Erdongan sin rival

Erdogan se consolida en el poder, ahora uniendo presidencia de la república y jefatura del Gobierno. Sin rival, se dispone a dar forma a «su» Turquía, como en su momento hiciera Ataturk, sólo que islamizándola. ¿Hasta qué punto? Sólo el timepo lo dirá.

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El islamista Recep Tayyip Erdogan continuará al frente de la República de Turquía. Así lo ha decidido el 53% del electorado que acudió a votar el pasado 24 de Junio en unas elecciones anticipadas que eran presidenciales y legislativas al tiempo.

Muharrem İnce

Es la sexta ocasión en cinco años en que los turcos han acudido a las urnas. Sin embargo, esta vez el registro de participación (92%) fue uno de los más altos de la historia del país. Varias eran las opciones posibles, entre las más destacadas estaban el nacionalista Meral Aksener; el líder del prokurdo e izquierdista Partido Democrático de los Pueblos (HDP), Selahatin Demirtas —que dicho sea de paso hizo campaña desde la cárcel– y el candidato kemalista del Partido Republicano de los Pueblos (CHP), Muharrem İnce, que liderando la tradicional corriente laicista –o sea, no islamista– y socialdemócrata era en teoría el principal adversario de Erdogan.

No obstante, ni el estado de excepción, que se prolonga desde el fallido intento de golpe de Estado de 2016, ni la debacle económica –la lira turca se ha devaluado en el último año un 20% respecto al euro y al dólar y los precios se han elevado en un 11%– han conseguido frenar al candidato del islamo-nacionalista Partido Justicia y Desarrollo (AKP), es decir, a Erdogan –incluso ha ganado entre los emigrantes turcos en Alemania, Francia, Bélgica, los Países Bajos o Austria, detalle a tener muy en cuenta por los países europeos–, que, en coalición con el Partido de Acción Nacionalista (MHP), también ha obtenido el control del Parlamento con 297 diputados, más los 51 que le aporta su socio, de un total de 600 escaños.

Con el apoyo suficiente y sin necesidad de una segunda ronda, con su reelección y la reforma constitucional completada, Erdogan se convierte también en jefe de Estado. Además, en este nuevo periodo no se podrá convocar al presidente ni dirigirle preguntas. Tendrá la potestad de nombrar a gran parte de la cúpula de la judicatura y sólo si pudiera demostrarse que ha cometido un delito –y con el apoyo de tres quintos de la Cámara– podría ser destituido de su cargo. Erdogan consolida así un sistema unipersonal, ya que será presidente y primer ministro, asegurándose un poder casi ilimitado, que con este nuevo periodo de mandato alcanzará la veintena de años en el poder, pues llegó a él en 2002.

Mustafa Kemal Atatürk

Sin práctica oposición y sin rivales de categoría que le hagan sombra –tan sólo en el sureste del país, donde el HDP consiguió afianzar su hegemonía y superar la barrera electoral del 10% de los votos, logrando 64 diputados, y en la costa mediterránea, donde el líder de los kemalistas, İnce, ha conseguido recabar el apoyo suficiente para mantener sus feudos bajo control–, la figura de Erdogan ya rivaliza con la del mítico refundador del país en 1923, Mustafa Kemal Atatürk.

Quién es Erdogan.-

De niño vendía rosquillas en el modesto barrio de Kasimpasa (Estambul). Criado a orillas del mar Negro en la pequeña localidad costera de Rize, Erdogan se educó en una familia de clase media-baja. Creció en Estambul, donde cursó sus estudios en una Imam Hatip –escuela coránica turca–, para posteriormente licenciarse en Empresariales en la Universidad de Mármara. En su época universitaria se afilió a las juventudes nacionalistas islamistas. Fue entonces cuando se empapó de las ideas de Necmettin Erbakan, primer líder islamista de la Turquía moderna y efímero primer ministro (1996-1997) que fuera obligado a renunciar por la cúpula militar del momento, y de Abdullah Gül, uno de los políticos con quien, mucho más tarde, formaría el AKP.

Ziya Gökalp

En la década de los ochenta, siendo alcalde de Ankara, la capital del país, Erdogan se convirtió en el «mártir» de los islamistas turcos al recitar en público un poema del ideólogo panturquista Ziya Gökalp “Las mezquitas son nuestros cuarteles / las cúpulas nuestros cascos / los minaretes nuestras bayonetas / y los creyentes nuestros soldados”, versos que le valieron cuatro meses de cárcel. Tras la llegada del nuevo milenio, y al frente del AKP, Erdogan ha ejercido de primer ministro desde 2002 hasta 2014, año en que asumió la presidencia de la República, cargo que ha revalidado el 24 de Junio pasado.

Cuál es su proyecto.-

Erdogan nunca ha ocultado cuál es su proyecto –que además viene poniendo en práctica en lo posible desde su acceso al poder en 2002–, ni tampoco su intención de usar los principios e instituciones democráticas para consolidar su poder unipersonal que ahora ha logrado plenamente: “La democracia es solo el tren al que subimos hasta que lleguemos a nuestro destino”, confesó cuando era alcalde de Estambul hace 20 años.

Así, Erdogan ha utilizado ahora todos los medios, tanto legítimos como ilegítimos, para ganar las elecciones. Ha usado la policía, la justicia y la administración para su campaña, además de los medios de comunicación cuyo práctico monopolio consiguió en los últimos meses de campaña; la televisión estatal le dedicó 180 horas de tiempo de transmisión, casi diez veces más que a los cinco candidatos de la oposición juntos.

Pero no cabe duda de que el catalizador del ahora máximo ascenso de Erdogan fue el intento de “golpe de estado” de 2016 que, al fracasar, y como ocurre siempre en tales casos, ha resultado ser la mejor baza que jamás pudo si quiera soñar Erdogan. A raíz de tal hecho, Erdogan no dudó, y aún lo sigue haciendo, pues desde entonces, 2016, permanece en vigor el «estado de excepción», en erradicar hasta el último vestigio de verdadera o supuesta oposición, contándose por millares los detenidos y encarcelados, y por decenas los asesinados; por cierto, con el respaldo, o al menos el silencio cómplice, de la mayoría de la población, mucha de la cual no sólo ahora le ha votado, sino que en su momento en turbas callejeras persiguió a los considerados o señalados, con o sin causa, como «golpistas» de toda clase y condición.

Así, la «nueva» Turquía que quiere instaurar Erdogan toma forma de un Estado totalitario, intransigente, intolerante y, por supuesto y sobre todo, islamista.

Valoraciones.-

En cuanto a ese totalitarismo, creemos que es cosa de los turcos; allá ellos con lo que mejor consideran para su país. En lo último, tampoco hay problema mientras la ideología islamista de Erdogan quede en casa, pero hay algunos indicios de que eso tal vez no vaya a ser del todo así, y ahí radica el único y verdadero peligro para Europa y España; peligro que de todas formas dependerá también de la intensidad de ese islamismo, así como de lo que en política exterior materialice.

Y es que no hay que olvidar varias importantes cuestiones:

* Turquía es miembro de la OTAN y aspira a serlo de pleno derecho de la UE con la que ya le unen tratados puntuales.

* Como hemos dicho, el proyecto de Erdogan ha ganado también entre los turcos emigrados en los países europeos, que ya soportamos una intensa inmigración musulmana la cual, además, es muy activa en su proselitismo; que, todo hay que decirlo, se ve poco o nada entorpecido por la propia decadencia europea. Inmigrantes y votantes que, como demuestran las encuestas que se hace entre ellos, no están en absoluto integrados, ni ganas que tienen, que rechazan nuestra sociedad secularizada y hedonista y nuestras estructuras «democráticas» porque están en las antípodas de sus conceptos tradicionales de familia, gremio, raza y creencias que mantienen a toda costa.

* Turquía es la llave del paso de miles de inmigrantes desde Oriente Medio hacia Europa, y Erdogan no ha dudado ya en someternos a un chantaje repugnante pidiendo compensaciones económicas a cambio de echar el candado.

* Turquía ha mostrado su agresividad y su oportunismo en los últimos años invadiendo zonas limítrofes de Siria con cualquier excusa, aprovechando la debilidad de Damasco.

* Los EE.UU. no ocultan su tendencia a mimar a un «aliado» cuya situación geoestratégica es privilegiada en una zona siempre candente y en la que tantos intereses se mezclan y chocan.

* Habrá que ver cómo los desnortados y corruptos gobierno europeos tratan con la «nueva» Turquía islámica; si optan, como siempre y es de prever, por la rendición y la cobardía, por «negociar», por someterse a su chantaje, o por el contrario le plantan cara. Sinceramente creemos que mucho más de aquello que de esto otro.

Último apunte.-

Muchos analistas se han echado las manos a la cabeza por el ascenso y consolidación de Erdogan, por su uso de los «canales democráticos» para hacerse con todo el poder y constituirse en una especie de dictador que, además, una vez consolidado va a destruir –de hecho ya lo viene haciendo desde el fallido golpe de 2016– esa misma «democracia» que le ha llevado a donde está –algunos incluso han comparado su caso con el de Hitler–; pero es que la tan afamada «democracia», a secas, suele producir, no pocas veces, tales resultados.

¿Qué no se lo creen? Pues vean nuestro propio caso: continuos ataques a la libertad de expresión –sobre todo con la mal llamada «ley de memoria histórica»–, a la propiedad privada –protección a los okupas y… la expropiación está consagrada en la mismísima Constitución–, corrupción galopante en todas las instituciones, feminismo totalitario, ateísmo militante y agresivo, y como la «democracia» nos ha llevado a un Estado de impunidad en el que todo está corrompido y en el que quien se atreve a intentar escapar de la tiranía, de la dictadura de «lo políticamente correcto» –relativismo, feminismo, anti-franquismo, sodomía pública, aborto, ateísmo, autonomías, adoctrinamiento en vez de educación, etc., etc.– es rápidamente eliminado; por ahora sólo civilmente, pero todo se andará, no lo duden.

Y es que los españoles nos venimos comportando exactamente igual que los turcos, apoyando todavía a este sistema, a este régimen, injusto y falso que nos destruye. Las consecuencias, que ya sufrimos, deberán ser soportadas no sólo por los ahora voluntarios consumidores de nuestra partitocracia –que están muy contentos y ufanos, pero a los que llegará su hora, como llegó a los revolucionarios de todas las revoluciones habidas hasta la fecha–, sino sobre todo, y claro en primera instancia, a quienes defendemos los principios y valores de los que aquellos y la mayoría de hoy reniegan.

 

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