Existencia y naturaleza de Dios

Puede parecer ocioso recordar que La Suma de Teología de Santo Tomás es, esencialmente, una obra de Teología más que de Filosofía, sin perjuicio del uso extenso de argumentos filosóficos que en ella se encuentran. Si seguimos la analogía entre la Teología y las otras ciencias, en ese saber –llamado también al comienzo de la Suma “Sacra Doctrina”- se apunta hacia un objeto, que llamamos Dios, objeto formal para cuya investigación debemos presuponer su existencia. Es, de otra parte, natural que el hombre, si quiere investigar un objeto, se pregunte antes si existe.

Por descontado, Dios no es un ente cualquiera al lado de otros entes. El Teólogo creyente sabe previamente que Dios existe, y posee esa certidumbre antes elaborar argumentos filosóficos, racionales, que nos demuestren que Él es. Tal sabiduría (más que una “ciencia” sin más) es previa y de índole superior: se la proporcionan la fe y la Revelación. [1] En efecto que Dios existe es evidente en sí mismo, pero no evidente para nosotros, los hombres. Que algo sea evidente en sí mismo no implica que lo sea para todo ser humano. El ejemplo que traemos es el del término “Hombre”. Que el hombre es un ser racional es evidente, pues este predicado, racional, va incluido dentro del sujeto. Cuando uno piensa en el hombre o pronuncia la palabra “hombre”, ya incluye ese predicado de la racionalidad. Si, por analogía, hablamos de Dios, hemos de saber que su mismo existir va incluido en el propio sujeto del que hablamos o pensamos, Dios. Hay una identificación entre esencia y existencia en Dios. La esencia de Dios es simplísima: es existir.

Existir es la esencia de Dios: ese Ente primero, realísimo, cuya esencia consiste en existir. Es la fuente de todo otro ente, la causa misma del ser. Sobre la existencia de este Ente contamos con tres medios para poder pronunciarnos.

  1. La Evidencia. Dios es evidente en sí mismo, aunque no lo es para nosotros. La experiencia nos enseña que muchos hombres desconocen o han desconocido que Dios existe. Muchos otros han tenido noticia de su ser, pero lo niegan (ateísmo) y legión son también los que vacilan, aportan objeciones, se muestran escépticos, etc. El teólogo con fe parte de una Evidencia, como hemos dicho, e inicia su indagación partiendo de unos principios. En este sentido, su discurrir no es muy diferente del que, siguiendo a Aristóteles, caracteriza a toda ciencia: partimos de primeros principios evidentes, y después razonamos por pasos hasta llegar a una demostración. En las ciencias filosóficas, naturales y morales (ciencias humanas, todas ellas, que no teológicas), la propia luz natural que poseemos nos pone delante de esos principios, que nos facultan para la demostración. En el caso de la Teología, es la fe sobrenatural, esa especie de sabiduría superior, y no la razón natural, la que nos suministra los primeros principios. Una vez contamos con ellos, podemos pasar a las demostraciones de la existencia de Dios, las cuales, como vemos, no son superfluas.
  2. Demostración. Ya hemos visto que la existencia de Dios no es evidente (para nosotros), pero ¿es demostrable? En este caso, la respuesta de Santo Tomás es afirmativa. Que Dios existe se puede demostrar. Y es bueno hacerlo y darlo a conocer en tanto que no es evidente para todos los hombres, que Dios existe. Al tratar más abajo acerca de la estructura y la naturaleza de las vías tomistas, trataré de explicar el aspecto “ascendente” de las mismas.

El hombre, dada sus limitaciones, debe llegar a conocer alguna verdad sobre Dios, al menos la verdad acerca de su existencia, partiendo de los efectos. De los efectos, nos remontamos a la Causa. Este camino es el que se ha dado en llamar demostración quia. Sabemos por fe y Revelación que Dios existe, pero eso lo podemos saber sólo algunos de los hombres. Si todos los hombres supieran de Su Existencia, entonces sí sería ocioso tratar de aportar demostraciones.

Hablar de efectos significa forzosamente hablar de causas. Desde la perspectiva aristotélica, y también desde la tomista, lo que acaece es debido a una causa, y la ciencia es conocimiento cierto de las causas.[2]

La demostración quia no es tan robusta como la demostración propter quid (por la causa propia), pero hemos de echar mano de ella precisamente por nuestra debilidad en lo que hace al conocimiento de la Primera Causa. Sabemos que esa Causa  Primera o Dios existe sin saber por qué, a diferencia de la demostración propter quid, la cual nos dice que la Causa existe y además por qué existe (a causa de). La esencia divina nos viene envuelta como en sombras pero al menos tenemos “el dato” de que Dios existe, mas no comprendemos lo que Dios es, en qué consiste ser Dios. Podríamos, a la luz de esto, decir que

a.En sí mismo, en Dios es lo mismo existir y esencia, la esencia de Dios es existir, mientras que en las criaturas hay una composición y, por tanto, distinción, entre existir y esencia, y

b. Para nosotros (quad nos), no sabemos lo que Dios esencialmente es, no podemos comprender su esencia, si bien podemos argumentar ciertas propiedades o afirmar algunas proposiciones sobre Él, pero ante todo, afirmar que existe.

