Elogio coyuntural de los diplomáticos

En un reciente programa de televisión, la habitualmente solvente presentadora debió de confundir a la invitada, la titular de Santa Cruz, con algún otro ministro, el de Interior, o incluso el de Turismo, y sólo la formuló una pregunta de su competencia directa: las repatriaciones, cuando los espectadores, que íbamos desertando, esperábamos los acuciantes temas de política exterior, ya que incluso habíamos remitido un breve cuestionario. La buena señora, a cuyos pies me pongo, tras recordar que son miles los ya repatriados, a causa de la ominosa pandemia, únicamente pudo seguir pidiendo paciencia para los bastantes que siguen clamando más que comprensiblemente desde su desgraciada situación.

Y aquí entramos en materia sobre dos aspectos desiguales que mencionó, que parecen comentables, lo que se hace con tanta cordialidad como objetividad y sobre todo, deseos de utilidad, sin necesidad de subrayar, por innecesario, lo que es más que evidente: a quien corresponde resolver el asunto es al gobierno, no a los diplomáticos, normalmente eficaces ejecutores si se les proporcionan los medios.

“A todos nuestros compatriotas que manifiestan su disconformidad con nuestro trabajo y acuden, a veces, a los medios para que se hagan eco de su problema específico, les queremos decir que su Servicio Exterior trabaja incansablemente para facilitar su regreso a España y les pedimos paciencia y comprensión…hacemos lo que podemos con los medios y el personal de que disponemos, limitados también por las medidas tomadas por los países afectados…no disponemos físicamente de los medios pero a pesar de nuestras carencias materiales, de personal y de seguridad, que experimentamos en el día a día…en esta novedosa situación global generada por el coronavirus, que ha puesto de manifiesto la fortaleza y algunas debilidades del Servicio Exterior de España, cuya totalidad expresa que seguiremos salvaguardando los intereses de los españoles y buena prueba de nuestro compromiso es que más de cincuenta diplomáticos jubilados están colaborando con el Ministerio…”, reza el elocuente comunicado que la mayoritaria Asociación de Diplomáticos Españoles había lanzado días antes. Resulta patente que lo que quiere el ciudadano y tiene todo su derecho, en especial cuando se siente desprotegido y en soledad, cuando experimenta en forma cruda como ahora, la lejanía de su hogar, de su país, es que le traigan a casa y que no le hablen de falta de medios, ni de quiénes son los responsables. Sin duda. Y eso es lo que hay que solucionar y sobretodo en un ministerio que salvo en la denominación que cada vez es más larga, parece incuestionable su progresiva pérdida de peso en el aparato estatal, lejos del “ministerio de Estado” que fue. Pero ya digo que eso es ad intra.

En la entrevista, la ministra hiperbolizó la empresa como titánica (sic) e hizo un elogio del Servicio Exterior. Releídos, por si acaso, los trabajos de los titanes, con Hércules a la cabeza, a quien estoy viendo en Ceuta en la magnífica escultura que separa el Estrecho con las dos columnas, mientras me hacen una entrevista por mi competencia en nuestros contenciosos diplomáticos y la creciente hipostenia de la posición y el animus de ceutíes y melillenses, que bien parecen requerir si no mayor, desde luego que sí mejor atención del gobierno, sólo cabe calificar la tipificación de exceso lexicológico, semiaceptable, porque, más allá de lo anecdótico, el tema es serio, lo que no parece requerir de ulterior comentario, más quizá, que no se refiere a meros intereses sino a personas, a compatriotas nuestros, donde toda dedicación es poca.

La acción del Estado en el exterior es a veces difícil, muy complicada, póngase el adjetivo que se prefiera de los muchos que tiene el rico idioma  español, sin necesidad de acudir a términos desvirtuadores en su extralimitación, amén de estrambóticos. Yo recuerdo que, deslumbrado por el  muy rimbombante título del secretario perpetuo de la Lengua, osé enviarle una serie de vocablos que utilizaba en mis publicaciones, ante la desesperación de mis escasos pero fieles lectores, constreñidos a tener un diccionario a mano, y que iban desde los raros hasta los neotéricos pasando por los en desuso y por ende olvidados, pidiéndole alguna atención de la Academia para su reactivación. Como el perpetuo aquel, haciendo valer su denominación que ponía todo el tiempo del mundo en sus manos, nunca me contestó, no podremos saber si hubiéramos llegado a tiempo de evitar que la ministra de Exteriores incurriera en el sin duda involuntario desliz verbal.

Pero lo que sí sabemos es que la acción del Estado y más la internacional, por la no inmediatez en el debido amparo de los connacionales, no se agota hasta que quede un español, uno solo, sin atender cumplidamente. Quiero creer que esto no son ingenuidades ilusorias; se llama cumplimiento del deber. Cuando yo mismo y perdón por citarme aunque así no hay necesidad de acudir a ejemplos ajenos, se gana tiempo, y se asume toda la responsabilidad, fui el primer y único diplomático que se ocupó in situ de los españoles que quedaron en el Sáhara tras nuestra (in)calificable salida, en lo que quizá fue una de las mayores operaciones de protección de compatriotas del siglo XX, aunque desde luego no “titánica”, no di por cerrado el censo hasta que localicé al último extraviado en el desierto. O cuando al frente de una misión de cooperación hispano-argentina, no dudé en bajar del avión, en la escala en Sao Tomé y Príncipe hacia Angola, con el otro diplomático español que me acompañaba, para ocuparnos de los compatriotas y asimilados que allí estaban sin ninguna protección, entre rumores de golpe de Estado de los centuriones y pretorianos de ébano, que siguen mediatizando el desarrollo africano, a los que he dedicado páginas sin fin. O cuando después de afortunadas y laboriosas gestiones, localicé en el museo Bacardí de Santiago, con el lacerante recuerdo de la flota patológicamente hundida, los cuadros del museo del Prado que quedaron en Cuba tras la independencia y sobre los que el castrismo nunca había respondido a la petición de información, cierto que más bien mendicante, por parte de nuestra embajada. O cuando…

