El virus supremacista del panvasquismo infecta gravemente a las sociedades vasca y navarra

Una parte importante de la sociedad navarra permanece gravemente enferma, infectada por el virus… del totalitarismo supremacista.

Llevamos décadas soportando que una minoría radical –años atrás con el concurso brutal del terrorismo- imponga su relato, su ideología, símbolos y gestualidad, sus manifestaciones comunitaristas masivas. Todo sirve para la “construcción nacional vasca”. Hoy, ya no matan…, pero continúan amenazando y acosando a personas y colectivos marcados como enemigos a batir, de modo aleccionador. Y no olvidemos los actos de kale borroka desplegados por la disidencia controlada abertzale radical, de ATA, GKS y demás siglas y tentáculos.

Por mucho que hablen de “normalización” y de nuevo escenario”, no por ello vivimos en una sociedad democrática libre y plena. Siguen siendo muchas las maneras de estigmatizar al disidente… La razón de ello es simple: la Ley y las instituciones únicamente las aceptan si les sirven a sus intereses. En caso contrario, o se ignoran o se retuercen. Y siempre están los “excesos” de “nuestros chicos”.

Pero, ya en el ámbito de lo concreto, recordemos cómo, en unos escasos días, diversos hechos, cada uno de ellos gravísimos en sí, se han acumulado en nuestra tierra.

Así, las detenciones de varios miembros de dos taldes de ATA en Vizcaya y Navarra, ocurridas en las últimas semanas por presuntos delitos de terrorismo, ha vuelto a resucitar unos temores que se entendían definitivamente superados. Por otra parte, se ha confirmado la condena a pena de prisión por el Tribunal Superior de Justicia de Navarra de un sujeto, afín a Indar Gorri y ATA, por amenazas contra un funcionario de prisiones en Pamplona. Sumémosle las amenazas sufridas por Mikel Iturgaiz en el campo de Urnieta el pasado 28 debidas al “imperdonable crimen” de ser hijo de quien es. Y pintadas en sedes de partidos constitucionalistas y en calles cuya cuenta nadie lleva…, etc.

Pero la intolerancia nacionalista se desenvuelve, también, en otros ámbitos: el virtual y el de los medios de comunicación que controlan. Así, a lo largo de la semana pasada, la histeria y consiguiente caza y captura nacionalista se han desatado en Navarra, otra vez, al entenderse desafiada por iniciativas tan dispares, en forma y fondo, como han sido los actos de Vox con ocasión de la batalla de Noáin y la serie de ensayos históricos de Jaime Ignacio del Burgo publicados en el blandito Diario de Navarra.

Amenazas veladas, palabras gruesas, invocaciones a la “movilización antifascista”, insultos personales… han recorrido las redes sociales, pero también los dos medios impresos de distribución en Navarra y de dispar orientación panvasquista.

Cualquier observador no afectado por el virus supremacista comprende que las posiciones culturales, historiográficas y políticas de los antes citados son muy diversas, contrapuestas incluso; y no sólo respecto a los Fueros. Pero para estos mandarines del nuevo régimen no hay matices: todos fascistas y españolazos; guardias civiles, militares, policías de todos los cuerpos operativos, políticos y militantes de partidos constitucionales insumisos a las presiones los de siempre, escritores independientes, seguidores del Real Madrid, todo aquél que no ría las bravuconadas de los Indar Gorri y Herri Norte, quien porte una camiseta “equivocada” como le ha sucedido al pobre Chimy Ávila, el imprudente ciudadano que se atreva a discrepar en un bar, club deportivo o centro de trabajo ante el vocerío de la manada de turno…

La anterior sucesión de episodios, inadmisibles en cualquier sociedad democrática, vuelven a demostrar que el panvasquismo no admite discrepancia alguna: ni grande ni pequeña, ni de un color u otro, en el plano que fuere. El panvasquismo únicamente tolera creyentes y súbditos sumisos. Se creen y se erigen como únicos detentadores de La Verdad. De TODA verdad. No en vano, con La Verdad por delante, ¿para qué razonar? Basta con corear. Además, el sentirse masa proporciona seguridad y borrachera de poder, que es lo que realmente persiguen.

Los partidos constitucionalistas, la sociedad civil no abducida o teledirigida por los radicales, los ciudadanos libres y críticos, tienen –tenemos- el derecho y la obligación de no someternos a tan sectarios y excluyentes dictados en la vida pública y cotidiana. Nos jugamos la libertad y la salud nuestra y de la sociedad futura. Por todo ello, vuelve a ser necesario pasar del “alguien tiene que hacer…” al “me comprometo con…”.

Para La Tribuna del País Vasco


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