En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Todo el mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, con la fecha especial del viernes día 28 (posterior al segundo domingo después de Pentecostés), en el que la Iglesia celebra con solemnidad su fiesta. Festividad en la que el Corazón de Cristo es el Corazón misericordioso del Padre que infunde y expande en nuestros corazones el amor del Espíritu Santo.

El Corazón de Jesucristo, es un Corazón del que emana un amor insoldable e infinito que le llevó a encarnarse y a manifestarse como un niño pobre y través de una humillación incomprensible en una gruta de Belén.

Su amor se manifestó a través de aquellos treinta años de vida familiar, recogida en la humildad de la más estricta pobreza y en las fatigas continuas de tres años de evangelización recorriendo poblados y aldeas, atravesando desiertos hablando con ricos y pobres, recibiendo casi siempre ingratitud.

Amor que quedó demostrado en aquella última cena, en la que previamente lavó los pies a sus discípulos y coronó con la institución de la Eucaristía.

El amor de Cristo quedo plasmado en su entrega generosa tras el beso de Judas y en las ofrendas y sufrimientos soportados en su solitario Corazón cargado con nuestras heridas y deslealtades hasta la total consumación de sus últimas fuerzas hasta perdonar al buen ladrón y entregarnos aquel don extremo de una Madre celestial que no nos merecemos.

Sí, su Corazón paciente palpita aún misericordia. Es el Corazón sumiso y manso que todavía nos llama para aliviar a cuantos nos sentimos cansados y agobiados.

Ahora bien, cuando hablamos del Corazón de Jesús, importa menos el órgano que su significado. Puesto que sabemos que el corazón es símbolo del amor, del afecto, de la ternura, del apego, del cariño. Y el Corazón de Jesús significa amor en su máximo grado; significa amor hecho obras; significa impulso generoso a la donación de Sí mismo hasta la muerte, que llama a nuestra puerta para decirnos: ¡Mirad como os amo!

Realmente para festejar esta fiesta solo existe un medio, y es el de recapitular debidamente cada uno de los episodios y prestar especial alabanza al amor infinito que Nuestro Señor Jesucristo nos dispensa. Porque, cuanto tenemos, somos, sabemos y valemos, ¿quién nos lo ha dado y enseñado? ¿Quién nos ha creado y conservado? ¿Quién perdona nuestros hierros sin merecerlo? Y una pregunta a la que difícilmente damos respuesta: la sangre que derramó en el Calvario y la muerte cruenta que padeció, ¿no fue por los ángeles que le alaban, sino por cuantos pecadores le ofendemos y menospreciamos su gracia?

Festejemos, por tanto, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que es por excelencia la fiesta del amor de Dios. En ella, nuestra Santa Madre Iglesia nos propone como tema de meditación el amor del Padre que nos entregó a su Hijo Unigénito, Quién en amor desbordante aceptó ser víctima inocente y cargar con el peso de nuestros pecados para redimirnos y quedarse entre nosotros hasta la consumación de los tiempos. Al tiempo que, en ese acto insuperable de amor, se nos abre la perspectiva de un perdón misericordioso y amplio, emanado del amor infinito y perfecto, que nos ofrece  el Corazón de Cristo con   la gracia que nos llena de alegría completando el encanto perenne de una vida espiritual sana a cuantos cumplimos sus mandamientos, que en definitiva es el verdadero acto de amor, reflejado en el “hágase tu voluntad” que pedimos cada día, y nos permite vivir en la Luz emanada de su Corazón y así calentar  los nuestros para que brillen y den calor a cuantos se acerquen a nosotros.

Tengamos, por tanto, muy claro que esta fiesta nos invita de hecho a vivir un modo de vida marcada por la forma en que amemos fielmente al Sagrado Corazón de Jesús.   No a través de simbolismos y meros pasajes de entretenimiento, sino esforzándonos en la oración para que nuestra devoción triunfe auténticamente en nuestros corazones, en todos nuestros hogares y en todos los ambientes sociales.

Hay, sin embargo, quienes piensan que la devoción al Sagrado Corazón es algo caduco, de otros tiempos, que hoy ya han sido superados. Y es que desgraciadamente la perspectiva material tras la explosión hedonista impuesta a la sociedad y el panorama religioso que vivimos, son de tal descomposición, que nos hace padecer la desintegración de los principios y valores que han configurado nuestra identidad cristiana, al rodar  por la desidia intelectual y la ignorancia programada en la formación de clérigos y fieles, llevándonos al relativismo y a una cultura sensualista del placer, a no distinguir lo verdadero de lo falso, y en consecuencia a una degradación de la cultura cristiana, que ha sido mantenida por un modernismo sin freno en los dos sectores más singulares de la actual Iglesia, tanto los llamados conservadores como en los autoidentificados  progresistas, pues ambos, como asevero rotundamente son modernistas, que se han abierto al mundo (como si éste no fuera uno  de los enemigos del alma) descuidado la herencia brillante de las fuentes de la Revelación, que deberían ser cuidadas como una misión gloriosa.

