El vacío espiritual del padre Alberto

El padre Alberto no llevaría más de tres años de sacerdote. Era de carácter afable, educado, dispuesto siempre a ayudar a quien se lo pidiera. Una característica, aunque no sólo suya, era que no tenía ningún respeto por el hábito eclesiástico, vestía de forma anárquica; con todo tipo de combinaciones posibles usaba su camisa de claryman, cuando la usaba. Tampoco cuidaba mucho su aspecto físico. Todo lo cual era un poco extraño en un sacerdote recién ordenado. Pero su cercanía con todo el mundo, su amabilidad y total disponibilidad para todos hacía que estos aspectos quedaran relegados a un segundo plano.

Gustaba de estar con la gente, en general con los jóvenes, y era común verlo por la noche con ellos tomando copas o yendo al cine, o incluso en alguna fiesta.

No tenía un orden en su vida, cada día era distinto al anterior. Tan pronto se levantaba temprano como no, o se acostaba pronto o no. Tan pronto hacia una actividad que hacía otra, que iba a un lugar, o a otro. No estaba sujeto a ninguna norma de vida. Se prestaba a hacer lo que el día indicara.

Había algo del padre Alberto que a algunos no les gustaba, y lo lamentaban sinceramente. Se trataba de su manera de oficiar la santa misa, y en general de su relación con lo sagrado. Al igual que en su vida personal no había el más mínimo orden, de igual forma no había la más mínima compostura en su relación con los sacramentos y con las demás actividades litúrgicas.

No se revestía como los ornamentos sagrados según las prescripciones de la Iglesia. Muchas veces celebraba la santa misa sin casulla, también se le vio con ropa informal y una caprichosa estola. Muchos, que le apreciaban de verdad, no entendían ese poco aprecio a lo sagrado.

Verdaderamente era insufrible estar en sus misas. Algún que otro sacerdote, discretamente, se ausentaba de concelebrar con él; muchas amistades no acudían a sus misas. El padre Alberto lo sabía, pero como era mayor el número de las personas que le seguían y participaban en sus celebraciones, no le inquietaba. En verdad, al padre Alberto le importaba el aplauso de los fieles, y tenía más seguidores que detractores, y eso era más que suficiente para no corregirse y continuar con sus excentricidades litúrgicas. Además, no era él una novedad en ello; buena escuela había tenido en el seminario y con su primer párroco.

Cuando el padre Alberto empezaba la santa misa, los fieles empezaban a entrar y salir del altar; para leer unos, para dar algún testimonio otros, para tocar algún instrumento, incluso algunos fieles estaban con él en el altar. Siempre había un elevado nivel de ruido mientras oficiaba la santa misa. Pero los fieles estaban a gusto. Escuchaban con interés lo que les decía el Padre. Sus homilías siempre giraban en torno a los problemas de la vida diaria, de la situación social y política actual. Poco de sagrado y espiritual, y mucho de social y político.

Nadie le vio nunca con el Breviario en la mano, y escasamente se le vio en la capilla de la iglesia haciendo oración. Los jueves, después de exponer el Santísimo, apenas si estaba unos minutos en adoración; salía y no se volvía a ver hasta el momento de la reserva, que muchas veces la hacia el párroco.

El padre Alberto no cuidaba su vida interior. Si podía rezar el Breviario, lo hacía, sino podía no lo hacía. Si tenía tiempo para hacer algo de oración la hacía, pero sino tenía tiempo, no. Siempre estaba dispuesto para los demás, y por cualquier motivo dejaba sus obligaciones sacerdotales.

Un día, sorprendentemente, celebró la misa otro sacerdote, y también la misa del día siguiente. Algunos fieles, extrañados, preguntaron al párroco por el padre Alberto. El párroco les dijo que se había ausentado urgentemente por motivos personales muy importantes, que no podía revelar. Pero que no se preocuparan por él, algún día volvería.

Al párroco no se le escapaba la vida excesivamente “mundana” de su joven vicario parroquial. Su disponibilidad para con todos no estaba compensada con una vida de oración y de piedad intensa. El poco aprecio por lo sagrado,  por lo santo, por lo reverente, hacía que llevara una vida realmente “mundana”. El padre Alberto se presentaba siempre como un hombre más, y hacía gala de ello. Parecía que no valoraba su vida sacerdotal. Nunca se ocupó de su vida interior, no se ocupaba de la vida de oración, y mucho menos la vida de sacrificio y penitencia; de la cual no era extraño que se burlara o hiciera comentarios despectivos.

El padre Alberto cayó en una terrible depresión que le dejó totalmente fuera de la realidad. Rápidamente su párroco contactó con sus superiores, y llevaron al joven sacerdote a un lugar de recuperación. Nada en absoluto de supo de él. Se produjo un absoluto silencio sobre este caso. Nunca hubo el más mínimo comentario al respecto.

Pasaron los años, unos ocho. Un día apareció por la parroquia un sacerdote de visita, de edad madura pero aun joven. Su aspecto llamaba la atención. Perfectamente vestido con su traje negro de sacerdote, perfectamente afeitada y pelo corto; llevaba el Breviario bajo la mano. Nadie le conoció. El párroco era nuevo, y por tanto no sabía quién era tal sacerdote. El padre Alberto de presentó, y le pidió si podía oficiar la santa misa del domingo siguiente.

Cuando apareció en el altar en la santa misa de la doce, ningún feligrés lo reconoció. Lo primero que dijo el padre Alberto fue una advertencia a los fieles para que guardaran silencio. La santa misa transcurrió con una edificante devoción que sorprendió a los presentes. Cuando llegó la homilía, y sabiendo el padre Alberto que nadie lo había reconocido, se presentó. El silencio que se produjo fue tal, que quedó como un hecho que siempre se recordó en la parroquia. Todos quedaron sorprendidos y estupefactos.

Se produjo una emoción contenida, muchos ojos se llenaron de lágrimas. El silencio acompañó el resto de la misa.

El resto ya se puede imaginar.

El padre Alberto recuperó la vida interior y con ella salvó su sacerdocio. Hoy es un ejemplar sacerdote.

Ave María Purísima.


7 respuestas a «El vacío espiritual del padre Alberto»

  1. ¡Ójala hubiera muchos padres Albertos!
    Puede que no nos lo merezcamos, pues no pedimos por ellos y tampoco les corregimos fraternalmente, pero, ¡qué necesarios son! Imprescindibles.
    Gracias Padre
    Enhorabuena

  2. El hábito hace al monje, y también al sacerdote.
    Al igual que la vida ordenada, ascetina, llena de espiritualidad, y no demasiado proxima al mundo, que rebosa porquería y concupiscencia, se mire por donde se mire…
    Quien aleja la tentación, alela el pecado.

    1. Odal: César Vidal no puede ser maestro para un cristiano por su condición de protestante. Es un buen ejemplo sólo de lo que no se debe pensar (errores), creer (herejías), decir (difamaciones) o hacer (atacar a Cristo).

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