El Sistema

ESCUCHAR NOTICIA: El año pasado publique un libro titulado “Democracia. El Gran Fraude” (SND Editores. Madrid. 2025) (AQUÍ y AQUÍ). En el se exploraba críticamente la naturaleza conceptual y los mecanismos de aplicación de la democracia liberal como método de gobierno de las sociedades políticas actuales. En su amplia argumentación se desmenuzan los elementos constitutivos de ese sistema político, hasta terminar en el último capítulo, el globalismo transnacional capitalista. Y precisamente, en este estadio final, se encuentra el sustento del propio sistema demo-liberal que nos gobierna. Pero, ¿cuál es ese poder transnacional y transtemporal que gobierna a los gobiernos? eso que llamamos “Sistema”. Por tanto ¿qué es el Sistema?, ese supuesto ente inmaterial, ainstitucional e intangible, que decide las reglas del juego, suministra el tablero y fabrica las piezas para llevarlo a cabo.  ¿Existe, o es una entelequia, fruto de la mente calenturienta de los conspiranoicos del amplio mundo?, ¿acaso se trata de una patraña como el coco que se come a los niños malos por la noche? Lo cierto es que, comúnmente, lo que consideramos “Sistema” lo concretamos en un gobierno, en un presidente, en unos ministros, en unos partidos políticos o en unas instituciones.  Pero tal concepción es fruto de la ingenuidad infantil con la que el súbdito moderno imagina el poder. Porque lo que llamamos “poder” es simplemente un teatro iluminado por la luz de la ilusión, un gigantesco escenario público para contentar a la masa, que aplaude satisfecha una función que, aunque cambie de actores, siempre tiene el mismo guion. Detrás del telón existe una continuidad operativa que no depende de urnas, ni de discursos, ni de decisiones colectivas, y mucho menos de elecciones. Porque, lo indiscutible es que toda sociedad está gobernada por una minoría organizada, una elite estable que atraviesa épocas, revoluciones y constituciones. El cambio de gobierno cuatrianual mantiene los mismos dilemas existenciales, a pesar de la supuesta transformación social propugnada por unos y por otros. La rotación de caras produce una ficticia sensación de cambio, pero la posición de mando permanece en las mismas manos y en el mismo tipo de gente que sobrevive a cualquier gobierno. Entonces ¿quién compone el Sistema? ¿de quién son esas manos que manejan los hilos del control político, económico y cultural? ¿en dónde se cobijan para ejercer su constante influencia?  Comprendo que el lector quiere nombres concretos, personas concretas, lugares concretos. Pero las cosas no funcionan así. El Sistema no se concentra en un individuo, ni en un grupo concreto, sino en una continuidad de poderes que se transmiten por influencia, control institucional, redes de confianza y puertas giratorias, que filtran y decantan personas, actitudes y métodos. Cuando un nuevo dirigente alcanza el gobierno de la nación y traspasa el umbral de su nuevo palacio presidencial, descubre que hay cosas que no se tocan, que no se pueden tocar, que no se deben tocar. Tratados, deudas, alianzas, compromisos con bancos, acuerdos militares, contratos de energía, transferencias de tecnología, documentos blindados, información reservada… De repente, descubre que muchos de sus supuestos poderes ya están hipotecados por decisiones tomadas muchos años antes de que el naciera. Descubre que el esqueleto del sistema no depende de su voluntad. Pronto comprende que, si insiste demasiado, el sistema no discute, simplemente más pronto o más tarde lo sustituye, lo deshecha y lo arrincona. Y todo ello mediante un procedimiento que permite que la mayoría de la población crea que decide, mientras la minoría “sistémica” nunca se expone en el público teatro de vanidades del mundo demoliberal. Algunos individuos entran y salen de la vitrina del poder formal, mientras el núcleo de las decisiones permanece en manos de quienes controlan los recursos. El control de los recursos. Aquí está la madre del cordero de todo el andamiaje “sistemico”. Para comprenderlo cabalmente, debemos retroceder a los primeros tiempos del protocapitalismo, aquella época del Renacimiento italiano, donde la explosión económica comenzaba a tener lugar con un ímpetu desconocido hasta entonces. América había sido descubierta y el viejo mundo recibía los aportes de riqueza que llegaban de lejanas tierras. Allí, en Florencia, una familia, los Medici, entendió que no hacía falta corona ni espada para mandar. Bastaba controlar el crédito, las conciencias y el prestigio social. El primero: Giovanni di Bicci de Medici Los Medici, no fueron simples banqueros, fueron el prototipo del incipiente “Sistema”. Una elite capaz de gobernar sin convertirse en gobierno, comprendiendo que el poder real no se encontraba en la ley escrita, sino en la posición estratégica dentro de una red de dependencias que era necesario tejer para conseguir el control. Los Medici construyeron esa red, prestando dinero a reyes, príncipes, comerciantes, obispos y papas. Cada deuda se convertía en una soga invisible en el cuello del deudor, cada interés acumulado en una forma de subordinación implacable. Al mismo tiempo, desarrollaron los símbolos públicos que darían continuidad a su estrategia, que abrillantarían su imagen dotándola de un carácter filantrópico. Patrocinaron artistas y arquitectos para embellecer la narrativa de su propia grandeza. Se trataba de controlar no solo el dinero, sino también la imagen, construyendo la apariencia de orden natural ante una población que solo veía armonía y belleza, pero no los libros de contabilidad donde realmente se cocinaba el poder. En resumen, mientras en Florencia las repúblicas subían y caían, mientras se alternaban facciones y revueltas, los Medici seguían ahí intocables, impasibles, invulnerables. Ajustando su posición y adecuando su imagen. El “Sistema”, en ese estadio primitivo aun no tenía nombre, pero ya tenía método. Un método que consistía en transformar la dependencia económica en obediencia política, y la obediencia política en normalidad moral e institucional. ¿Comprende el lector por dónde van los tiros? A partir de aquí, los Medici abrieron un camino, enseñaron el