España tierra de misión

No hay duda, pues, que la situación del catolicismo en España es de una profunda decadencia, aunque siga disfrutando de indudables privilegios socio-económicos. Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, considera que «en estos años de vida democrática se ha debilitado la vida cristiana de los españoles». «Desde la década de los setenta, la práctica sacramental de los españoles ha descendido a menos de la mitad; durante los últimos treinta o cuarenta años venimos padeciendo una dura crisis vocacional que ha reducido drásticamente el número de sacerdotes y religiosos en nuestras iglesias, e instituciones, y las tendencias dominantes se inclinan por el laicismo y el permisimismo moral». Se pregunta, al mismo tiempo, si todo ello ha sido consecuencia del Concilio Vaticano II: «No sabemos qué hubiera ocurrido con la continuidad de la situación anterior y sin la celebración del Concilio. ¿Habría podido España continuar durante mucho tiempo como un islote de catolicismo tridentino en una Europa liberal y secularizada?». En cualquier caso, resulta evidente que la Iglesia católica, «se ha visto reducida a una minoría de miembros practicantes, ha perdido significación e influencia social, vive en una situación bastante marginal y es a veces minusvalorada por la opinión y por los poderes públicos».

Ante esta situación ha existido una tendencia de centrarse en la defensa de su intereses corporativos e institucionales. No obstante, la lucha entre conservadores y progresistas en el seno del catolicismo español continúa. El espíritu conciliar ha reverdecido, tras la dimisión de Joseph Ratzinger. Buena prueba de ello ha sido la polémica de la exhumación de los restos mortales de Francisco Franco de su tumba del Valle de los Caídos. En mayo de 2011, se creó una denominada Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los caídos, presidida por el socialista Ramón Jáuregui, encargado por el PSOE del diálogo con los sectores católicos progresistas. Entre sus miembros, destacaba católicos de izquierda como Manuel Reyes Mate; sacerdotes nacionalistas catalanes como el historiador Hilari Raguer; y Carlos García de Andoaín, coordinador federal de Cristianos Socialistas. El cardenal Rouco Varela rechazó la presencia de eclesiásticos en la Comisión. Por otra parte, las conclusiones fueron las esperadas: el Valle de los Caídos era el monumento más significativo del «nacional-catolicismo»; debía reubicarse y resignificarse; y el cadáver de Franco salir de su tumba en la Basílica».

Las conclusiones no tuvieron consecuencias políticas, al perder el PSOE las elecciones 2011. El Gobierno de Mariano Rajoy no hizo nada al respecto. Sin embargo, en febrero de 2013 dimitía Benedicto XVI como Pontífice, y la silla de Pedro fue ocupada por el jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio. reyes Mate y otros teólogos de izquierda manifestaron su esperanza ante la significación política del nuevo pontificado. Era «el principio de un nuevo tiempo». No ha sido el único. El filósofo Gianni Vattimo manifestó que, con Bergoglio, la Iglesia representa hoy el «sentido emancipador de la religión», «la lucha contra el imperialismo y la explotación capitalista», «una Internacional Comunista, hoy, solo puede ser religiosa y cristiana».

La llegada al Gobierno del socialista Pedro Sánchez volvió a plantear la cuestión. Y, finalmente, tras una serie de conversaciones y pactos entre el Gobierno español y la Santa Sede, los restos mortales de Francisco Franco salieron, el 24 de octubre de 2019, de su tumba en la Basílica del Valle de los Caídos hacia el cementerio de Mingorrubio, en el Pardo. Todo un acontecimiento simbólico. Quizá sea este uno de los últimos episodios de las consecuencias del Concilio Vaticano II en la reciente historia de España. Como Poncio Pilatos, la Iglesia católica intentó lavarse las manos. Por supuesto, no lo consiguió. En un alarde de cinismo típicamente clerical, monseñor Luis Argüello, portavoz de la Conferencia Episcopal, afirmó que «una cosa era no oponerse y otra decir que lo apoya2. Posteriormente, dijo que era «la hora de mirar hacia adelante» y «sellar la reconciliación». Una vez consumada la exhumación, se limitó a reiterar la no implicación de la Iglesia en aquella decisión política, si bien criticó el contenido de la homilía dedicada a Franco durante la ceremonia, a la que calificó de hagiográfica. Este buen hombre seguramente se cree sutil, pero no pasa de ser un fariseo. O, lo que es peor, nos subestima; nos toma por imbéciles.

