Franco ante la complicada independencia de Marruecos (II/II)

En Enero de 1956, los acontecimientos se aceleraron. García Valiño informaba a Franco de que la situación en el Protectorado en particular, y en Marruecos en general, se hacía por momentos delicadísima, toda vez que, si bien por ahora todos iban en contra de los franceses, a no tardar mucho, en cuanto hubieran logrado sus objetivos en el protectorado galo, se volverían contra el español. Por ello, era opinión de García Valiño que España debía reconocer y anunciar de inmediato la independencia del protectorado español sin consultar con Francia, ni esperar nada de ella; también, como forma de hacerse valer ante las futuras autoridades marroquíes a fin de ganárselas. García Valiño aconsejaba asimismo que al compás de dicho reconocimiento se trasladara a los funcionarios españoles a la Península, estableciendo en torno al Jalifa un «gobierno» favorable a España; además, poner en marcha un plan cuatrienal de obras públicas contratando para ello mano de obra mora.

Calle de Larache

Franco, admitiendo en parte las sugerencias de García Valiño, requirió a éste para que se entrevistara con el Jalifa en Larache, emitiéndose una nota oficial tras la reunión en la que el Gobierno español reconocía su intención de «…facilitar el autogobierno de la zona por sus autoridades naturales…». También se produjo un encuentro con el nuevo residente francés, Dubois, quien, falsamente, aseguró a García Valiño la firme decisión francesa de colaborar con España para que la independencia de Marruecos se hiciera de forma coordinada y siempre salvaguardando los intereses de ambos países. A petición de Dubois, García Valiño aceptó concentrar en Alhucemas y las islas Chafarinas a los refugiados marroquíes que habían huido de la zona francesa a la española durante los meses anteriores, actuación que provocó una gran tensión y casi una revuelta obligando al Alto Comisario a paralizar la medida.

El 13 de Enero de 1956, el Consejo de Ministros acordaba que España accedería a la independencia de Marruecos en cuanto lo solicitara Mohamed V, debiendo entonces abrirse negociaciones al objeto de conseguir el reconocimiento y garantía para el futuro de los derechos e intereses españoles que quedarían en la zona. Al tiempo, Franco, en una nota a García Valiño, expresaba sus temores de que Francia no estuviera jugando limpio y de que el Sultán, influenciado por París, optara por conseguir la independencia de la zona francesa sin contar con la española. El 28 de Enero, el Gobierno español publicaba un decreto-ley por el que se autorizaba a García Valiño a reorganizar la estructura administrativa del protectorado español a fin de prepararla para la independencia.

Mohamed V

El Jalifa de la zona española fue entonces llamado por Mohamed V para que acudiera a Rabat a entrevistarse con él a fin de que le informase sobre la forma en la que se iba a gestionar la independencia de dicha zona. El Jalifa consultó con Franco, quien le aconsejó acudir a la entrevista, pero dejando bien claro que España no creía llegado aún el momento toda vez que desconocía los acuerdos entre el Sultán y París para la independencia de la zona francesa, temiendo que una vez declarada la misma, el nuevo Marruecos que iba a surgir quedara bajo influencia gala. Franco, que no se negaba a otorgar a Marruecos su independencia, seguía insistiendo en que la misma se hiciera de forma ordenada con las autoridades marroquíes, negociando con ellas los compromisos para el futuro, así como coordinada con Francia.

Y es que el Ministerio de Asuntos Exteriores español tenía datos más que evidentes de que, a pesar de las promesas de Dubois, Francia había puesto en marcha un plan para otorgar la independencia a su protectorado. Tal plan conllevaba, por supuesto, actuar sin contar para nada con España, adelantándose a ella, y negociando con el Sultán términos que le permitirían hacerse con un nivel de control e influencia posterior de tal nivel que, al menos durante algunas décadas le aseguraban beneficios iguales a los que poseía siendo potencia protectora, sólo que ahora extendidos a la zona española que, al declararse independiente la francesa, no tendría más remedio que hacer lo mismo en condiciones forzadas y por ello dejando a España carente del debido reconocimiento de sus derechos.

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Mohamed V haciendo su entrada triunfal en Rabat

El 2 de Marzo de 1956, sin previo aviso y de forma unilateral, Francia concedía y reconocía la independencia «…de Marruecos…», es decir, sin hacer distingos entre su zona y la española; el día 6, Mohamed V haría su entrada triunfal en Rabat, declarada capital del nuevo Marruecos.

