Formas de gobierno y sistemas políticos

La licitud de todas las formas de gobierno

Tradicionalmente la Iglesia ha aprobado  todas las formas de gobierno, con tal de que queden a salvo la religión y la moral[1]. No estando ligada a una más que a otra, si se salvan los derechos de Dios y los de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad con avenirse con las diversas instituciones políticas, sean monárquicas o republicanas,  aristocráticas o democráticas[2]. Todas son moralmente válidas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, el bien común, razón de ser de su autoridad política; siempre que sean aptas por sí mismas para la utilidad de los ciudadanos, asegurando la prosperidad pública. La Iglesia dejó siempre a las naciones el cuidado de darse el gobierno que juzguen más ventajoso para sus intereses.

La causa es clara. Si bien el poder es de origen divino, la designación de las formas contingentes que el poder revista pertenece al arbitrio humano. Por esto, sea cual sea en una nación la forma de gobierno, de ningún modo debe tenerse por tan definitiva que haya de permanecer para siempre inmutable, aun cuando esta hubiera sido la voluntad de quienes los establecieron. En razón de ello, los católicos son libres en cada caso de preferir la que “aquí y ahora” juzguen mejor.

En el ámbito del valor universal de la ley divina hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepciones políticas[3]. Pero esta libertad de elección se refiere al orden especulativo; porque, en la práctica, la elección de un sistema político u otro vendrá más o menos determinada por un conjunto de causas concomitantes, las cuales hacen de un determinado sistema de gobierno el más apto y conveniente para la manera de ser de un pueblo y el más en armonía con las instituciones de su pasado y con las costumbres de sus mayores.

La Iglesia, en su larga y serena experiencia ha aprendido a no fiar tanto en la perfección técnica de los sistemas políticos como en la forma moral de los gobiernos[4].

La democracia

El papa León XIII, de forma clara, declaró que era lícito preferir para el Estado una forma de gobierno que estuviese moderada por el elemento democrático. Y san Pío X reconocía que la forma democrática de gobierno parece a muchos como un postulado natural impuesto por la razón misma. Sería, sin embargo, una injuria a las restantes formas de gobierno afirmar que la democracia es la única que inaugura el reino de la perfecta justicia[5].

Declarada, pues, la legitimidad, en principio, de los sistemas democráticos, importa distinguir las distintas formas de democracia, porque no todas son igualmente válidas. Puede hablarse de democracia sana, que es la moderada, y de una democracia viciosa, que es la radical.

La democracia sana[6] y verdadera exige determinados requisitos. Debe estar investida de una autoridad firme y eficaz Ha de contar con las clases directoras. De representar la tradición nacional. Necesita capacitar moralmente a los ciudadanos, y en particular a los que ejercen los cargos de representación para la vida cívica. Debe contar a la hora del sufragio con la posición familiar y profesional de los ciudadanos. Tendrá sus raíces en una democracia económica y moral[7]. Estará, en fin, libre de los errores que vician la democracia radical.

Los falso dogmas de la democracia radical[8] son los siguientes:

  1. la voluntad del pueblo es la ley suprema.
  2. la autoridad emana de la multitud.
  3. el número es fuerza decisiva, y la mayoría o la prevalente voluntad de un partido, creadora exclusiva del derecho.
  4. la nivelación mecánica de los hombres tomados como masa.
  5. La artificiosa agrupación de los ciudadanos, según tendencias egoístas.
  6. la prepotencia de partidos que defienden interese parciales antes que el bien de todos.

La democracia radical, a la postre, degenera en tiranía, que acaba con la dignidad humana y con los derechos del hombre como persona. En un Estado democrático, abandonado al arbitrio de la masa, la libertad se transforma en una pretensión tiránica, la igualdad degenera en una mecánica nivelación. Y el ciudadano no es otra cosa que una mera unidad numérica cuya suma total constituye una mayoría o una minoría que puede invertirse por le desplazamiento de algunas voces o quizá de una sola, cambiando con ello ilícitamente la suerte de la justicia o del bien público.

En conclusión, si el porvenir ha de pertenecer a la democracia, una parte esencial habrá de corresponder a la religión de Cristo y a su Iglesia.

Nota. Aquí queremos aludir al cambio radical de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, uniéndose al sistema liberal y radical de democracia, olvidando lo que antes decía respecto a este sistema político de gobierno. La ruptura es evidente y manifiesta. Era necesario el cambio de visión de  la democracia para que tuviera lugar la nueva libertad religiosa del Concilio. Tal libertad religiosa sólo es compatible con la aceptación de la democracia  liberal y masónica, renegando de lo que antes del Concilio pensaba y declaraba el Magisterio.