El pontificado de Bergoglio está suponiendo una auténtica regresión intelectual., política y moral, es decir, el retorno de las excentricidades del Concilio Vaticano II. Buena prueba de ello es el contenido de la última encíclica del actual pontífice, Fratelli tutti, cuyo contenido es una amalgama mal digerida de progresismo, ecologismo, corrección política y ecumenismo: todo ello aderezado por el típico eclecticismo vaticanista: de nuevo complexio oppositorum. En definitiva, un texto mediocre, pesado, amazacotado, que, salvo en las escuetas referencias a la divinidad, podía haber sido firmado por cualquier miembro de una logia masónica. Y es que, en gran medida, el pensamiento del actual pontífice se inserta en lo que el teólogo Rusell Ronald reno ha denominado «el consenso ideológico de la posguerra», es decir, el imperio de los dioses débiles». La epidemia de covid-19 ha puesto de relieve aún más, como señaló el filósofo Giorgio Agamben, la crisis del catolicismo, al poner de relieve que las sociedades europeas no creen ya en otra cosa que en «la vida desnuda» y, además, la hegemonía absoluta de «la religión de la ciencia». «Ante todo, la Iglesia, que, haciéndose sierva de la ciencia, ya convertida en verdadera religión de nuestra época, ha abjurado radicalmente a sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazaba a los leprosos. Ha olvidado que una de las obras de misericordia es visitar a los enfermos. ha olvidado que los mártires enseñan que se debe estar dispuesto a sacrificar la vida antes que la fe y que renunciar al prójimo significa renunciar a la fe».

Con respecto a España, la actuación de Bergoglio ha sido desoladora. No se ha molestado en visitar nuestro país, ni tan siquiera en el aniversario de Santa Teresa de Jesús. De forma inmisericorde, criticó el Descubrimiento y la evangelización de América. Desde hace años, la Iglesia se ha convertido, sobre todo en Cataluña y en el País Vasco, en una fuerza disruptiva al servicio de los nacionalismos periféricos. Católico no es sinónimo de español, y quizá nunca lo fue, como señaló Gonzalo Fernández de la Mora, en una crítica puntual a la tesis de Menéndez Pelayo. No hace mucho, Bergoglio recibió a Sánchez, ateo convencido, profanador de tumbas y partidario radical de la eutanasia y del aborto. Claro que, por debajo de este recibimiento, se encuentra todo el desbarajuste económico de la Iglesia española: la enseñanza concertada, la exención del IBI, el estatus de la catedral de Córdoba, etc. No obstante, pactar con un embustero patológico puede ser un error. Lo veremos con la nueva ley de educación elaborada por Isabel Celáa. Conjeturo que la jerarquía recibirá lo que se merece.

Mientras tanto, la sociedad española, como ya hemos adelantado, es tierra de misión. Y frente a esta dramática situación, la Iglesia católica no es capaz de ofrecernos más que las insulseces de la COPE o la mediocridad de 13TV, cuyo principal mensaje son las películas del Oeste. Nunca el catolicismo español fue tan decadente y socialmente insignificante. Un títere de un Estado que lo mantiene, a cambio de complicidades y silencios. Y es que sólo una Iglesia libre podrá ejercer su misión en la sociedad.

Del estudio El Concilio Vaticano II en España. Respuestas y consecuencias. Publicado en Razón Española Nº 224 (Marzo 2021) Revista bimestral (65€ al año). fundacionbalmes@yahoo.es ó Tel.- 91 457 18 75


3 respuestas a «España tierra de misión»

  1. Muy buen artículo. La relación de los curas -en general- y del «Concilio» -en particular- con los problemas y decadencia generalizada que viene padeciendo España desde los postreros años del régimen anterior, es mucho más importante y directa de lo que se suele reconocer habitualmente. Está por escribir una obra definitiva sobre tan delicado y fundamental asunto de nuestra historia reciente.

  2. La «táctica» de caminar con el mundo, salvo algunas declaraciones, como que la Iglesia no puede bendecir parejas gay, o que no admite el aborto, mantienen una apariencia de continuidad con la tradición pero nadie amonesta, ni excluye a los que favorecen estas ideas, parece que navegar en dos aguas mantienen las apariencias pero si este cáncer hace metástasis con el tiempo pues esta apoyado directa o indirectamente por los medios que crean la cultura popular. No sería mejor enfrentarse de una vez ante las ideas contrarias a la doctrina y los enemigos internos a ver si los mejores se afirman y muchos tibios se deciden a ser mejores católicos antes que la cultura popular y la Iglesia quede desabrida y sin sal.

    1. Estimado seguidor: así es. Exacto. Parece que predomina desde hace décadas aquello de poner dos velas, una a Dios, y pequeña, y otra al Diablo, y muy grande. Sí, sí y no, no. Lo demás es la vela al Diablo, la confusión, su sangre y abono. Saludos cordiales

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