En el principio el Verbo era…

En el principio el Verbo era, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. (En estos dos primeros versos San Juan gira en torno a la eternidad del Hijo en Dios. Explicando claramente la unidad de la esencia divina. Afirmando que antes de la creación, de toda la eternidad, era ya el Verbo, la palabra interior de Dios, su Sabiduría y su Imagen perfecta; y estaba con su Padre, como nos anuncia el Antiguo Testamento al llamar Yahvé el Varón unido conmigo refiriéndose al Mesías, siendo Dios como Él. Es el Hijo Unigénito, igual al Padre, consubstancial al Padre, coeterno con Él, Omnipotente, Omnisciente, infinitamente Bueno, Sabio, Santo, Misericordioso y Justo, como lo es el Padre.) Él era, en el principio, 36 junto a Dios: Por Él todo fue hecho, y sin Él nada se hizo de lo que ha sido hecho. (Este Verbo, Sabiduría, Razón, Modelo Divino y Prototipo, era en el principio con Dios, y el Padre todo lo creó por medio de Él.) En Él está la vida, y la vida es la luz de los hombres. (No solamente es el principio de todas las criaturas, sino como particularidad es vida y luz de nuestras almas. Toda la luz y sabiduría que hay en los hombres, no es más que un rayo y una participación de la sabiduría de Dios.) Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. (Esta luz eterna resplandece en medio de los hombres abismados en las tinieblas del error, del vicio y del pecado. Primeramente, los alumbra interiormente por la razón y la conciencia que descubre a cada uno las obligaciones en que se halla. Se ve pintada, y se hace como sensible en las criaturas, para que viendo los hombres las obras de la Sabiduría de Dios, se eleven al conocimiento del Creador. Más los hombres ciegos por sus pasiones, no perciben ni conocen esta luz, a la manera que un ciego no ve la luz del sol, por más brillantes que envíe sus rayos hasta sus ojos. Puede también entenderse esto de la oscuridad y figuras de la ley de los Profetas, tocante a las promesas de la vida por Jesucristo: todo lo cual había de ser disipado por la luz y resplandor del Evangelio.) Apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba Juan. (La misión de San Juan Bautista fue autorizada con los milagros que sucedieron en su nacimiento, con su vida admirable, y con la santidad de su doctrina.) Él vino como testigo, para dar testimonio acerca de la luz, (Para anunciar a los hombres, que había venido al mundo, el que es resplandor de la gloria del Padre, y luz del mundo.) a fin de que todos creyesen en Él. (Por su predicación, y por los testimonios que daba de Él.) Él no era la luz, sino para dar testimonio acerca de la luz. (Efectivamente no era la luz increada, eterna, inmensa, que habían anunciado los Profetas, sino en testigo, el predicador, el precursor de esta luz.) La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. (Aquí comienza el evangelista a exponer el misterio de la Encarnación, y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino a ser la luz del mundo.) Él estaba en el mundo; el mundo había sido hecho por él, y el mundo no lo conoció. (Antes de su Encarnación lo llenaba todo con su Divinidad y su Omnipotencia, y encarnado estuvo también presente con su humanidad, mas todo aquel gran número de hombres corrompidos, que solamente procuraban satisfacer sus pasiones, siendo insensibles e ingratos a su Creador, no sacaron fruto alguno de la copiosa luz gratuita que les alumbraba.) Él vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron. (Vino por su encarnación al mundo, que era su propia obra, vino a la casa de Israel, llamada tantas veces heredad de Dios, posesión de Dios, pueblo de Dios, más los judíos no le recibieron.) Pero todos los que le recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios: a los 37 que creen en su nombre. (Y a los que le reconocieron por su Redentor y Salvador; les dio la prerrogativa y el derecho de ser hijos de Dios, como hermanos de Jesucristo, y por consiguiente herederos de la eterna felicidad.) Los cuales no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios. (Y