Los sistemas totalitarios[9]

En la explotación de la masa se da la mano con la democracia radical el totalitarismo, que maneja con habilidad su fuerza elemental sin el menor respeta a la persona. El Estado totalitario reduce al hombre a una mera ficha en el juego político, una pieza en sus cálculos económicos. Para él, la ley y el derecho no son mas que instrumentos en manos de los círculos dominantes.

El totalitarismo, ya sea comunista o burgués, es incompatible con la doctrina cristiana, y también con una auténtica democracia. Es, por naturaleza, enemigo de la verdadera opinión pública. Constituye un sistema contrario a la dignidad del hombre y opuesto al bien del género humano.

El totalitarismo comunista, además, abusa criminalmente del poder público para ponerlo al servicio del terrorismo colectivo. Y , en cuanto a la forma de gobierno del  imperialismo (nuevo orden mundial), hace al hombre siervo de las fuerzas que desencadena para el dominio del mundo.

La participación del pueblo[10]

El pueblo tiene derecho a participar de algún modo y en grado mayor o menor en el gobierno. Lo hace, singularmente, manifestando su opinión y haciéndose representar en los cuerpos electivos, mediante el ejercicio del voto. En el Estado moderno, sin embargo, la participación real del simple ciudadano en la vida pública es cada vez más hipotética, aun dentro de los sistemas auténticamente democráticos. Con visión realista, Pío XII, lo denuncia con las siguientes palabras: la estructura de la máquina moderna del Estado, el encadenamiento casi inextricable de las relaciones económicas y políticas, no permiten al simple ciudadano intervenir eficazmente en las decisiones públicas. Todo lo más, con su voto libre, puede tener alguna influencia en la dirección general de la política, y aun esto de manera limitada (La paz internacional y la guerra fría. 9).

La opinión pública[11]

Patrimonio de toda sociedad normal formada por hombres conscientes de su conducta personal y moral, la opinión pública es como el eco natural que los acontecimientos de la vida pública provocan en sus espíritus.

La existencia de una autentica opinión pública es un gran bien para el Estado una señal de salud colectiva. Allí donde no apareciese manifestación alguna de la opinión pública, debe verse como un mal de la vida social que pone en peligro la paz, y la tranquilidad pública.

Ahogar la voz de los ciudadanos, reducirla a un silencio forzado, es, a los ojos de todos los cristianos un atentado contra el derecho natural del hombre, una violación de orden de mundo tal como Dios lo ha establecido. Y es más funesta todavía la situación de los pueblos donde la opinión pública permanece muda, no por haber sido amordazada por una fuerza exterior, sino porque e faltan aquellos presupuestos intrínsecos que deben darse en toda comunidad de hombres.

Cuando de habla de opinión pública, sin embargo, debe entenderse que se trata de una manifestación auténtica y espontánea de la voluntad colectiva. Porque es falsa y engañosa la opinión pública que se forja artificiosamente mediante la propaganda.  Se da lo mismo en los regímenes democráticos cuando el vocerío de los partidos políticos suplanta a la auténtica voz del pueblo, como en los sistemas totalitario en que la opinión se finge desde el poder.

El crear artificiosamente, por medio del dinero o de una censura arbitraria, vertiendo juicios unilaterales y falsas afirmaciones, una seudo opinión pública que mueve el pensamiento y la voluntad de los electores, nada tiene que ver con ese eco espontáneo despertado por la conciencia de la sociedad que es la opinión pública verdadera, que el que gobierna debe siempre escuchar. La pretendida opinión pública, superficial y artificiosa, está dictada o impuesta por la fuerza de la mentira o del prejuicio, por el artificio del estilo oratorio, los efectos de la voz u gesto, la explotación de los sentimientos, todo un conjunto  de males artes que hacen ilusorio el derecho personal al propio juicio. Se trata de una verdadera técnica de elaboración de una fingida opinión pública, acomodada al servicio de una determinada política, con el olvido de todo sentido moral y sin respeto a la verdad ni a la conciencia.

Prensa y representación[12]

El papel de la prensa es servir  a la opinión pública, no dirigirla. ¿Cómo? Educándola y orientarla. A la prensa incumbe un papel decisivo en la educación de la opinión pública, no para dictarla y dirigirla, sino para servirla útilmente. Periódicos y publicaciones tienen la noble tarea de ayudar a esa opinión colectiva a encontrar la senda de la verdad y de la justicia y a mantenerse en ella; deben servir a la justa libertad de pensar con juicio propio.

