Franco, Sanjurjo, Mola…: con la Iglesia hemos topado

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El Tribunal Supremo de Navarra, uno más de esos que ya sabemos cómo han llegado ahí los que lo componen y para qué, en una sentencia que le cubre de ignominia, ha avalado la profanación de las sepulturas del Gral. Sanjurjo y de los hermanos Aznar Zozaya llevadas a cabo en 2016 por el consistorio pro-etarra pamplonés, revocando la sentencia del Tribunal de lo Contencioso que dio la razón a sus familiares, hasta el punto de que obligaba al ayuntamiento en cuestión a devolver los restos a su origen. La noticia, no por esperada, dada la enjundia del caso, su trascendencia y en qué se han convertido estos «tribunales superiores», no ha dejado de sorprender pues que la cosa estaba en ver cómo esta vez se iba a vulnerar el Derecho más elemental, básico y sagrado que es el que poseen los descendientes de cualquier ser humano sobre los restos mortales de sus familiares.

Cripsta donde reposaban los restos de Sanjurjo, Mola y seis requetés

Pues bien, ni corto ni perezoso, el citado Tribunal Supremo, para llevar a cabo su pútrida acción, se ha agarrado como clavo ardiendo y enfatizado que la autoridad eclesiástica en la que se integra la parroquia titular del usufructo de la cripta donde reposaban Sanjurjo y los hermanos Aznar Zozaya, esto es, el Arzobispado de Pamplona y Tudela, había dado su «consentimiento expreso a las exhumaciones» tras acordar con el ayuntamiento que el monumento dejara de ser un lugar de enterramiento. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho, que dijera hace mucho Cervantes por boca de Don Quijote.

Y es que la cosa tiene mandanga. Cuando el ayuntamiento pamplonés decidió la profanación de lugar doblemente sagrado, por ser cripta y cementerio, donde reposaban los restos de Sanjurjo, los citados hermanos, más los de Mola y otros cuatro requetés gloriosamente caídos defendiendo nuestra santa Fe, a España y a la Iglesia, se opusieron con ahínco los descendientes de Sanjurjo y de los hermanos citados. Interpuesta la correspondiente demanda, previo a su vista oral, los familiares de Sanjurjo visitaron al obispo el cual les aseguró que nunca, sin su consentimiento como familiares que eran de los difuntos, daría el suyo para la profanación de tales restos. Pero cuando se produjo la citada vista, el abogado del ayuntamiento presentó un documento por el que el obispo, tan traidor como aquel Don Opas de infausta memoria y también monseñor, había accedido a autorización tan repugnante, motivo por el cual se llevó a cabo la profanación. Interpuesto el correspondiente Contencioso-Administrativo, fueron los Sanjurjo y los Aznar los ganadores de él con todo a su favor, devolución de los restos a la cripta como hemos dicho, porque, lógicamente, sin su consentimiento ni siquiera el del obispado valía para nada.

Nos encontramos, pues, ante un hecho que clarifica y pone a cada uno en su sitio, una vez más, pero ahora mucho especialmente, sobre la verdadera razón de lo que viene ocurriendo con los restos de Franco: que no es tanto la vesania, degeneración moral, degradación espiritual y miseria intelectual de Sánchez y los suyos la razón de que dichos restos estén siendo acosados y de que su profanación pueda llevarse a cabo en algún momento, Dios no lo quiera, sino más, mucho más, por la colaboración activa, sí, activa, de la Iglesia y de los obispos, lo que permite lo que ahora ocurre y la que permitirá que se pueda producir.

Porque igual que el Tribunal Supremo pamplonés se ha agarrado a la autorización del obispado entonces, ahora la inhibición del Vaticano con sus estúpidos y cobardes comunicados, las declaraciones repugnantes de la CEE –las últimas las de mons. Argüello que son increíbles–, las de Osoro y el silencio cómplice del resto de obispos es lo que está dando aire a un Sánchez acorralado por la ley que, no obstante, intenta vulnerar día sí y día también, de forma que la única barrera que le queda por saltar es la del pobre fray Santiago Cantera, en cuyas benedictinas y piadosas manos ha quedado la salvaguarda de los restos de Franco; a quien Dios creemos que ha puesto en el lugar y momento oportunos para que haya al menos alguien que dé testimonio de la verdad y al tiempo sirva de escarnio para todos los demás, y por ello héroe por excelencia de este asunto; sin despreciar la heroicidad de la familia, del gral. Chicharro y de la Fundación.

Ahora vemos, que sobre todas las consideraciones habidas y por haber, si el obispado de Pamplona en su momento y en lo referente a los restos de Sanjurjo, Mola y los requetés, como el Vaticano, la CEE y Osoro en lo relativo a los restos de Franco, desde el primer instante hubieran salido a la palestra y hubieran manifestado públicamente algo tan sencillo como lo que sigue: «Sin el consentimiento expreso y unánime de todos los descendientes vivos de estas personas nadie, bajo ningún concepto, va a exhumar de terreno sagrado y propiedad de la Iglesia a nadie nunca; ni tampoco con normas civiles que para nada tienen autoridad sobre dichos terrenos, iglesias y nosotros», todo hubiera acabado y la paz de Dios reinaría ahora en muchos.

Pero, claro, con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho, máxime hoy, con esta Iglesia en franca decadencia, corrompida por los peores pecados que un ser humano puede cometer, cobarde, falta de fe, mundana, vendida al enemigo por conservar privilegios materiales espurios y seguir disfrutando de prebendas crematísticas que, de todas formas, les van a quitar en cuanto sean profanados los restos de Franco, Dios no lo permita, porque nadie, ni Roma, ni siquiera Sánchez y los suyos pagarán a traidores.

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