Gran fiesta de la Asunción de Ntra. Señora

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La Iglesia Católica ha celebrado esta gran fiesta de la Asunción de la Virgen María en Oriente desde el siglo VI, y en Roma desde el siglo VII, celebrándose siempre el 15 de Agosto. La primera referencia oficial a la Asunción se halla en la liturgia oriental. En el siglo IV se celebraba la fiesta de “El Recuerdo de María” que conmemoraba la entrada al cielo de la Virgen María y donde se hacía referencia a su asunción. Esta fiesta en el siglo VI fue llamada la Dormitio o Dormición de María, donde se celebraba la muerte, resurrección y asunción de María.

En occidente, la doctrina de la Asunción de María no fue desarrollada sino hasta el siglo XII donde aparece el tratado Ad Interrogata, atribuido a San Agustín, el cual aceptaba la asunción corporal de María. Santo Tomás de Aquino y otros grandes teólogos se declararon también siempre en su favor. En la Basílica de Santa María de Elche se celebra todos los años durante las fiestas en honor a la Asunción de la Virgen María el Misterio de Elche, que ya en 1632 Urbano VIII le eximió de la prohibición de representar obras teatrales en el interior de las iglesias que había acordado el Concilio de Trento.

La Asunción de María es la enseñanza según la cual: La Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial [Pío XII, Munificentissimus Deus]: “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia. Para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte. Para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia. Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra. Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

Esta enseñanza fue infaliblemente definida por el Papa Pío XII el 1 de Noviembre de 1950 en Munificentissimus Deus. Como explicó Pío XII, se trata de “un dogma divinamente revelado”. Esto significa que es un dogma en el sentido propio, por tanto, es una cuestión de fe que ha sido divinamente revelada por Dios y que ha sido infaliblemente propuesta por el Magisterio de la Iglesia como tal.

Dado que es un dogma definido por el Papa (en lugar de por un concilio, por ejemplo), y que también es una declaración “ex cathedra” (entregado “por la cátedra” de Pedro) y debido a que ha sido infaliblemente definido, exige el consentimiento absoluto y definitivo de los fieles. El Papa Juan Pablo II explicó: «La definición del dogma, de conformidad con la fe universal del Pueblo de Dios, excluye definitivamente toda duda y exige el consentimiento expreso de todos los cristianos»

Es enseñanza común que María murió. En su obra, Fundamentos del Dogma Católico , Ludwig Ott enumera esta enseñanza como sententia communior (“la opinión más común”). Aunque es el entendimiento común que María murió, y aunque su muerte se menciona en algunas de las fuentes de Pío XII citados en Munificentissimus Deus, deliberadamente el Papa se abstuvo de definir esto como una verdad de la fe. Juan Pablo II señaló al respecto: «El 1 de Noviembre de 1950, en la definición del dogma de la Asunción, Pío XII evitó el uso del término “resurrección” y no tomó una posición sobre la cuestión de la muerte de la Virgen como una verdad de fe. La Bula Munificentissimus Deus se limita a afirmar la elevación del cuerpo de María a la gloria celestial, y declara esta verdad un “dogma divinamente revelado.”

El estar libre del pecado original y sin mancha no es lo mismo que estar en un estado inmortal glorificado. Jesús también estaba libre de pecado original y sin mancha, pero podía morir, y lo hizo. Expresando una opinión común entre los teólogos, Ludwig Ott escribió: «Para María, la muerte fue consecuencia de su liberación de pecado original y de pecado personal, no fue una consecuencia de la pena del pecado. Sin embargo, parece apropiado que el cuerpo de María, que era por naturaleza mortal, debiera estar, en conformidad con la de su Divino Hijo, sujeto a la ley general de la muerte.»