Más en particular, la prensa católica tiene por misión expresar en fórmulas claras el pensamiento del pueblo, confuso, vacilante y embarazado ante el complicado mecanismo moderno de legislación positiva. Y deben luchar para que se mantenga y consolide la sana opinión pública, oponiendo un obstáculo infranqueable  los intentos que tratan de minar sus fundamentos.

Los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos por la voluntad o juicio de la multitud, esto es, el pueblo. Pero en el sufragio popular deben contar la posición social de ciudadano y su papel en la familia y en la profesión. He aquí un principio de representación orgánica.

Constituidas de este modo las corporaciones públicas, y singularmente los cuerpos legislativos, reunirán en su seno una serie de auténticos representantes de todo el pueblo, imagen verdadera de su vida multiforme, los cuales deben poseer juicio justo y seguro, sentido recto y práctico, doctrina sana y clara y, en fin, propósitos rectos y transparentes.

[1] “La Iglesia aprueba todas las formas de gobierno con tal de que queden a salvo la religión y la moral”. Sapientiae Christianae [15]. León XIII.
[2] “No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad.” Diuturnum Illud [4]. León XIII.
[3] “En el ámbito del valor universal de la ley divina…, hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepciones políticas”. Grazie [23]. Pío XII
[4] “…en la práctica, la calidad de las leyes depende más de la calidad moral de los gobernantes que de la forma constituida de gobierno”. Au Milieu Des Sollicitudes [27]. León XIII.
[5] Notre Charge Apostolique [23]. Pío X.
[6] Una sana democracia…, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno ni límites, y que hace también del régimen democrático… un puro y simple sistema de absolutismo.” Benignitas et Humanitas [28]. Pío XII.
[7] “… la cuestión de la elevación moral, de la aptitud práctica, de la capacidad intelectual de lo s diputados de un parlamento, es para todo el pueblo organizado democráticamente una cuestión de vida o muerte o de decadencia.” Benignitas et Humanitas [25]. Pío XII.
[8] “[En] un Estado democrático abandonado al arbitrio de la masa… la libertad…queda transformada en una pretensión tiránica”. Ibid. [19].
[9] [El totalitarismo] constituye un sistema contrario a la dignidad y al bien del género humano.” Negli Ultimi [28]. Pío XII.
“… el totalitarismo…, es incompatible con una verdadera y sana democracia.” Ibid. [29].
“ [El totalitarismo] representa un continuo peligro de guerra.” Ibid. [28].
[10] ¡Ahogar la voz de los ciudadanos, reducirla a un silencio forzado, es a los ojos de todo cristiano un atentado contra del derecho natural del hombre, una violación del orden del mundo tal como Dios lo ha establecido.” Prensa católica y opinión pública [5]. Pío XII.
[11] “… el olvido de todo sentido moral es… [para muchos sistemas basados en la mentira] parte integrante de la técnica en el arte de formar la opinión pública, de dirigirla, de acomodarla al servicio de su política.” La Festivita [10]. Pío XII.
“Lo que hoy en día se llama opinión pública…, una impresión artificiosa y superficial; nada de un eco espontáneo despertado en la conciencia de la sociedad y dimanante de ésta.” Prensa católica y opinión pública [8]. Pío XII.
[12] “… la prensa católica debe oponer un obstáculo infranqueable al retroceso progresivo, a la desaparición de las condiciones fundamentales de una opinión pública y consolidar e incluso reforzar lo que de ella queda.” Ibid. [15].
“… la prensa tiene un papel decisivo que realizar en la educación de la opinión, no para dictarla o dirigirla, sino para servirla útilmente.” Ibid. [16].

2 respuestas a «Formas de gobierno y sistemas políticos»

  1. Cuando se pierde todo atisbo de referente ético o moral, cuando una sociedad deja de regirse por una serie de valores y principios básicos y fundamentales -que ofrece la religión cristiana en nuestro caso, al margen de ser más o menos creyente, incluso no creyente en absoluto-, esa sociedad pierde su condición de civilizada y, por tanto, está perdida, y es eso precisamente a lo que estamos asistiendo tristemente, en España con especial énfasis por causa de una escoria (des)gobernante particularmente abyecta y degenerada. Que Dios nos asista.

  2. El régimen «democrático» de tipo liberal que impera en España y en todo Occidente, actualmente, es como un trampantojo de orden político que solo tiene en cuenta el voto ciudadano a manera de permiso tácito para que los gobernantes hagan lo que les parezca con CON TODO, absolutamente, y poco más. Es decir, una verdadera burla de lo que sería una democracia bien entendida y moralmente sana.

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