Esas tristes y contradictorias kalejiras baskas al servicio del matonismo abertzale

La kalejira, que bien puede traducirse en idioma español como comparsa, es una expresión “popular” bien conocida por vascos, navarros y visitantes de tan hispánicas como, todavía, convulsas tierras.

Kalejira: un grupito de dos o tres músicos, con su acordeones, entonando melodías y temas, más o menos populares, coreados por entusiastas acompañantes, sean muchos o poquitos; una expresión melancólica, intimista, pero también comunitaria, de celebración, remembranza… ¡y control social!

Se despliegan constantemente, y no solo con motivo de las fiestas patronales del barrio, pueblo o ciudad; si bien, en la mayor parte de sus expresiones, su finalidad reivindicativa es más que evidente: “presos a casa”, “aquí se habla y se hablará euskera”, “vota abertzale”, “esto no es España”,  “policía y guardia civil ¡fuera de Euskal Herria!”, “stop terrorismo de la patronal”, “obrero despedido, patrón colgado”, etc.

Los cascos viejos de las “cuatro capitales vascas”, los pueblos controlados por la izquierda abertzale, y allí donde exista mayor pulsión y tensión militantes, son sus escenarios favoritos. Y así lo es desde hace muchas décadas. Hasta tal punto están normalizadas tales expresiones “populares” que nadie las cuestiona. Bueno, casi nadie…

Una de las primeras que pude contemplar, en mi ya lejana juventud, tenía lugar en Pamplona, a la altura del bar Otano de la calle de San Nicolás, en la primavera de 1979. Un centenar de personas desfilaban despacito, confiados, sonrientes, con unos cuantos acordeones diatónicos en cabeza, y algún veterano con boina negra bien calada dirigiendo el cortejo. Uno de ellos entonó “¡todos a una, Herri Batasuna!”, inmediatamente coreado con entusiasmo y alegría por el resto de asistentes; a la vez que desplegaban una enorme ikurriña que bloqueaba la calle. Así fue el inicio de una de tantas kalejiras electorales “populares” y reivindicativas con las que la izquierda abertzale afirma su presencia, poder y control de calles y plazas; imponiendo, así, dinámicas, símbolos y letras. Unas expresiones contundentes ante las que era –es- muy difícil responder in situ. Y es que, tras un par de horas dando vueltas por la parte vieja, con sus respectivas paradas frente a diversos bares, para aprovisionarse de potentes y reconfortantes alcoholes autóctonos, tras los consabidos “¡Gora ETA Militarra!” se disolvieron tan tranquilos como satisfechos.

De modo que, si te topabas con una de aquellas kalejiras, o te unías a ella o te “hacías el loco”, intentando pasar desapercibido; no fuera que, de no obrar así, fueras señalado y “fichado”, corriendo el riesgo de ser calificado como “españolazo”, “txakurra”, “txibato” o “cipayo”. Aquellos brutales epítetos, recordemos, que en tantas ocasiones precedieron o acompañaron, a modo de justificación, cientos de asesinatos.

Unos años después –invierno de 1984- me impresionó otra kalejira  que se desplazaba perezosamente por la calle Estafeta, compuesta exclusivamente por mujeres. Gritaban: “¡aborto libre y gratuito!”, “¡nosotras parimos, nosotros decidimos!”, “¡aborto gratuito, seguridad social!”, etc., mientras, alguna de ellas, hipaba entre trago y trago de cerveza o kalimotxo. Se les sumó un conocido habitante de aquellos lares: el famoso “sueco” que, con motivo de una visita a los sanfermines de los años setenta, conociera una moza navarra para quedarse a vivir con ella, sin regresar jamás a su lejana Suecia natal. Una pamplonica de la Milagrosa, hermana, por cierto, de un trabajador social de la prisión de esta ciudad y antiguo miembro de ETA VI; quien “cabalgaba” sus contradicciones y miedos practicando dialécticos equilibrismos y autojustificaciones exculpatorias ante sus compañeros más radicales, quienes seguían “pegando tiros”…, entre otros, también a otros trabajadores de prisiones. ¡Qué bonita era Pamplona!

