Hay que distinguir entre la autoridad de quienes enseñan y la verdad objetiva de lo enseñado

ESCUCHAR NOTICIA: Una vez más insistimos en comentar la Nota, “Un camino de esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la declaración conciliar Nostra aetate”. En el punto I de la Introducción leemos lo siguiente: “Redactada [Nostra aetate] en el contexto de la vitalidad creativa y fraterna del Concilio, mantiene una gran actualidad en un mundo marcado, por un lado, por actitudes generalizadas de aislamiento y, por otro, por una búsqueda de la convivencia en el marco de una ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”. Nuestro primer asombro nace del vocabulario empleado, que podría encontrarse sin dificultad en un texto humanista, internacionalista o universalista: «vitalidad creativa y fraterna», «ciudadanía universal», «fraternidad», «reconocimiento mutuo». Y tras ese asombro nos surge una pregunta bastante seria: ¿Por qué un documento de Roma, fruto del trabajo de tres dicasterios romanos y destinado a explicar la actualidad de Nostra aetate, describe su horizonte mediante categorías que podrían ser asumidas íntegramente por una filosofía humanista no cristiana, incluso por una filosofía hostil a la fe católica? El texto citado de la Nota no habla de una humanidad llamada a ser reconciliada con Dios en Cristo; ni habla de evangelización de las naciones; ni de conversión; ni de incorporación a Cristo; ni de salvación eterna. Habla de una “ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”. Y, de nuevo, otra ineludible pregunta: ¿Por qué el horizonte de las relaciones religiosas mediante categorías de fraternidad y ciudadanía universal no necesitan de Cristo para sostenerse? Porque si la Nota describe el horizonte de Nostra aetate sin mencionar la salvación en Cristo, hay que preguntarse si la fraternidad universal no ha empezado a ocupar el lugar que corresponde a la misión sobrenatural de la Iglesia. Ante textos como este debemos preguntarnos seriamente entre la autoridad de quienes enseñan y la verdad objetiva de lo enseñado. Porque los católicos no ponemos nuestra salvación en manos de un teólogo, de un obispo, de un dicasterio ni siquiera en la persona privada del Papa. La ponemos en Jesucristo y en la fe recibida de Él y transmitida por la Iglesia. La autoridad eclesiástica está precisamente para custodiar, explicar y transmitir ese depósito, no para sustituirlo, alterarlo y cambiar sus fines. Por esto debemos ejercer un juicio doctrinal sobre lo que se nos propone, siempre según el depósito de la fe.  Porque, si la Nota hace prácticamente secundaria la conversión a Cristo, aunque formalmente continúe afirmándola, los hijos de la Iglesia tenemos el derecho a preguntarnos si se está manteniendo íntegra la jerarquía de fines de la misión de la Iglesia católica No podemos, bajo ningún concepto, aceptar que se presente como desarrollo legítimo de la misión de la Iglesia un modelo en el que el no cristiano aparece cada vez más como compañero permanente de una fraternidad religiosa universal y cada vez menos como destinatario del anuncio, la conversión y el bautismo. Esto es contrario al ser constitutivo de la Iglesia católica.   Pulse para escuchar el texto Una vez más insistimos en comentar la Nota, “Un camino de esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la declaración conciliar Nostra aetate”. En el punto I de la Introducción leemos lo siguiente: “Redactada [Nostra aetate] en el contexto de la vitalidad creativa y fraterna del Concilio, mantiene una gran actualidad en un mundo marcado, por un lado, por actitudes generalizadas de aislamiento y, por otro, por una búsqueda de la convivencia en el marco de una ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”. Nuestro primer asombro nace del vocabulario empleado, que podría encontrarse sin dificultad en un texto humanista, internacionalista o universalista: «vitalidad creativa y fraterna», «ciudadanía universal», «fraternidad», «reconocimiento mutuo». Y tras ese asombro nos surge una pregunta bastante seria: ¿Por qué un documento de Roma, fruto del trabajo de tres dicasterios romanos y destinado a explicar la actualidad de Nostra aetate, describe su horizonte mediante categorías que podrían ser asumidas íntegramente por una filosofía humanista no cristiana, incluso por una filosofía hostil a la fe católica? El texto citado de la Nota no habla de una humanidad llamada a ser reconciliada con Dios en Cristo; ni habla de evangelización de las naciones; ni de conversión; ni de incorporación a Cristo; ni de salvación eterna. Habla de una “ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”. Y, de nuevo, otra ineludible pregunta: ¿Por qué el horizonte de las relaciones religiosas mediante categorías de fraternidad y ciudadanía universal no necesitan de Cristo para sostenerse? Porque si la Nota describe el horizonte de Nostra aetate sin mencionar la salvación en Cristo, hay que preguntarse si la fraternidad universal no ha empezado a ocupar el lugar que corresponde a la misión sobrenatural de la Iglesia. Ante textos como este debemos preguntarnos seriamente entre la autoridad de quienes enseñan y la verdad objetiva de lo enseñado. Porque los católicos no ponemos nuestra salvación en manos de un teólogo, de un obispo, de un dicasterio ni siquiera en la persona privada del Papa. La ponemos en Jesucristo y en la fe recibida de Él y transmitida por la Iglesia. La autoridad eclesiástica está precisamente para custodiar, explicar y transmitir ese depósito, no para sustituirlo, alterarlo y cambiar sus fines. Por esto debemos ejercer un juicio doctrinal sobre lo que se nos propone, siempre según el depósito de la fe.  Porque, si la Nota hace prácticamente secundaria la conversión a Cristo, aunque formalmente continúe afirmándola, los hijos de la Iglesia tenemos el derecho a preguntarnos si se está manteniendo íntegra la jerarquía de fines de la misión de la Iglesia católica No podemos, bajo ningún concepto, aceptar que se presente como desarrollo legítimo de la misión de la Iglesia un modelo en el que el no cristiano aparece cada vez más como compañero permanente de una fraternidad religiosa universal y cada vez menos como destinatario del anuncio, la conversión y el bautismo. Esto es contrario al ser constitutivo de la Iglesia católica.