El 5 de Marzo la postura española era ratificada por el ministro de Asuntos Exteriores, Martín-Artajo, al embajador egipcio en Madrid, a preguntas de éste, en el sentido de que España sólo esperaba la solicitud del Sultán para abrir negociaciones a fin de reconocer esa misma independencia. Sin embargo, en vez de dicha solicitud, el 6 de Marzo los dirigentes del Istiqlal de la zona española, encabezados por Abdeljalak Torres –que se habían acogido a la seguridad de la misma durante las tensiones de los años anteriores y que venían alabando la prudencia y amistad de las autoridades españolas–, no tenían escrúpulo alguno en exigir la independencia inmediata e incluso en provocar serios desórdenes públicos –llegaron a saquearse algunas casas–, incitando también a la población contra la autoridad del Jalifa, quien, al verse presionado, no tuvo reparo en unírseles y acusar a las autoridades españolas de «…brutalidad…» en su represión de las algaradas. Ni que decir tiene que todo ocurría con gran regocijo del gobierno francés, mostrándose la prensa gala especialmente hiriente contra España.

Abdeljalak Torres

La tensión creció por momentos. España se veía desbordada e incluso burlada por la maniobra francesa; pero más dolorosa resultaba, si cabe, la actitud del Sultán al que España defendiera cuando fue apartado del trono y confinado en Madagascar. Todo lo anterior provocó fuertes tensiones en el seno del Gobierno español poniéndose en tela de juicio y criticándose agriamente la actuación de Martín-Artajo; y aun sin nombrarle la del propio Franco. Al tiempo, y por primera vez, bien que de forma muy larvada, las Fuerzas Armadas dejaron ver su malestar por la forma en la que Francia se había burlado de España, así como por la manera en la que el Sultán y los independentistas del Istiqlal habían tomado ventaja.

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Los acuerdos entre Francia y el Sultán comenzaron a llevarse a la práctica aumentando la presión sobre España. Ya a nadie le importaba que la actitud española hubiera sido honrada y leal hacia los marroquíes, pues la comunidad internacional, sumida en los acelerados procesos de descolonización que cundían por todo el mundo, sólo quería la rápida desaparición de las ajadas figuras del protectorado de tanta reminiscencia colonial. Sobre la base de dichos acuerdos, el Sultán no sólo no solicitó a España la apertura de negociaciones, sino que, por el contrario, manifestó su deseo de que fuera España la que le invitara a visitar Madrid para concretar los pasos a dar para el reconocimiento inmediato de la independencia. Además, el Sultán anunció públicamente su intención de que la comisión negociadora de la retirada española de Marruecos estuviera integrada por marroquíes y ¡franceses!, exigiendo también que se fueran estampillando los billetes de pesetas circulantes en el protectorado español para convertirlos en los francos marroquíes que circulaban en la zona francesa. La insolencia del Sultán y de Francia contra España eran mayúsculas.

Franco recibiendo a Mohamed V en Barajas

Presionado por los acontecimientos, el Gobierno español cursó la invitación al Sultán, fijándose la visita para los días 5 al 9 de Abril, bien que con la condición expresa de que ningún francés formara parte de su séquito y de que ni al ir ni al volver pasara el Sultán por París. Los preparativos de la visita estuvieron rodeados de enormes tensiones. Entre otras, la más destacada fue la provocada por el Sultán al pretender incluir en su séquito a Abdeljalak Torres, causante de los graves disturbios recientes, así como de excluir al Jalifa, del que ya tenía decidido prescindir en breve. Semejantes intenciones motivaron que García Valiño se negara a viajar a Madrid para asistir a la visita, lo que era imprescindible por protocolo, obligando a Franco a intervenir personalmente, logrando que el Sultán dejara a Torres en Marruecos y permitiera al Jalifa incorporarse al séquito, accediendo entonces García Valiño a trasladarse a Madrid.

Ambos mandatarios firmando el acuerdo

Durante la visita, el Sultán no perdió ocasión de mostrarse frío, altanero y en alguna ocasión falto de educación. Las negociaciones, que ocuparon todo el día 6, terminando en la madrugada del 7, no pudieron ser más tensas. Ante la imposibilidad material de sostener su posición, España no tuvo más remedio que ceder, pues el Sultán tenía todas las bazas a su favor y lo sabía. El Gral. García Valiño, a pesar de estar presente en Madrid, se negó a participar en las reuniones.

Mohamed V entrando triunfante en Tetuán

Conocida la firma del acuerdo, sin esperar siquiera a su publicación oficial, el día 8 Mohamed V hacía su entrada en Tetuán –hasta ese día capital del protectorado español– rodeado de toda la pompa posible, presentándose como triunfador sobre aquella España que tanto había hecho y dado a los marroquíes durante décadas. La retirada española de Marruecos se completaría en 1961 cuando abandonara aquellas tierras la última unidad militar.

