En el centenario de la muerte de Lenin: en la Lubianka

En la «Jefatura»

El prisionero que atraviesa el umbral de la checa no se encuentra de buenas a primeras en la inmunda sala de torturas donde los charcos de sangre en el suelo no tienen tiempo de secarse, donde el gatillo del revólver no deja de crepitar, o donde el aire se estremece ante los gritos de las víctimas y la ignominiosa risa del verdugo.

No, antes de que el verdugo entre en acción, todo prisionero debe pasar por una serie de etapas sucesivas, del mismo modo que, según la doctrina de los brahamanes, el alma humana, después de la muerte, debe pasar por una serie de transformaciones a través de los diversos estadios de la creación.

La primera «etapa» por la que debe pasar cualquier «contrarrevolucionario» es la jefatura.

Esta jefatura, dividida por gruesas mamparas de madera en toda una serie de pequeños corredores, cubículos, rincones, con puertas que no cesan de abrirse y cerrarse y con chequistas que van sin parar de un sitio a otro, da la impresión de una pequeña «prisión de tránsito», construida a toda prisa, ruidosa y sucia, en que el olor a tabaco y la suciedad penetran la atmósfera, un lugar en fin en que es imposible pensar en las palabras solemnes y amenazadoras que Dante había leído en la entrada del Infierno: «Los que entráis aquí, abandonáis toda esperanza».

Aquí todo es conocido y familiar para un socialista ruso conocedor de las prácticas del período zarista. No, no todo. Hay también algo nuevo, algo «comunista». Si, mientras está «libre», cualquier ciudadano soviético debe pasarse la vida obteniendo «raciones» y llenando interminables impresos de encuesta, aquí, en el umbral de la vetcheca, un prisionero debe, además, pagar su tributo a la irresistible inclinación del poder por los métodos «científicos y estadísticos» de gobierno. Es por lo que, apenas desciende del camión y se ve en las oficinas del comandante de servicio, el prisionero se encuentra entre las manos una inmensa hoja que contiene algunas decenas de preguntas y que debe empezar a contestar.

Hecho esto, se le registra otra vez, le toman todo lo que se le había permitido conservar en el momento de la detención, comprendidos el lápiz, el reloj, la sortija (si es de oro). Se rellenan innumerables «mandatos», «recibos», «actos de confiscación». En fin, tratado de este modo según todas las prescripciones científicas y acompañado de todos los documentos respectivos, el hombre es introducido en un local anexo al de «jefatura». Habitualmente, permanece allí varios días.

Se trata de una especie de «centro de clasificación».

Se lleva allí a todos aquellos que han sido detenidos por orden de la Vetcheca, hombres y mujeres, políticos y simples criminales, parientes y gente detenida al azar, todos se concentran en aquella larga sala semioscura, cuyas ventanas dan al patio, y que en otro tiempo debió servir de depósito de algún almacén.

Esta «sala» (que tiene una puerta vidriera) contiene en todo momento a varias decenas de personas y recuerda los asilos nocturnos del mercado Kitrovsky. Hay colchonetas alineadas a lo largo de las paredes. Sobre ellas, y mezclados, yacen acostados, o sentados, hombres y mujeres. Se nota un hormigueo de cuerpos en el suelo. Todo esto apenas alumbrado con una pequeña linterna de luz vacilante.

Hacia el alba, ya no llegan nuevos huéspedes. Los prisioneros, tras dos o tres horas de sueño agitado, y todavía bajo la obsesión del primer «choc», se ponen a contarse las historias de sus incomprensibles y enigmáticas detenciones.

Aquí, es posible distinguir a primera vista a los simples «particulares», mortalmente asustados de verse envueltos en una «historia» que no les concierne, del protagonista de la historia, algún «viejo socialista», conocedor de estas experiencias, y que se mantiene aislado; también es fácil distinguir a los concusionarios soviéticos, especuladores o ladrones del erario público, que disimulan sus habilidades bajo el modesto y lacónico apelativo de «abusos», o bien a los comunistas extranjeros, llegados al Moscú soviético con la esperanza de hacer una carrera rápida de comisarios y que, por alguna desdichada complicación, van a parar a la vetcheca y, por fin, un par de «encubadoras»[2], que intentan torpemente obtener información preliminar de toda aquella gente temblorosa, capaz de facilitar el trabajo ulterior de las autoridades.

