ESCUCHAR NOTICIA:Las trece colonias (pinchar para ampliar)
Estados Unidos nació como un “gran experimento”. La Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 sostenía que “todos los hombres son creados iguales” y que “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” son “derechos inalienables”. En pleno siglo XVIII, un proyecto político basado en la libertad, el autogobierno y la democracia constitucional era toda una novedad.
El “excepcionalismo estadounidense” sería la base de su grandeza inicial. Esta teoría, desarrollada en el siglo XIX, se fundamentaba en el éxito independentista, la herencia puritana y la temprana expansión territorial. Una expansión territorial que se justificó bajo la “doctrina del destino manifiesto”, la idea de que Estados Unidos era una nación elegida para civilizar.
Por tanto, ya desde entonces Estados Unidos no era sólo un país en auge, sino también una causa más allá. Esa causa se consolidó bajo la doctrina Monroe. Frente a las alianzas entre las monarquías europeas, y consolidando su propio territorio, el país aprovechó la distancia geográfica para marcar sus propias reglas y su dominio en el continente americano.
El tránsito hacia la hegemonía llegó con las guerras mundiales y la Guerra Fría. En el considerado siglo más corto de la historia por esos mismos conflictos, Estados Unidos pasó de intervenir en Europa a convertirse en el garante de su seguridad y, finalmente, a liderar el orden internacional después de la caída de la Unión Soviética. Todo empezaría cambiar con el 11S, que supondría el principio del fin de la supremacía estadounidense.
Esas bases nos recuerdan dos cuestiones: la primera, que los principios de Estados Unidos como actor internacional van más allá de su liderazgo del orden posterior a 1945. Su liderazgo global, intervenciones incluidas, parte no sólo del poderío militar para imponer sus intereses estratégicos, sino que también se alimenta de unas ideas asentadas durante siglos.
La segunda la apuntaban recientemente nuestros compañeros en No es el fin del mundo: Estados Unidos ha compaginado históricamente el aislacionismo y el intervencionismo. El país y su proyección internacional se han construido sobre ambas. No son doctrinas al uso, sino un pulso constante que ha evolucionado con cada presidente y momento histórico.
Trump entonces no es del todo una novedad:
Por un lado, sigue la línea aislacionista. Estados Unidos se había centrado en su hemisferio antes de las guerras mundiales, no entró en la Sociedad de Naciones y ha estado fuera de muchos acuerdos multilaterales. Hoy reniega de las alianzas, se retira de organizaciones internacionales y ha replegado sus intereses en América y Asia-Pacífico.
Por otro lado, sigue la línea intervencionista. Estados Unidos se enfangó durante años en las guerras de Vietnam y Afganistán, y propició golpes de Estado y apoyó dictaduras en América y otros continentes. Recientemente atacó Venezuela e Irán, está presionando como nunca antes a Cuba, y ha hecho de Venezuela un protectorado de facto.
A nivel interno, su movimiento Make America Great Again apela a una grandeza más propia del auge del siglo XIX que del liderazgo del XX. En su discurso, la Administración Trump aspira a una “nueva edad dorada”, en referencia al crecimiento económico, industrial y demográfico que el país vivió entre las décadas de 1870 y 1890.
Al mismo tiempo, Trump es tanto causa como consecuencia de las tensiones irresueltas en Estados Unidos. Aprovechó para llegar al poder y sigue fomentando la polarización política, la desigualdad, las tensiones raciales, el rechazo a la inmigración, la desconfianza hacia las élites y las instituciones o el impacto de la globalización.
De ese modo, Trump es un acelerador del declive interno e internacional de Estados Unidos. Bajo su liderazgo, el giro antidemocrático puede perdurar ya sea porque otros presidentes no reviertan esa tendencia o por el propio declive institucional. Al mismo tiempo, Washington ya venía replegándose, pero ahora está renunciando a seguir liderando el orden internacional.
Ahora bien, Estados Unidos todavía es la principal potencia económica, militar y tecnológica del mundo. Sus acciones seguirán teniendo una influencia enorme: los aranceles y amenazas muestran que ya no es un aliado fiable, la salida de organizaciones internacionales debilitan el multilateralismo y las intervenciones militares allanan el camino a las de otros países.
El giro autoritario dentro de Estados Unidos también afecta al propio orden internacional. Como apuntaba nuestra compañera Alba Leiva, “si la mayor potencia global se convirtiera en una dictadura, destruiría su legitimidad como líder mundial, abandonaría un modelo atractivo para otros países, perdería influencia y heriría de muerte el sistema que ha sostenido su poder”.
