¿Hay que encarnarse en el mundo?

Queridos hermanos, con frecuencia oímos decir que  Jesucristo se ha encarnado en el mundo, que se ha encarnado en una familia humana; pero no es así, Nuestro Señor se encarnó en la Inmaculada Concepción. Es falso el eslogan de que hay que encarnarse en el mundo. No, lo que hay que hacer es sobrenaturalizar el mundo, hay que santificar el mundo; hay que elevarlo de lo natural a lo sobrenatural.

La Exhortación Amoris Læititia es un verdadero canto al naturalismo, es indiscutible. La misma frase con que empieza la Exhortación lo manifiesta: La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia (AL 1). Pero, la alegría de nuestra Santa Madre Iglesia es la alegría del amor en la Santísima Trinidad en las familias, ese es el verdadero júbilo de nuestra Madre Iglesia, y no otro.

La unión con Dios, Uno y Trino disipa todo pecado. La alegría en Dios en la familia es incompatible con el pecado, con una familia que vive en pecado. Sólo desde el naturalismo del documento se comprende la incomprensible aceptación del pecado, de las situaciones pecaminosas de muchas realidades familiares.

El Amor infinito del único Dios, Uno y Trino es el fundamento de la verdadera alegría elevándonos a la vida sobrenatural, vida   a la que debe aspirar y esforzarse el hombre, y la vida familiar.

Qué inmensidad  y profundidad de misterio si meditamos que  Nuestro Señor Jesucristo se encarnó en la Inmaculada Concepción. La excelsa santidad de la Encarnación del Verbo debe hacernos salir de nuestro naturalismo empecatado, de nuestra trágica realidad de pecado, de nuestra impotencia por nosotros mismos, y elevarnos a la Gracia que Dios nos ofrece gratuitamente. Hemos sido creados por la Gracia Divina, y por mayor Gracia aún recreados, tras la caída de nuestros Primeros Padres, por la Obra de la Encarnación del Hijo de Dios.

Queridos hermanos, no es correcto decir que Jesucristo se encarnó en una familia humana, se encarnó en el seno de la Inmaculada Concepción. Misterio tras misterio, Amor tras Amor. El  misterio de la Encarnación del Verbo, el misterio de la Concepción Inmaculada de María. El Amor del Padre al Hijo, el Amor de Dios a María Santísima. Y esta insondable grandeza ha sido  dada al hombre para que se recree en ella, en una recreación que jamás agotará el Amor infinito de Dios a Su criatura.

El hombre no puede permanecer en un  naturalismo que desconoce este misterio de Amor no queriendo saber nada de él. Contemplar a la Sagrada Familia, meditando  la Encarnación del Hijo de Dios y el misterio de María es elevarse sobre la propia naturaleza de pecado ansiando von vehemencia la vida sobrenatural, a la que realmente somos llamados, y no a otra. De lo contrario manifestamos una falta de de fe, de esperanza y de amor a Dios.

Qué alegría la vida en Dios, qué alegría, de por sí irradia su fuerza divina transformando a la persona, a la familia, a la sociedad, derribando las barreras pecado que se oponen a la inhabitación de la Tres Divina Personas en el alma.

Se estremece todo nuestro ser al pensar que puede el pecado acercase a Dios, que puede aspirar al amor de Dios. El pecado es la negación de Dios. Es la negación de la Gracia que gratuitamente se nos ha dado en el misterio del Verbo encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, a través del misterio de la Santísima Virgen María.

Ave María Purísima.


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