Euromaidán: la insurrección de extrema derecha apoyada por los EEUU que nos llevó a la guerra

En 2014 las disputas de los poderosos, la ira justa contra un status quo corrupto y los oportunistas de extrema derecha derrumbaron al gobierno ucraniano. La crisis de hoy no puede ser comprendida sin entender las revueltas del Maidan, y el apoyo de Washington.

Enero. Una multitud desafiante de manifestantes, una confusión de cuerpos donde extremistas de derecha están hombro con hombro con personas comunes, pide la cabeza del presidente electo. Cantan slogans anti-gobierno, ocupan edificios gubernamentales y portan armas –alguno de ellos con armas improvisadas en bandolera, otros con armas de caza y Kalashnikovs. Al fin de cuentas, las manifestaciones provocaron la muerte y la hospitalización de manifestantes y policías.

No es el tumulto del Capitolio en Washington que horrorizó a los norteamericanos y a los observadores extranjeros en 2021. Esta fue la “Revolución del Maidan” (o Euromaidan), que, hace ocho años, consiguió derribar al gobierno electo del país, logrando que el entonces presidente Viktor Yanukovych huyese a la vecina Rusia para salvar la vida.

Después de casi una década, la “Revolución de la Dignidad de 2014”, como es conocida en Ucrania, continua siendo uno de los episodios más incomprendidos de la historia reciente. Con todo, entenderla es fundamental para comprender el impasse en curso en Ucrania que puede ser rastreado en gran parte hasta ese evento polarizador, dependiendo de a quien preguntes, una revolución liberal inspiradora o un golpe de estado de extrema derecha.

Un trabajo de preparación para la rebelión de las grandes potencias

Tal como en el actual crecimiento de las tensiones entre Rusia y la OTAN, en el corazón de las protestas del Maidan estaba la presión de algunos gobiernos occidentales, sobre todo de los EEUU, para aislar a Rusia, dando apoyo a la integración de las partes periféricas de la antigua Unión Soviética en las instituciones europeas y atlánticas, y la reacción de Moscú contra lo que vio como una invasión de su área de influencia.

En 2014, el hombre forzado a navegar en estas tensiones, Viktor Yanukovych, sufrió su segundo derrocamiento de la presidencia ucraniana. Él había sido depuesto por la Revolución Naranja de 2004, que siguió a acusaciones generalizadas de fraude en la elección que lo llevo al poder. Antes de concurrir nuevamente seis años después, Yanukovych había trabajado para reconstruir su reputación, mostrándose el político más fiable del país.

Hasta 2010, los observadores internacionales declaraban su reciente elección como libre y justa, una “demostración impresionante” de democracia. Pero, una vez en el poder, el gobierno Yanukovych estuvo marcado de nuevo por la corrupción generalizada, por el autoritarismo y, para algunos, por una amistad incómoda con Moscú, que no escondía su apoyo a esta elección y a la anterior. El hecho de que Ucrania estaba dividida entre una parte occidental y central, más cercana a Europa, y una parte oriental, más pro-Rusia, las mismas líneas que, en gran media, determinaran la elección, solo complicó todo todavía más.

Yanukovych se encontraba en una posición difícil. Ucrania dependía del gas barato de Rusia, pero una pluralidad del país, no crucialmente, una mayoría absoluta, ansiaba todavía la integración europea. Su carrera política estaba enredada en la misma contradicción: una vez que su partido era formalmente aliado del propio partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, su base pro-rusa quería relaciones más próximas con su vecino; pero los oligarcas, que eran su verdadera razón por la cual él había conseguido acercarse a la presidencia, estaban financieramente ligados a Occidente y temían la concurrencia al control del país llegada desde el otro lado de la frontera. Mientras tanto, las dos potencias geopolíticas –Washington y Moscú- esperaban usar estas divisiones para atraer al país a sus respectivas órbitas de influencia.

Así que durante cuatro años, Yanukovych caminó por la cuerda floja. Complació a su base con medidas simbólicas y culturales, como hablar sobre la unidad o la cooperación con Moscú en industrias clave, aunque gran parte no salió del papel, junto con pasos más serios, como hacer del ruso un idioma oficial, rechazar la unión a la OTAN y revirtiendo la iniciativa de su predecesor de glorificar a los colaboradores nazis como héroes nacionales en los planes de estudios escolares.

