Engañabobos frentepopulistas: ¡Fuera caretas!

Para comprender con cuáles falsificaciones de concepto las izquierdas y sus compinches se han encaramado al podio de esa supuesta superioridad moral que no dejan de atribuirse y que con tanto éxito han inculcado a sus sectarios, traslado, como curiosidad, la opinión -un párrafo significativo- de un reconocido ideólogo de la época (hace ahora treinta años), a quien la insistencia en “los valores morales de la izquierda”, en su “ética moral”, le parecía, como es de suponer, sumamente pertinente:

Carlos Paris

“Me parece imprescindible señalar que el programa histórico de la izquierda, primando el interés colectivo y universal, organizando en torno a él la gestión y propiedad de las fuerzas productivas, no sólo es más justo y solidario, sino que hoy se revela necesario para dirigir, adecuadamente y a largo plazo, el poderío científico y tecnológico alcanzado por la humanidad. (…) vivimos la utopía tecnológica soñada hace siglos, los efectos de la revolución científica, pero la ceguera dominante se niega a la revolución y a la utopía sociales. Alcanzar la coherencia entre ambas es el objetivo de la izquierda. He apuntado el horizonte global de una transformación planetaria, en el cual la izquierda puede demostrar su superioridad racional, mas ¿qué decir de las revoluciones históricas y las sociedades que han forjado? (…) Deberíareconocerse que objetivamente tales procesos de revolución socialista, aun en condiciones sumamente adversas, han alcanzado en destacados casos no sólo cotas de justicia incomparables, sino ritmos de desarrollo muy superiores a los capitalistas. Comparemos Cuba -actual blanco de una ofensiva ideológica- con los países capitalistas del Caribe y Centroamérica; China, con la India. Pensemos en el levantamiento de la Unión Soviética a nivel de superpotencia y en su reciente capacidad de renovación interna, sorprendente en un mundo estancado.” (Carlos Paris: El País, 20-I-1989)

Aunque todo el mundo es dueño de equivocarse e incluso su error puede ser disculpado si es fruto de la buena intención y si lo reconoce y rectifica, es peliagudo hallar en esta diabólica música celestial un punto de buena voluntad, sobre todo cuando al mencionar a ciertos regímenes el autor salta impávido por encima de los cadáveres que dejaron por el camino y de las pavorosas miserias espirituales y físicas que crearon. Pero es bien sabido que el fanatismo izquierdoso maneja hábilmente su agitprop para soslayar la realidad si ésta se opone a sus proyectos.

Todos los pueblos que han padecido los despotismos comunistas han acabado exterminados y empobrecidos, minucia ésta que a las habituales elites marxistas no les ha impedido persistir en su maléfica propaganda, porque son indiscutibles maestros en su estrategia de arrogarse una “superioridad racional”, unas “cotas de justicia distributiva incomparables”, además de los socorridos, pomposos y abstractos deseos de justicia, de solidaridad y de primar “el interés colectivo y universal”. Y, desde su perspectiva, somos nosotros, aquellos que nos negamos a caer bajo las botas de su fraudulenta revolución y utopía social, los ciegos y los intolerantes.

Empecinarse en el error, siendo además éste nocivo para la sociedad, resulta abominable, pero los frentepopulistas, impulsados por su dañina naturaleza, se empeñan en él una y otra vez. En la contumacia con que se han entregado a esa táctica del error moral durante toda nuestra nefasta transición, se halla gran parte de su éxito y de la desgracia que hoy padecen los españoles libres.

Aparte de la fuerza que les dota su inclinación a degradar la dignidad humana, son esas estructuras doctrinarias, conformadas a nivel mundial por equipos de teorizantes y por “talleres de ideas”, las que les mantienen en el poder. Gracias a tales rigurosos entramados, a tales sistematizaciones, y con la colaboración de unos medios informativos domados, hacen posible lo que parece imposible: difundir patrañas y convencer a los compradores de que sus burras cojas y ciegas son saludables alazanes.

La evidencia, pues, es que si los engañabobos frentepopulistas saben falsificar la historia y convertir su vileza y podredumbre en un tratado de munificencia gracias a su rigor organizativo, la llamada derecha genuina, aun basándose en nobles ideas y códigos morales, no sólo carece en la actualidad de un pensamiento organizado, sino que sus hipotéticos tratadistas más parecen hallarse en la cultura de la queja y en un mesado de cabellos que en oponer a sus antagonistas un corpus doctrinal que desenmascare la falsificación totalitaria.

Carlos Paris, por cierto, se permitía finalizar su alegato con un entusiasta brindis a la alucinación ideológica: “¿No pensaba el viejo Sócrates que el mal era consecuencia de la ignorancia?”.

Pero ¿cómo extrañarnos de que la maldad, que se encarama al poder a base de engaños y con el voto de los ignorantes, se permita el arrogante cinismo de vestir a sus oponentes con su tiznado y maloliente traje, si dichos contrincantes se hallan huérfanos o tibios de credo para desenmascararlos y, por si fuera poco, dispersos o desavenidos?

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