resorte eficaz para poner en funcionamiento la maquinaria sistémica, sin exponerse al caos y a la contingencia coyuntural de la política cotidiana. Mostraron la eficacia de la manipulación extra-política para conseguir control sin violencia explicita. Y crearon la primera red sistémica permeable, que adquiriría mayor poder al entrar en contacto con otras redes surgidas de las respectivas ramificaciones de las elites locales de otros países. Como consecuencia, la tela de araña fue ganando tamaño y poder global como un gran sistema nervioso global, como una gran red neuronal sináptica, que conectaba poderes entre sí, fortaleciéndolos a todos. Los Rothschild Siguiendo esta línea de análisis, años más tarde, la dinámica histórica del poder continental europeo llevó a una familia de banqueros judíos a comprender que los estados podían quebrar igual que cualquier empresa. Y aquello podía ser mucho más que un gran negocio. Esa familia, los Rothschild, ya estaban allí financiando los episodios estatales, conscientes de que el crédito era la única mercancía que importaba cuando todo se derrumbaba, y por tanto que quien controlaba el crédito controlaba a la elite gobernante. Estados, gobiernos o reyes podían enviar ejércitos al frente de batalla, pero necesitaban a alguien que financiase la aventura. Es sobradamente conocida la distribución de la familia por las principales capitales europeas, decidiendo quien merecía crédito y quien debía caer. Financiaron campañas napoleónicas, reconstrucciones posteriores, ferrocarriles, obras públicas y bonos de gobiernos desesperados por tener liquidez. Prestaron a vencedores y vencidos, porque entendieron que el verdadero negocio no era la victoria, sino la continuidad del sistema, la continuidad de su red de influencias cada vez más estable y poderosa, que se fortalecía tanto con la derrota como con la victoria. Cuando un estado se endeudaba con ellos, no solo firmaba un contrato, reconocía una jerarquía, asumía someterse a un poder casi metafísico. Al comprar deudas de gobiernos quebrados, decidieron quien podía ser salvado y en que condiciones. La tasa de interés se convirtió entonces en una sofisticada forma de castigo o recompensa.  Muchos gobiernos comprendieron que podían acabar asfixiados si los Rothschild les restringían el oxígeno financiero. En tales condiciones la llamada soberanía nacional acabó convertida en una patética palabra hueca, que aún hoy se sigue pronunciando, cada vez con menos convicción. El Sistema se redefinía y se transformaba vigorizándose y adquiriendo práctica y experiencia, pero sobre todo conseguía establecer axiomas atemporales y definitivos. El primero: El capitalismo es pura destrucción creativa. Unos negocios mueren para que otros nazcan. El segundo: Se debe usar el caos como mecanismo de control, de poder y de selección de la elite mas conveniente para los fines del capital. El tercero: Alguien debe decidir quien debe sobrevivir al ritual de destrucción creativa y al caos contingente, ese alguien es el “Sistema”. J. P. Morgan En Estados Unidos, un hombre que había comenzado su ascenso empresarial durante la guerra civil estadounidense al comprar los anticuados rifles del ejercito por solo 3,50 dólares cada uno, para tras unos pequeños arreglos, revendérselos nuevamente al mismo ejercito, que así recompraba sus propias armas, por 22 dólares, se hizo rico con tan fraudulenta y suculenta operación. Ese hombre, era John Pierpont Morgan conocido desde entonces, como J.P. Morgan. El hecho, es que dominó las finanzas corporativas y la consolidación industrial de su época en USA. Entre sus actividades destacan la fusión de Edison General Electric y Thompson-Houston Electric Company para formar la General Electric Company en 1891, la financiación de la Federal Steel Company (Compañía Federal de Acero) y la fusión de la Carnegie Steel Company y varias compañías más del sector del hierro y del acero para formar en 1901 la Corporación de Acero de Estados Unidos. También se asoció para la fundación del trust naviero International Mercantile Marine Company. En la crisis de 1907, en un país que creía tan firme como ingenuamente ser gobernado por el voto, mientras los bancos quebraban, la bolsa se derrumbaba y la confianza económica se evaporaba, no fue el gobierno quien entró en escena para mitigar el proceso destructivo. Fue J.P.Morgan quien dio un paso adelante para salvar el sistema financiero. Lejos del Congreso y de la mirada pública, decidió que instituciones serían rescatadas, cuáles serían absorbidas, y cuales podían morir definitivamente. La fotografía oficial mostraba autoridades políticas, la realidad escondía a una minoría encabezada por J.P. Morgan reacomodándose en la cima del poder. Morgan no actuaba como filántropo, sino como arquitecto del futuro. Al salvar ciertos bancos y dejar que otros se hundieran, estaba redibujando el mapa del poder financiero a su gusto, y según su interés. Estaba creando su propia red “sistémica”. Como habían hecho los Medici, como habían hecho los Rothschild, como harían más adelante los Rockefeller y como harían otras “familias” a lo largo de la historia. La gran red estaba creada; fusión entre la gran industria, los bancos de inversión, las comunicaciones, la siderurgia, las aseguradoras y el gobierno, bajo el modelo creado por J.P. Morgan y su elite financiera. La democracia liberal continuó su camino, las elecciones siguieron una tras otra, la gente siguió votando ingenuamente espoleada por discursos políticos desprovistos de sustancia real. Pero el mensaje había quedado grabado, como el tiempo posterior se encargó de demostrar en las inevitables crisis que siguieron hasta nuestros días: “En caso de emergencia no rompa el cristal, llame a quien tenga liquidez para comprar el incendio entero.” Los Rockefeller Los Rockefeller llegaron después. Una familia también judía, que ocupó un terreno sin explotar sistémicamente: la materia prima energética, el petróleo. Por supuesto, no lo descubrieron, pero lo convirtieron en el fluido vital del siglo XX.  