Con su propia democracia y papel global tambaleando, ¿hacia dónde puede ir entonces la estrategia geopolítica de Estados Unidos? Después de Trump, quienes lo sucedan difícilmente podrán —si es que quieren— restaurar el liderazgo estadounidense. En la práctica, tendrán que limitar esa estrategia a nivel ideológico, global y militar, y hacerla menos unilateral.
Como consecuencia, el mundo tendrá que adaptarse. Ya lo está haciendo: desde una Europa que se replantea su propia seguridad, pasando por un Sur Global que sigue acercando comercialmente a China, hasta unas monarquías del Golfo que cuestionan las garantía de la alianza con Estados Unidos. También la propia China, que aprovecha para mostrarse como alternativa.
Para llegar al poder, Trump aprovechó que la población cuestionaba si tanto liderazgo global beneficiaba a Estados Unidos. El país que se había construido como causa civilizatoria llegó a todos los rincones del planeta, pero el reclamo es que se olvidó de sí mismo. Ahora, con retrocesos en ambos frentes, podría quedarse sin el mundo y sin sus bases fundacionales.
Por supuesto, no todo será blanco o negro. Estados Unidos seguirá siendo la primera potencia mundial hasta que China consiga dar el sorpaso, y la arquitectura del orden internacional seguirá existiendo, aunque cada vez más degradada. A lo mejor lo que veremos es eso: la historia dejando atrás la hegemonía de Estados Unidos, el avance de un orden multipolar, y el mundo siguiendo su curso entre el pulso por recuperar o enterrar el multilateralismo.Pulse para escuchar el textoLas trece colonias (pinchar para ampliar)
Estados Unidos nació como un “gran experimento”. La Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 sostenía que “todos los hombres son creados iguales” y que “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” son “derechos inalienables”. En pleno siglo XVIII, un proyecto político basado en la libertad, el autogobierno y la democracia constitucional era toda una novedad.
El “excepcionalismo estadounidense” sería la base de su grandeza inicial. Esta teoría, desarrollada en el siglo XIX, se fundamentaba en el éxito independentista, la herencia puritana y la temprana expansión territorial. Una expansión territorial que se justificó bajo la “doctrina del destino manifiesto”, la idea de que Estados Unidos era una nación elegida para civilizar.
Por tanto, ya desde entonces Estados Unidos no era sólo un país en auge, sino también una causa más allá. Esa causa se consolidó bajo la doctrina Monroe. Frente a las alianzas entre las monarquías europeas, y consolidando su propio territorio, el país aprovechó la distancia geográfica para marcar sus propias reglas y su dominio en el continente americano.
El tránsito hacia la hegemonía llegó con las guerras mundiales y la Guerra Fría. En el considerado siglo más corto de la historia por esos mismos conflictos, Estados Unidos pasó de intervenir en Europa a convertirse en el garante de su seguridad y, finalmente, a liderar el orden internacional después de la caída de la Unión Soviética. Todo empezaría cambiar con el 11S, que supondría el principio del fin de la supremacía estadounidense.
Esas bases nos recuerdan dos cuestiones: la primera, que los principios de Estados Unidos como actor internacional van más allá de su liderazgo del orden posterior a 1945. Su liderazgo global, intervenciones incluidas, parte no sólo del poderío militar para imponer sus intereses estratégicos, sino que también se alimenta de unas ideas asentadas durante siglos.
La segunda la apuntaban recientemente nuestros compañeros en No es el fin del mundo: Estados Unidos ha compaginado históricamente el aislacionismo y el intervencionismo. El país y su proyección internacional se han construido sobre ambas. No son doctrinas al uso, sino un pulso constante que ha evolucionado con cada presidente y momento histórico.
Trump entonces no es del todo una novedad:
Por un lado, sigue la línea aislacionista. Estados Unidos se había centrado en su hemisferio antes de las guerras mundiales, no entró en la Sociedad de Naciones y ha estado fuera de muchos acuerdos multilaterales. Hoy reniega de las alianzas, se retira de organizaciones internacionales y ha replegado sus intereses en América y Asia-Pacífico.
Por otro lado, sigue la línea intervencionista. Estados Unidos se enfangó durante años en las guerras de Vietnam y Afganistán, y propició golpes de Estado y apoyó dictaduras en América y otros continentes. Recientemente atacó Venezuela e Irán, está presionando como nunca antes a Cuba, y ha hecho de Venezuela un protectorado de facto.
A nivel interno, su movimiento Make America Great Again apela a una grandeza más propia del auge del siglo XIX que del liderazgo del XX. En su discurso, la Administración Trump aspira a una “nueva edad dorada”, en referencia al crecimiento económico, industrial y demográfico que el país vivió entre las décadas de 1870 y 1890.