Si contemplamos una panorámica de la estructura de la Suma de Teología vemos que Santo Tomás incluye la cuestión de la existencia dentro de un marco más global de cuestiones sobre la Esencia Divina. Si uno se pregunta por algo, debe tratar acerca de si existe ese algo. A su vez, es de notar que la Suma sigue el orden inverso al de las famosas vías. Toda la Suma parte de “arriba”, esto es, de Dios (su esencia, su existir, la distinción de Personas divinas) para tratar, después, todo cuanto procede de Él (las criaturas) y, finalmente, como medio de regreso de las criaturas hacia Dios, el tratado versa sobre Cristo.

Así pues, de Dios al mundo: en ese sentido del vector, es como comienza la Suma. Pero las cinco vías tomistas, manteniendo la misma dirección del vector, invierten el sentido: del mundo hacia Dios. Partiendo de los efectos, de la existencia de este mundo y de los seres creados, nos remontamos hacia arriba, hacia Dios. Este partir de los efectos incluye la consignación de hechos. Las vías tomistas para la demostración de la existencia de Dios son vías que parten de hechos que se nos muestran a nosotros, los hombres, pero son hechos ya pensados filosóficamente. A los hechos les aplicamos el principio de causalidad: todo efecto tiene una causa. Esto se echa de ver ya en la primera vía: ante un hecho innegable, las cosas se mueven, debe haber un principio (causa) del movimiento.

En Santo Tomás, la idea de ciencia, la idea de causa, la idea de movimiento, etc., se toman de la filosofía natural de Aristóteles, como es muy sabido. Se toman pero para ponerlas al servicio de la Teología y, dentro de ella, al servicio de la argumentación o razonamiento que nos conduce, por elevación hacia Dios. De forma análoga a como en la filosofía aristotélica se parte de la experiencia para llegar a una verdad que explique esa experiencia, pero que en sí misma la rebasa, también en la Teología –en su aspecto racional- partimos de hechos comprobados experimentalmente por todos los hombres, pero accedemos –con la ayuda de la razón-  a una verdad que necesariamente supera, desborda y, a la vez, da cuenta de la existencia de esos mismos hechos. Pero, como en toda analogía, hay aspectos en que se pierde la paridad. En la filosofía natural, de unos hechos del mundo, inmanentes, se puede llegar a unas verdades que se mantienen en ese mismo plano mundanal. El hombre, partiendo de unos principios evidentes por su sola luz natural, da cuenta de las causas de los fenómenos de la naturaleza. Ese “dar cuenta de” no se ciñe a meras relaciones empíricas. La inteligencia se apoya en la sensibilidad y arranca de ella, pero la desborda. Y todo esto en la más estricta inmanencia: la causalidad física se puede ver como una cadena horizontal. Son las llamadas causas segundas, que unas enlazan con otras para dar cuenta de la gran fábrica del mundo, pero este mundo, que es un mundo creado, remite a una causalidad primera. La Causa Primera, que llamamos Dios, ha de ser vista como la causa de las causas. Una verticalidad es la que se nos muestra aquí, al indagar sobre la Creación.[3]

Podría decirse, en efecto, que la causalidad “horizontal”, el modo de actuar las causas segundas, consiste en una red de comunicación de esa actualidad de unos entes a otros, los cuales deben estar en potencia adecuada al acto que van recibiendo. Tan importante en la idea de causa aristotélico-tomista es la idea de acto (una perfección poseída y que se puede dar) como la idea de potencia (una aptitud para una perfección que se puede recibir). Pero debe haber una Causa de otro orden enteramente diverso, la Causa primera, que no posea potencialidad. Si esa Causa Primera fuera potencialidad, o estuviera en potencia en algún momento o para determinada operación, no sería ya Causa primera, sería una causa ordinaria, causa segunda junto a las otras. No se puede incurrir en esta contradicción. En las vías tomistas se llega, en los cinco casos, a la conclusión necesaria (demostración) de la existencia de un Ser que Él mismo es necesario, y que se muestra como el Principio y el Fin de todas las cosas.