Las placas a derecha e izquierda de la escalinata

En fin, la escalinata central del palacio de Santa Cruz está flanqueada por las placas de los funcionarios diplomáticos muertos en el cumplimiento del deber. Ellos tienen el honor de simbolizar a la carrera, desde las sublimes notas de la abnegación y la entrega lejos de la patria, matizadas por otra de las características que de ahí, de la distancia, se derivan, y que ennoblecen el servicio exterior, el anonimato, que veremos a continuación, no sin recordar que en señalada ocasión Franco acudió a recibir los restos mortales de un diplomático y le rindió, acorde con su rango, honores de capitán general. Franco era consciente de que los diplomáticos representaban a una dictadura, como ahora, ya muy lejos y no sólo históricamente de cuando España fue la primera, también en el tiempo, potencia a escala planetaria, representan a un país con asimismo excesiva reverencia al ya institucionalizado turismo indiscriminado, que antes se situaba en azules horizontes caribeños. Nosotros pedimos que se les honre si no como merecen y quisiéramos, al menos que se  evoque con cierta frecuencia, por encima de las miradas distraídas de los que suben y bajan, que en los fríos mármoles yace la memoria de aquellos que murieron dignamente por España, lejos de España. “Con la brújula loca pero fija la fe”, como cantaba Foxá.

También nos consta que la acción exterior, justamente por su no atingencia al centro, sufre con frecuencia la hipoteca del anonimato, que se termina de citar. “La diplomacia te da nombre”, me decían en el entorno familiar de Areilza, uno de los ministros con más nivel que han pasado por Santa Cruz. Pues no, eso sería en el XIX pero después, más bien no. Cuántas veces la actuación positiva, en general y sin maximalismos, porque como en la viña del Señor hay de todo aunque predomina lo bueno, y que aquí incluye el singular factor vocacional, de tantos de nuestros diplomáticos y diplomáticas, de nuestros sufridos y sufridas cónsules, de los funcionarios y funcionarias de nuestro Servicio Exterior, en condiciones extremas, en lugares difíciles, en circunstancias complicadas, en la casi orfandad administrativa, no trasciende. No trasciende pero cumplen. Y cumplen en su puesto, sin alharacas, con discreción. “Siempre en segundo plano”, precisaba, didáctico, allá por el setenta, el conde de Navasqüés, insigne director de la Escuela Diplomática, con quien yo ingresé.

Con ese talante han recibido la mención de la ministra, sin cuestionar ni su oportunidad ni su alcance, mientras que en el plano comparativo, la crisis gestada por la pandemia ha provocado una especie de competición ministerial para destacar a los servidores del Estado, con los sanitarios protagonizando una entrega total, hasta el sacrificio, merecedora sin duda, némine discrepante, de los mejores reconocimientos. Sin embargo, si se pretende que esta modesta crónica llegue a fidedigna, y que aunque sea algo previo, podría comprenderse también en la crisis general, resulta inocultable que algún otro ministerio no ha dado quizá la impresión de estar a la altura y por ej. Interior que ya venía sorprendiendo al intentar atribuir grados académicos superiores por el procedimiento abreviado, ha resuelto el tema salarial por el método ad absurdum contable, máxime con una hacienda en quiebra técnica,  y en lugar de bajar el sobresueldo a los policías autónomos, lo ha subido en similar cuantía a los demás, siendo los servicios policiales españoles los más numerosos por habitante de Europa, con la excepción simbólica de Chipre.

Palacio de San Cruz (Madrid) sede del Ministerio de AA. EE.

Cuerpo tradicionalmente disciplinado el diplomático, no ha formulado la menor reivindicación y menos económica y eso que desde 1928, cuando se produce la unificación de las carreras diplomática y consular, “ya no hay ricos”. Constituyendo  el ministerio más antiguo no cuentan todavía con sede definitiva, tras bastante tiempo de transitar en precario y ahora están en las afueras de la capital, ante el estupor y el incomodo (la palabra existe, como dará fe el Perpetuo) de las embajadas extranjeras. Ni siquiera tienen un reglamento actualizado que les regule. Pero es que no está nombrado/a, único caso en la Administración, el/la responsable de la subsecretaría, lo que cualquier lego puede valorar. “¿Cómo tarda tanto la Ministra en encontrarlo o es que está en un país de los que no tienen vuelo con España?” Hasta ahí llega la crítica, muy, como se ve, sotto voce e interna. Y reacción parecida, cuando se ha tardado más de lo debido y sin explicaciones, en resolver el concurso de traslados al exterior, iter vital por definición de los diplomáticos y sus familias, con un doble agravante: que nunca había ocurrido y que para más inri, otros cuerpos de funcionarios sí han sido destinados fuera en tiempo y forma.

Elogio de los diplomáticos, pues, aunque menor, y honor al Servicio Exterior de España.


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