Por la mañana, se procede pausadamente a la «clasificación» de los detenidos. Además, por una razón de exactitud, hay que señalar que en la «jefatura», los detenidos son denominados preferentemente «personas consignadas».

A nuestras preguntas acerca de los motivos de nuestra detención, los jefes que entran en la habitación responden de modo invariable y no sin cortesía: «¿Detenidos ustedes? ¡Vamos ciudadanos! No están ustedes detenidos, sólo están consignados. Vamos a conocernos… y todo quedará en seguida aclarado».

Igual que en los viejos tiempos, cuando los capitanes de gendarmería escribían: «Consignado en espera de que sean aclarados los motivos de la detención…»

Por espacio de dos o tres días, los «consignados» viven en una sucesión permanente de estados de esperanza y decepción. De vez en cuando, son llamados a comparecer ante jueces de instrucción y se les promete la «liberación». Luego, de repente, aparece cierta «confusión de nombres» o «nuevas circunstancias por aclarar»… Y los «consignados» permanecen encerrados, animándose con interminables conversaciones y, de tarde en tarde, con una escudilla de sopa muy clara con doscientos gramos de pan negro, dieta que constituye la ración diaria. Después de la «clasificación» preliminar y de algunos interrogatorios y confrontaciones «favorables», parte de los «consignados» es puesta en libertad.

A todos los demás se les declara «detenidos», se les registra nuevamente (por tercera vez) y son trasladados a la «Prisión interior de la Vetcheca», segundo círculo en la peregrinación de las almas «contrarrevolucionarias».

La «Prisión interior» de la Vetcheca

En el patio interior del edificio de la compañía de seguros «Rossia», se eleva un gran inmueble de cinco pisos. En otro tiempo, había sido un hotel de segunda fila que ni siquiera tenía salida directa a la calle, pues se hallaba aislado por todas partes de la fachada del edificio exterior, que tenía asimismo cinco pisos. Este inmueble, tan bien oculto, es el que servía naturalmente de «Prisión interior» de la Vetcheca.

Se diría que el propio destino había tenido en cuenta estas futuras comodidades bolcheviques cuando se edificó el inmueble. Porque, en efecto, se había erigido en el corazón mismo de Moscú una prisión tan amenazadora como recatada. ¡Había quedado, no sólo rodeada de un muro de piedra, sino además de un círculo viviente de instituciones chequistas, donde cada ventana tiene una opuesta, en los cinco pisos del edificio, desde donde se vigila sin cesar! Esta realidad superaba todos los sueños de los gendarmes bolcheviques, que habían empezado por los humildes sótanos del Smolny para hallar, finalmente, una realización tan completa de su «ideal» en Moscú, en la Plaza de la Lubianka…

Es aquí, a esa «prisión interior», donde son trasladados desde «jefatura» los infelices «consignados», convertidos ya en «detenidos».

Apenas se penetra en ella, se siente el violento contraste entre esta nueva etapa y la que se acaba de dejar. Parece mentira que esas dos instituciones, separadas tan sólo por un pequeño patio de suelo asfaltado, lo estén en realidad por el territorio de todo un Estado. En efecto, si la «jefatura» está llena de ruidos, de suciedad y de bullicio; si su administración es una auténtica «internacional» abigarrada, y las costumbres establecidas una verdadera mezcla de «Europa y Asia», la «prisión interior» produce la impresión de algo integral, acabado, homogéneo.

Toda su administración, desde el comandante hasta los que vigilan y barren, se compone de letones fríos, taciturnos, seguros, dispuestos a todo y que hacen su servicio a conciencia y con la mayor convicción.

Aquí, se anda sin hacer ruido, se habla en voz baja, se lleva a cabo puntualmente todo lo previsto por el reglamento y no se contesta a ninguna pregunta superflua.

Sólo después de algún tiempo y tras haberse familiarizado con todos los detalles de la vida de prisión, puede comprenderse cómo, en pleno Moscú, se haya podido poner entre rejas a algunos centenares de personas y aislarlas tan completamente como en la fortaleza de Schluselburgo.

El detenido es conducido a la oficina de la «Prisión interior», donde (por cuarta vez) se le achea minuciosamente. En verdad, haría falta la suerte o el genio de un Rocambole para conservar, después de todos estos registros consecutivos, la punta de un lápiz o un trozo de papel. Sin embargo, la suerte no siempre abandona a los «veteranos» de la prisión en el curso de sus tribulaciones a través de los registros chequistas.

