España volatilizada en una Europa invertebrada

Emerge esta opinión de la interacción entre mi visión actual de España y el enfoque teórico que expuso Ortega y Gasset en su libro España invertebrada [i], un ensayo de filosofía de la historia escrito en 1922, en cuya cuarta edición de 1934, modificó, no el cuerpo del texto, sino en el nuevo prólogo que escribió al efecto.

En dicho nuevo prólogo, su autor hace algo más de justicia distributiva al reconocer en él que, algunos de los grandes males que había reconocido en la condición del hombre-masa español, eran extensibles al resto de las naciones occidentales de mayor relieve.

No obstante, dicha rectificación, era de mayor calado de lo que pudiera parecer, por cuanto los defectos estructurales de nuestra cultura habían sido especificados, a modo de contraste y diferencia, en relación con aspectos esenciales de nuestro medievo en comparación con el de los demás países.

En el cuerpo del ensayo, Ortega afirmó que nuestra carencia histórica de auténtico feudalismo, lejos de poder considerarse una virtud, había que verlo como una grave privación en el proceso de vertebrar una nación.

Achaca dicha condición a un déficit de señores feudales, en relación con los que serían necesarios para liderar a las masas, es decir, a la ausencia de los mejores. En el resto de los grandes pueblos europeos, la ratio entre señores y siervos era muy superior a la española, en la que había demasiado siervo para tan poco señor.

En continuidad con tales conceptos, Ortega definió una nación como «una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos» (op. cit., p. 76), y el problema de las masas españolas es que «su enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuanto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores».

Lo que más me sorprende de ese enfoque es que no parece atender a la notable diferencia, que él mismo especifica con toda claridad, entre las relaciones de autoridad y las relaciones de poder, que pueden vincular a los señores con el resto de la población.

Ortega define cómo funciona la causa ejemplar formando a la persona, a diferencia de la imitación: «Cuando imitamos a otra persona nos damos cuenta de que no somos como ella, sino que estamos fingiendo serlo. […] Por el contrario, en la asimilación al hombre ejemplar que ante nosotros pasa, toda nuestra persona se polariza y orienta hacia su modo de ser, nos disponemos a reformar verídicamente nuestra esencia, según la pauta admirada. En suma, percibimos como tal la ejemplaridad de aquel hombre y sentimos docilidad ante su ejemplo. He aquí el mecanismo elemental creador de toda sociedad: la ejemplaridad de unos pocos se articula en la docilidad de otros muchos.» (op. cit., p. 90)

La verdadera autoridad de alguien reside, precisamente, en ser una causa ejemplar, que no necesita nada más que su propio modo de ser, para producir un influjo formativo en otros, debido a la admiración que suscita en ellos.

El propio Ortega reconoce dicha función estructuradora y formativa de la autoridad, no solo en la sociedad, sino también en la familia: «Cuando este influjo se aniquila, la familia se desarticula.» (op. cit., p. 91)

Ahora bien, no hay cosa más contraria a la autoridad que el poder propiamente dicho, el cual consiste en formatear a otros mediante cualesquiera formas de violencia. Al ejercicio del poder, le pueden salir imitadores, pero, de forma mayoritaria, su influjo impide la formación integral de personas realizadas.

Ante la manifiesta diferencia que hay entre autoridad y poder, ¿por qué hemos de suponer, tal como parece hacerlo Ortega, que entre los señores feudales europeos abundaba más la autoridad que el poder sobre sus súbditos?

Si se supone que de aquellos embriones feudales, no existentes en España, salieron mejores sociedades que la nuestra, también sería fácil suponer que Ortega percibió en aquellos señores virtudes propias de la autoridad y no aberraciones propias del poder.

No obstante, a la vista de que en las cruzadas no participó reino alguno de la península ibérica; a la vista de que los soldados que acudieron a las mismas era europeos; a la vista del desastroso comportamiento de muchos de los que acudieron, y a la vista del hundimiento de la fe cristiana en Europa, a raíz de las mismas, no es posible sostener la hipótesis de que aquellos ejércitos, con sus señores a la cabeza, fueran, en modo alguno, ejemplares, sino totalmente al contrario.

En las propias cruzadas (1095-1291) está una de las claves de la imposibilidad de formar una Europa unida en torno al cristianismo, lo cual intentó posteriormente nuestro rey y emperador Carlos I, y a cuyo infructuoso fin fue a parar el oro que se trajo de América, ―es decir, el que no fue sustraído por los piratas y los corsarios ingleses.

