El viaje de mi vida a Rusia

Rusia era un eco de la infancia, pues al preguntarle a mi abuelo por el motivo de tener total y completamente el cabello blanco, contestaba: “Del frío y del miedo que pasé en Rusia”. Ello provocó que, por primera vez, fijara la atención, no solo en ese desconocido lugar lejano, sino en ese momento crucial de la historia, pues, para bien o para mal, tiempo después -ya que su figura estuvo siempre muy presente en mi infancia, pubertad, adolescencia y juventud, al convivir bastante en mi casa y cuidar mucho a los 3 hermanos-, supe entonces que el abuelo había estado allí. Había sido uno de los miles de voluntarios españoles que fue a luchar contra el comunismo, en el Frente del Este, uno de los territorios en los que se decidió el futuro, y lo que España, Europa y el mundo es hoy, entre el sinfín de capítulos de la II Guerra Mundial, la última gran guerra de la historia de la humanidad. Sirvió en una de las unidades más románticas de la historia de España, cuya gesta solo es comparable a las de los ya casi olvidados Tercios de Flandes: la División Azul.

Pasado el tiempo, y vistas las múltiples y reiteradas insidias que se vertían por los partidarios de la mal denominada “memoria histórica”, me decidí a escribir un libro sobre las vivencias de mi abuelo D. IGNACIO RIVERA PENA, y de otro divisionario de la misma localidad de Betanzos, D. GERARDO VIDAL CAMINO, que fueron quienes marcharon voluntarios con el primer contingente de la División Azul, en la que ingresaron el 2 de julio de 1941, y sirvieron en la campaña de Rusia hasta el verano de 1942, en el frente del Voljov. Además del testimonio oral de mi abuelo, consulté múltiples fuentes documentales de archivos, bibliotecas y hemerotecas, y decidí seguir, por los caminos de Europa, el rastro de sus pasos, en diversos y múltiples viajes por la geografía europea, recorriendo escenarios por los que el protagonista había estado, como Francia (Hendaya, sur de Francia, París, …), Alemania (Frankfurt, Baviera, Múnich, Núremberg,…), Polonia, y Letonia (Riga, …) para potenciar al máximo esta labor. Incluso llegué a contratar, a principios de 2020, en una agencia de viajes, un circuíto con Politours en Rusia, titulado expresamente “San Petersburgo al completo y División Azul”, que no por casualidad incorporado, ya que había muchos clientes que les pidieran viajar a los escenarios donde combatieron los españoles, muy posiblemente los antepasados de esos viajeros, como era mi caso. No obstante, debido a los confinamientos derivados de la pandemia, hubo que suspender ese viaje durante los años 2020 y 2021. Cuando lo retomé, a principios de 2020, en otra agencia, en un circuíto ya personalizado con guia privado, Rusia invadió Ucrania, con las consecuencias derivadas de ello, y durante los años 2022 y 2023 no se pudo hacer tal viaje. Finalmente, pude realizarlo, en tales condiciones, en la primera semana de enero de 2024, y es lo que motiva las líneas que escribo a continuación.

La salida desde el aeropuerto de Santiago de Compostela fue el día 1, a las 12:35 horas, con destino final en el aeropuerto Pulkovo, en San Petersburgo (Rusia), a las 5:35 horas, previas escalas en Valencia y Estambul (Turquía), ese mismo día. Tras pasar los trámites de acceso al territorio ruso, el guía de habla hispana –había vivido en España entre 2.000 y 2.010- y titulado en historia –había vivido en España la política de “memoria historia” iniciada por ZP-, llamado Artemio, nos recogió en la terminal de llegadas, y previo cambio de una cantidad de euros a rublos para pequeños gastos del viaje, ya que su mayor parte había sido pagado cuando se contrató, sin más demora, enfilamos en su vehículo, un SUV, la carretera M-10 en dirección a Moscú, para trasladarnos a la zona de Nóvgorod. La primera impresión de Rusia, al salir del aeropuerto, fue, además de ver todo nevado, el inmenso frío que pudimos sentir, en plena ola invernal, que hizo en aquellos días del viaje, que las temperaturas oscilaran entre los 20 y los 36 grados bajo 0. Aunque, por supuesto, nada comparado con el que había sufrido los divisionarios, que en la zona del lago Ilmen llegaron a 53-54 bajo 0, y en la zona del Voljov lo normal fueron temperaturas por debajo de los 30 y 40 grados bajo 0, en aquel invierno 1941-42, que fue el más duro del siglo XX y lo que va del XXI.