Una vez más insistimos en comentar la Nota, “Un camino de esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la declaración conciliar Nostra aetate”.

En el punto I de la Introducción leemos lo siguiente:

“Redactada [Nostra aetate] en el contexto de la vitalidad creativa y fraterna del Concilio, mantiene una gran actualidad en un mundo marcado, por un lado, por actitudes generalizadas de aislamiento y, por otro, por una búsqueda de la convivencia en el marco de una ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”.

Nuestro primer asombro nace del vocabulario empleado, que podría encontrarse sin dificultad en un texto humanista, internacionalista o universalista: «vitalidad creativa y fraterna», «ciudadanía universal», «fraternidad», «reconocimiento mutuo».

Y tras ese asombro nos surge una pregunta bastante seria: ¿Por qué un documento de Roma, fruto del trabajo de tres dicasterios romanos y destinado a explicar la actualidad de Nostra aetate, describe su horizonte mediante categorías que podrían ser asumidas íntegramente por una filosofía humanista no cristiana, incluso por una filosofía hostil a la fe católica?

El texto citado de la Nota no habla de una humanidad llamada a ser reconciliada con Dios en Cristo; ni habla de evangelización de las naciones; ni de conversión; ni de incorporación a Cristo; ni de salvación eterna. Habla de una “ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo”.

Y, de nuevo, otra ineludible pregunta: ¿Por qué el horizonte de las relaciones religiosas mediante categorías de fraternidad y ciudadanía universal no necesitan de Cristo para sostenerse?

Porque si la Nota describe el horizonte de Nostra aetate sin mencionar la salvación en Cristo, hay que preguntarse si la fraternidad universal no ha empezado a ocupar el lugar que corresponde a la misión sobrenatural de la Iglesia.

Ante textos como este debemos preguntarnos seriamente entre la autoridad de quienes enseñan y la verdad objetiva de lo enseñado. Porque los católicos no ponemos nuestra salvación en manos de un teólogo, de un obispo, de un dicasterio ni siquiera en la persona privada del Papa. La ponemos en Jesucristo y en la fe recibida de Él y transmitida por la Iglesia.

La autoridad eclesiástica está precisamente para custodiar, explicar y transmitir ese depósito, no para sustituirlo, alterarlo y cambiar sus fines.

Por esto debemos ejercer un juicio doctrinal sobre lo que se nos propone, siempre según el depósito de la fe.  Porque, si la Nota hace prácticamente secundaria la conversión a Cristo, aunque formalmente continúe afirmándola, los hijos de la Iglesia tenemos el derecho a preguntarnos si se está manteniendo íntegra la jerarquía de fines de la misión de la Iglesia católica

No podemos, bajo ningún concepto, aceptar que se presente como desarrollo legítimo de la misión de la Iglesia un modelo en el que el no cristiano aparece cada vez más como compañero permanente de una fraternidad religiosa universal y cada vez menos como destinatario del anuncio, la conversión y el bautismo. Esto es contrario al ser constitutivo de la Iglesia católica.


