Franco y la lucha contra las pandemias de su tiempo

Sanatorio antituberculoso. Las enfermas en una de las galerías tomando el aire puro de la sierra

España se ve azotada en la actualidad por una epidemia vírica en toda regla que es la primera que conocen las últimas tres generaciones. Contra ella se ha mostrado la cara más desagradable de la ineptitud, negligencia y estupidez de nuestra clase política de las últimas cuatro décadas, toda vez que la falta de medios y la imprevisión no son sólo de hoy, sino que viene de lejos.

¿Hubo epidemias durante la etapa de gobierno del Generalísimo? Si las hubo ¿cómo se combatieron y qué resultados se obtuvieron?

Varias fueron las “pestes” que azotaban España desde comienzos del siglo XX, y desde mucho antes, pero vamos a tomar 1900 como referencia pues fue en 1882 cuando Koch descubrió el bacilo causante de la tuberculosis, sin duda la peor, seguida en orden de importancia por la neumonía, meningitis, gripe común, sarampión, fiebre tifoidea, difteria, viruela y escarlatina.

La tuberculosis causó 34.000 víctimas mortales cada año desde 1900 a 1923. Contra ella se adoptaron en dichos años dos medidas: en 1903 se fundó la Asociación Antituberculosa Española (AAE) y en 1905 el Real Patronato Central de Dispensarios e Instituciones Antituberculosas. En 1924, con Miguel Primo de Rivera en el poder, se creó el Real Patronato de la Lucha Antituberculosa de España logrando las primeras victorias sobre tal plaga, de forma que cuando cesó su mandato, a finales de 1930, el número de fallecidos era de 28.000 al año; para entonces, España poseía 66 dispensarios, habiendo reducido su índice de mortalidad de 202 por 100.000 habitantes en 1901 a 133 en tal año 1930.

Durante la II República se suprimió el Real Patronato, pasando la lucha antituberculosa, primero, a la Dirección General de Sanidad (1931), y después al recién creado Comité Ejecutivo de Lucha Antituberculosa (1932), que sólo cobró impulso con los gobiernos de centro-derecha (1933) que conseguirían reducir los fallecidos a 25.000 al año (índice 108 fallecidos por cada 100.000 habitantes). En 1936, el Frente Popular, en vísperas de la guerra, disolvió aquél y creo el Comité Central de Lucha Antituberculosa manifiestamente ineficaz.

Durante la contienda, en la zona nacional, y por expreso deseo del Caudillo, se creó en fecha tan temprana como Diciembre de 1936 el Patronato Nacional Antituberculoso (PNA) –al que se declaró “obra nacional”—para la recaudación de fondos, hospitalización de enfermos y elaboración de estadísticas; tan sólo en los primeros ocho meses de funcionamiento y en plena contienda ya había creado 39 nuevos dispensarios. No obstante, y dadas las circunstancias, la mortalidad creció registrándose en total 31.000 fallecidos por año, repuntando el índice a 119 por 100.000 habitantes; en la zona frentepopulista poco o nada se hizo contra esta epidemia, superando los fallecidos en ella a los de la nacional, de ahí el incremento total citado.

Terminada la guerra, la década de los cuarenta fue, como en todo, periodo de lucha también contra la tuberculosis, en un combate titánico debido a las difíciles peculiaridades de tal enfermedad, así como a las circunstancias: practica destrucción de España, II Guerra Mundial, autarquía impuesta por la situación mundial y más aún por la europea, aislamiento de la ONU y exclusión del Plan Marshall. No obstante, el Patronato puso manos a la obra con un tesón admirable, al tiempo que la sufrida población española se aprestó a seguir dándolo todo por España.