La primera parada fue, cuando estaba empezando a amanecer, en el km. 29 de dicha carretera, por ser un punto para el que mi abuelo salió el día 3 de julio de 1942 con su unidad, donde relevaron a las fuerzas alemanas que guarnecían dichas posiciones, permaneciendo allí, en esta situación, hasta el día 5 de julio. A continuación, seguimos por esa carretera, haciendo las siguientes paradas en pueblos de la misma que habían sido posiciones españolas. Concretamente, y ya recién amanecido, en Myasnoi Bor (donde había un cementerio de militares soviéticos del 52 Ejercito que lucharon contra los españoles, con placa conmemorativa y monumento en su centro), Podberesje (donde había un monumento, con su correspondiente placa conmemorativa, con un tanque soviético y varias defensas antitanque, de la II Guerra Mundial), que era una localidad principal de despliegue de los servicios de retaguardia divisionarios, con hospitalillo avanzado incluido, por eso en sus inmediaciones hubo un improvisado cementerio español, y para cuyo sector, el día 22 de mayo de 1942, salió mi abuelo con su Unidad, donde relevaron a fuerzas alemanas, y quedaron guarneciendo dichas posiciones hasta el día 11 de junio.

Seguidamente, por una carretera secundaria totalmente nevada, al igual que los espesos bosques que la circundaban, nos dirigimos a pueblos de la Bolsa del Voljov, en donde, el día 21 de junio de 1942, mi abuelo con su Batallón, en cooperación con las fuerzas alemanas y flamencas, iniciaron la operación sobre la Bolsa, estando de operaciones de limpieza de la citada Bolsa, hasta el día 29, que salió con su Compañía, otra vez, al sector de Podberesje y Tiutizy. También había estado en la Bolsa Gerardo, pues durante el mes de febrero de 1942, para cubrir bajas habidas en la batalla de la Cabeza de Puente del Voljov, pasó al II Batallón del Regimiento de Infantería 269, a la 8ª Compañía de ametralladoras -que no combatía como tal, sino que daba apoyo de fuego a todo el Batallón-, y participó en los combates que cerraron la Bolsa, junto con las Divisiones alemanas 126ª y 58ª, a finales de marzo de 1942. El primer pueblo donde paramos fue en Osija, para donde había salido y había pasado mi abuelo con su Unidad, el día 20 de junio 1942. El siguiente fue Maloe Zamoshie, donde estuvo Gerardo, en febrero de 1942, y mi abuelo, en las operaciones de limpieza de la Bolsa, a finales de la primavera de 1942. Una vez pasado el pueblo, a mano izquierda de la carretera, en el medio de la nada, había un monumento de un soldado soviético junto a una corona de laurel con banda, todo en piedra, y, a unos metros, un mortero de la II Guerra Mundial, todo ello con sus correspondientes carteles, y todo nevado, en el medio de la nada.