A esta degradación cristiana, hay que añadir la táctica política malminorista del catolicismo liberal, ideología que pretende conciliar la Verdad con el relativismo que confía e impulsa en la táctica maquiavélica del mal menor y del voto útil. Todo ello sabiendo, de antemano, porque lo saben, que hacer propuestas malas y esperar con ellas evitar el triunfo de propuestas peores, es bastante inmoral y además ineficaz. El mal menor es un mal porque es ausencia de bien, y el voto útil una inutilidad, es el puro maquiavelismo político y aunque aparentemente contradice la táctica del mal menor es en realidad una vuelta de tuerca en una misma concepción que esteriliza la acción política de los laicos católicos. que los conlleva inexorablemente al derrumbe en donde están insertados con las limitaciones internas y externas alejados, cada vez más, de la perfección individual y social, inmersos en una inseguridad y desencanto, propia de quienes no se atreven a reconocer porque están vaciados de Dios.

Y ello es así, porque se nos ha inculcado que nuestra responsabilidad, como personas libres, es elegir ejerciendo nuestra libertad, olvidando que Dios nos la ha proporcionado para elegir el bien. Al fin y al cabo, desde hace cuarenta años vivimos en una sociedad plural en la que tenemos el deber de participar, pero no solo, como quieren hacernos creer, como si fuese la única responsabilidad la de elegir; pero no, no solo tenemos ese compromiso, sino que tenemos la obligación de obrar y proponer el bien. Y éste, lo digo abiertamente, aunque parezca que estoy trasnochado, solamente podremos realizarlo, con la ayuda de Dios.

Una vez reconocida esta tremenda limitación de la realidad política, y siendo conscientes de la crisis existencial que aflige al pueblo español, nuestra responsabilidad de laicos católicos no puede ser la resignación ante una España imperfecta, conducida en política y religiosamente por mediocres advenedizos y cobardes desleales a la Patria y al Evangelio, que con la demagogia y las medias tintas,  nos han abocado, tras la pérdida de la Unidad Católica, a una apostasía reinante en la otrora España Católica, y que, si no luchamos, poniendo nuestro empeño en restaurar el Reinado Social de Cristo,  nos llevará inexorablemente a la desintegración de la Unidad Territorial. Aquí radica el verdadero y sano patriotismo que debe existir entre los católicos españoles, porque sin reconocer cierto “derecho a la equivocación “será imposible rectificar y mejorar.

Hoy, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, debemos orar al Amor, con una devoción especial, para que derrame copiosamente sus bendiciones sobre esta España irreconocible, que, habiendo sido colmada de bienes, sus hijos, plenos de ingratitud se han apartado del Corazón que la busca.

¡Es incomprensible y paradójico! Nos colmaste, Señor, de bienes y nos hemos olvidando de Tí. Aunque solo fuese por la bondad con que nos tratas debiéramos estarte agradecidos y, sin embargo, te ofendemos y acrecentamos las culpas, sin importarnos la gracia de tu Amor para nuestra enmienda.  ¿Acaso merecemos la Luz con que iluminas nuestras almas y calientas nuestros corazones, para que brillemos y demos calor a cuantos se acerquen a nosotros?

Cuan agradecidos deberíamos estar, Señor y Dios nuestro, por permítenos el poder cambiar nuestros corazones, para con fe y confianza ponernos en camino, en este día de tu festividad, a buscarte, confiando y esperando que, como tienes palabras de vida eterna, nos encuentres.

Gracias te damos de todo nuestro corazón y esperamos seguir dándotelas eternamente en el cielo, pues los méritos de tu preciosísima Sangre nos infunden consoladora esperanza de salvación, fundada en la inmensa misericordia que usas con nosotros. Esperamos, entre tanto, que esta festividad, sea un punto de partida que nos infunda la fuerza para no hacerte de nuevo traición, y con el auxilio de tu Gracia, proponemos salir de la encrucijada en que se encuentra sumida nuestra Patria.

Hoy, 28 de junio, festividad de tu Sagrado Corazón, con voluntad firme, prometemos no volverte de nuevo la espalda ni dejar de practicar la devoción que te debemos. Basta ya de ofenderte y de ultrajarte. ¿Cómo no amar a un Dios que murió, no por los ángeles que le alaban, sino por nosotros pecadores, que te ofendemos, negamos e injuriamos, olvidándonos y despreciando que has sufrido cargando con tanta paciencia nuestras culpas? Nos arrepentimos con todo nuestro ser, Divino Corazón de Jesús, de que nuestra Patria se encuentre, por nuestra desidia y falta de amor, en la encrucijada actual de ser o no ser.  Y si en nuestras vidas pasadas nos apartamos de Tí, ahora queremos identificarnos con tu Sagrado Corazón, para bajo tu Patrocinio salvarnos y salvar a España… Padre, por los merecimientos de tu Hijo, socorre a estos miserables pecadores españoles que desean amarte con el mismo Amor del Corazón de Jesús y restaurar su Santa Realeza en nuestra Patria.

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