Después de los registros y de las formalidades al uso en la oficina, el detenido es introducido en una de las «habitaciones» del antiguo hotel que una mano hábil ha transformado en celdas. Las huellas de ese trabajo de transformación saltan a la vista. Las ventanas aparecen reforzadas con sólidas rejas, y los cristales, pintados de arriba abajo con pintura blanca. A través del montante, apenas entreabierto, se percibe tan sólo una ventana de la checa y una estrecha franja de cielo lejano. La puerta está provista de un «chivato» triangular. La cerradura está instalada por fuera…

Un efecto bastante singular se produce por la combinación del parquet con las literas de madera y las vigas del techo liso, sin arcos, que nada tiene del techo de una prisión. Pero el «Reglamento», colgado en la puerta, no permite la menor duda en cuanto a la naturaleza de este «hotel».

Bajo amenaza de «sótano» y calabozo, se intimida a los detenidos a no hacer el menor ruido, a no mirar por el agujero del «chivato» o por los de la cerradura; a no hacer el menor intento de comunicarse con «el exterior» o con otros compartimentos en el interior de la prisión; en fin, a someterse ciegamente a todas las prescripciones de los jefes.

Como regla general, están rigurosamente prohibidos el tabaco, los libros y los periódicos. También lo están las visitas y los paseos.

Estos son los elementos esenciales del reglamento, que, dicho sea de paso, es una copia casi exacta de las viejas prescripciones de los gendarmes, completadas con una serie suplementaria de prohibiciones y restricciones en otro tiempo inexistentes.

Todo el régimen de la prisión responde a este reglamento; su objetivo principal es el aislamiento más absoluto y completo de los detenidos.

En lo que atañe al mundo exterior, como las visitas están prohibidas, sólo los «paquetes» ofrecen algún peligro. Por esta razón son objeto de extremada atención. Todos ellos son minuciosamente examinados, las provisiones cortadas con cuchillos, las latas de conserva abiertas, las costuras de la ropa descosidas. El papel del embalaje es sustituido por el de la prisión, y la lista de los objetos enviados es, con frecuencia, copiada en la oficina, a fin de que no le sea dado al detenido inferir por la escritura misma del remitente alguna deducción peligrosa para la República de los soviets… En pocas palabras, se toman todas las precauciones humanamente posibles.

En lo que se refiere al aislamiento «interior», las cosas son, naturalmente, mucho más complicadas. Sin embargo, en relación con esto, se han obtenido ya resultados considerables.

Como consecuencia del poco espacio disponible, sólo se aísla herméticamente a los detenidos especialmente importantes y en casos excepcionales. La mayor parte de los presos ocupan salas comunes. Por otra parte, la administración de la cárcel ha inventado un procedimiento especial de distribución «mixta». En cada sala común se encuentra a un socialista, a un especulador, a un guardia «blanco», a un funcionario soviético estafador, a un chequista caído en desgracia y, si hace falta, a un confidente. El número de representantes de todas las categorías se duplica o triplica en ocasiones, de acuerdo con las dimensiones de la sala, pero el principio del «Arca de Noé» permanece invariable.

Estas mezclas de personas de diferentes categorías y extrañas las unas a las otras, evita, en gran parte, el peligro que ofrecería la convivencia en común.

Se evita con igual cuidado la eventualidad de encuentros imprevistos en el pasillo; cuando pasa un detenido, las puertas de aquellas salas, abiertas casualmente, se cierran de inmediato. En los casos «sospechosos», los agujeros de las cerraduras se taponan con papel. El menor intento de establecer comunicación golpeando contra la pared de la celda implica castigos severos, o al menos el cambio a una celda o a otro piso. El ojo del chequista vigila de la noche a la mañana a través del «chivato». En ocasiones, los guardias irrumpen y practican nuevos registros para descubrir algún indicio de «comunicación».