Comprendieron que dominar el combustible hacía posible todo lo demás. Si el motor de combustión iba a mover el mundo, controlar el petróleo y el gas, equivalía a dominar el pulso del planeta. Así surgió Standard Oil y su monopolio petrolífero mundial. A partir de entonces, la energía se convirtió en el idioma silencioso de la geopolítica. Ciertamente, la historia oficial habla de la intervención estatal para provocar la fragmentación de la empresa, intentando destruir el incomodo monopolio. Nada más lejos de la realidad. La hidra se recompuso en mil cabezas. De un gigante único, a un conjunto de empresas que siguieron orbitando con la misma lógica, y con la misma familia en los consejos de administración, en fundaciones y en organismos asociados. La red simplemente se multiplicó mutando su aspecto exterior, pero manteniendo su naturaleza, redistribuida en las mismas manos. En cualquier caso, la consigna del “Sistema” era la misma: Si quieres desarrollo, necesitaras energía. Si necesitas energía, jugarás con las reglas que se te impongan. A partir de aquí la energía se convirtió en pretexto para guerras y planes de reconstrucción. Desde entonces el ciudadano asiente y convalida automáticamente semejante actitud, ante los argumentos falaces que exhibe la política sistémica, es decir, la política del sistema imperial anglo-sionista: Seguridad energética, interés nacional, construcción de la democracia, lucha contra el terrorismo… Lo cierto, es que el poder real ya no consiste en gobernar directamente, sino en convertir territorios en rehenes financieros y energéticos de fuentes primigenias que el sistema, de una u otra manera, controla, o quiere controlar a toda costa. La guerra de Irán, con el conflicto del golfo pérsico, es la mejor demostración actual. Continuar con la exposición de hechos extendería demasiado este artículo. Tanto es así, que el “Sistema” provocó dos guerras mundiales para defenderse de posibles riesgos y poner en marcha la “destrucción creativa” en medio del caos postbelico. El plan Marshall constituye una demostración empírica. Se trataba de reconstruir Europa, para convertirla en un mercado cautivo y en un territorio bajo control energético y político anglo-sionista. La historia ha demostrado el éxito de semejante maniobra. La propia naturaleza del Sistema lo dota de plasticidad constante. Hemos visto su génesis, pero su transformación es continua, imparable y cada vez más global. Familias tecnológicas, industria petro-química, complejo industrial militar, aristocracia de sangre, y grandes corporaciones bancarias… Bancos, siempre bancos.   Mientras la plebe consume entretenimiento o pide otra de gambas, los políticos se chamuscan en el conflicto cotidiano, pensando exclusivamente en su reelección, y todos se indignan con lágrimas de cocodrilo cuando ven imágenes de bombardeos, crímenes masivos o destrucción planificada. El “Sistema” aprovecha para mejorar las cuentas de las empresas que hicieron posible ese horror, lubricando los nuevos negocios que se pondrán en marcha con la llegada de la precaria paz, fortaleciéndose una y otra vez a si mismo… hasta el nuevo comienzo de todo. Porque, aún queda mucho mundo por transformar.   Pulse para escuchar el texto El año pasado publique un libro titulado “Democracia. El Gran Fraude” (SND Editores. Madrid. 2025) (AQUÍ y AQUÍ). En el se exploraba críticamente la naturaleza conceptual y los mecanismos de aplicación de la democracia liberal como método de gobierno de las sociedades políticas actuales. En su amplia argumentación se desmenuzan los elementos constitutivos de ese sistema político, hasta terminar en el último capítulo, el globalismo transnacional capitalista. Y precisamente, en este estadio final, se encuentra el sustento del propio sistema demo-liberal que nos gobierna. Pero, ¿cuál es ese poder transnacional y transtemporal que gobierna a los gobiernos? eso que llamamos “Sistema”. Por tanto ¿qué es el Sistema?, ese supuesto ente inmaterial, ainstitucional e intangible, que decide las reglas del juego, suministra el tablero y fabrica las piezas para llevarlo a cabo.  ¿Existe, o es una entelequia, fruto de la mente calenturienta de los conspiranoicos del amplio mundo?, ¿acaso se trata de una patraña como el coco que se come a los niños malos por la noche? Lo cierto es que, comúnmente, lo que consideramos “Sistema” lo concretamos en un gobierno, en un presidente, en unos ministros, en unos partidos políticos o en unas instituciones.  Pero tal concepción es fruto de la ingenuidad infantil con la que el súbdito moderno imagina el poder. Porque lo que llamamos “poder” es simplemente un teatro iluminado por la luz de la ilusión, un gigantesco escenario público para contentar a la masa, que aplaude satisfecha una función que, aunque cambie de actores, siempre tiene el mismo guion. Detrás del telón existe una continuidad operativa que no depende de urnas, ni de discursos, ni de decisiones colectivas, y mucho menos de elecciones. Porque, lo indiscutible es que toda sociedad está gobernada por una minoría organizada, una elite estable que atraviesa épocas, revoluciones y constituciones. El cambio de gobierno cuatrianual mantiene los mismos dilemas existenciales, a pesar de la supuesta transformación social propugnada por unos y por otros. La rotación de caras produce una ficticia sensación de cambio, pero la posición de mando permanece en las mismas manos y en el mismo tipo de gente que sobrevive a cualquier gobierno. Entonces ¿quién compone el Sistema? ¿de quién son esas manos que manejan los hilos del control político, económico y cultural? ¿en dónde se cobijan para ejercer su constante influencia?  