La estancia en este pueblo merece un detallado relato aparte, por las vivencias allí transcurridas. Estando allí, vino, a los referidos monumentos, el propietario de la última isba del pueblo, que, al ver que hablábamos en idioma extranjero, le pregunto al guía quienes éramos y que hacíamos allí, y al saber que éramos españoles y que mi abuelo había estado allí más de 80 años antes, ante nuestra sorpresa y estupefacción, nos invitó a comer con insistencia en su casa, con toda su familia, ya que era la hora de comer. Allí, al calor de una rustica estufa de leña, comimos copiosamente, un guiso, así como embutido, de un gran alce que él mismo había cazado tiempo antes, todo ello en abundancia. En la conversación que mantuvimos con aquella numerosa familia rusa, a través de las traducciones de Artemio, pudimos constatar, además de lo hospitalarios que eran, el buen recuerdo que habían dejado los españoles de la División Azul, hasta el punto de que, en los varios brindis de todo el contenido de una botella de vodka que estaba descongelando, éstos fueron: por todos nosotros, por los rusos, por los españoles, por mi abuelo, por los caídos de ambos bandos, y porque nunca volviera a haber un enfrentamiento armado entre rusos y españoles. El pueblo tiene actualmente unas 11 casas, aunque antes de la guerra tenía 64, pero las había quemado el Ejército Rojo cuando reconquistó el pueblo, y en el mismo viven permanente solo 2 personas, una de ellas, una anciana de más 92 años, que era una mocita en 1941-42, pues la familia que nos acogió vivían en Nóvgorod, y aquella isba era solo una especie de residencia de fin de semana, utilizado como refugio de caza en periodos de asueto. Después de comer, nos llevaron a ver, a pie, por la nieve, un cementerio soviético de la guerra que había en las cercanías, y a visitar a la anciana que viviera aquellos hechos, la cual, por cierto se conservaba bastante bien tanto física como mentalmente. En su isba nos acogió muy amablemente, y al saber quiénes éramos y a que veníamos, nos sirvió abundantemente, tanto café, leche, repostería, licores, etc., y nos contó sus vivencias en la guerra, de las que se acordaba perfectamente: cuando estalló la guerra y venían los alemanes, los soviéticos les decían que los iban a matar cuando llegaran, por lo que se fueron todos a dormir al bosque varios días, pero cuando llegaron los alemanes, muy al contrario de estas advertencias, les avisaron que salieran del bosque que lo iban a cañonear, que volvieran para sus casas, los alemanes solo ocuparon una isba, cuyas habitantes se fueron a vivir a otra con sus familiares, y les dejaron hacer su vida en paz, y con mucha más libertad con lo que anteriormente lo hacían los propios soviéticos; recuerda cuando llegaron los españoles, que estos eran morenos y de ojos oscuros, muy guapos, que eran buenos con ellos, que hacían “bailes” –fiestas en las que había música y se bailaba- con los rusos, que compartían sus latas de comida con los niños, no sin antes probarlas ellos para demostrarles que su comida era buena, en contra de lo que le decían los soviéticos de que metían alfileres por el medio para matarlos, que intercambiaban con ellos carne, pescado, etc. de su rancho por ejemplares de ganado avícola, patatas (kartoskas), leche (moloko), etc., incluso que una vez vinieron a su isba preguntándole a su madre si tenía gallinas, lo que negó por miedo a que se las confiscasen, pero los españoles vieron que tenían gallinas y le dijeron “¡Granuja! decías que no tenías gallinas”, pero como eran aún muy jóvenes, no eran de su interés; que allí hubo combates, que ella misma ayudó a su madre a enterrar a varios españoles caídos, uno de ellos –ante las preguntas del vecino ruso- junto a su propia casa entonces, que estaba en el terreno que ahora era la isba del vecino cazador; cuando marcharon los españoles, volvieron los alemanes, y, cuando reconquistaron el territorio los soviéticos, les quemaron las casas “para alumbrarse, decían”, hablando con desprecio hacia el propio Ejército soviético, que los había tratado bastante peor que los ejércitos extranjeros, que no se habían metido con ellos, dejando los soviéticos un mal recuerdo en la población aborigen de entonces, ya que ahora se les honraba porque, prácticamente, ya no vivían aquellos que sufrieron sus desmanes contra su propia población; todo esto ante la sorpresa y estupefacción del guía y el vecino que nos acompañaba, que la anciana hablase así del Ejército Rojo.

Tras agradecer profundamente el más que exquisito trato recibido, tanto por la familia como por la anciana, que nos habían acogido, e, incluso, enseñado todo el interior de sus propias isbas, y que nos confirmaron que, tanto Sopolje, como algunas aldeas del antiguo frente del Voljov y el triángulo de confluencia con el rio Vischera hacia el este, ya no existían prácticamente (p.e. Otenski y su monsaterio había sido destruido en 1944), y a sus lugares era imposible de acceder con la cantidad de nieve que había al no haber carreteras, por lo que continuamos la marcha. Llegamos, ya al atardecer, a Dolgobo, para donde, el día 18 de junio de 1942, mi abuelo con su Batallón, habían salido, llegando a este pueblo el día 19 de junio, donde pernoctaron y del que salieron el 20 en dirección a Osija. Seguidamente, nos dirigimos a las aldeas que habían quedado, de lo que había sido el frente del Voljov, al norte de Novgorod, pasando por Teremez, Dubrovka, Sitno, Russa, Smeisko, Shevelyovo, …, zona del Sector de cabeza de puente de Novgorod, para la que mi abuelo había salido con su Unidad, el día 20 de octubre de 1941, relevando unidades alemanas, y con hostigamiento por parte del enemigo, en donde quedaron guarneciendo dichas posiciones, hasta el día 11 de noviembre de 1941.