Pero la vigilancia de los chequistas se aplica sobre todo en los retretes, donde los detenidos acuden en grupos dos o tres veces al día. Se teme sobre todo a la «correspondencia». Por eso, antes de hacer entrar y salir, los guardias examinan cuidadosamente los excusados, borran las inscripciones que descubren en los muros, examinan todas las fisuras y recogen todos los papeles. Mientras los detenidos están en el retrete, los guardias los vigilan incansablemente a través del «chivato» y, en el caso de «sospechosos», dejan las puertas abiertas de par en par, a pesar de las mujeres de limpieza que van y vienen por el pasillo.

La situación más penosa es la de las mujeres, que los chequistas vigilan en los retretes con especial ardor, observando atentamente a través de los agujeros de las cerraduras con sentimientos que, frecuentemente, nada tienen en común con los «intereses de la República».

De una manera general, la situación de las mujeres es muy difícil en la prisión interior de la Vetcheca: sus celdas se encuentran mezcladas a las de los hombres, y su existencia transcurre fatalmente bajo la mirada vigilante de los guardias chequistas.

Los continuos incidentes, las protestas como consecuencia del vil «espionaje» y las infracciones continuas del derecho más elemental de las prisioneras no sirven en general para nada. Como para creer que el poder está muy pendiente de las nuevas «conquistas» chequistas, que habrían sonrojado a la mayoría de los gendarmes zaristas. Sin embargo, en relación con «jefatura», la prisión interior ofrece una ventaja: cuando menos, las mujeres disponen de celdas separadas, mientras que, allí, todos los detenidos están juntos.

Estos son los rasgos más significativos de ese régimen de «aislamiento» de que está impregnada la prisión interior. Aquí, ¡puede uno pasar meses enteros pared por medio con su mujer o su hijo sin llegar a sospechar su presencia! Aquí, puede uno pasarse días enteros soñando con la revolución mundial e ignorar todo lo que sucede en la Plaza de la Lubianka.

A pesar de todo, no hay prisión en la que, de vez en cuando, no entren las ondas del «radio-telégrafo»; en la que las celdas no oculten en sus paredes «receptores» invisibles, pero por ahora no me detendré en estos pequeños «defectos» del aparato de aislamiento.

Si, en lo que a aislamiento y a toda suerte de atentados contra la dignidad humana se refiere, los bolcheviques han superado todo lo que hasta ahora ofrece la historia de las prisiones y de las policías, en lo que respecta al régimen material infligido a los prisioneros, han batido igualmente «todas las marcas».

Al calcular la ración diaria de los detenidos, se cuenta «deliberadamente» con la maravillosa facultad humana de «sobrevivir» durante algunos meses en beneficio de la instrucción. De no ser por los envíos del exterior (los detenidos que traen de provincias no los reciben, lo mismo que muchas personas de Moscú, pero habitualmente se crea en las celdas una «comunidad de abastecimiento»), buen número de detenidos en las cárceles bolcheviques habrían muerto a buen seguro de inanición.

En efecto: todo lo que se da diariamente a los detenidos consiste en doscientos gramos de pan negro, un plato de sopa clara a mediodía y por la noche, algunas patatas cocidas y unos cuatro gramos de azúcar. Los domingos y los días festivos no se cena por la noche, pues los «trabajadores» descansan. Si a esto se añade la ausencia total de paseos, de ventilación y la falta de luz (los cristales de las ventanas están pintados), así como la carencia absoluta de libros y de cualquier tipo de ocupación, se comprenderán las razones de las múltiples enfermedades, tanto físicas como psíquicas, que hacen estragos entre los detenidos. La tuberculosis y la avitaminosis hacen estragos. Y lo que la justicia chequista no consigue, lo efectúa de una manera lenta, pero segura, el régimen de «aislamiento» de la prisión interior: aniquila a los adversarios del Estado bolchevique.

El interrogatorio

A la caída de la tarde, se produce una cierta animación dentro de la monotonía de la jornada carcelaria. Las puertas de entrada golpean, las llaves rechinan en las cerraduras de las celdas, los detenidos van y vienen. Es el aparato de instrucción chequista que emprende su trabajo nocturno.

Por otra parte, el detenido no sabe nunca adónde se le conduce: si hacia la libertad o al «sótano»; si al verdugo, al juez de instrucción o a la estación del ferrocarril. Se entera del punto final del viaje una vez llegado a su destino.

…Toda una serie de estancias, atravesadas por tabiques, pasillos estrechos, penetrados por el silencio de la noche, sólo la luz eléctrica que filtran los intersticios y el tecleo lejano de las máquinas de escribir testimonian el trabajo intenso de los policías soviéticos siempre vigilantes.