Al mismo tiempo, Trump es tanto causa como consecuencia de las tensiones irresueltas en Estados Unidos. Aprovechó para llegar al poder y sigue fomentando la polarización política, la desigualdad, las tensiones raciales, el rechazo a la inmigración, la desconfianza hacia las élites y las instituciones o el impacto de la globalización.
De ese modo, Trump es un acelerador del declive interno e internacional de Estados Unidos. Bajo su liderazgo, el giro antidemocrático puede perdurar ya sea porque otros presidentes no reviertan esa tendencia o por el propio declive institucional. Al mismo tiempo, Washington ya venía replegándose, pero ahora está renunciando a seguir liderando el orden internacional.
Ahora bien, Estados Unidos todavía es la principal potencia económica, militar y tecnológica del mundo. Sus acciones seguirán teniendo una influencia enorme: los aranceles y amenazas muestran que ya no es un aliado fiable, la salida de organizaciones internacionales debilitan el multilateralismo y las intervenciones militares allanan el camino a las de otros países.
El giro autoritario dentro de Estados Unidos también afecta al propio orden internacional. Como apuntaba nuestra compañera Alba Leiva, “si la mayor potencia global se convirtiera en una dictadura, destruiría su legitimidad como líder mundial, abandonaría un modelo atractivo para otros países, perdería influencia y heriría de muerte el sistema que ha sostenido su poder”.
Con su propia democracia y papel global tambaleando, ¿hacia dónde puede ir entonces la estrategia geopolítica de Estados Unidos? Después de Trump, quienes lo sucedan difícilmente podrán —si es que quieren— restaurar el liderazgo estadounidense. En la práctica, tendrán que limitar esa estrategia a nivel ideológico, global y militar, y hacerla menos unilateral.
Como consecuencia, el mundo tendrá que adaptarse. Ya lo está haciendo: desde una Europa que se replantea su propia seguridad, pasando por un Sur Global que sigue acercando comercialmente a China, hasta unas monarquías del Golfo que cuestionan las garantía de la alianza con Estados Unidos. También la propia China, que aprovecha para mostrarse como alternativa.
Para llegar al poder, Trump aprovechó que la población cuestionaba si tanto liderazgo global beneficiaba a Estados Unidos. El país que se había construido como causa civilizatoria llegó a todos los rincones del planeta, pero el reclamo es que se olvidó de sí mismo. Ahora, con retrocesos en ambos frentes, podría quedarse sin el mundo y sin sus bases fundacionales.
Por supuesto, no todo será blanco o negro. Estados Unidos seguirá siendo la primera potencia mundial hasta que China consiga dar el sorpaso, y la arquitectura del orden internacional seguirá existiendo, aunque cada vez más degradada. A lo mejor lo que veremos es eso: la historia dejando atrás la hegemonía de Estados Unidos, el avance de un orden multipolar, y el mundo siguiendo su curso entre el pulso por recuperar o enterrar el multilateralismo.
Las trece colonias (pinchar para ampliar)
Estados Unidos nació como un “gran experimento”. La Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 sostenía que “todos los hombres son creados iguales” y que “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” son “derechos inalienables”. En pleno siglo XVIII, un proyecto político basado en la libertad, el autogobierno y la democracia constitucional era toda una novedad.
El “excepcionalismo estadounidense” sería la base de su grandeza inicial. Esta teoría, desarrollada en el siglo XIX, se fundamentaba en el éxito independentista, la herencia puritana y la temprana expansión territorial. Una expansión territorial que se justificó bajo la “doctrina del destino manifiesto”, la idea de que Estados Unidos era una nación elegida para civilizar.
Por tanto, ya desde entonces Estados Unidos no era sólo un país en auge, sino también una causa más allá. Esa causa se consolidó bajo la doctrina Monroe. Frente a las alianzas entre las monarquías europeas, y consolidando su propio territorio, el país aprovechó la distancia geográfica para marcar sus propias reglas y su dominio en el continente americano.
El tránsito hacia la hegemonía llegó con las guerras mundiales y la Guerra Fría. En el considerado siglo más corto de la historia por esos mismos conflictos, Estados Unidos pasó de intervenir en Europa a convertirse en el garante de su seguridad y, finalmente, a liderar el orden internacional después de la caída de la Unión Soviética. Todo empezaría cambiar con el 11S, que supondría el principio del fin de la supremacía estadounidense.
Esas bases nos recuerdan dos cuestiones: la primera, que los principios de Estados Unidos como actor internacional van más allá de su liderazgo del orden posterior a 1945. Su liderazgo global, intervenciones incluidas, parte no sólo del poderío militar para imponer sus intereses estratégicos, sino que también se alimenta de unas ideas asentadas durante siglos.