Para finalizar este primer día de estancia en Rusia, nos dirigimos a Novgorod, visitamos el Kremlin, donde están las verdaderas joyas patrimoniales históricos-artísticas de la ciudad, de unos 200.000 habitantes. Un magnifico conjunto histórico-artístico ([1]), por el que a mi abuelo le gustaba pasear cuando podía, y por sus alrededores, rodeado de sus robustas y boyardas murallas de ladrillo rojo, sobre el río y la nieve, franqueadas y rematadas, en cada esquina, con 9 sobrias torres, que parecían las de un castillo, con un tejado a cuatro aguas. Las murallas, de 10 metros de altura por 4 de espesor, estaban bordeadas por un foso que las circundaba, de forma elíptica. Detrás de este “frente”, visto al vuelo, estaba el río, y tras el río otra, gran ala de la ciudad, abajo, al otro lado. Salvando el foso por un puentecillo, y pasado el arco de la puerta, accedimos al interior del recinto. Al fondo, un nuevo arco que asomaba hacia el río, con un puente sobre el mismo. A la derecha, el palacio y la biblioteca de los zares, y a la izquierda la catedral de Santa Sofía y sus aledaños. En el centro de su amplia plaza ajardinada con árboles, todo cubierto de nieve, permanecía incólume y nevado, un magnífico y gran monumento de bronce, al Milenio de Rusia ([2]). Delante, al fondo de la explanada, la mole del templo de torres bizantinas, de cúpulas tornasoladas, y, a los lados, los amplios, blancos, bellos edificios palaciegos, con factura arquitectónica del siglo XVIII, alemán o francés. Al otro lado, se extendía un parque cubierto de árboles y jardines. Unas grandes pinturas decoraban la puerta de la maravillosa catedral de Santa Sofía ([3]), que pone de manifiesto el enorme poder en la iglesia ortodoxa, siendo lo demás un racimo de masas blancas coronadas de cúpulas doradas, con majestuosas campanas, un ejemplo espléndido de este sugestivo bizantino ruso. Penetramos en su interior, de naves amplias y regulares, con una cúpula central elevada y clara, las pinturas decoraban todas las paredes y las maderas del iconostasio, con máximos ejemplares de la antigua pintura grecorrusa, ornamentos, ricas telas, tallas, esmaltes, etc. Merece especial mención, que, en su interior, también se hallaba expuesta, en el altar, la cruz dorada que remataba su cúpula central en 1941, que, como consecuencia de un feroz ataque artillero soviético el día 4 de julio de 1941, los miembros del Batallón de Zapadores 250º, acantonados en el Kremlin, descubrieron que la cruz se había derrumbado y estaba colgando de un cable, a punto de caer al suelo, y como a los españoles aquello les pareció todo un sacrilegio, la rescataron, y personal técnico del batallón hizo una reparación provisional, la cruz continuó junto a los zapadores españoles hasta febrero de 1943 ([4]). Al salir del Kremlim, nos dirigimos al hotel que estaba justo situado al otro lado del parque del Kremilm, donde nos instalamos para pernoctar, tanto esta noche como la siguiente. Fue la primera vez, en toda mi vida, que estuve 36 horas continuadas sin dormir absolutamente nada, y lo cierto es que apenas tenía sueño, porque, sin duda, las emociones de este viaje me manteñan muy despierto.

Al día siguiente, después de desayunar a las 8 de la mañana abundantemente -para no tener que parar a comer y aprovechar el tiempo, y, sobre todo, la luz del día, ya que era plena solo entre las 9 y las 16 horas-, salimos hacia Grigorovo, antigua aldea de la que apenas queda nada, y actualmente engullida por nuevos edificios de la malla urbana de Novgorod sin solución de continuidad. Allí estaba instalado el Cuartel General de general Muñoz Grandes, en los locales de un viejo y pretencioso palacete neoclásico con una capilla inmediata, actualmente ya inexistente. También se ubicaba el Hospital de campaña número 250, gran edificio de ladrillo y piedra gris, después usado por los comunistas para sus fines, y que actualmente está colapsado y en ruina total y, por ello, rodeado, en todo su perímetro, con una vallado de madera. En este hospital de campaña, ingresaron, tanto mi abuelo, el 8 de diciembre de 1941, hasta que, a los pocos días, fue enviado al Hospital de retaguardia de Riga (Letonia), como Gerardo, el 7 de marzo de 1942 hasta el 16, en que fue evacuado también al hospital de Riga.