Hay otro aspecto que merece ser señalado. La identificación entre el Dios de la razón y el Dios de la Revelación: es el mismo Ser. Tal identificación la expresa Santo Tomás en su cuidadosa fórmula conclusiva, que es, más o menos así: “a ese principio (o causa, o Ser) lo llamamos Dios”. El Aquinate no nos dice, abruptamente: “Luego Dios Existe”, sino que lleva a cabo en cada una las demostraciones una identificación entre lo que la razón nos ha mostrado, y ese Dios revelado. Dios que se nos manifestó, primeramente a los israelitas, y ante la pregunta que le hizo un hombre, su respuesta fue: “Yo soy el que es”. La respuesta divina, que a alguien le podría parecer un enigma, una tautología o una frase absurda, sin embargo es interpretada por Santo Tomás de manera magistral: El Ser que necesariamente es, y cuya esencia consiste el ser. Creemos que, de esta respuesta así interpretada, viene la respuesta a otras preguntas: ¿qué es el mundo? ¿En qué consiste el ser? La fe católica y la filosofía tomista dan la respuesta a esa ontología. El mundo es Creación, procede de un Ser que es Causa Primera de todos los entes, sin confundirse con ellos. Y ser es participar del Ser que ha sido creador de ese ente que contiene ser.[4]

La relación que entabla este Ser – Acto (Acto Puro)- con los demás entes es una relación causal, la cual puede expresarse también, de una manera exacta, como comunicación de actualidad. Los entes creados “dependen” de ese Acto porque han recibido, adecuadamente a su forma, la parte correspondiente de ese Ser que es la plenitud misma del ser. De ahí que se diga que en todo ente creado, puede distinguirse su existir (su ser como ente singular) y su esencia (la limitación que a ese ente le es propia en la medida y forma en que ha recibido de Dios su ser).

En su simplicidad, Dios es, sin más. En Dios no hay una “forma de ser”. En las criaturas, en cambio, nos acontece que somos de una determinada forma (miembros de una especie, la cual a su vez, es parte de un género). Y esto viene dado por nuestra condición de seres participados o receptores. El ser nos viene dado, recibido, pero nos viene dado ya ajustado a los límites esenciales con que nos ha llegado esa donación.

[1] Contrariamente a como se llegó a considerar tras el occamismo y, después, la Reforma protestante, la fe católica es un saber, y no un mero estado mental; nunca es un saber contrapuesto a la razón, una especie de asentimiento o actitud irracional incompatible con la razón. La fe es sabiduría, la cual envuelve y sienta los principios para el desenvolvimiento de la razón. Entonces, podríamos decir, ¿a qué viene el esfuerzo por emplear argumentos y demostrar científicamente que existe Dios? ¿No se poseía ya, de manera más elevada y plena, la certidumbre de la existencia de ese Ser, del Ser primerísimo?
[2] En la ciencia contemporánea ya no se habla de efectos porque ha triunfado un agnosticismo o nihilismo de las causas. Las cosas suceden sin más. Se dan hechos en el mundo y eso es todo. Un cúmulo de hechos desvinculados y azarosos, conectados –todo lo más- por nexos subjetivos, no ontológicos, es un esquema del mundo que viene a reforzar el ateísmo o, al menos, sirve para desconectar las ciencias y la filosofía, por un lado, y la Teología, por el otro. Pero, como se desprende del estudio y meditación de la 5ª vía tomista, referida a la finalidad en la naturaleza, ni siquiera se podría hablar de azar si no existiese en el mundo un orden o regularidad.
[3] Necesitamos ahora dedicar unas palabras a la idea de causa. La propia etimología de la palabra nos remite a una “acusación”, a algo o alguien a quien “achacar” los resultados de una acción, de un movimiento, etc. Desde el planteamiento aristotélico, ser causa de algo significa poseer una actualidad comunicable a un ente que está en potencia para esa actualidad. Para que las vías tomistas funcionen, queda excluida por completo la posibilidad de que un ente esté en acto y en potencia respecto de sí mismo y al mismo tiempo. Para que haya causalidad, debe haber un ente en acto con capacidad para poner en acto a otro ente en potencia respecto a esa actualidad. En otras palabras: debe haber comunicabilidad de la actualidad.
[4] La metafísica u ontología moderna, y más la contemporánea, ha retrocedido a posiciones precristianas, y en algunos casos es justamente la inversa a la que Santo Tomás edificó para el bien de la fe católica. En el caso de Hegel, muy a la manera de los neoplatónicos, el Ser aparece como lo máximamente indeterminado. Una especie de noche o nebulosa en la que nada se distingue, a la espera de recibir determinaciones. Este sería el Ser genéricamente considerado. Un Ser que no es, por tanto, perfección ni plenitud: la perfección o la plenitud se tienen que ir “conquistando” en un desenvolvimiento natural o histórico, un “progreso”, para ir elevándose pero siempre en la más estricta inmanencia. El mundo natural y el histórico se identifican con Dios, un Dios que “mejora” no sin sufrimiento y superación de pruebas. Pero frente a ese Ser genérico, inicialmente indeterminado, el pensamiento tomista nos habla de un Ser formalmente considerado: un Ser que es actualidad y sólo actualidad (nunca es potencia) y que comunica actualidad a las cosas.

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