7 respuestas a «Hay que distinguir entre la autoridad de quienes enseñan y la verdad objetiva de lo enseñado»

  1. QUE LA IGLESIA ACTUAL no es católica, ni apostólica, está fuera de toda duda razonable.
    Los verdaderos cristianos tenemos que ceñirnos a los DIEZ MANDAMIENTOS, LOS EVANGELIOS, ETC.,
    y pasar de las ocurrencias de una Iglesia desnortada, AL SERVICIO DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL, NOM.
    Y si me equivoco, que Dios me perdone, pues lo digo en conciencia, y con buena intención…

    1. Hay que ser conscientes que seguir a estos herejes de forma reiterada en sus sacrilegios, profanaciones o desvíos te coloca directamente fuera de la Iglesia. Es tan descarado que no hace falta ser un teólogo de campanillas para descubrir el engaño, hoy en día tenemos más que sobrada información para ser conocedores de todo ello: culto Pachamama, el dios de los judíos y musulmanes es el nuestro, predicar o dar a entender que todas las religiones salvan, parejas del mismo sexo -aunque no se aprueban tampoco las condenan- incluso dándoles la consideración de matrimonio, bendecir a pecadores, considerar la evangelización como falta de respeto, profanación de Templos, de tumbas como la de nuestro heroico Caballero de la Milicia Cristiana Francisco Franco Bahamonde, etc. Y los obispones aquí en España aprobando libros de texto apoyando la ideología de género: https://www.youtube.com/watch?v=AZ_l5N0CtyM (vídeo de 30 segundos).

      San Pablo nos lo dice repitiéndolo; es decir, enfatizándolo:
      “Más si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea ANATEMA. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea ANATEMA”.

      No sé lo que está pasando en la sociedad, pero observo un pasotismo, una indiferencia, un abandono tan masivo que a nada bueno puede conducir ni aquí, ni en la eternidad.

  2. La «iglesia de roma» se encamina hacia esa «fraternidad universal», hacia un «credo universal» que no es otro que la «fe de Lucifer».
    Desde el CV II, las diferentes sectas de masones okupan la antigua Iglesia de Roma y, en la actualidad es la «iglesia del anticristo», la «iglesia de Lucifer» y, resulta evidente, muy evidente.

  3. El que iba de Cardenal Augustin Bea fue quién estableció los fundamentos de la venenosa declaración Nostra Aetate que fue aprobada por 2221 votos contra 88 de los presentes en el CVII, lo cual da una medida exacta del despiste generalizado en la traición de prácticamente todos los obispos que iban de católicos.
    Si bien las Sagradas Escrituras no mencionan la manzana como el fruto del árbol prohibido, se popularizó, como consecuencia de ponerse de “moda”, la imagen de la manzana como fruto prohibido por los artistas del Renacimiento. Lo digo, pues casualmente en honor al maquiavélico Agustín Bea se puso el nombre de “Kardinal Bea” a un tipo de manzanas. Está claro que es una denominación acertadísima. Pudiera ser que en los comedores del Vaticano, cuando lo del CVII, ponían de postre manzana.

    1. El «cardenal» Bea, austriaco, su verdadero apellido era Behayim, por supuesto de la raza de Israel …
      Junto con el «cardenalé Aquille Liénart, de Lille, Francia, fueron los dos progresistas, las «almas» del CV II que lo manipularon a su antojo …. por supuesto, ambos masones y que constan en la «Lista Pecorelli».
      Un abrazo, Eugenio

      1. Es entendible que haya masones, Judas, degenerados y demás mala hierba entre los obispos, pero que de entre los 2.309 obispos votantes a decidir por la declaración conciliar Nostra aetate, voten a favor 2.221 (el 96%) es del todo sorprendente, es inexplicable; me resulta incompresible a menos que manipularan el voto o cosa parecida. Estamos hablando de obispos que fueron elegidos entre los más destacados sacerdotes (tanto por su preparación académica como por el desempeño en sus funciones) por lo que tendrían que tener suficiente referencia de cada uno de los futuros aspirantes a obispo, teniendo en cuenta que mayoritariamente habían sido nombrados por Pío XI y Pío XII -Papas a nivel doctrinal impecables-; es decir, estos obispos tenían o deberían valorar y detectar claramente el veneno herético de esta declaración. Que se te cuele un 10% o un 20% puede pasar, pero que se te cuele ¡un 96%! Habida cuenta que ya sabían con quién se enfrentaban -Bea- pues era un nuevo texto retocado de otro anterior suyo todavía más fuera de la Doctrina.

        En fin, nadie con un poquito de Espíritu Cristiano puede tener a estos okupas por seguidores de CRISTO. En referencia a Bea ya tenía conocimiento de pertenecer a la raza de víboras. Mismo el miserable okupa degenerado y criminal de Montini, su madre (por cierto judía, que implicaría que Montini también lo es) tiene en su tumba grabados con simbología masónica; es decir, todo tiene tufo a azufre.

        Un cordial saludo y un fuerte abrazo.

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