Por tanto, mientras los europeos se ocupaban de las Cruzadas, los reinos cristianos de la península, se ocupaban de la larguísima Reconquista frente a los invasores musulmanes del norte de África. De ahí que, cuando terminó la Reconquista con la toma de la ciudad de Granada, el cristianismo en España se encontraba fortalecido, al contrario que el cristianismo europeo.

Ahora bien, ¿qué significó el hecho de que los reyes Isabel y Fernando proclamaran la unión de todos los reinos cristianos de España en una sola nación bajo la fe católica, siendo la primera de toda Europa en constituirse como un Estado propiamente dicho?

Como poco, que la interpretación orteguiana de las bondades del feudalismo para la formación de una sociedad robusta no se puede sostener.

Un católico español de aquella época, no solo estaba bajo una jerarquía de principios que era la famosa tríada «Dios-patria-rey», que le integraba en una sociedad armonizada por esos mismos principios constitucionales, sino que la moral implícita bajo tales determinantes le hacía repugnar el poder, el dinero, el abuso comercial, las malas artes, etc., lo cual permitía, unas relaciones interpersonales bastante más sanas, que aquellas que ocurren cuando predominan las relaciones de poder, como era el caso en gran parte del territorio europeo.

El odio a España, inicialmente generado por sus enemigos europeos, radica precisamente en haber sido el único país estructurado bajo la fe católica, y el único que conservó dicho formato, tras las revoluciones protestantes contra el papado romano, que dieron lugar a múltiples guerras contra España por su defensa de la unidad católica.

Lo cierto es que las guerras ocurridas, como se ha visto a fortiori, no eran guerras de religión, sino guerras del poder político contra la religión. Una vez ganadas dichas guerras por el poder político occidental contra España, que culminaron con la formación de las dos Españas, tras las invasiones napoleónicas, y la pérdida de las colonias de ultramar, España incurrió en una esquizofrenia que la debilitó profundamente como nación y de la cual, aun no se ha recuperado.

Digámoslo claro, el odio a España, desde fuera y desde dentro, no se debe a que España fuera un país inferior, ni despreciable, sino todo lo contrario, aun cuando dicho odio, unido a sus falsas argumentaciones, diera lugar a una grave pérdida de la autoestima a escala nacional.

Al fondo de todo esto, late incesantemente el problema en torno a Dios, que no por mucho que se obvie en el campo de las ideas manifiestas, deja de tener plena vigencia. La modernidad fue, sobre todo, poder político y ateísmo, mientras que la tradición fue religión y creencia en Dios. La posmodernidad, es el resultado de que el ateísmo se impuso como doctrina consensuada por todos los poderes, y por todas las ideologías políticas, barriendo por completo las hechuras iniciales de la propia civilización.

El desfase español en sumarse a la modernidad, tan criticado por Ortega, no deviene de otra cosa más que de la fidelidad de una gran parte de su población a su propia constitución original, y no de su carencia de personas ejemplares, ni, obviamente, de un déficit de feudalismo o de monarquías absolutas.

Ahora bien, el odio exterior a España y al catolicismo, originado en las potencias enemigas, que se filtró dentro de sus fronteras, suscitó una confrontación interna inasumible, que, al final, culminó con el suicidio de la España de cultura católica.

El breve renacimiento ocurrido durante el régimen inmediatamente anterior, de esa España que ya estaba en fase de disolución, se evaporó en la brevísima transición al régimen actual que, como no podía ser de otra manera, se hizo bajo el diseño de potencias extranjeras, tanto por imitación, como por influencia directa.

¿A dónde ha llegado a parar la mundialmente famosa transición política tras más de cuarenta años de vigencia del nuevo régimen?

España está al borde mismo de su desintegración como nación. Se encuentra plagada de políticos nefastos, cuyo ejemplo deja mucho que desear. No solo se trata del enorme grado existente de corrupción política y económica, lo cual no parece tener antecedente alguno en nuestra historia, sino que la emergencia del hombre-masa de Ortega se ha hecho patente en todos los escenarios visibles, y amenaza, de manera inminente, con políticas de acción directa.