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Aunque dos cadetes de la Academia General Militar de Zaragoza quemaron en público un retrato del Caudillo y en sectores de las Fuerzas Armadas, muchos de cuyos mandos habían hecho gran parte de sus carreras en Marruecos, anidó durante meses una profunda tristeza y resquemor por la pérdida del mítico protectorado español, todos, antes o después, terminarían comprendiendo que el Caudillo, una vez más, había tomado la decisión correcta, haciendo en esta ocasión gala de especial serenidad, dejando aparte sin duda sus más íntimos sentimientos, pues recordemos que era él, muy posiblemente, el más antiguo y el primero de los africanistas españoles vivos, que su fulgurante carrera militar estaba ligada estrechamente con aquellas tierras, que había sido Franco quien in extremis convenciera a Primo de Rivera en 1926 de que España debía, tenía y podía permanecer en Marruecos cuando éste tenía prácticamente decidido abandonarlo –lo que paradójicamente le tocaba ahora tener que hacer a Franco– y que, en fin, de ellas habían partido las mejores tropas con las que contó el Alzamiento en sus primeros momentos; no obstante, no pudo evitar que los mejor informados se dieran cuenta de que Francia se había adelantado y tomado mejores posiciones de cara al futuro.

Argelia

Pero la verdad era que si bien lo anterior era cierto, se debía únicamente a que, de nuevo y como siempre, Franco había actuado de forma honrada, justa y caballerosa, habiendo sido sorprendido en su buena fe no sólo por la mala de París, sino también por la actitud desagradecida y traidora del Sultán. Asimismo, era evidente que España no tenía ni posibilidades, ni fuerzas, ni le convenía, enrocarse y sostener su presencia en Marruecos mediante la única posibilidad que le quedaba que era la fuerza, lo que la hubiera implicado en una guerra absurda, que hubiera sido rechazada por toda la comunidad internacional, que le hubiera granjeado la enemistad de los países árabes –y en cambio su actitud en todo este asunto consiguió reforzarla notablemente–, para que al final, tras el correspondiente desgaste humano, material, político e internacional hubiera tenido que abandonar la zona. Paradójicamente, Francia pagaría en breve en Argelia lo que en Marruecos casi había conseguido, pues al intentar mantener aquella, se vería involucrada en una dura guerra de guerrillas que a punto estuvo de costarle una guerra civil en su propio suelo, así como la vida al Gral. de Gaulle.

El problema real de la forma en la que España se había visto obligada a otorgar la independencia a Marruecos radicaba no en ella en sí, sino en las repercusiones que sin duda iba a tener sobre el resto de los territorios africanos que poseía, es decir, Ifni y Sahara, así como a Ceuta y Melilla, que de la noche a la mañana se veían lindando y rodeados, por Marruecos, sin que los derechos españoles hubieran sido reconocidos por el ladino Mohamed V.

Tropas españolas en la guerra de Ifni-Sahara (1957)

En los meses siguientes quedó claro que el nuevo Marruecos iba a ser desde ese mismo instante un mal vecino de España, cuando no un verdadero enemigo. Las nuevas autoridades marroquíes no esperaron a la firma de los protocolos derivados de los acuerdos de Madrid. Rápidamente, a veces casi por la fuerza, fueron desalojados los funcionarios españoles de sus oficinas; Rabat designó como embajador en Madrid a Abdejalak Torres; se cambiaron los nombres españoles de las calles de las ciudades; hubo que trasladar urgentemente a Ceuta y Melilla los monumentos conmemorativos de las victorias, hazañas y heroicidades españolas durante la guerra en aquellas tierras; se exigió por parte de Marruecos la entrega de las unidades indígenas, así como las de Regulares incluyendo el material de que estaban dotadas; el Sultán reconoció al embajador francés el decanato del cuerpo diplomático acreditado en Rabat en detrimento del nuevo embajador español y un largo etcétera de otras muestras de animadversión e incluso inquina.

Si algún consuelo podía quedar era que, a pesar de todo, tampoco le fue mejor a los franceses, pues enseguida los marroquíes incumplieron sus acuerdos impulsando el rápido y virulento contagio del independentismo a sus posesiones en Argelia. Y si otro consuelo había era que al mismo tiempo el Sultán imponía su autoridad sobre la antigua zona española mediante un brutal ejercicio de la fuerza contra todo aquel súbdito que se atreviera a disentir; sin duda muchos marroquíes añoraron entonces la paternalista administración española que hasta hacía pocos días les gobernara con eficacia y honradez.

Primera parte


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