Hambre de la Palabra de Dios

No podemos cerrar los ojos ante los acontecimientos que cada día se desarrollan con mayor velocidad. La Iglesia se dirige a un abismo de consecuencias inimaginables; de sufrimiento para muchos como nadie puede prever, de grandísima perturbación espiritual, de oscuridad magisterial sin precedente, de oscurecimiento de la fe y mortal católica como no se ha podido pensar. El más espantoso caos litúrgico se fianza cada vez más en la Iglesia, prueba de que en vez de corregirse, la Iglesia sigue con paso firme hacia ese abismo.

Vienen a colación las palabras de San Pío X en su Carta Notre Charge Apostolique[1], donde pone al descubierto los errores de la revista social francesa Le Sillon y del movimiento al que representa, tanto en su concepción de la libertad, como respecto la autoridad, o las  formas de gobierno, entre otros aspectos. Denuncia el Papa que: pretenden el “establecimiento de una Iglesia universal  que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni regla para el espíritu, ni freno para las pasiones, y que, so pretexto de libertad y de dignidad humana, consagraría en el mundo, si pudiera triunfar, el reino legal de la astucia y de la fuerza y de la opresión de los débiles, de los que sufren y trabajan”.

Si miramos a nuestro alrededor en la Iglesia, ¿no cobran actualidad tales palabras, pronunciadas hace más de cien años? La semilla del mal, del error, permanece en tierra esperando volver a fructificar; tal semilla espera el momento oportuno y los sembradores adecuados.

Dónde está la claridad del Magisterio, de la moral católica, de la liturgia, de la fe y costumbres; esa claridad que durante siglos identificó a la Iglesia católica. Dónde está la preocupación por la salvación de las almas, por su santidad, por el inminente juicio personal, y el final. Dónde está el fin sobrenatural en la Iglesia, que ha de predicar, como fin esencialmente prioritario, como Iglesia de Cristo e instituida para la salvación de los hombres.

Como consecuencia nos encontramos con una sociedad atea y apóstata, indiferente a cualquier fin que no sea el “aquí y ahora”; una sociedad enemiga de Dios, de su ley y de su autoridad; una sociedad que se complace en ser gobernada por  leyes impías, que se imponen bajo castigo para quien las cuestione en nombre de Dios. Una sociedad donde ya no se escucha la fuerza, la vida, la autoridad de la Palabra de Dios, que exige obediencia, sumisión y cumplimiento, por parte de la Autoridad eclesiástica.

Y ya llega el día de la confusión, el día en que se querrá escuchar la Palabra de Dios y no habrá quien la predique. Pero, ¿dónde la pureza de la Palabra de Dios?, esa que dice:

Mirad que vienen días -oráculo de Dios- en que enviaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor. (Amós. 8,11)

Día terrible aquel en que no se podrá acudir a la luz de la Palabra de Dios. Profecía verdaderamente gravísima y terrible que permanece pendiente, como amenaza sobre nosotros, y sobre los miembros de la Iglesia, y sobre la sociedad.

Si vivimos relegando la Palabra de Dios, o tergiversándola, o despreciándola, o mezclándola que con el error, “Él retirará un día esa Palabra, como aquel médico que, habiendo preparado con gran trabajo un precioso remedio para los leprosos de su hospital, observó que todos lo elogiaban con  grandes expresiones de gratitud… pero luego cada uno se buscaba un remedio propio, despreciando el único eficaz, que con tanto amor les había preparado. El médico herido en su corazón, retiró entonces aquel bálsamo despreciado. Y los enfermos murieron todos. Ta es la conminación que hace Dios.”[2]

Trágico fin para una sociedad y una cultura que camina de espaldas a la voluntad de Dios, que busca solución a sus problemas sin contar con la Providencia divina. ¿Y acaso, no también, para la propia Iglesia? ¿No llegará el día que ansiemos escuchar la Palabra de vida en ella, y no haya quien la predique?

Pero, Dios, todo Poderoso, nos dará por añadidura y en abundancia, por Su gratuita liberalidad, en todo lo que necesitemos, si buscamos primero el Reino de Dios para nuestra alma, y la justicia y la santidad que de Él  vienen, y que se funda en la predicación de las Escrituras que conduce a la verdadera vida, que no está “aquí” sino “allí”, en lo alto.

Necesitamos la verdadera Palabra de Dios, el verdadero Magisterio, la verdadera fe católica, la verdadera moral católica. Necesitamos retornar a la Tradición, donde se escucha la nítida e invariable Verdad que nos conduce a la salvación del alma; donde escuchamos la Palabra de Dios, la misma que durante siglos guio a la Iglesia e iluminó a culturas y pueblos, y rescató de la ignorancia a generaciones de seres humanos.

Necesitamos volver a la Tradición para que la sed de la Palabra de Dios quede satisfecha.

Ave María Purísima.

[1] Notre Charge Apostolique. 40. Pío X. 25 de  agosto de 1910.
[2][2] La santa Biblia de Mons. Juan Straubinger

2 respuestas a «Hambre de la Palabra de Dios»

  1. Con todos mis respetos, ver pocos sacerdotes predicando y dando los sacramentos, que son la salvación de las almas , y las iglesias cerradas , poquísimo ejemplo dan , así esta la sociedad

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