Sin embargo, su mayor concesión a Moscú llegó al principio de su mandato, cuando llegó a un acuerdo para permitir que la flota rusa en el Mar Negro utilizara Crimea como base hasta 2042, a cambio de gas ruso barato. Su apresurada aprobación se vio empañada por puñetazos y bombas de humo en el Parlamento ucraniano.

A pesar de las acusaciones en ese momento y desde entonces, de que era un títere del Kremlin, había, sin embargo, un límite estricto para el giro de Yanukovych hacia el este. Su postura de no comprometerse a unirse a una unión aduanera de las ex repúblicas soviéticas liderada por Rusia, incluso cuando Putin trató de atraerlo con precios de gasolina aún más baratos, frustró a Moscú. Prueba de ello fue su rechazo directo a la propuesta de Putin de fusionar las empresas estatales de gas de ambos países, lo que efectivamente entregaría a Moscú el control de los gasoductos ucranianos que canalizaban casi la totalidad de su gas a Europa. En represalia, Moscú se negó a renegociar el odiado contrato de gas unilateral de 2009 que había sido firmado por el gobierno ucraniano anterior.

Mientras tanto, Yanukovych aprobó y alentó públicamente la participación de Occidente en la modernización de la infraestructura de gas natural de Ucrania e insistió, una y otra vez, en que “la integración europea es la prioridad, la clave de nuestra política exterior.” Continuó trabajando para ingresar a la Unión Europea y, para ello, buscó obtener un acuerdo de libre comercio con la UE, así como el préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) que Occidente lo presionaba para que hiciera.

Este salvavidas financiero vino acompañado con un alto precio, familiar para los muchos países pobres que acuden en masa a Occidente en busca de préstamos: eliminación de tarifas, congelación de salarios y pensiones, recortes en las inversiones y fin de los subsidios a la gasolina para las familias ucranianas. El oscuro potencial de esta austeridad impuesta por Occidente, que estaba en el centro de todas las miradas en Grecia en ese momento, presumiblemente valía la pena para Yanukovych si mantenía las narices de Moscú fuera de sus asuntos.

Fue por esta razón que la liberal Brookings Institution describió la política exterior de Yanukovych como «más matizada» de lo que sugería a priori sus inclinaciones prorrusas. También sería lo que sellaría su destino.

Para evitar este acercamiento con Occidente, Putin hizo él solo el número del policía bueno, policía malo, ofreciendo a Yanukovych un préstamo sin contrapartes  por la misma cantidad que el FMI, mientras lo ajustaba con el equivalente de un minibloqueo comercial. Dado que la UE no pudo ofrecer) nada para compensar la catastrófica pérdida comercial con Rusia que Ucrania temía, Yanukovych tomó la decisión bien calculada de aceptar la oferta de Moscú. En noviembre, renegó abruptamente del acuerdo de la UE, lo que provocó las protestas que lo sacarían del poder.

El eje de la conveniencia

Aunque el rechazo al acuerdo fue el detonante –con manifestantes gritando “traición” y coreando “Ucrania es Europa”–, las protestas se trataban de mucho más que eso. Como dijo a la prensa un ciudadano de Kiev, “incluso si el acuerdo se firma ahora, no abandonaré la protesta”.

Los manifestantes estaban hartos del nepotismo y la corrupción arraigados en la sociedad ucraniana, -uno de los hijos de Yanukovych es un dentista que, de alguna manera, se convirtió en uno de los hombres más ricos del país, el otro era diputado-, y también la naturaleza cada vez más autoritaria del gobierno de Yanukovich. El otro punto principal fue la demanda de Europa de que el líder rival de Yanukovych fuera liberado de prisión por cargos falsos, algo a lo que se resistió.

La respuesta de Yanukovych al movimiento fue condenarlo, primero, con una brutal represión en noviembre que llevó a la policía antidisturbios a dispersar violentamente a los manifestantes en Maidan (o Plaza de la Independencia, en ucraniano) de Kiev por las opresivas leyes antiprotesta en enero. Ambos movimientos solo atrajeron a más personas a participar en las manifestaciones, siendo la violencia estatal contra los manifestantes y su liberación de prisión, respectivamente, la principal motivación y demanda de los participantes del mes de diciembre.