A cualquier «recién llegado» inexperto, todo esto debe hacerle necesariamente el efecto de un misterioso y terrible laberinto donde, detrás de cada puerta, le espían hombres revólver en mano, o donde una muerte atroz le espera impaciente.

En ese estado de ánimo, el detenido es introducido en el «despacho del juez de instrucción», y… empieza el interrogatorio.

Ya he tenido ocasión de observar que la época «romántica» de la Vetcheca terminó hace tiempo y que, en la actualidad, ya no se oyen pistoletazos en la oficina del juez. Se ha producido una separación estricta de las funciones, derechos y obligaciones chequistas. Actualmente, al verdugo chequista ya no se le ocurrirá ir a sentarse en el sillón del juez chequista, ni a éste ir a «trabajar» al sótano. A cada uno su sitio… y su retribución.

La verdad es que, en el curso de los interrogatorios, se utilizan todos los medios, incluyendo la provocación, las falsas acusaciones, las proposiciones infames y las amenazas directas. En efecto, en determinado momento, y como por azar, el revólver aparece sobre la mesa, pero… ya no dispara. Forma parte, por decirlo de algún modo, del marco en que se desenvuelve el interrogatorio, y al que no se debe tomar demasiado en serio. Conviene aquí hacer notar que incluso el aparato de instrucción ha dado lugar a un reparto estricto de funciones. A cada categoría de «crímenes» corresponde un aparato de instrumentación, un juez de instrucción «especializado» a la cabeza de todo el proceso, con una falange de auxiliares a su alrededor. Especuladores, comunistas concusionarios, guardias «blancos», socialistas-revolucionarios, mencheviques, etc., todos tienen sus propios «patronos», especializados en ese ramo del «trabajo».

Se presta, por supuesto, la mayor atención a los socialistas. Aquí, se movilizan «las mejores fuerzas chequistas», y el «trabajo» se hace de un modo «científico».

En la oficina del magistrado respectivo, las paredes aparecen adornadas con diagramas y esquemas minuciosamente trazados, que recuerdan el plan del sistema solar en el que el lugar central del sol corresponde al «líder» del Partido, rodeado, a distintos intervalos, por los «planetas» de dimensiones desiguales, con sus respectivos «satélites» técnicos.

Cuando comparece un socialista detenido por primera vez, se empieza por precisar el lugar que ocupa en el «sistema solar». Si se confirma que se trata de un «planeta», o de un «satélite» todavía desconocido, la investigación tiende sobre todo a establecer sus «dimensiones» y su situación en el «espacio».

Para abordar todo este trabajo «astronómico», los jueces de instrucción no tienen, en general, más que sus propios recursos, puesto que los socialistas conservan desde los viejos tiempos la mala costumbre de la «simulación» y la sombría «insociabilidad»… Pero, por otra parte, cuando las investigaciones de los «especialistas» se ven coronadas por el éxito, el cartograma del Partido se ve solemnemente decorado con un nuevo y pequeño círculo significativo en cuyo interior aparece el nombre de un «planeta» recientemente descubierto.

Si los casos de derecho común llegan finalmente a un resultado concreto y el detenido acaba bajo la jurisdicción del tribunal, o en un campo de concentración, o en los sótanos del verdugo, los «casos» de los socialistas casi nunca terminan en algo concreto. Se trata de un «privilegio» especial de los socialistas. Ningún juicio. Ninguna acusación fiscal. Ningún trámite de detención. Casi ninguna ejecución.

Sencillamente se les mantiene en prisión, reducidos a la impotencia, en nombre de «la seguridad de la República», «hasta el fin de la guerra civil».

Por otra parte, a partir del momento en que un socialista determinado es fijado en el cartograma, la investigación que le concierne ha dado fin. Y el propio detenido, de acuerdo con la «conclusión» del juez de instrucción y con la «decisión» de la Oficina de la Vetcheka, queda instalado en una de las prisiones de Moscú.

En ocasiones, a los rigores de invierno, sucede de manera súbita una «primavera» de corta duración, y algunos «satélites» recobran una libertad provisional. ¡En cuanto a los «planetas», se les mantiene firmemente en prisión por cualquier «tiempo» que haga!