El empobrecimiento de nuestro idioma común y su acoso nacionalista; el deterioro brutal de la educación; la inculturación de origen anglosajón; la cristalización de muchísimos tabúes y asuntos vitales de los que no es posible hablar; el vaciamiento de esencia de las tradiciones; la gran cantidad de dificultades que se le ponen a la vida; la miseria intelectual a la que ha llegado la política; la negación de nuestra historia; la completa teatralización de la sociedad; la hipocresía social; nuestra pérdida de soberanía por múltiples flancos, incluyendo el económico; el desprecio a los símbolos de la nación y la violencia contra ellos; el retorno de los asaltos a las capillas; las majaderías que se hacen emerger desde las ideologías; las crisis económicas insolubles que padecemos por pertenecer a un club con imposiciones absurdas; la confusión de los poderes del estado; la masiva emigración forzada de jóvenes licenciados; la incertidumbre de los jubilados…

España está tocando el fondo tras haber sido objeto de una violencia inusitada, primero por los extranjeros y, después, por una parte cada vez mayor de españoles.

Ahora bien, si Ortega decía que España era el problema y Europa la solución, lo cierto es que Europa fue el problema y que España pudo haber participado en su solución, de no haber sido el objetivo principal de la beligerancia europea. Una vez licuada y volatilizada, el europeísmo se ve cada vez más como una falsa solución.

¿Qué es Europa? Tal vez, lo único que se pueda decir a ciencia cierta es que es un continente geográfico al que pertenece nuestro territorio. El sueño de Europa como una nación compuesta de los diferentes estados del continente, nunca ha dejado de ser mera ciencia ficción.

Europa padece ahora los efectos de la negación de sus propios orígenes comunes, esos mismos que le sirvieron de argumento para atacar a España, y no solo por razón de ser orígenes, sino porque aquello por lo que los sustituyeron, hace inviable cualquier atisbo de la generosidad política necesaria para poder formar una gran estructura a partir de los estados.

El ideal de Carlos I fue el único intento, más o menos verosímil, de hacer una Europa común. Una vez que las potencias se opusieron a él, teniéndolo tan cerca, ¿cómo esperar que ahora pueda hacerse efectiva tal unión?

España jamás fue enemiga de Europa. Al contrario de esto fueron los países europeos quienes se opusieron a España y no cesaron de guerrear entre ellos y contra ella, a la búsqueda de la soberanía política y militar.

En la actualidad, en plena disolución del estado español, nuestros dirigentes son los primeros en querer formar parte de una Europa imposible, en la que es imposible integrarse sin disolver lo poco que queda. Nadie parece echar la vista atrás para recuperar algo del sentido común, renunciar a tal quimera y plantearse cómo sacar de este lío al pueblo que ha sido conducido a él sin rechistar.

La docilidad del pueblo español no es una característica de su pasado, sino de su presente. Funciona como alguien que ha renunciado a tomar las riendas de su propia vida, pero eso no es culpa de que los invasores visigodos fueran menos vitales que los francos, tal como afirma Ortega, sino de que es un país vencido por el odio a su grandeza, y, bajo la penosa condición de la derrota, a la vista de la imposibilidad de su existencia, ha perdido la vitalidad que tuvo en el pasado.

En cuanto al diagnóstico de Ortega, relativo a nuestra escasez de hombres ejemplares y de la insumisión de las masas, como dije antes, no estoy de acuerdo con aquella escasez y creo que la insumisión tiene un origen diferente.

El pueblo español, católico como era, y regido por los valores «Dios-patria y rey» no tuvo por costumbre someterse a ningún otro hombre que no fuera el rey, y a este, no por ser hombre, sino por ser máximo representante de la patria.

Al contrario de otros pueblos, acostumbrados a someterse a otros hombres investidos de poder, el hombre español obedecía a principios, no a personas.

¿Acaso no es dicha forma de jerarquía una vertebración, no solo vertical, sino, también, horizontal y longitudinal de todo un pueblo? ¿Acaso es peor dicha vertebración que la sumisión a caciques poderosos?

Ahora bien, si a un pueblo estructurado de tal modo, se le mata a Dios, se le usurpa la soberanía de la patria y se le quita al rey, ¿a quién obedecerá? Tal es la insumisión de las masas españolas conversas al ateísmo, vertidas a regímenes no monárquicos, y que ya no identifican su patria como la suya.