Pero, por muy justa que fuera esta causa, los críticos del movimiento también tenían razón. Por un lado, las protestas de Maidan no contaron con un apoyo mayoritario, con la población ucraniana dividida en las mismas líneas regionales y socioculturales que habían definido durante mucho tiempo las dificultades políticas del país. Mientras que las regiones occidentales, de donde procedían la mayoría de los manifestantes  e históricamente gobernadas por otros países, algunos hasta 1939, apoyaron las protestas, el este de habla rusa, que ha sido gobernado por Rusia desde el siglo XVII, se alejó de las protestas por su manifiesto nacionalismo anti-ruso, en particular a un año de poder echar a Yanukovych a través del voto.

Y los manifestantes recurrían a la fuerza. Independientemente de lo que piense sobre las protestas de Maidan, la escalada de violencia de los involucrados fue la clave de su victoria final. En respuesta a un brutal ataque policial, los manifestantes comenzaron a pelear con cadenas, palos, piedras, cócteles molotov e incluso una excavadora y, finalmente, con armas de fuego, todo lo cual culminó en lo que efectivamente fue una batalla armada en febrero, en la que murieron 13 policías y casi 50 manifestantes. La policía “ya no pudo defenderse de los ataques de los manifestantes”, escribe el politólogo Sergiy Kudelia, lo que provocó que retrocedieran anticipándose a la partida de Yanukovych.

El motor de esta violencia fue, en gran medida, la extrema derecha ucraniana que, a pesar de ser una minoría de los manifestantes, sirvió como una especie de vanguardia revolucionaria. Mirando desde fuera de Kiev, un análisis sistemático de más de 3.000 manifestantes de Maidan encontró que los miembros del partido de extrema derecha Svoboda, cuyo líder se había quejado en el pasado de que Ucrania estaba dirigida por una “mafia judía moscovita” y que, incluía un político que admira a Joseph Goebbels, fueron los agentes más activos en las protestas. Eran también más propensos a participar en acciones violentas que cualquier otro grupo excepto uno: el Sector Derecha [Pravyy sektor], un grupo de activistas de extrema derecha cuyo linaje se remonta a los colaboradores nazis genocidas.

Svoboda usó recursos considerables, incluidos miles de activistas ideológicamente comprometidos, arcas del partido y el poder y la prominencia que se le ofrecían como partido parlamentario, para movilizar y mantener vivas las protestas, lo que finalmente condujo a la ocupación de edificios gubernamentales clave en Kiev y en el regiones occidentales. Este fue particularmente el caso en la ciudad occidental de Lviv, donde los manifestantes ocuparon un edificio de la administración regional que finalmente quedó parcialmente controlado y protegido por paramilitares de extrema derecha. Allí, proclamaron un “consejo popular” que “estableció consejos locales dominados por Svoboda y sus comités ejecutivos, los únicos organismos legítimos en la región”, escribe Volodymyr Ishchenko, alimentando la crisis de legitimidad que terminó con el derrocamiento de Yanukovych.

Pero esto no se limitó de ninguna manera a la parte occidental de Ucrania. El Sector Derecha llevó a cabo 19 ataques contra la policía en Kiev en enero, criticados incluso por los líderes de la oposición, y un manifestante dijo que el bloque de extrema derecha “ha insuflado nueva vida a estas protestas”. Andriy Parubiy, el «comandante no oficial de Maidan», quien fundó el Partido Nacional Social de Ucrania, una alusión no oculta al nazismo, que luego se convirtió en Svoboda. En enero de 2014, incluso NBC admitió que “las violentas milicias de derecha son ahora una de las facciones más fuertes que lideran las protestas en Ucrania”. Lo que se suponía que sería una revolución por la democracia y los valores liberales resultó tener rincones ultranacionalistas de la década de 1930 y exhibiciones prominentes de símbolos fascistas y supremacistas blancos, incluida la bandera de la Confederación Estadounidense.

6 de enero en febrero

A la extrema derecha, por supuesto, no le importaba la democracia, ni amaba a la UE. Por el contrario, el levantamiento popular sirvió como oportunidad. El líder del Sector Derecha, Dmytro Yarosh, instó a sus compatriotas en 2009 a “comenzar una lucha armada contra el régimen de ocupación interna y el Imperio de Moscú” en caso de que las fuerzas prorrusas tomaran el control. Ya en marzo de 2013, TryZub, una de las organizaciones que formaron el Sector Derecha, pidió a la oposición ucraniana que pasara “de una manifestación pacífica a un plan de revolución urbana”.