La segunda la apuntaban recientemente nuestros compañeros en No es el fin del mundo: Estados Unidos ha compaginado históricamente el aislacionismo y el intervencionismo. El país y su proyección internacional se han construido sobre ambas. No son doctrinas al uso, sino un pulso constante que ha evolucionado con cada presidente y momento histórico.
Trump entonces no es del todo una novedad:
Por un lado, sigue la línea aislacionista. Estados Unidos se había centrado en su hemisferio antes de las guerras mundiales, no entró en la Sociedad de Naciones y ha estado fuera de muchos acuerdos multilaterales. Hoy reniega de las alianzas, se retira de organizaciones internacionales y ha replegado sus intereses en América y Asia-Pacífico.
Por otro lado, sigue la línea intervencionista. Estados Unidos se enfangó durante años en las guerras de Vietnam y Afganistán, y propició golpes de Estado y apoyó dictaduras en América y otros continentes. Recientemente atacó Venezuela e Irán, está presionando como nunca antes a Cuba, y ha hecho de Venezuela un protectorado de facto.
A nivel interno, su movimiento Make America Great Again apela a una grandeza más propia del auge del siglo XIX que del liderazgo del XX. En su discurso, la Administración Trump aspira a una “nueva edad dorada”, en referencia al crecimiento económico, industrial y demográfico que el país vivió entre las décadas de 1870 y 1890.
Al mismo tiempo, Trump es tanto causa como consecuencia de las tensiones irresueltas en Estados Unidos. Aprovechó para llegar al poder y sigue fomentando la polarización política, la desigualdad, las tensiones raciales, el rechazo a la inmigración, la desconfianza hacia las élites y las instituciones o el impacto de la globalización.
De ese modo, Trump es un acelerador del declive interno e internacional de Estados Unidos. Bajo su liderazgo, el giro antidemocrático puede perdurar ya sea porque otros presidentes no reviertan esa tendencia o por el propio declive institucional. Al mismo tiempo, Washington ya venía replegándose, pero ahora está renunciando a seguir liderando el orden internacional.
Ahora bien, Estados Unidos todavía es la principal potencia económica, militar y tecnológica del mundo. Sus acciones seguirán teniendo una influencia enorme: los aranceles y amenazas muestran que ya no es un aliado fiable, la salida de organizaciones internacionales debilitan el multilateralismo y las intervenciones militares allanan el camino a las de otros países.
El giro autoritario dentro de Estados Unidos también afecta al propio orden internacional. Como apuntaba nuestra compañera Alba Leiva, “si la mayor potencia global se convirtiera en una dictadura, destruiría su legitimidad como líder mundial, abandonaría un modelo atractivo para otros países, perdería influencia y heriría de muerte el sistema que ha sostenido su poder”.
Con su propia democracia y papel global tambaleando, ¿hacia dónde puede ir entonces la estrategia geopolítica de Estados Unidos? Después de Trump, quienes lo sucedan difícilmente podrán —si es que quieren— restaurar el liderazgo estadounidense. En la práctica, tendrán que limitar esa estrategia a nivel ideológico, global y militar, y hacerla menos unilateral.
Como consecuencia, el mundo tendrá que adaptarse. Ya lo está haciendo: desde una Europa que se replantea su propia seguridad, pasando por un Sur Global que sigue acercando comercialmente a China, hasta unas monarquías del Golfo que cuestionan las garantía de la alianza con Estados Unidos. También la propia China, que aprovecha para mostrarse como alternativa.
Para llegar al poder, Trump aprovechó que la población cuestionaba si tanto liderazgo global beneficiaba a Estados Unidos. El país que se había construido como causa civilizatoria llegó a todos los rincones del planeta, pero el reclamo es que se olvidó de sí mismo. Ahora, con retrocesos en ambos frentes, podría quedarse sin el mundo y sin sus bases fundacionales.
Por supuesto, no todo será blanco o negro. Estados Unidos seguirá siendo la primera potencia mundial hasta que China consiga dar el sorpaso, y la arquitectura del orden internacional seguirá existiendo, aunque cada vez más degradada. A lo mejor lo que veremos es eso: la historia dejando atrás la hegemonía de Estados Unidos, el avance de un orden multipolar, y el mundo siguiendo su curso entre el pulso por recuperar o enterrar el multilateralismo.
4 respuestas a «Estados Unidos: independencia, hegemonía… ¿y después?»
El poder mundial no debe ni puede estar en manos de una sola nacion.