Comprendo que el lector quiere nombres concretos, personas concretas, lugares concretos. Pero las cosas no funcionan así. El Sistema no se concentra en un individuo, ni en un grupo concreto, sino en una continuidad de poderes que se transmiten por influencia, control institucional, redes de confianza y puertas giratorias, que filtran y decantan personas, actitudes y métodos. Cuando un nuevo dirigente alcanza el gobierno de la nación y traspasa el umbral de su nuevo palacio presidencial, descubre que hay cosas que no se tocan, que no se pueden tocar, que no se deben tocar. Tratados, deudas, alianzas, compromisos con bancos, acuerdos militares, contratos de energía, transferencias de tecnología, documentos blindados, información reservada… De repente, descubre que muchos de sus supuestos poderes ya están hipotecados por decisiones tomadas muchos años antes de que el naciera. Descubre que el esqueleto del sistema no depende de su voluntad. Pronto comprende que, si insiste demasiado, el sistema no discute, simplemente más pronto o más tarde lo sustituye, lo deshecha y lo arrincona. Y todo ello mediante un procedimiento que permite que la mayoría de la población crea que decide, mientras la minoría “sistémica” nunca se expone en el público teatro de vanidades del mundo demoliberal. Algunos individuos entran y salen de la vitrina del poder formal, mientras el núcleo de las decisiones permanece en manos de quienes controlan los recursos. El control de los recursos. Aquí está la madre del cordero de todo el andamiaje “sistemico”. Para comprenderlo cabalmente, debemos retroceder a los primeros tiempos del protocapitalismo, aquella época del Renacimiento italiano, donde la explosión económica comenzaba a tener lugar con un ímpetu desconocido hasta entonces. América había sido descubierta y el viejo mundo recibía los aportes de riqueza que llegaban de lejanas tierras. Allí, en Florencia, una familia, los Medici, entendió que no hacía falta corona ni espada para mandar. Bastaba controlar el crédito, las conciencias y el prestigio social. El primero: Giovanni di Bicci de Medici Los Medici, no fueron simples banqueros, fueron el prototipo del incipiente “Sistema”. Una elite capaz de gobernar sin convertirse en gobierno, comprendiendo que el poder real no se encontraba en la ley escrita, sino en la posición estratégica dentro de una red de dependencias que era necesario tejer para conseguir el control. Los Medici construyeron esa red, prestando dinero a reyes, príncipes, comerciantes, obispos y papas. Cada deuda se convertía en una soga invisible en el cuello del deudor, cada interés acumulado en una forma de subordinación implacable. Al mismo tiempo, desarrollaron los símbolos públicos que darían continuidad a su estrategia, que abrillantarían su imagen dotándola de un carácter filantrópico. Patrocinaron artistas y arquitectos para embellecer la narrativa de su propia grandeza. Se trataba de controlar no solo el dinero, sino también la imagen, construyendo la apariencia de orden natural ante una población que solo veía armonía y belleza, pero no los libros de contabilidad donde realmente se cocinaba el poder. En resumen, mientras en Florencia las repúblicas subían y caían, mientras se alternaban facciones y revueltas, los Medici seguían ahí intocables, impasibles, invulnerables. Ajustando su posición y adecuando su imagen. El “Sistema”, en ese estadio primitivo aun no tenía nombre, pero ya tenía método. Un método que consistía en transformar la dependencia económica en obediencia política, y la obediencia política en normalidad moral e institucional. ¿Comprende el lector por dónde van los tiros? A partir de aquí, los Medici abrieron un camino, enseñaron el resorte eficaz para poner en funcionamiento la maquinaria sistémica, sin exponerse al caos y a la contingencia coyuntural de la política cotidiana. Mostraron la eficacia de la manipulación extra-política para conseguir control sin violencia explicita. Y crearon la primera red sistémica permeable, que adquiriría mayor poder al entrar en contacto con otras redes surgidas de las respectivas ramificaciones de las elites locales de otros países. Como consecuencia, la tela de araña fue ganando tamaño y poder global como un gran sistema nervioso global, como una gran red neuronal sináptica, que conectaba poderes entre sí, fortaleciéndolos a todos. Los Rothschild Siguiendo esta línea de análisis, años más tarde, la dinámica histórica del poder continental europeo llevó a una familia de banqueros judíos a comprender que los estados podían quebrar igual que cualquier empresa. Y aquello podía ser mucho más que un gran negocio. Esa familia, los Rothschild, ya estaban allí financiando los episodios estatales, conscientes de que el crédito era la única mercancía que importaba cuando todo se derrumbaba, y por tanto que quien controlaba el crédito controlaba a la elite gobernante. Estados, gobiernos o reyes podían enviar ejércitos al frente de batalla, pero necesitaban a alguien que financiase la aventura. Es sobradamente conocida la distribución de la familia por las principales capitales europeas, decidiendo quien merecía crédito y quien debía caer. Financiaron campañas napoleónicas, reconstrucciones posteriores, ferrocarriles, obras públicas y bonos de gobiernos desesperados por tener liquidez. Prestaron a vencedores y vencidos, porque entendieron que el verdadero negocio no era la victoria, sino la continuidad del sistema, la continuidad de su red de influencias cada vez más estable y poderosa, que se fortalecía tanto con la derrota como con la victoria. Cuando un estado se endeudaba con ellos, no solo firmaba un contrato, reconocía una jerarquía, asumía someterse a un poder casi metafísico. Al comprar deudas de gobiernos quebrados, decidieron quien podía ser salvado y en que condiciones. La tasa de interés se convirtió entonces en una sofisticada forma de castigo o recompensa.  