El Patronato experimentó varias transformaciones de su estructura y legislación específicas, no exentas de las lógicas diferencias de opinión existentes en diversos momentos en el seno del Movimiento –que nunca fue totalitario, ni siquiera uniforme, existiendo siempre en su seno la normal diversidad, bien que compelidas al marco general de sus ideales superiores–, debiéndose destacar las siguientes iniciativas: creación del Instituto Nacional del Seguro Antituberculoso para gestionar dicho seguro obligatorio e integral; comisiones provinciales antituberculosas y escuelas de tisiología; integración en sus estructuras de médicos, incluso de los que habían sido apartados en los primeros instantes por haber pertenecido al bando frentepopulista; recaudación de fondos mediante la reinstauración de la antigua colecta callejera denominada “Fiesta de la Flor”, una sobretasa postal obligatoria en Navidad y una lotería especial de Octubre, a fin de no sobrecargar los tan escasos recursos financieros existentes, y la incorporación desde 1941 a esta lucha de la Sección Femenina a través de su Cuerpo de Divulgadoras Sanitario-Rurales, de encomiable labor.

Además, en fecha tan temprana como 1943 el Gobierno aprobó un decreto por el que declaraba “urgentes y preferentes” la construcción de hospitales y dispensarios antituberculosos, de forma que para 1952 España dispuso de 14.000 camas contra la tuberculosis –todo un record–, que en breve llegarían a las 25.000. Junto a ello, se adoptaron medidas especiales –nunca el confinamiento de la población– para la detección y tratamiento de los infectados los cuales eran enviados al dispensario donde se les realizaba un reconocimiento completo –incluyendo análisis y radiografías–, así como las intervenciones quirúrgicas en caso necesario, todo ello gratuito; no así los medicamentos. Para que los asegurados no tuviesen que esperar, pues la atención médica prematura era esencial, así como para evitar potenciales contagios, se les recibía en consulta en un horario diferente al del resto de los enfermos. Cuando era necesario, el enfermo era inmediatamente ingresado en el sanatorio antituberculoso más cercano a su lugar de residencia, dándole de alta sólo tras su total restablecimiento.

Esta intensa labor consiguió que la mortalidad debida a esta enfermedad que se mantuvo durante toda la década de los 40 en 30.000 fallecidos al año debido a las circunstancias de tal década, cayera para 1951 a 22.000, en 1952 a 13.000, en 1954 a 9.000; cifras nunca vistas antes que daban testimonio fehaciente de lo bien hecho durante los 40. A la muerte del Generalísimo los fallecidos anuales eran 2.500; otro record. A ello colaboró también el hecho de que para comienzos de los años 50 y décadas posteriores, España, con Franco siempre a la cabeza de su Gobierno, lograba cifras extraordinarias en la construcción y entrega de viviendas sociales (en total dejó 3.000.000) de las que se beneficiaron principalmente las clases menos pudientes que fueron siempre las más afectadas por la tuberculosis debido a su secular hacinamiento en viviendas insanas. Así pues, Franco consiguió en diez años lo que nunca antes en 40, y después aún mucho más.

Hay que tener en cuenta que como la obra queda, la tendencia citada continuó después de Franco de forma que, en 1997, el número de fallecimientos por esta enfermedad llegó a ser cero –ojo, no antes, lo que da una ida de la dificultad de la lucha contra ella–; lamentablemente, y sin que nadie lo denuncie hoy y a pesar de los avances, la tuberculosis ha rebrotado en España de forma que desde 2006 se vienen registrando una media de 300 muertes al año por ella.

Respecto al resto de epidemias, fueron asimismo objeto del empeño del Generalísimo, también invicto en este campo.

FALLECIDOS AL AÑO EN ESPAÑA POR LAS ENFERMEDADES QUE SE INDICAN
NEUMON MENING. GRIPE SARAMP. F. TIFOIDE. DIFTERIA VIRULE. ESCARLT.
1940 40.301 6.129 4.346 2.068 3.399 3.169 609 127
1952 18.525 3.616 2.775 744 661 297 0 56
1975 11.506 436 4.787 41 28 1 0 3

Por último, para conseguir tales éxitos, en ningún instante pasó por la cabeza del Caudillo ni de los españoles de entonces tomar medidas draconianas como las adoptadas masiva e indiscriminadamente en la actualidad. ¿Se imaginan ustedes qué hubieran dicho entonces algunos, y hoy todos, si al “dictador” se le hubiera ocurrido por “nuestra salud y seguridad”, encerrar a los españoles en sus casas e impedirles salir mediante la Policía Armada y la Guardia Civil?


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