El último eslabón

El presente estudio quedaría incompleto si yo no dijera algunas palabras, conscientemente breves y rápidas, sobre el vástago más horrible del golpe de Estado de octubre, nutrido en los centros de tortura chequistas con la sangre de muchos millares de vidas humanas.

Después de haber vivido los cuatro últimos años de nuestra existencia, hemos perdido la costumbre de estremecernos ante la palabra «terror», y el número de sus víctimas acaba por entrar en nuestra conciencia de manera completamente mecánica.

El terror todavía no ha desaparecido de la vida de nuestro país, pero también él ha adoptado «formas organizadas». Se ha ocultado detrás de decenas de expedientes, de resoluciones, de veredictos, de condenas.

El sótano de las ejecuciones aún no ha sido destruido. El verdugo no ha sido destituido, sino que permanece retirado y espera pacientemente el «mandato» que acompaña a la pena de muerte.

Tras lo cual, se pone tranquilamente manos a la obra: todas las formalidades han sido cumplidas.

Entonces conduce a su víctima al sótano y la mata de un pistoletazo en la nuca. Es decir, de un tiro de Colt, pues se trata de un revólver de grueso calibre. El tiro es en la nuca, porque un impacto de este tipo hace estallar la cabeza, por lo que la identificación de la víctima resulta imposible.

Cumplida la ejecución, el cuerpo es confiado al «administrador encargado del registro de cadáveres», el cual dispone del mismo. Nuevo «mandato», nuevos «ejecutores», y el círculo de las «operaciones» chequistas se cierra.

Después de ordenar todos los documentos justificativos y de llevarse los despojos de su víctima, el verdugo descansa. En las dependencias superiores, lejos del sótano y en espera de un nuevo mandato, se entrega a todas las dulzuras de la existencia, las cuales le son donadas generosamente a cambio de su pesado y difícil trabajo.

Es necesario creer que, efectivamente, es un trabajo difícil, pues ni los propios verdugos chequistas resisten siempre. Se vuelven locos.

El que desaparece es inmediatamente reemplazado por un nuevo ejecutor de altas misiones. El funcionamiento del aparato represivo no para un solo instante.

Otro apellido figura en «los mandatos». Otra mano blande el revólver. A esto se limita toda la diferencia…

Así son los centros de tortura comunistas. Lo que sorprende sobre todo en la obra de la Checa, es la mezcla de barniz exterior recién adquirido, con un abismo de ignominia y de cinismo que nada ha podido superar hasta el momento.

Aquí no se habla de publicidad, de imparcialidad o de piedad humana, ni siquiera se piensa en ello, puesto que toda la «seguridad» comunista, según la idea de sus fundadores, no ha sido y no será jamás otra cosa que un órgano de represalias ejercidas contra los «enemigos de clase» del Partido bolchevique. Aquí, los métodos de represión no son ni «morales», ni «amorales», pues todo lo que fortifica y protege el dominio de este partido es bueno y moral.

Se trata solamente «de no hacer demasiado ruido», de trabajar «limpiamente»; la Vetcheka posee a la perfección ese «secreto».

Y si alguna delegación de la Internacional comunista, ávida de instruirse, visitara las «instituciones» de la Vetcheka, se vería agradablemente sorprendida por los diagramas «científicos» exhibidos en las oficinas de los jueces de instrucción, así como por la serenidad ejemplar que reina en la «Prisión interior» y por los demás detalles que dan fe de las costumbres utilizadas en la Vetcheca. Ni gritos, ni violencia, ni sangre, nada que pueda recordar las pretendidas «atrocidades de los bolcheviques» inventadas por los «contrarrevolucionarios» y los «social-traidores».

Luego, la delegación regresaría a su país, moralmente satisfecha y firmemente decidida a proclamar por todas partes en Europa que la Rusia soviética es el país de la «ley», del «régimen humanitario» y de la «justicia».

En el silencio sepulcral de la «Prisión interior», no habría nadie para deslizar al oído de esos nobles extranjeros que allí mismo, entre aquellas paredes, están encarcelados viejos socialistas curtidos, que prefieren la muerte a ese «régimen humanitario» y que sostienen atroces huelgas de hambre de dieciséis días, bajo las miradas impasibles de jefes comunistas que ya han visto demasiadas escenas como ésta…

Junio 1921. Moscú, Lubianka, Prisión interior de la Vetcheka.


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