemos ), se hace política de partido( y el estado/la nación importa una breva ).

    – La imposibilidad en que se encuentran los excesivos partidos de gobernar por sí solos les obliga imperativamente a coaligarse entre sí, a entrar en el juego artificioso de los pactos y los compromisos más o menos sinceros, más o menos contingentes, con el fin de obtener esa mayoría que no pudieron conseguir del electorado. Y todo ello -no lo olvidemos, porque es aquí donde se gesta un auténtico fraude democrático- conseguido después de las elecciones, obedeciendo las consignas de los dirigentes de los partidos y siguiendo el juego de los intereses y las maniobras personales; es decir, obteniendo por la vía oblicua del pacto entre los partidos lo que no supieron o no pudieron conseguir de la voluntad expresa del pueblo.

    – Si han de producirse uniones de fuerzas hoy dispersas, si ese proceso de unificación entre los afines es necesario para poder gobernar desde la mayoría, entonces que ello ocurra antes de las elecciones, como lo impone el sistema mayoritario, a fin de que quienes han de votar sepan previamente quiénes son los que se alían y de que las grandes opciones se formen cara a cara con el electorado y no a las espaldas de quienes con sus votos son los únicos que deben decidir quién está legitimado para gobernar. Lo que estoy pidiendo ante esta Cámara es que sean los electores quienes elijan verdaderamente a la mayoría gubernamental, y que ésta no dependa de las combinaciones decididas por los comités de los partidos, al margen de todo control electoral.

    – Circunstancias como (…) la capacidad decisoria y de maniobra que se otorga a los pequeños partidos, que pueden por sí solos adulterar con sus compromisos el resultado de las elecciones; (…) son, en fin, otros NO pequeños inconvenientes de la representación proporcional.

    >>> Y no olvidemos que, una vez instaurado, el sistema proporcional es de difícil sustitución, dado que sus beneficiarios cuentan definitivamente con los resortes de poder precisos para impedirlo.

    > Las naciones de habla anglosajona –que son las que gozan de sistemas políticos tradicionalmente estables y democráticos–, la representación proporcional no se haya abierto camino.

    > La representación proporcional ha sido el sistema defendido en toda la Europa occidental por los respectivos partidos comunistas.

    > La experiencia histórica nos ha enseñado suficientemente a qué ha conducido el multipartidismo en España.

    1. El sistema actual beneficia a los grandes partidos (PP y PSOE), >>>y a las formaciones nacionalistas<<<, y de ámbito más local( ¿Teruel existe?; el comodín bajo la manga ) y, en cambio, perjudica a aquellas formaciones que concurren a nivel nacional pero que no gozan del apoyo electoral con el que cuentan los dos grandes partidos( ¿Vox? ).

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