También pueden haber jugado un papel aún más siniestro en los eventos que sucedieron. Un misterio persistente que rodea a la revolución de Maidan es quién estuvo detrás de los asesinatos cometidos por francotiradores el 20 de febrero, que provocaron las últimas y más sangrientas protestas, con acusaciones contra todas las partes desde las fuerzas gubernamentales, hasta el Kremlin y los mercenarios respaldados por Estados Unidos. Sin descartar tales posibilidades, ahora hay evidencia considerable de que las mismas fuerzas de extrema derecha que empujaban a los manifestantes hacia adelante estaban al menos entre los pistoleros esa noche.

En ese momento, los testigos vieron a hombres que parecían manifestantes, disparando desde edificios ocupados por manifestantes en la capital, y varios médicos en Maidan Square dijeron que las heridas de bala en la policía y en los manifestantes parecían provenir de la misma arma. Un manifestante de Maidan admitió más tarde haber matado a dos policías e herido a otros ese día, y se encontraron cajas vacías de balas Kalashnikov en el Hotel Ukraina ocupado. En el mismo lugar, una piloto militar condecorada y heroína de la resistencia antirrusa, dijo más tarde que había visto a un diputado de la oposición al mando de los francotiradores. Sin embargo, la investigación del gobierno, que se centró únicamente en los asesinatos de manifestantes, comenzó con graves fallas e irregularidades.

Ivan Katchanovski, de la Universidad de Ottawa, analizó las pruebas publicadas durante la investigación y el juicio de los asesinos. Según Katchanovski, la mayoría de los manifestantes heridos testificaron que vieron francotiradores en edificios controlados por la oposición o que fueron blanco de balas desde esa dirección. Estos testimonios fueron respaldados por exámenes forenses. La conclusión al respecto es poco probable, ya que el gobierno interino posterior a Yanukovych, en el que las principales figuras de extrema derecha tomaron posiciones importantes, aprobó rápidamente una ley que garantizaba la inmunidad a los participantes del Maidan por cualquier violencia cometida.

Durante un breve período, parecía que la crisis en espiral podría resolverse pacíficamente, cuando Yanukovych y los partidos de oposición firmaron un acuerdo mediado por Europa el 21 de febrero, acordando reducir los poderes del presidente y celebrar nuevas elecciones en diciembre. Pero el trato fue recibido con indignación por un movimiento callejero cada vez más militante.

Miles se pararon en Maidan exigiendo la partida de Yanukovych, abucheando a los líderes de la oposición, que ahora se disculpaban por firmar el acuerdo. Los manifestantes desacreditaron el acuerdo como insuficiente, algunos se reunieron cerca del Parlamento y exigieron la renuncia y el castigo de Yanukovich. Aplaudieron a un ultranacionalista que amenazó con un golpe armado, si Yanukovich no se marchaba a la mañana siguiente. Este orador luego fue elegido diputado, se unió a un partido de extrema derecha y creó el hábito de agredir físicamente a sus oponentes.

“Si yo fuera [el presidente Yanukovych], intentaría huir del país”, dijo un manifestante en Lviv, donde cientos se reunieron después de la firma. “De lo contrario, terminará como [Muammar] Gaddafi, ya sea con una sentencia de muerte o en la silla eléctrica. No dejará el país con vida”.

El pánico se apoderó de la capital. Se difundieron rumores de que los cientos de armas de fuego incautadas días antes por los manifestantes que asaltaron las comisarías de Lviv se dirigían a Kiev para una fase final y sangrienta del levantamiento. Cuando el propio partido de Yanukovych votó a favor de enviar tropas y policías de regreso a los cuarteles, tanto las fuerzas de seguridad como él mismo huyeron de la ciudad, esperando un baño de sangre.

Al día siguiente de la firma del acuerdo, el Parlamento ratificó lo que efectivamente fue una insurrección, votando para despojar a Yanukovych de la presidencia, recibiendo los elogios del embajador estadounidense. Los manifestantes se pararon frente al Parlamento y atacaron a un diputado del partido de Yanukovych, antes de asaltar el palacio presidencial. Un rabino prominente instó a los judíos a abandonar la ciudad e incluso el país, mientras que la embajada israelí les aconsejó que permanecieran en sus casas.

Durante décadas, Washington y los gobiernos aliados persiguieron sus intereses estratégicos y económicos bajo el pretexto de promover la democracia y los valores liberales en el exterior. A veces, esto significa enviar dinero a reaccionarios violentos como los Contras en Nicaragua, y a veces significa apoyar movimientos a favor de la democracia como los de Ucrania.