todo esto no por una generación o parentesco carnal, sino por un nacimiento todo espiritual, que viene del espíritu de Dios, por el cual se corrigen las malas inclinaciones, se disipan las tinieblas del alma, el corazón se purifica, y se enciende en vivas llamas del amor divino: no por la circuncisión, ni por el sacrificio del cordero pascual, sino por la virtud del bautismo del verdadero Cordero sacrificado en la cruz. Claramente se muestra que esta filiación ha de ser divina pues nos predestinó como hijos suyos por Jesucristo en Él mismo, conforme a la benevolencia de su voluntad, mediante un nuevo nacimiento, para que no se creyeren tales por la sola descendencia carnal de Abrahán.) Y el Verbo se hizo carne, (El evangelista dice carne, y no hombre; primeramente, para distinguir más claramente las dos naturalezas de Jesucristo; en segundo lugar, para mostrarnos la bondad y caridad inmensa de Dios, que se dignó tomar la porción más vil y abatida que hay en el hombre; y últimamente para proporcionar la medicina a la cualidad de la enfermedad. Se vistió de nuestra carne, para sanar por este mismo medio aquella porción del hombre que el pecado de Adán había viciado y corrompido. Se hizo carne: El Verbo que nace eternamente del Padre se dignó nacer, como hombre, de la Virgen María, por voluntad del Padre y obra del Espíritu Santo. Se hizo carne, no mudando su ser, ni convirtiendo el Verbo en carne, sino que a su primera naturaleza, divina, se añadió la segunda, humana, en la unión hipostática, de tal manera, que la naturaleza humana subsiste en la persona del Verbo, de donde resulta, que su Persona siguió siendo una sola: la divina y eterna Persona del Verbo, permaneciendo entera y perfecta la esencia y las propiedades de una y otra naturaleza.) y puso su morada entre nosotros (Viviendo y conversando entre nosotros, como uno más de nosotros.) – y nosotros vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre – lleno de gracia y de verdad. (Las señales y efectos de su Majestad Divina las vemos en las obras todas de Cristo, en sus milagros, en su transfiguración, en su sabiduría y en su infinito amor.) Juan da testimonio de Él, y clama: “De Éste dije yo: El que viene después de mí, se me ha adelantado porque Él existía antes que yo.” Y de su plenitud hemos recibido todos, a saber, una gracia correspondiente a su gracia. (Jesucristo lleno de gracia y de verdad, es el principio y fuente de todas las gracias, que son dadas a los hombres, es decir que toda nuestra gracia procede de la Suya y en Él somos colmados. Sin Él no podemos recibir absolutamente nada de la vida del Padre. Pero con Él podemos llegar a 38 una plenitud de vida divina que corresponde a la plenitud de la divinidad que Él posee.) Porque la Ley fue dada por Moisés, pero la gracia correspondiente a la gracia y la verdad han venido de Jesucristo. (La gracia superior a la Ley de Moisés, se nos da gratis por los méritos de Cristo, para nuestra justificación.) Nadie ha visto jamás a Dios; el Dios, Hijo Unigénito, que es en el seno del Padre, Ése le ha dado a conocer. (Por este verso vemos que todo conocimiento o sabiduría de Dios – eso quiere decir Teosofía – tiene que estar fundado en las palabras reveladas por Él, a quién pertenece la iniciativa de darse a conocer, y no en la pura investigación o especulación intelectual del hombre. Cuidándonos de ser teósofos, prescindiendo de estudiar a Dios en sus propias palabras y formándonos sobre Él ideas que solo estén en nuestra imaginación.) (Juan 1,1-18).

De libro del autor «Lo que dice el Evangelio»


4 respuestas a «En el principio el Verbo era…»

  1. Celebro que publiquen este genial artículo de un hombre de bien, y un patriota ejemplar, que todos debemos recordar con gratitud.
    Creo sería buena idea ir publicando su libro, en entregas, para que llege a más católicos.
    Hace poco tiempo que se fue con el Señor, pero todos los días le echamos en falta.
    ¡José Luis, Pide a Dios por España, que nos hace mucha falta!

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