Pero no nos desviemos del tema. Aquella kalejira me entristeció no poco, generándome un verdadero malestar físico: comprendí que el “empoderamiento” de “las mujeres” era aparentemente imparable y, sobre todo, muy triste. Si para “empoderarse” –entonces se decía “liberarse”- había que matar a “alguien”, ¿cómo celebrarlo o reivindicarlo con música y aparentes muestras de alegría? ¿No es una brutal contradicción irresoluble? No, en realidad no se les veía contentas; más bien se mostraban tensas, desafiantes, ¿agresivas? Una ocasión, como tantas otras, en que la melancolía, de los tonos musicales expulsados desde los acordeones, se mezclaba amargamente con la pretensión “política”, una ambición indisimulada de poder sobre el más débil, y el dolor humano. ¿”Celebración festiva” y, además, al servicio de la cultura de la muerte, ya fuera etarra o abortista? No, va a ser que no.

Me dirán ustedes que, desaparecida ETA, ya podemos mirar y disfrutar sin prejuicios ni temores las kalejiras que se siguen sucediendo por toda la geografía vasconavarra. Pues no, las cosas no son así de sencillitas y tranquilizadoras.

Les traeré a colación, otra kalejira de la que fui testigo; convocada a golpe de whatsapp en el pamplonés barrio de Iturrama, un 12 de octubre de 2017. La noche anterior, los chavales –y algún veterano que ya lucía canas- del entonces pujante y activista colectivo hispanista Navarra Resiste habían colocado varias decenas de pancartas, con románticos textos del tipo “Ser navarro es una de las formas más hermosas de ser español”, etc.; así como numerosas banderas españolas y enormes pegatinas rojigualdas, por toda la ciudad y glorietas estratégicas de su cuenca.

En un generoso y amable ejercicio de tolerancia, respeto al pluralismo y a la libertad ajenas –evidentemente lo digo de modo irónico-, hacia las 12 del mediodía de aquel simbólico día 12, a la altura de la tristemente conocida taberna Ezpala, empezó la romería: acordeones, un centenar de txabales y txabalas gritando contra España, los españolazos y los pikoletos, quienes celebraban desfilando, no muy lejos de allí, su Santa Patrona, la Virgen del Pilar; a la que mentaban –en euskera, faltaría más- con blasfemas y pornográficas expresiones. Y de paso arrancaban, con seguro exhibicionismo, pancartas y banderas españolas; quemándolas incluso. Pero alguno de los asistentes al homenaje de la Guardia Civil, de regreso a sus casas, portando todavía sus alegres banderas, fue interpelado e insultado. Y, uno de ellos, agredido despreocupadamente. Total, era un españolazo: seguro que se lo merecía. ¡Qué audacia! ¡Portar una bandera del ejército de ocupación! Pues ya es mayorcito y ya sabe a lo que se expone si el pueblo decide autodefenderse ante tamaña agresión fascista… De modo que, finalmente, Policía Nacional se hizo presente, poco más tarde, deteniendo a dos de los txabales más agresivos; tras discusiones varias, órdenes incumplidas, insultos y amenazas.

No creo, por cierto, que aquella kalejira estuviera autorizada por permiso gubernativo alguno. Ya se sabe: la izquierda abertzale no necesita seguir los trámites que cumplen los ciudadanos “normales”. Ellos se sitúan “por encima del bien y del mal”; no en vano, su moral y perspectiva revolucionaria les permite TODO.

Ya sabe, amable lector: si se encuentra de frente una aparentemente simpática y folklórica kalejira baska, aunque ETA –al menos la que mataba- haya desaparecido, mejor cambie de dirección: puede ser señalado, reconocido o interpelado. Y si no se incorpora al cortejo, o exterioriza evidentes y notorias simpatías, aténgase a las consecuencias. Pues ELLOS siguen entre nosotros: controlando, señalando, imponiendo símbolos, lenguajes y estéticas. Otra forma, entre otras muchas, de “control social” al servicio de la estrategia totalitaria del panvasquismo.

Si a estas expresiones de violencia de raíz ideológica, que pudieran parecer “anecdóticas” o “aburridas”, sobre todo si no se sufren directamente, se les suma las diversas agresiones perpetradas en los últimos meses contras guardias civiles, funcionarios de prisiones, simpatizantes españolistas, militantes del PP, sedes de partidos, detenciones de “taldes” integrados por supuestos disidentes radicales abertzales por actos de kale borroka en Vizcaya, Álava, y Navarra, etc., bien puede afirmarse que por mucho que quieran vendernos que en Euskadi y Navarra “se vive de p… madre”, así será para los filoterrositas, sus amigos nacionalistas y los indiferentes. De modo que en Navarra y Vascongadas continuamos viviendo sin libertad real.

Para La Tribuna del País Vasco


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