“Los actores externos siempre han jugado un papel importante en la formación y el apoyo a la sociedad civil en Ucrania”, escribió la académica ucraniana Iryna Solonenko en 2015, señalando a la Unión Europea y los Estados Unidos, y agencias como National Endowment for Democracy (NED) y la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), cuya sede en Kiev estaba en el mismo complejo que la embajada de Estados Unidos. “Se podría argumentar que sin este apoyo externo, que ha sido la principal fuente de financiación de la sociedad civil ucraniana desde la independencia, no se habría convertido en lo que es ahora”.

Este fue el caso en la Revolución Naranja de 2004-2005, en la que las ONG extranjeras cambiaron poco en materia de corrupción y autoritarismo en Ucrania, pero lograron el objetivo crucial de empujar la política exterior de Ucrania hacia Occidente. Como escribió el liberal Center for American Progress ese año:

“¿Se han entrometido los estadounidenses en los asuntos internos de Ucrania? Sí. Las personas influyentes de EEUU preferirían un lenguaje diferente para describir sus actividades: asistencia democrática, promoción de la democracia, apoyo a la sociedad civil, etc. pero su trabajo, a pesar de su maquillaje, busca influir en el cambio político en Ucrania”.

Los funcionarios estadounidenses, descontentos con el acuerdo apresurado con la UE, vieron una oportunidad similar en las protestas de Maidan. Solo dos meses antes de que se rompiera, el entonces presidente de la NED, señalando el acercamiento europeo de Yanukovych, escribió que «las oportunidades son considerables y hay formas importantes en las que Washington podría ayudar». En la práctica, esto significó financiar a grupos como New Citizen, que, según el Financial Times, “desempeñó un papel importante en desencadenar la protesta”, dirigida por una figura de la oposición pro-UE. El periodista Mark Ames descubrió que esta organización recibió cientos de miles de dólares para “promover la democracia”.

Si bien aún puede pasar mucho tiempo antes de que comprendamos su verdadera escala, Washington asumió un papel aún más directo cuando comenzó la protesta. Los senadores John McCain y Chris Murphy se reunieron con el líder fascista de Svoboda y lo acompañaron cuando anunciaron su apoyo a los manifestantes, mientras que la subsecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland, repartía bocadillos. Para comprender la naturaleza provocadora de estos movimientos, solo es necesario recordar la indignación del establishment ante la sola idea de que Moscú haya utilizado sus fábricas de trolls para expresar su apoyo a las protestas de Black Lives Matter.

Más tarde se reveló una llamada telefónica que mostraba a Nuland y al embajador de EEUU en Ucrania maniobrando para formar un gobierno posterior a Maidan. “A la mierda la Unión Europea”, exclamó Nuland, sobre la intervención menos agresiva del bloque en el país. “Yats es el tipo que tiene la experiencia económica”, dijo, refiriéndose al líder de la oposición Arseniy Yatsenyuk, quien ha apoyado las devastadoras políticas neoliberales exigidas por Occidente. Probablemente puedas adivinar quién se convirtió en primer ministro en el gobierno interino posterior a Maidan.

Es una exageración decir, como han sostenido algunos críticos, que Washington orquestó la rebelión de Maidan. Sin embargo, las autoridades estadounidenses sin duda lo apoyaron y explotaron para sus propios fines.

La revolución incompleta

Al igual que en 2004, el resultado de la revolución de Maidan, aunque no fue culpa de la mayoría de los bien intencionados y frustrados ucranianos que ayudaron a derrocar a Yanukovych, no fue la paz y la estabilidad, ni un paso hacia los valores liberales y la democracia. En la práctica, casi todos los reclamos de los manifestantes no se llevaron a cabo.

La misma extrema derecha que lideró el derrocamiento de Yanukovych, incluido Parubiy, ocupó cargos en el próximo gobierno provisional, mientras que el ganador de las elecciones presidenciales de 2014, el séptimo hombre más rico de Ucrania, Petro Poroshenko, tenía antecedentes de corrupción. Su ministro del Interior incorporó rápidamente al Batallón Azov, una milicia neonazi, a la Guardia Nacional de Ucrania, convirtiendo al país en una Meca para los extremistas de derecha de todo el mundo, que vienen a aprender y recibir capacitación de Azov, incluidos, irónicamente, los supremacistas blancos rusos que fueron perseguidos por Putin en su país.