Seguidamente, nos dirigimos al cementerio militar alemán de la pequeña localidad de Pankovka, igualmente cerca de Novgorod. En su recinto, en 1996, por el Ministerio de Defensa español, se estableció una parcela, reservada a los españoles caídos en la campaña de Rusia, exhumados de los cementerios de circunstancia de los frentes radicados en una región donde había estado desplegada la División durante casi un año, como cementerio militar español, donde se procedieron a inhumar los restos de unos 3.000 caídos, a medida que iban siendo localizados y exhumados. En 1997, se levantó allí, en su honor, un monumento, consistente en un monolito de granito en el que, además de la palabra “España”, figura en español, alemán y ruso, la leyenda “Caídos de la División Azul”. Este camposanto estaba completamente nevado, hasta el punto que dio su trabajo limpiar la nieve, de las placas con los nombres de los españoles y sus fechas de fallecimiento. Detrás del monolito, igualmente hay otra placa, cuya leyenda dice, también en español, alemán y ruso: “Españoles Caídos de la División Azul 1941-1944. Con agradecimiento de España al pueblo ruso, por su comprensión y apoyo en el entierro a nuestros caídos”. Esta visita, fue, sin duda, la parte más emotiva del viaje, pues allí los incontenibles sentimientos salieron a flor de piel.

A continuación, nos dirigimos al helado río Voljov abajo, en su orilla occidental, en la parte que, una vez despegado de Novgorod y de una gran curva, iba hacia el delta del lago Ilmen, sobre el cual pudimos caminar, por tener una placa de hielo de más de medio metro de grosor, y estar nevado por encima. Seguidamente, fuimos a las aldeas que había entre carretera de Novgorod y lago Ilmen, en las que estuvo desplegada la División, y en los que estuvieron mi abuelo y Gerardo, ya no solo recién llegados en la noche del 19 al 20 de octubre de 1941, sino a partir de mediados de noviembre, en la zona asignada al Grupo de Transportes, concretamente a su 2ª Columna Ligera de Infantería. El primer pueblo que vistamos fue Jerejevo, a 5 kilómetros al sur de Nóvgorod, en la orilla izquierda del río Vóljov, en donde se encontraba el monasterio más antiguo de Rusia y el más importante en la república medieval de Nóvgorod, Yuriev ([5]), fundado en el siglo XI, cerca de donde sale del lago Ilmen. La puerta de entrada al monasterio estaba coronada por una alta torre con una cúpula de oro, visible desde el centro de la ciudad de Nóvgorod, incluyendo el Kremlin , y en su interior, se encontraba una iglesia de piedra blanca con 3 cúpulas de plata, lo que es algo inusual para las iglesias rusas, que generalmente tienen 5 (la cúpula principal representa a Cristo, las cuatro más pequeñas representan a los evangelistas), en cuyo interior quedaban algunas muestras de los frescos medievales, entre los frescos está un Cristo Pantocrator grande en la bóveda principal, un retrato completo del arzobispo de Nóvgorod Feoktist, y un retrato de cuerpo entero (aunque más pequeño) del príncipe Vsévolod Mstislávich, en la nave del sudoeste. Durante 1941-42, los edificios estuvieron ocupados por la División Azul. Seguidamente, visitamos las aldeas de Troika, Pakomo viejo, Kosinovo, Onovor, Kurisko y Neronov Boor. En el transcurso de dicha visita, desembarcamos en el Lago Ilmen, desde un cercano pueblo en las inmediaciones, situado al sur de Novgorod. Era enorme y muy amplio ([6]), hasta el punto de que se perdía en el horizonte, sin que se pudiese ver la otra orilla. Sobre el mismo, pudimos caminar, por tener una placa de hielo de más de medio metro de grosor, y estar nevada por encima.

