Estrategia diplomática y neotericas circunstancias

El 28 de febrero de 1976, con un día de retraso, España arriaba su bandera por última vez en el Sáhara. El antaño glorioso ejército español incrementaba así su déficit de victorias desde el XIX, perdiendo su última batalla, cierto que sin librarla. Allí quedaron personas y bienes sin la menor cobertura. Un día antes yo llegué a Rabat y tiempo después me ocupé in situ de las propiedades y de los desorientados pero agradecidos compatriotas a los que censé: 335 (para los especialistas, 339, porque más tarde localicé a otros cuatro).

Desde entonces, casi medio siglo, me vengo dedicando, escribiendo y conferenciado, dentro y fuera de España, a nuestros seis contenciosos diplomáticos, elocuente circunstancia que espero aproveche el gobierno.

Hay que partir de dos puntos claros. Mi vieja tesis de que a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España, a veces, da la impresión de tener más dificultades que otros países similares, no ya para gestionar sino para definir y hasta para localizar cumplidamente, el interés nacional. Y segundo, que amén de estar los tres grandes contenciosos íntimamente entrelazados y enrevesados por el juego principios-intereses, en buena medida polarizados por el vecino del sur, se les aplica a más de uno, semi inercialmente, gobierno tras gobierno, la tipificación de política de Estado, lo que conduce a una estrategia defensiva, de reacción, ante la acción exterior, correcta pero quizá ya insuficiente ante las nuevas circunstancias, en ocasiones dejándolos deteriorarse hasta extremos de difícil reconducción. Se impondría empezar a tomar la iniciativa, a jugar con las blancas en el ciertamente proceloso tablero diplomático, como con la prospectiva que proporciona su estudio, vengo proponiendo hace tiempo.

Las aguas jurisdiccionales han irrumpido, se han materializado en el  panorama español casi bucólico, a juzgar por el programa de política exterior del nuevo gobierno, planeando sobre los grandes temas, comercio, cooperación, emigración, derechos humanos en definitiva, que permitirán, medios mediante, sacar adelante una diplomacia complicada y por ende de prestigio, basada en la ética trasnacional y arropada por una creciente sensibilidad de la opinión pública en asuntos exteriores. Pero sin contemplar en grado suficiente las previsibles y al parecer no previstas neotéricas circunstancias. Sobre las ZEE y las plataformas continentales hace tiempo, así en genérico, que la doctrina, Lacleta, Yturriaga et alii, a la que yo me he adherí, viene alertando. Si hubiéramos negociado en su momento, no estaríamos ante los choques competenciales, siempre difusos en el perfeccionable derecho del mar, con Marruecos en Canarias y con Argelia en Baleares, todos a la búsqueda de minerales preciosos y en el Sáhara, las pesquerías.

La variable saharaui patentiza la pertinente y deseable invocación de lo que tiene que constituir un principio básico de nuestra política exterior: el equilibrio ponderado y en ambos casos a alto nivel, de las prioritarias relaciones con Marruecos y Argelia.

Asimismo, está abierta la discusión sobre el mar circundante de Las Salvajes, que es lo verdaderamente importante por las riquezas que atesora, lo que permitiría atenuar y hasta superar la situación en superficie –sólo 2,7 kms2 sumados los tres islotes, aparte de inhabitables- donde hemos sido sobrepasados por la más incisiva diplomacia lusitana, con las visitas además de sus cuatro últimos presidentes, reafirmando la posición de Lisboa.

Ya que estamos en los diferendos, una especie de contenciosos menores, parecería oportuno desestimar en alguna manera y con la debida suavidad, la tesis recurrente de la muy competente escuela de Cádiz de derecho internacional, con mis viejos amigos Del Valle, Inma González, Acosta, Verdú, Cepillo, a fin de diferenciar las islas y peñones de Ceuta y Melilla, porque si bien en el enfoque académico denota elogiable dedicación, en términos diplomáticos resulta inoperante, por mucho que se pretenda atribuirles potenciales propiedades de cooperación. Las islas y peñones no tienen entidad suficiente fuera de la globalidad del contencioso.

Y Perejil constituye la excepción que confirma la regla, al ser caso tan particular que ni siquiera se sabe con precisión cuál fue el verdadero origen de la disputa, sobre la que ya Dionisio García Flórez venía alertando, dado el vacío de soberanías que podía provocar un conflicto en cualquier momento, como así fue. Por otra parte, insisto en que sobre el islote existe no un único pero sí un mejor derecho de España, lo que se reitera vista la proclividad alauita para ir al TIJ, que por lo demás no tiene nada de recusable. Y segundo, que antes de acudir a mediaciones ajenas y por lo que ve, un tanto despectivas, se debió de recurrir a la instancia regia, a la diplomacia de las coronas, de tanta tradición con Marruecos -también con Don Juan y Hassan II, el gran dosificador de los tiempos con España, a quien evoco con afecto en aquellas tardes azules y crepusculares rabatíes- que más que posiblemente resulte un elemento idóneo en situaciones delicadas.

Acerca del tercer diferendo, Olivenza, como es bien sabido se trata de un caso no jurídico, subsumible dentro de las relaciones de (buena) vecindad, que con Portugal tienen que ser, como con Iberoamérica, las mejores. La gran tarea diplomática de España radica en vertebrar un efectivo lobby iberoamericano, con las altas expectativas que conllevaría en la diplomacia multilateral. Y respecto de Olivenza, mi antigua propuesta de celebración de un referendum, que según están las cosas parece que arrojaría color español, permitiría solventar la por lo menos incómoda situación.