Andriy Biletsky

A pesar de la reciente pérdida de escaños parlamentarios a manos de partidos de extrema derecha, los movimientos ultranacionalistas han impulsado con éxito la política del país hacia el extremismo de derecha, con Poroshenko y otros centristas apoyando medidas para marginar a los hablantes de ruso y glorificar a los colaboradores nazis. Aun así, los candidatos de extrema derecha han ingresado al Parlamento en candidaturas no políticas, y extremistas como el excomandante de Azov, Andriy Biletsky, han ocupado puestos de alto nivel en el ámbito de la seguridad. A medida que el vigilantismo de extrema derecha se extendía por todo el país, el mismo Poroshenko otorgó la ciudadanía a un neonazi bielorruso y él mismo hizo declaraciones que bordeaban el antisemitismo.

Poco o nada ha cambiado con respecto a la corrupción o el autoritarismo bajo Poroshenko o el actual presidente Volodymyr Zelensky, elegido en 2019 como agente de cambio externo. Cada uno gobernó como un autócrata, utilizando sus poderes para perseguir a los opositores políticos y debilitar la disidencia, y participando en escándalos de enriquecimiento personal que seguían siendo endémicos en la clase política ucraniana.

Nada de esto interrumpió su celebración por Washington y el apoyo estadounidense. De hecho, este nuevo patrocinador imperial solo se sumó a estos problemas, con la familia del actual presidente de EEUU involucrada personalmente en uno de los principales escándalos de corrupción del país antes de aprovechar su posición para nombrar a un fiscal general marcadamente corrupto.

Mientras tanto, Ucrania se ha mantenido involucrada en una mini-guerra civil desde Maidan. Después de que Putin se movilizara para preservar la base naval de Crimea del control de la OTAN, recurriendo a una presencia militar rusa y a un dudoso referéndum para anexionar ilegalmente la región de mayoría rusa poco después de abandonar Yanukovych, los separatistas prorrusos comenzaron a movilizarse en el este del país, primero en protestas, y después en grupos armados. Cuando el Gobierno Provisional envió a las Fuerzas Armadas para sofocar la rebelión, Moscú envió sus propias tropas, y toda la región ha sido un barril de pólvora desde entonces.

Sin embargo, una cosa crucial ha cambiado. Con Yanukovych fuera, el gobierno interino y el primer ministro elegido por Washington firmaron el acuerdo de la UE cuyo rechazo comenzó todo, solidificando el giro de Ucrania hacia Occidente y marcando el comienzo de las brutales medidas de austeridad exigidas por el FMI. A lo largo de los años, el sucesor de Yanukovych firmó una serie de privatizaciones, elevó la edad de jubilación y recortó los subsidios a la gasolina, algo exigido incluso por el entonces vicepresidente Joe Biden. No es sorprendente que los ucranianos furiosos «votaran con los pies» y lo expulsaran con un resultado electoral aplastante.

Sombras y mentiras

El levantamiento de 2014 en Ucrania fue un asunto enormemente complicado. Sin embargo, para la mayoría de los observadores occidentales, muchos de sus hechos básicos y bien documentados han sido colocados en una narrativa simplista y maniquea o presentados como desinformación y propaganda, como el papel crucial que jugó la extrema derecha en la revuelta.

De hecho, la revolución de Maidan sigue siendo un evento confuso que es difícil de categorizar, pero está lejos de lo que se les ha hecho creer a los occidentales. Es una historia de manifestantes liberales prooccidentales, alimentados por agravios legítimos, pero en gran parte extraídos de solo la mitad de un país polarizado, que contraen un matrimonio temporal de conveniencia con la extrema derecha para promover una insurrección contra un presidente corrupto y autoritario. La tragedia es que, en gran medida, esto empoderó a los verdaderos neonazis y, al mismo tiempo, solo sirvió para implementar los objetivos de las potencias occidentales que los apoyaron de manera oportunista, entre los que se encontraba el equivalente geopolítico de los préstamos depredadores.

Es una historia trágicamente común en la Europa posterior a la Guerra Fría, de un país mutilado y desgarrado cuando sus divisiones políticas y sociales fueron utilizadas y alimentadas aún más en la disputa por las rivalidades de las grandes potencias del mundo. Y el hecho de que Occidente no entienda esto nos ha llevado a un punto en el que Washington continúa imprudentemente participando en un juego plagado de aspectos oscuros, donde pocas cosas son lo que parecen ser en la superficie.

La participación occidental ayudó a llevar al país a esta crisis. Hay pocas razones para pensar que ahora se la va a quitar.

Para Periodismo Alternativo


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