Estado de Derecho

¡Estado de derecho! He aquí la expresión que grita la mayoría del pueblo español. ¡El Estado de derecho está en peligro! ¡El fin del Estado de derecho!

Pero, el “Estado de derecho” hace tiempo que desapareció en España, por más que se hable hoy de él, y se piense que está en peligro. Si en verdad está en peligro, es porque se ha creado un Estado ideado, diseñado y llevado a hechura humana. Y todo aquello  que el hombre lleva a cabo, alejado de la ley de Dios, es caduco y condenado a su desaparición, jamás duradero, excepto el pecado.

No hay más derecho fundamental del ser humano que aquel de poder cumplir, con total libertad, el mandato divino de “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al…”. Si al hombre se le priva de este derecho, si no se le permite buscar, encontrar y seguir al único y verdadero Dios, entonces se le ha privado de derecho, se le ha quitado el derecho fundamental a la más prístina libertad; se ha hecho al hombre reo de una inicua ley.

Si la ley de Dios no está en el corazón del hombre, si éste no se guía por la luz de los mandatos divinos, si el hombre no ansía conocerlos para amarlos y cumplirlos, no sabe lo que es tener derecho, porque desconoce el sentido elemental del derecho. De igual forma, una sociedad política que no esté fundamentada en el derecho de cada ciudadano a cumplir libremente los mandamientos de la ley de Dios, que se le impida ejercer tal derecho, entonces no estamos ante un Estado de derecho. Porque el Estado priva al ciudadano de su más primario y elemental derecho. Lo ejercerá o no. A nadie se le exige cumplir ese derecho y obligación que tiene con la ley de Dios; cada uno será responsable de sus actos, pero tal derecho debe garantizarse. Y el Estado sólo podrá garantizar tal derecho si las leyes no ofenden la ley divina, sino que en ella se fundamentan y la tutelan.

El Estado de derecho quedó quebrado en España cuando el Estado se alejó del mandato divino que es para todo hombre. El Estado, por voluntad de los ciudadanos, se configuró a espaldas de la Ley de Dios; ésta no ilumina las leyes que emanan del Estado.

A la ley de Dios se la arrincona porque dicen que separa, divide, obliga, es causa de discordia; y porque dicen que es algo puramente personal sin relevancia en la vida pública. Pero, ¡si Dios es el Creador de todo lo visible e invisible; si ha creado al  hombre a su imagen y semejanza!, ¿nada tiene que ver con éste y con su vida privada y pública? Son los enemigos de Dios quienes así arguyen, no es la razón quien habla, sino la razón cegada por el pecado fruto del odio a lo divino. Es la rebeldía humana la que niega el derecho de que Dios, nuestro Señor, sea conocido, amado y reverenciado. Son los enemigos de Dios los que ganan el pulso con sus falsos razonamientos humanos, sean liberales, modernistas, marxistas, progresistas, y terminan saliendo “victoriosos”. Pero el “Estado derecho”  naufraga, hace agua, y así seguirá hasta que las leyes no permitan este derecho de cumplir y seguir la los mandamientos de la ley de Dios.

Esta situación de España se superará,  el “Estado de derecho” “triunfará”, como muchos dirán. Pero todo será espejismo. La sociedad española seguirá en la zozobra, en ese equilibrio siempre frágil de una sociedad al margen de Dios. Un Estado que desprecia la Ley de Dios siempre estará en la encrucijada incierta de su devenir histórico, por mucho que hable de libertad, paz y justicia; pues tales términos están vacíos de contenido, carecen de su más genuino valor, que sólo la ley de Dios les puede dar.

¿No vemos y sufrimos las leyes que rigen nuestras vidas? ¿No nos damos cuenta que tales leyes atentan contra nuestra  propia naturaleza de ser humano? Parece que no nos damos cuenta. Se desprecia la misma identidad de hombre y mujer, lo más elemental  de nuestra naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Se quiere destruir la misma imagen de Dios, y aún así no vemos la opresión a que estamos sometidos; no queremos ver la indignidad de unas leyes que destruyen nuestra identidad natural. Se nos quiere privar del más elemental derecho  a ser hombre y mujer.

Si, el Estado de derecho en España está quebrado desde el mismo instante que a Dios, nuestro Señor, se le ha quitado todo derecho a ser conocido y glorificado. Él, que es la fuente del derecho; desde el momento en que las leyes que nos gobiernan desprecian y  atacan la Ley divina, que es Ley de libertad, de paz, de justicia y fuente de todo verdadero derecho humano.

Ave María Purísima.


Una respuesta a «Estado de Derecho»

  1. El egoísmo exagerado del que hace gala el pueblo español (podríamos añadir y del resto de la humanidad) añadido a su gran y peculiar sentido de individualismo ante lo colectivo, hace que una democracia sea una de las mejores ideas y medio propiciadas y utilizadas por los dementes satánicos para tener el control cuasi total de la nación, de sus historia, tradiciones (incluido lenguaje) y de los ciudadanos incluidas sus propiedades.
    Sí no son capaces ni de enterarse que son fumigados, envenenados, encerrados, arruinados, invadidos,… ¡Van a reconocer a DIOS! Cuando no se enteran de nada.
    Mismo los que creen (en concreto me refiero a los católicos), a estos fieles de a píe no les llama nada la atención las actuaciones del embustero Bergoglio como enemigo declarado de CRISTO y de la humanidad.
    Mejor empezar a barrer la casa propia de dentro para afuera y después ayudar a los demás. A Bergoglio hay que largarlo YA de su puesto usurpado. Y mantendremos a CRISTO justo de donde –estos desgraciados- lo están “descolocando” desde hace unas décadas.
    Los católicos de hoy en día están dándole alas a Satanás.
    La Santa Iglesia tiene que ser el Faro que ilumine el camino a la humanidad. Hoy esa Iglesia está tomada en la cúspide por el enemigo. La Iglesia es lo único que puede defender a la sociedad del suicidio colectivo; así ha sido por lo menos desde que vivió visiblemente N.S. JESUCRISTO hasta hace muy poco.

    ¿Cómo se va a ver, por el pueblo, a DIOS teniendo a un Bergoglio de por medio?
    Si pasa lo que está pasando es, en gran parte, por fallar estrepitosamente los sacerdotes y obispos.

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