Muchos gobiernos comprendieron que podían acabar asfixiados si los Rothschild les restringían el oxígeno financiero. En tales condiciones la llamada soberanía nacional acabó convertida en una patética palabra hueca, que aún hoy se sigue pronunciando, cada vez con menos convicción. El Sistema se redefinía y se transformaba vigorizándose y adquiriendo práctica y experiencia, pero sobre todo conseguía establecer axiomas atemporales y definitivos. El primero: El capitalismo es pura destrucción creativa. Unos negocios mueren para que otros nazcan. El segundo: Se debe usar el caos como mecanismo de control, de poder y de selección de la elite mas conveniente para los fines del capital. El tercero: Alguien debe decidir quien debe sobrevivir al ritual de destrucción creativa y al caos contingente, ese alguien es el “Sistema”. J. P. Morgan En Estados Unidos, un hombre que había comenzado su ascenso empresarial durante la guerra civil estadounidense al comprar los anticuados rifles del ejercito por solo 3,50 dólares cada uno, para tras unos pequeños arreglos, revendérselos nuevamente al mismo ejercito, que así recompraba sus propias armas, por 22 dólares, se hizo rico con tan fraudulenta y suculenta operación. Ese hombre, era John Pierpont Morgan conocido desde entonces, como J.P. Morgan. El hecho, es que dominó las finanzas corporativas y la consolidación industrial de su época en USA. Entre sus actividades destacan la fusión de Edison General Electric y Thompson-Houston Electric Company para formar la General Electric Company en 1891, la financiación de la Federal Steel Company (Compañía Federal de Acero) y la fusión de la Carnegie Steel Company y varias compañías más del sector del hierro y del acero para formar en 1901 la Corporación de Acero de Estados Unidos. También se asoció para la fundación del trust naviero International Mercantile Marine Company. En la crisis de 1907, en un país que creía tan firme como ingenuamente ser gobernado por el voto, mientras los bancos quebraban, la bolsa se derrumbaba y la confianza económica se evaporaba, no fue el gobierno quien entró en escena para mitigar el proceso destructivo. Fue J.P.Morgan quien dio un paso adelante para salvar el sistema financiero. Lejos del Congreso y de la mirada pública, decidió que instituciones serían rescatadas, cuáles serían absorbidas, y cuales podían morir definitivamente. La fotografía oficial mostraba autoridades políticas, la realidad escondía a una minoría encabezada por J.P. Morgan reacomodándose en la cima del poder. Morgan no actuaba como filántropo, sino como arquitecto del futuro. Al salvar ciertos bancos y dejar que otros se hundieran, estaba redibujando el mapa del poder financiero a su gusto, y según su interés. Estaba creando su propia red “sistémica”. Como habían hecho los Medici, como habían hecho los Rothschild, como harían más adelante los Rockefeller y como harían otras “familias” a lo largo de la historia. La gran red estaba creada; fusión entre la gran industria, los bancos de inversión, las comunicaciones, la siderurgia, las aseguradoras y el gobierno, bajo el modelo creado por J.P. Morgan y su elite financiera. La democracia liberal continuó su camino, las elecciones siguieron una tras otra, la gente siguió votando ingenuamente espoleada por discursos políticos desprovistos de sustancia real. Pero el mensaje había quedado grabado, como el tiempo posterior se encargó de demostrar en las inevitables crisis que siguieron hasta nuestros días: “En caso de emergencia no rompa el cristal, llame a quien tenga liquidez para comprar el incendio entero.” Los Rockefeller Los Rockefeller llegaron después. Una familia también judía, que ocupó un terreno sin explotar sistémicamente: la materia prima energética, el petróleo. Por supuesto, no lo descubrieron, pero lo convirtieron en el fluido vital del siglo XX.  Comprendieron que dominar el combustible hacía posible todo lo demás. Si el motor de combustión iba a mover el mundo, controlar el petróleo y el gas, equivalía a dominar el pulso del planeta. Así surgió Standard Oil y su monopolio petrolífero mundial. A partir de entonces, la energía se convirtió en el idioma silencioso de la geopolítica. Ciertamente, la historia oficial habla de la intervención estatal para provocar la fragmentación de la empresa, intentando destruir el incomodo monopolio. Nada más lejos de la realidad. La hidra se recompuso en mil cabezas. De un gigante único, a un conjunto de empresas que siguieron orbitando con la misma lógica, y con la misma familia en los consejos de administración, en fundaciones y en organismos asociados. La red simplemente se multiplicó mutando su aspecto exterior, pero manteniendo su naturaleza, redistribuida en las mismas manos. En cualquier caso, la consigna del “Sistema” era la misma: Si quieres desarrollo, necesitaras energía. Si necesitas energía, jugarás con las reglas que se te impongan. A partir de aquí la energía se convirtió en pretexto para guerras y planes de reconstrucción. Desde entonces el ciudadano asiente y convalida automáticamente semejante actitud, ante los argumentos falaces que exhibe la política sistémica, es decir, la política del sistema imperial anglo-sionista: Seguridad energética, interés nacional, construcción de la democracia, lucha contra el terrorismo… Lo cierto, es que el poder real ya no consiste en gobernar directamente, sino en convertir territorios en rehenes financieros y energéticos de fuentes primigenias que el sistema, de una u otra manera, controla, o quiere controlar a toda costa. La guerra de Irán, con el conflicto del golfo pérsico, es la mejor demostración actual. Continuar con la exposición de hechos extendería demasiado este artículo. Tanto es así, que el “Sistema” provocó dos guerras mundiales para defenderse de posibles riesgos y poner en marcha la “destrucción creativa” en medio del caos postbelico. El plan Marshall constituye una demostración empírica. Se trataba de reconstruir Europa, para convertirla en un mercado cautivo y en un territorio bajo control energético y político anglo-sionista. La historia ha demostrado el éxito de semejante maniobra. La propia naturaleza del Sistema lo dota de plasticidad constante. Hemos visto su génesis, pero su transformación es continua, imparable y cada vez más global. Familias tecnológicas, industria petro-química, complejo industrial militar, aristocracia de sangre, y grandes corporaciones bancarias… Bancos, siempre bancos.   Mientras la plebe consume entretenimiento o pide otra de gambas, los políticos se chamuscan en el conflicto cotidiano, pensando exclusivamente en su reelección, y todos se indignan con lágrimas de cocodrilo cuando ven imágenes de bombardeos, crímenes masivos o destrucción planificada. El “Sistema” aprovecha para mejorar las cuentas de las empresas que hicieron posible ese horror, lubricando los nuevos negocios que se pondrán en marcha con la llegada de la precaria paz, fortaleciéndose una y otra vez a si mismo… hasta el nuevo comienzo de todo. Porque, aún queda mucho mundo por transformar.

El año pasado publique un libro titulado “Democracia. El Gran Fraude” (SND Editores. Madrid. 2025) (AQUÍ y AQUÍ). En el se exploraba críticamente la naturaleza conceptual y los mecanismos de aplicación de la democracia liberal como método de gobierno de las sociedades políticas actuales. En su amplia argumentación se desmenuzan los elementos constitutivos de ese sistema político, hasta terminar en el último capítulo, el globalismo transnacional capitalista. Y precisamente, en este estadio final, se encuentra el sustento del propio sistema demo-liberal que nos gobierna.

Pero, ¿cuál es ese poder transnacional y transtemporal que gobierna a los gobiernos? eso que llamamos “Sistema”. Por tanto ¿qué es el Sistema?, ese supuesto ente inmaterial, ainstitucional e intangible, que decide las reglas del juego, suministra el tablero y fabrica las piezas para llevarlo a cabo.  ¿Existe, o es una entelequia, fruto de la mente calenturienta de los conspiranoicos del amplio mundo?, ¿acaso se trata de una patraña como el coco que se come a los niños malos por la noche?

Lo cierto es que, comúnmente, lo que consideramos “Sistema” lo concretamos en un gobierno, en un presidente, en unos ministros, en unos partidos políticos o en unas instituciones.  Pero tal concepción es fruto de la ingenuidad infantil con la que el súbdito moderno imagina el poder. Porque lo que llamamos “poder” es simplemente un teatro iluminado por la luz de la ilusión, un gigantesco escenario público para contentar a la masa, que aplaude satisfecha una función que, aunque cambie de actores, siempre tiene el mismo guion. Detrás del telón existe una continuidad operativa que no depende de urnas, ni de discursos, ni de decisiones colectivas, y mucho menos de elecciones.

Porque, lo indiscutible es que toda sociedad está gobernada por una minoría organizada, una elite estable que atraviesa épocas, revoluciones y constituciones. El cambio de gobierno cuatrianual mantiene los mismos dilemas existenciales, a pesar de la supuesta transformación social propugnada por unos y por otros. La rotación de caras produce una ficticia sensación de cambio, pero la posición de mando permanece en las mismas manos y en el mismo tipo de gente que sobrevive a cualquier gobierno.

Entonces ¿quién compone el Sistema? ¿de quién son esas manos que manejan los hilos del control político, económico y cultural? ¿en dónde se cobijan para ejercer su constante influencia?  Comprendo que el lector quiere nombres concretos, personas concretas, lugares concretos. Pero las cosas no funcionan así. El Sistema no se concentra en un individuo, ni en un grupo concreto, sino en una continuidad de poderes que se transmiten por influencia, control institucional, redes de confianza y puertas giratorias, que filtran y decantan personas, actitudes y métodos.

Cuando un nuevo dirigente alcanza el gobierno de la nación y traspasa el umbral de su nuevo palacio presidencial, descubre que hay cosas que no se tocan, que no se pueden tocar, que no se deben tocar. Tratados, deudas, alianzas, compromisos con bancos, acuerdos militares, contratos de energía, transferencias de tecnología, documentos blindados, información reservada… De repente, descubre que muchos de sus supuestos poderes ya están hipotecados por decisiones tomadas muchos años antes de que el naciera.

Descubre que el esqueleto del sistema no depende de su voluntad. Pronto comprende que, si insiste demasiado, el sistema no discute, simplemente más pronto o más tarde lo sustituye, lo deshecha y lo arrincona. Y todo ello mediante un procedimiento que permite que la mayoría de la población crea que decide, mientras la minoría “sistémica” nunca se expone en el público teatro de vanidades del mundo demoliberal. Algunos individuos entran y salen de la vitrina del poder formal, mientras el núcleo de las decisiones permanece en manos de quienes controlan los recursos.

El control de los recursos. Aquí está la madre del cordero de todo el andamiaje “sistemico”. Para comprenderlo cabalmente, debemos retroceder a los primeros tiempos del protocapitalismo, aquella época del Renacimiento italiano, donde la explosión económica comenzaba a tener lugar con un ímpetu desconocido hasta entonces. América había sido descubierta y el viejo mundo recibía los aportes de riqueza que llegaban de lejanas tierras. Allí, en Florencia, una familia, los Medici, entendió que no hacía falta corona ni espada para mandar. Bastaba controlar el crédito, las conciencias y el prestigio social.