Después nos dirigimos a Soltzy, una población más pequeña que Novgorod a unos 78 kilómetros de ésta, y a uno 60 kilómetros al sur del lago Ilmen, por donde pasa la ancha endidura del rio Shelon y con trayecto en coche de 1 hora. Mi abuelo había estado allí en el Hospital, después de la navidad y hasta el 27 de diciembre de 1941. Aunque el hospital ya no existía, al haber sido destruída la ciudad durante la guerra, y en el lugar había isbas, si visitamos la estación de ferrocarril por donde él llego en tren, que si era la misma que entonces. Más tarde, nos dirigimos a Porjov, ya en otra región, a unos 150 kilómetros de Novgorod. La ciudad tenía un característico Kremlin mucho más pequeño que el de Novgorod, con una iglesia rusa. Mi abuelo había estado allí en el Hospital, entre el día 28 de diciembre de 1941 y el 9 de enero de 1942. El hospital de Porjov, que en tiempos de paz estuvo destinado a la proyección de películas, ya no existía, y el cine de la ciudad, al que fuimos, había sido construido después de la guerra, en los años 50. Allí compramos, en un supermercado, donde pudimos comprobar que la carestía de la vida era inferior a la de España. Tras el tente en pie, iniciamos el regreso al hotel de Novgorod, con un viaje de unas 2 horas, para pernoctar. Al día siguiente, después de desayunar a las 8 de la mañana, otra vez abundantemente, salimos para San Petersburgo, por la autopista E-105. Una vez en la zona de Leningrado, visitamos los exteriores del palacete de Prokoskaya que había sido el Cuartel General de la División Azul en aquel sector, actualmente en manos privados y reconstruido recientemente, así como el Palacio de Catalina la Grande, donde había estado acuarteladas unidades de la División Azul. También visitamos allí, un pequeño museo dedicado a la II Guerra Mundial, en donde había imágenes y documentos relativos a la División Azul, entre otras muchas cosas. Finalmente, nos dirigimos a la ciudad de San Petersburgo, a la que dedicamos el resto del día a visitar, pudiendo comprobar que era una de las ciudades más bonitas del mundo, un estilo como a Paris, pero mucho más bonita. Al siguiente día, fuimos para el aeropuerto de Pulkovo, saliendo del mismo en un vuelo, con escala en Belgrado, hasta el aeropuerto del Prat-Barcelona, donde pernoctamos, y, al día siguiente, salimos para el aeropuerto de Santiago de Compostela. Al tomar tierra gallega, a las 14:35 horas, sentí que había hecho algo que, hacía muchos años, quería haber hecho, y experimenté la satisfacción del deber cumplido, con una obligación moral.

[1]En 1992 fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
[2]Esculpido en bronce por Mijail Mikeshin, cuya firma figuraba al pie del bajorrelieve, e inaugurado en 1862, en conmemoración del Milenario de la formación del Estado ruso.Un curioso y hermoso monumento, de un solemne barroquismo romántico, de forma de campana, rematado con una inmensa cruz de broncesostenida por un ángel, bajo la cual estaba apiñada la historia de Rusia, desde Rurik hasta después de Catalina y aun de Alejandro. Reyes, santos, poetas, héroes, apretaban sus figuras en torno a la semiesférica eminencial central, representado a cien figuras ilustres de la historia zarista punto obligado de paso y de reunión de todos los divisionarios que pasaban por las cercanías.
[3]Data del siglo XIV, con 13 cúpulas doradas, 5 naves y un viejo campanario.
[4]Con motivo del regreso de un grupo de veteranos de esta unidad, fue enviada a España para que presidiera la capilla de la Academia de Ingenieros sita en Burgos, y más tarde, en Hoyo de Manzanares-Madrid. A sus pies se colocó más tarde una placa con los nombres de los oficiales de ingenieros españoles caídos en la campaña de Rusia. Desde entonces, sería objeto de una especial devoción para los alumnos de la Academia y, por extensión, para todos lo miembros del cuerpo de ingenieros del Ejercito de Tierra español. Lo que desconocían los españoles era que, esa cruz de Santa Sofía, tenía para los rusos un simbolismo especialmente importante, ya que era de la catedral de la primera capital rusa. Tras la caída del comunismo en la URSS grupos de veteranos de la División Azul y familiares de caídos empezaron a viajar a la zona de Novgorod, y se tuvo conciencia de ese hecho, se puso en marcha el proceso de devolución de tan preciada reliquia, que concluyó en 2004, 62 años después del bombardeo. En muestra de agradecimiento por haber preservado esta cruz, a la vez que los españoles devolvían el original, el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa hizo entrega de una réplica de la misma para que siguiera adornando la capilla de la Academia de Ingenieros.
[5] El monasterio forma parte del Patrimonio de la Humanidad denominado Monumentos Históricos de Nóvgorod y sus alrededores. Estuvo cerrado y 5 de sus 6 iglesias fueron destruidas, durante el régimen lcomunista soviético. En 1991, el monasterio regresó a la Iglesia ortodoxa rusa, y algunas partes de él han sido renovadas desde entonces. Aun así la parte occidental, incluyendo una iglesia, sigue en ruinas.
[6] Con una superficie de 918 kilómetros.

Para baludivisión


6 respuestas a «El viaje de mi vida a Rusia»

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad