¡Es la tercera guerra mundial, idiotas!

En una época donde las letras son capaces de ser manejadas por cualquiera de los usuarios que navegamos por la red, habría que preguntarse por qué “El Quijote” sigue siendo el mejor libro de todos los tiempos. Los millones de mensajes, artículos y libros que inundan la red no han podido ensombrecer la obra de Cervantes, después de que, el genial autor, fuera capaz de reflejar, mediante un ingenioso hidalgo, enloquecido por las novelas de caballería, la capacidad que el ser humano tiene de crear sus propias verdades, sin atender a la realidad que le rodea.

El ser humano vive obsesionado consigo mismo y, por ello, por mucho que la red se inunde con millones de caracteres, siempre nos quedará “El Quijote”, para recordarnos que la novela ha ganado su inmortalidad gracias a que todos la escribimos con nuestras vidas, generación tras generación, una novela ahora escrita por quienes, como quijotes contemporáneos, huimos despavoridos de la realidad, mientras utilizamos al coronavirus como coartada permanente que nos impide abrir los ojos ante la realidad.

Los quijotes contemporáneos le hemos cogido el gusto a creer en el coronavirus, para no reconocer que lo que vivimos es un enfrentamiento bélico postmoderno que opone al antiguo régimen, nacido tras los acuerdos de Bretton Woods de 1944, la Conferencia de Yalta de 1945 y la implantación del petrodólar en 1971, con un nuevo orden mundial multipolar. Un enfrentamiento bélico postmoderno alejado de las anteriores guerras mundiales en su trasfondo y forma, que se libra mediante propaganda masiva, neo-ideología y conflictos civiles reducidos.

Ese nuevo orden mundial multipolar es el que se ha venido fraguando durante las últimas décadas, con los EEUU, como potencia en decadencia, firmando su sentencia de muerte mediante el regalo de su sistema productivo a China, la potencia en auge que alimenta el cambio hacia un nuevo orden mundial, que viene de la mano de la cuarta revolución industrial y que, como todas las revoluciones industriales anteriores, acarreará la perdida de millones de puestos de trabajo, lastrando aún más los maltrechos y obsoletos Estados de bienestar, esclavizados por las políticas de expansión keynesianas que los políticos votados por esos quijotes contemporáneos han acometido.

El nuevo modelo económico trae consigo un nuevo concepto del trabajo, donde el transporte caerá en desuso en la cotidianidad de nuestras vidas y, con ello, todo lo que la falta de movimiento diario de millones de personas supone: una drástica bajada del consumo de petróleo, la destrucción de millones de oficinas, tiendas y restaurantes que terminarán desapareciendo por mor de una tecnología que permite que desarrollemos las mismas actividades y seamos más rentables sin necesidad de movernos, una realidad que hará infructuoso cualquier intento de revertir el nuevo modelo económico de manera artificial por parte de políticos populistas e ineficaces.

Después de todo, el nuevo orden mundial multipolar y el nuevo modelo económico es con lo que los quijotes contemporáneos nos daremos de bruces, la realidad que el coronavirus esconde y que hará caer del caballo a los hidalgos obsesionados con el mundo que ellos han creado para sí, unos quijotes que podríamos haber mitigado ese baño de realidad si no hubiéramos vivido en nuestra propia fantasía, si nuestra forma de vida hubiera atendido a la razón antes que a los sueños que nos impedían verla.

Pero, como ya decíamos al principio, los quijotes son una constante histórica incapaz de desaparecer, una verdad que acompañará al hombre hasta que deje de existir en este mundo. Por eso, los quijotes contemporáneos se terminarán chocando nuevamente con la realidad, llegando al enfrentamiento entre sí y con otros tantos quijotes que vivían en su mundo y a los que Ortega y Gasset llamó en su conjunto la masa, esa masa amorfa y voluble sobre la que advirtió que cada cierto tiempo “necesita de su propio escarmiento”. Y, me temo, queridos quijotes contemporáneos, que a eso vamos.


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