El primero: Giovanni di Bicci de Medici

Los Medici, no fueron simples banqueros, fueron el prototipo del incipiente “Sistema”. Una elite capaz de gobernar sin convertirse en gobierno, comprendiendo que el poder real no se encontraba en la ley escrita, sino en la posición estratégica dentro de una red de dependencias que era necesario tejer para conseguir el control. Los Medici construyeron esa red, prestando dinero a reyes, príncipes, comerciantes, obispos y papas. Cada deuda se convertía en una soga invisible en el cuello del deudor, cada interés acumulado en una forma de subordinación implacable.

Al mismo tiempo, desarrollaron los símbolos públicos que darían continuidad a su estrategia, que abrillantarían su imagen dotándola de un carácter filantrópico. Patrocinaron artistas y arquitectos para embellecer la narrativa de su propia grandeza. Se trataba de controlar no solo el dinero, sino también la imagen, construyendo la apariencia de orden natural ante una población que solo veía armonía y belleza, pero no los libros de contabilidad donde realmente se cocinaba el poder.

En resumen, mientras en Florencia las repúblicas subían y caían, mientras se alternaban facciones y revueltas, los Medici seguían ahí intocables, impasibles, invulnerables. Ajustando su posición y adecuando su imagen. El “Sistema”, en ese estadio primitivo aun no tenía nombre, pero ya tenía método. Un método que consistía en transformar la dependencia económica en obediencia política, y la obediencia política en normalidad moral e institucional. ¿Comprende el lector por dónde van los tiros?

A partir de aquí, los Medici abrieron un camino, enseñaron el resorte eficaz para poner en funcionamiento la maquinaria sistémica, sin exponerse al caos y a la contingencia coyuntural de la política cotidiana. Mostraron la eficacia de la manipulación extra-política para conseguir control sin violencia explicita. Y crearon la primera red sistémica permeable, que adquiriría mayor poder al entrar en contacto con otras redes surgidas de las respectivas ramificaciones de las elites locales de otros países. Como consecuencia, la tela de araña fue ganando tamaño y poder global como un gran sistema nervioso global, como una gran red neuronal sináptica, que conectaba poderes entre sí, fortaleciéndolos a todos.

Los Rothschild

Siguiendo esta línea de análisis, años más tarde, la dinámica histórica del poder continental europeo llevó a una familia de banqueros judíos a comprender que los estados podían quebrar igual que cualquier empresa. Y aquello podía ser mucho más que un gran negocio. Esa familia, los Rothschild, ya estaban allí financiando los episodios estatales, conscientes de que el crédito era la única mercancía que importaba cuando todo se derrumbaba, y por tanto que quien controlaba el crédito controlaba a la elite gobernante. Estados, gobiernos o reyes podían enviar ejércitos al frente de batalla, pero necesitaban a alguien que financiase la aventura. Es sobradamente conocida la distribución de la familia por las principales capitales europeas, decidiendo quien merecía crédito y quien debía caer. Financiaron campañas napoleónicas, reconstrucciones posteriores, ferrocarriles, obras públicas y bonos de gobiernos desesperados por tener liquidez. Prestaron a vencedores y vencidos, porque entendieron que el verdadero negocio no era la victoria, sino la continuidad del sistema, la continuidad de su red de influencias cada vez más estable y poderosa, que se fortalecía tanto con la derrota como con la victoria. Cuando un estado se endeudaba con ellos, no solo firmaba un contrato, reconocía una jerarquía, asumía someterse a un poder casi metafísico.

Al comprar deudas de gobiernos quebrados, decidieron quien podía ser salvado y en que condiciones. La tasa de interés se convirtió entonces en una sofisticada forma de castigo o recompensa.  Muchos gobiernos comprendieron que podían acabar asfixiados si los Rothschild les restringían el oxígeno financiero. En tales condiciones la llamada soberanía nacional acabó convertida en una patética palabra hueca, que aún hoy se sigue pronunciando, cada vez con menos convicción.

El Sistema se redefinía y se transformaba vigorizándose y adquiriendo práctica y experiencia, pero sobre todo conseguía establecer axiomas atemporales y definitivos. El primero: El capitalismo es pura destrucción creativa. Unos negocios mueren para que otros nazcan. El segundo: Se debe usar el caos como mecanismo de control, de poder y de selección de la elite mas conveniente para los fines del capital. El tercero: Alguien debe decidir quien debe sobrevivir al ritual de destrucción creativa y al caos contingente, ese alguien es el “Sistema”.

J. P. Morgan

En Estados Unidos, un hombre que había comenzado su ascenso empresarial durante la guerra civil estadounidense al comprar los anticuados rifles del ejercito por solo 3,50 dólares cada uno, para tras unos pequeños arreglos, revendérselos nuevamente al mismo ejercito, que así recompraba sus propias armas, por 22 dólares, se hizo rico con tan fraudulenta y suculenta operación. Ese hombre, era John Pierpont Morgan conocido desde entonces, como J.P. Morgan. El hecho, es que dominó las finanzas corporativas y la consolidación industrial de su época en USA. Entre sus actividades destacan la fusión de Edison General Electric y Thompson-Houston Electric Company para formar la General Electric Company en 1891, la financiación de la Federal Steel Company (Compañía Federal de Acero) y la fusión de la Carnegie Steel Company y varias compañías más del sector del hierro y del acero para formar en 1901 la Corporación de Acero de Estados Unidos. También se asoció para la fundación del trust naviero International Mercantile Marine Company.