El equilibrio es la base que sustenta la tranquilidad del mundo.
Y eso es fundamental
Al contrario de lo que pronosticó Francis Fukuyama en su famoso libro titulado «El fin de la Historia» con la disolución de la Unión Soviética no terminó la Historia sino que el mundo ha seguido dando vueltas y lo hará mientras exista la Humanidad.
El interés de la mayoría de los políticos del Partido Repúblicano está centrado en recuperar la preeminencia de EEUU como potencia industrial después de haber constatado que la deslocalización de empresas norteamericanas a la República Popular China fue un mal negocio para millones de trabajadores norteamericanos que perdieron sus empleos porque los dueños de las empresas (es decir, los capitalistas sin alma) dedidieron trasladar sus fábricas a un país con salarios mucho más bajos.
En cuanto a la importancia de EEUU en la geopolítica internacional mi opinión es que dejará de tener presencia en Europa y se centrará en el Hemisferio Occidental (es decir en toda América, desde Canadá hasta Argentina) y que la rivalidad con China no será militar sino exclusivamente económica.
EEUU, esta gobernado por Chabad.
Los Rostchild y sus amigos transformaron China de ser un pais agrícola, a ser una maldita dictadura que ahora mezcla Capitalismo para los negocios y Comunismo para el pueblo.
La URRSS no acabo, solo se transformó, ya que también la habían creado los banqueros internacionalistas…
Asistimos a otro capítulo de la serie llamada: Los banqueros internacionales se apoderan del mundo (los llamaremos asi, por no caer en antialgo)
Estados Unidos: independencia, hegemonía… ¿y después? No hay después, ya es el Novus Ordo Seclorum anticristiano, y desde hace siglos. Esto solo es una fase avanzada, donde el sheriff pone orden en la propiedad de los amos, que están en lo de decorar su propiedad; ya de una vez. Rockefeller y cia en occidente, y los Rothschild en el resto: el amo marrano. La historia, salvo adaptaciones al momento; está en sus Protocolos. A las bestias humanoides, pastoreo y sacrificio; lacayos ‘perros pastores’ masones e/o iluminados incluidos. La ideica fue el comunismo; como inducirlo y aderezarlo.
Esto viene del tiempo del Cristo, pasando por la City y terminando en la banca mundial.
El poder mundial no debe ni puede estar en manos de una sola nacion.
El equilibrio es la base que sustenta la tranquilidad del mundo.
Y eso es fundamental
Al contrario de lo que pronosticó Francis Fukuyama en su famoso libro titulado «El fin de la Historia» con la disolución de la Unión Soviética no terminó la Historia sino que el mundo ha seguido dando vueltas y lo hará mientras exista la Humanidad.
El interés de la mayoría de los políticos del Partido Repúblicano está centrado en recuperar la preeminencia de EEUU como potencia industrial después de haber constatado que la deslocalización de empresas norteamericanas a la República Popular China fue un mal negocio para millones de trabajadores norteamericanos que perdieron sus empleos porque los dueños de las empresas (es decir, los capitalistas sin alma) dedidieron trasladar sus fábricas a un país con salarios mucho más bajos.
En cuanto a la importancia de EEUU en la geopolítica internacional mi opinión es que dejará de tener presencia en Europa y se centrará en el Hemisferio Occidental (es decir en toda América, desde Canadá hasta Argentina) y que la rivalidad con China no será militar sino exclusivamente económica.
EEUU, esta gobernado por Chabad.
Los Rostchild y sus amigos transformaron China de ser un pais agrícola, a ser una maldita dictadura que ahora mezcla Capitalismo para los negocios y Comunismo para el pueblo.
La URRSS no acabo, solo se transformó, ya que también la habían creado los banqueros internacionalistas…
Asistimos a otro capítulo de la serie llamada: Los banqueros internacionales se apoderan del mundo (los llamaremos asi, por no caer en antialgo)
Estados Unidos: independencia, hegemonía… ¿y después? No hay después, ya es el Novus Ordo Seclorum anticristiano, y desde hace siglos. Esto solo es una fase avanzada, donde el sheriff pone orden en la propiedad de los amos, que están en lo de decorar su propiedad; ya de una vez. Rockefeller y cia en occidente, y los Rothschild en el resto: el amo marrano. La historia, salvo adaptaciones al momento; está en sus Protocolos. A las bestias humanoides, pastoreo y sacrificio; lacayos ‘perros pastores’ masones e/o iluminados incluidos. La ideica fue el comunismo; como inducirlo y aderezarlo.
Esto viene del tiempo del Cristo, pasando por la City y terminando en la banca mundial.