Juan Pablo II señaló: «La primera huella de la creencia en la Asunción de la Virgen se puede encontrar en los textos apócrifos Transitus Mariae, cuyo origen data de los siglos II y III. Estos son representaciones populares y en ocasiones románticas, que en este caso, sin embargo, recogen una intuición de fe por parte del pueblo de Dios»; «Hubo un largo período de creciente reflexión sobre el destino de María en el otro mundo. Esto condujo gradualmente a los fieles a creer en la resurrección gloriosa de la Madre de Jesús, en cuerpo y alma.»; «En Mayo de 1946, con la Encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII pidió una amplia consulta, preguntando entre los Obispos y, a través de ellos, al clero y el pueblo de Dios, sobre cuanto a la posibilidad y oportunidad de definir la asunción corporal de María como un dogma de fe. El resultado fue muy positivo: sólo seis respuestas de 1181 mostraron alguna reserva sobre el carácter revelado de esta verdad.»

El Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales para la definición del dogma:

  • La inmunidad de María de todo pecado.
  • Su Maternidad Divina.
  • Su Virginidad Perpetua.
  • Su participación en la obra redentora de Cristo.

Juan Pablo II señaló al respecto: «Aunque el Nuevo Testamento no se afirma explícitamente la Asunción de María, ofrece una base para ello, ya que enfatiza fuertemente la perfecta unión de la Santísima Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta, desde el momento de la concepción milagrosa del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y especialmente en relación con su sacrificio redentor, no puede dejar de requerir una continuación después de la muerte. Perfectamente unida con la vida y la obra salvadora de Jesús, María comparte su destino celestial en cuerpo y alma.»

Hay, por lo tanto, pasajes de la Escritura que resuenan con la Asunción, a pesar de que no la explican del todo.

Se nos recuerda la promesa de la resurrección del cuerpo a través de la Asunción de María. Nuestros propios cuerpos terrenales verán la decadencia, porque no estamos sin pecado como María, pero a través de nuestra eventual purificación, nuestra redención también será completa y se nos promete la resurrección del cuerpo. En el último día de una manera misteriosa nuestros propios cuerpos serán reconstituidos y compartiremos la realidad de la resurrección. Lo que sucedió a María le pasará a todos los que son bautizados si permanecen en Cristo. Lo que sucedió a María también pasará a la totalidad de la iglesia. Ella se presentará un día a Cristo como una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga. La gloria final de toda la Iglesia. Todo lo que parecía una tragedia será parte de la gloria. Todo lo que parecía maravilloso se cumplirá y concluirá en lo más perfecto de lo que podíamos haber imaginado. Ella va adelante como una esposa ataviada para su marido, y así la Iglesia como esposa de Cristo, un día se vestirá de toda esa gloria.

Por último:

¿Podía el cuerpo virginal de María padecer la corrupción del sepulcro? Convenía que la que fue tabernáculo vivo del Dios tres veces santo, estuviera exenta de la corrupción del sepulcro, lo mismo que de la corrupción del pecado. Así lo enseña la tradición de la Iglesia, que celebra la fiesta de la Asunción desde muy remota antigüedad.

¿Era conveniente que María resucitase después de su muerte y fuese llevada al cielo? Era cosa convenientísima, porque: 1º Habiendo sido preservada del pecado, debía permanecer inmune del castigo del pecado:  “Tú eres polvo y en polvo te convertirás” (Gen., III, 19). 2° Habiendo compartido los padecimientos del Hombre-Dios, debía participar, también sin dilación de su triunfo.

¿Cómo fue recibida María en el cielo? 1° Entre las aclamaciones de los Ángeles y de los Santos  “¿Quién es ésta que sube del desierto, llena de delicias, apoyada sobre su amado?”  (Cant., VIII, 5) – “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo” (Judit XV, 10). 2° Entre las bendiciones de la Santísima Trinidad: el Padre la corona como a su hija, el Hijo como a su madre, y el Espíritu Santo como a su esposa  El rey se levantó a su encuentro y la saludó con profunda reverencia, y sentóse sobre su trono: y fue puesto un trono para la madre de rey, que se sentó a la derecha de él” (III Rey., II, 19).

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