En la crisis de 1907, en un país que creía tan firme como ingenuamente ser gobernado por el voto, mientras los bancos quebraban, la bolsa se derrumbaba y la confianza económica se evaporaba, no fue el gobierno quien entró en escena para mitigar el proceso destructivo. Fue J.P.Morgan quien dio un paso adelante para salvar el sistema financiero. Lejos del Congreso y de la mirada pública, decidió que instituciones serían rescatadas, cuáles serían absorbidas, y cuales podían morir definitivamente. La fotografía oficial mostraba autoridades políticas, la realidad escondía a una minoría encabezada por J.P. Morgan reacomodándose en la cima del poder.

Morgan no actuaba como filántropo, sino como arquitecto del futuro. Al salvar ciertos bancos y dejar que otros se hundieran, estaba redibujando el mapa del poder financiero a su gusto, y según su interés. Estaba creando su propia red “sistémica”. Como habían hecho los Medici, como habían hecho los Rothschild, como harían más adelante los Rockefeller y como harían otras “familias” a lo largo de la historia.

La gran red estaba creada; fusión entre la gran industria, los bancos de inversión, las comunicaciones, la siderurgia, las aseguradoras y el gobierno, bajo el modelo creado por J.P. Morgan y su elite financiera.

La democracia liberal continuó su camino, las elecciones siguieron una tras otra, la gente siguió votando ingenuamente espoleada por discursos políticos desprovistos de sustancia real. Pero el mensaje había quedado grabado, como el tiempo posterior se encargó de demostrar en las inevitables crisis que siguieron hasta nuestros días: “En caso de emergencia no rompa el cristal, llame a quien tenga liquidez para comprar el incendio entero.”

Los Rockefeller

Los Rockefeller llegaron después. Una familia también judía, que ocupó un terreno sin explotar sistémicamente: la materia prima energética, el petróleo. Por supuesto, no lo descubrieron, pero lo convirtieron en el fluido vital del siglo XX.  Comprendieron que dominar el combustible hacía posible todo lo demás. Si el motor de combustión iba a mover el mundo, controlar el petróleo y el gas, equivalía a dominar el pulso del planeta. Así surgió Standard Oil y su monopolio petrolífero mundial. A partir de entonces, la energía se convirtió en el idioma silencioso de la geopolítica.

Ciertamente, la historia oficial habla de la intervención estatal para provocar la fragmentación de la empresa, intentando destruir el incomodo monopolio. Nada más lejos de la realidad. La hidra se recompuso en mil cabezas. De un gigante único, a un conjunto de empresas que siguieron orbitando con la misma lógica, y con la misma familia en los consejos de administración, en fundaciones y en organismos asociados. La red simplemente se multiplicó mutando su aspecto exterior, pero manteniendo su naturaleza, redistribuida en las mismas manos.

En cualquier caso, la consigna del “Sistema” era la misma: Si quieres desarrollo, necesitaras energía. Si necesitas energía, jugarás con las reglas que se te impongan.

A partir de aquí la energía se convirtió en pretexto para guerras y planes de reconstrucción. Desde entonces el ciudadano asiente y convalida automáticamente semejante actitud, ante los argumentos falaces que exhibe la política sistémica, es decir, la política del sistema imperial anglo-sionista: Seguridad energética, interés nacional, construcción de la democracia, lucha contra el terrorismo… Lo cierto, es que el poder real ya no consiste en gobernar directamente, sino en convertir territorios en rehenes financieros y energéticos de fuentes primigenias que el sistema, de una u otra manera, controla, o quiere controlar a toda costa. La guerra de Irán, con el conflicto del golfo pérsico, es la mejor demostración actual.

Continuar con la exposición de hechos extendería demasiado este artículo. Tanto es así, que el “Sistema” provocó dos guerras mundiales para defenderse de posibles riesgos y poner en marcha la “destrucción creativa” en medio del caos postbelico. El plan Marshall constituye una demostración empírica. Se trataba de reconstruir Europa, para convertirla en un mercado cautivo y en un territorio bajo control energético y político anglo-sionista. La historia ha demostrado el éxito de semejante maniobra.

La propia naturaleza del Sistema lo dota de plasticidad constante. Hemos visto su génesis, pero su transformación es continua, imparable y cada vez más global. Familias tecnológicas, industria petro-química, complejo industrial militar, aristocracia de sangre, y grandes corporaciones bancarias… Bancos, siempre bancos.

 

Mientras la plebe consume entretenimiento o pide otra de gambas, los políticos se chamuscan en el conflicto cotidiano, pensando exclusivamente en su reelección, y todos se indignan con lágrimas de cocodrilo cuando ven imágenes de bombardeos, crímenes masivos o destrucción planificada. El “Sistema” aprovecha para mejorar las cuentas de las empresas que hicieron posible ese horror, lubricando los nuevos negocios que se pondrán en marcha con la llegada de la precaria paz, fortaleciéndose una y otra vez a si mismo… hasta el nuevo comienzo de todo.

Porque, aún queda mucho mundo por transformar.


3 respuestas a «El Sistema»

  1. ‘La dictadura despótica de los amos’, que podría haber dicho su lacayo iluminado Marx; financiado por el Rothschild de turno en Londres/La City. Rothschild/escudo rojo; financiador de la China global comunistoide( Baal, está representado con puño en alto, en una imagen de una escultura milenaria en libro de Buhigas ). Este NOS post renacentista es un sistema cabalista anticristiano/satánico, basado en el sacrificio del vecino; y eso explica todo.

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