Volvemos a subrayar con convicción por su trascendente carga positiva, el punto anterior, introducido de manera un tanto incidental en el caso de Olivenza: La gran labor diplomática de España radica en vertebrar un efectivo lobby iberoamericano, con las altas expectativas que conllevaría en la diplomacia multilateral.

Respecto de los tres grandes contenciosos, lamento repetirme en atención a mis sufridos lectores, pero no hay casi nada que añadir, lo que prueba el estado de la cuestión, su progresivo quebranto, su in crescendo deterioro, su deficit diplomático en los tres casos. Las ¨medidas para asfixiar a Ceuta y Melilla¨ puestas de relieve una vez más por Ignacio Cembrero en el Instituto de Estudios Ceutíes, la aduana, la emigración, la frontera, la droga (por cierto, el MAEC tiene desde hace tiempo pendiente de publicación, la memoria voluntaria que hice en Rabat, al terminar mi misión en 1980, y por la que fui oficialmente felicitado, La acción consular de España en Marruecos, un trabajo original e interesante que toca diversos temas y permite así ver su evolución en estas cuatro décadas, por ejemplo, ya en 1976 yo ponía sobre papel oficial en Rabat la necesidad de que se reunieran los ministros de Interior de España y Marruecos ante el fenómeno que comenzaba a  despuntar del tráfico de hachís)) y sobre todo, lo que yo vengo calificando como ¨la hipostenia creciente de la posición y el animus españoles¨. Hasta una veintena de soluciones, más bien de salidas, se recogen en mi libro ya clásico Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, cuya primera edición data de 1989.

En relación con Gibraltar, la nueva titular de Santa Cruz ha lanzado ¨un plan para el progreso conjunto de la zona, Gibraltar y el Campo¨, tesis vivencial y con marcado predicamento por aquellas latitudes, que ha sido contestada duramente por  José María Carrascal, desde su media centuria de entrega a tan fangoso asunto, ¨ usted les ha regalado lo que Picardo pedía, más territorio¨. La medida se inscribe en la línea conciliadora puesta en práctica por Moratinos, hoy al frente de la Alianza de Civilizaciones, casi el único español en las altas esferas internacionales y profundo conocedor de nuestras controversias territoriales, de lo que puedo dar fe, y asimismo –en Argentina he conferenciado sobre Gibraltar-Malvinas- en la política de seducción de mi también viejo amigo, Carlos Menem hacia los kelpers en Malvinas.

He pasado bastantes horas en el muy británico Reform Club, del que salió literariamente el protagonista de La vuelta al mundo en 80 días, en cuya biblioteca está la memoria viva de sus ilustres miembros, Churchill, Gladstone, Russell o Palmerston, que todos ellos, como Fox, cantaron el carácter inexpugnable de the Rock e incluso escribí, ingenuamente, cuando el Times celebraba en el 2013 el tercer aniversario del tratado de Utrecht, con  las notas grandiosas del Te Deum de Haendel, junto con el Jubilate, de fondo, ¨todos esperamos que cuando vuelvan a sonar este verano, permitan iniciar el iter hacia el mejor entendimiento entre las partes ¨. No fue así. Sigue sin ser así. ¨Los ingleses han engañado con Gibraltar a todos los ministros de Asuntos Exteriores, salvo a Castiella¨, sentencia Carrascal, que viene bien para la línea argumental dura aunque a fuer de objetivos parece excederse un tanto, ateniéndose a los resultados visibles como buen periodista.

Ni los hijos de Albión son en absoluto tan inverecundos (incidentalmente y a la vista igualmente de la escasa estética de la palabra y de sus poco comedidos sinónimos para tildar a un británico,  quizá procediera ampliar el alcance del español, lo que podría conseguirse reactivando parte de la ingente cantidad de vocablos clásicos, hoy no ya en desuso sino olvidados, como escribí a un Perpetuo de la Lengua, aunque la batalla por la hegemonía idiomática planetaria está perdida: el primero es en la práctica el único) ni pueden ser tan tontos los nuestros. Tampoco se deberían perder de vista en esta overview las declaraciones de Juan Carlos I, recogidas por aquella prensa, ¨No tenemos prisa en recuperar Gibraltar porque inmediatamente Marruecos reclamaría Ceuta y Melilla ¨. No es, pues, ¨para antes del verano ¨ ni para ocurrencias similares.

Sin llegar a Gondomar, ¨a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles ¨ , sí parecería oportuno el recordatorio permanente y prudente de su diplomacia mercantil, de tenderos, en la acuñación de Harold Nicolson, y en la reiteración de la nota mercantilista, el Imperio mercantil, del también knighted y diplomático Richard Burton,  ya en el XIX. Con estos elementales aprestos nuestros representantes, si logran sentarse a negociar la soberanía, no saldrán tan frustrados como hasta el momento.

No perdemos la esperanza ni el tesón y más tras el Brexit, que si bien no deja a los llanitos in the lurch, como yo mismo hiperbolicé, sí pone al Peñón en perspectivas más abordables desde la realpolitik en el horizonte contemplable.

Por último, sobre el Sáhara, prosiguen incansables, muy audibles, las reclamaciones pro derechos humanos. Y por otra parte, 43 conocedores de tan desgraciado conflicto (43 es una cifra simbólica, referida a los años transcurridos de contienda, y por supuesto ampliable) pertenecientes a la diplomacia, la universidad, la milicia, figura un ex JEMAD, el más culto, han pedido al gobierno que se me designe a fin de colaborar con el mediador de Naciones Unidas y para que España tenga, como corresponde, mayor presencia y visibilidad.


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