En cuanto a la condición de la Europa actual, comparándola con la de los tiempos en que Ortega escribió el citado ensayo (ya casi van para 100 años), y, habiéndose elaborado, entre tanto, la CEE, el euro, y las instituciones del Parlamento y la Comisión europea, casi se podría pensar que se encuentra vertebrada mediante una auténtica columna vertebral de índole institucional, y, además, que, España, perteneciendo a tal macro-organismo, habría podido cobrar una más fuerte vertebración que la apuntada por el propio Ortega.

No obstante, si Ortega levantara la cabeza y viera en qué ha quedado su sueño europeísta con la crisis de liderazgo; subyugada en temas fundamentales a EEUU y el predominio económico de la Alemania reunificada; ejerciendo controles que merman las soberanías nacionales de sus miembros, sin atender a sus respectivas esencias; con una población completamente ajena a lo que sucede en sus núcleos de decisión; en un estado de decadencia, envejecimiento y pesimismo; con la crisis de la inmigración irregular; los movimientos neo-nacionalistas que debilitan a los países miembros de la UE; una fuerte crisis de identidad cultural…, ¿todavía pensaría que Europa era la solución de España?

¿Qué hará Europa ante la extinción en marcha del estado español? No sé muy bien, si muy poco, nada o algo que no nos ayude en absoluto, sino todo lo contrario.

Si España estuvo invertebrada antes de volatilizarse, Europa no le anda a la zaga, por la imposibilidad de generar alguna solución que la dote de un cierto sentido histórico, debido a la negación inevitable de su propio pasado; por su imposibilidad de integrar a los países que la componen en una estructura común; por las diferencias radicales de intereses de todo tipo que impiden llegar a acuerdos elementales; por la total carencia de un proyecto político que ilusione a la población …, en definitiva, porque Europa no puede ser una unidad política debido a su propia historia, dentro de la que aún podemos hallar mucho de lo anti-español que padecimos en el pasado.

[i] ORTEGA Y GASSET, JOSÉ; España invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos; La deshumanización del arte; Editorial Planeta DeAgostini, S.A., Barcelona, 2010

Para autoriamedinaceli


3 respuestas a «España volatilizada en una Europa invertebrada»

  1. Artículo muy profundo que necesita, tras su lectura, una profunda meditación.
    Me centraré en un sólo aspecto. Efectivamente, tras un proceso histórico de disolución, surgió otro aglutinador de nuevas ilusiones, plasmadas en la leyenda: Una, Grande Y Libre que, junto al escudo de su nueva bandera, evocaba la unidad, la grandeza y la libertad de la España imperial.
    Pero desgraciadamente ha sido un breve paréntesis histórico. Pues la imprescindible ejemplaridad histórica de las élites, ha brillado por su ausencia. A remolque del ejemplo de S.M. Juan Carlos I
    En la España redimida, resucitada de sus cenizas cual Ave Fénix, un hombre mentiroso, un falso, quien faltaba a su palabra, era un sujeto despreciable y despreciado. El «Régimen del 78» sustentado en un «perjurio original» no podía tener otra evolución que la que está teniendo.
    Que un falso, un «mentiroso público» como Pedro Sánchez -asimilemos el concepto al de mujer pública- siga teniendo seguidores, es la prueba más evidente de la degradación de un pueblo.
    Nada pues tiene de extraño que España haya pasado de ser, la reserva espiritual de Occidente, a la Sodoma del Hemisferio Norte.
    Cuando tras demoler los cimientos de un Estado, se edifica sin desescombrar, el nuevo edificio levantado pronto amenaza ruina.

  2. Toda entelequia tiene un principio, proceso en el tiempo de ilusiones, ensoñaciones, fantasías, una gran posesión psíquica de hechiceros, pero el tiempo, en espira de su entelequia, termina en el centro, lo mismo que quitar el tapón de la bañera, un remolino que se va por el sumidero, un agujero negro que se zampa su entelequia, quedando en la nada, lo mismo que al principio. Si solo el espíritu es, el espíritu de España, no le queda mucho para quedarse desnuda de sus disfraces y entelequias, un parto de dolor, CATARSIS, para su resurrección. Soportar la soledad es un enorme triunfo del espíritu sobre el alma. Es similar a superar el espacio que hay entre el Yo y el Origen divino y eterno…

    Saludos cordiales

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad