He puesto delante de ti una puerta, la cual nadie puede cerrar

“Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”.( Apocalipsis 3:7-8)

El que tiene la llave de David: el poder supremo. Esta expresión reviste sentido. Fillion observa que es “tomada de Isaías 22, 22, donde se lee: “Yo daré (a Eliacim) la llave de la casa de David”. Manera de decir que este personaje será el primer ministro del rey. Jesucristo nos es presentado aquí ejerciendo las funciones de Primer Ministro en el Reino de Dios. Que abre y nadie cerrará: Cristo tiene el poder y la autoridad suprema para admitir o excluir a cualquiera de la nueva ciudad de David y de la nueva Jerusalén. En Filadelfia se adoraba al dios de las puertas (Jano), que tenía una llave en sus manos. El Apóstol alude a ese ídolo, diciendo: sólo Cristo tiene la llave para abrir y cerrar la puerta del Reino.

Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, que cierra y nadie abre: Conozco tus obras. He aquí que he puesto delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar; porque no obstante tu debilidad, has guardado mi Palabra y no has negado mi Nombre”.

Una puerta abierta al apostolado que Dios nos prepara (I Corintios 16, 9; II Corintios 2, 12; Colosenses 4, 3). La promesa de que nadie podrá cerrarla es tanto más preciosa cuanto que se trata de un tiempo de apostasía muy avanzada, pues se anuncia ya la gran persecución. La debilidad nos muestra la humildad del Apóstol que, como San Pablo, está reducido a ser “basura de este mundo” (I Corintios 4, 13) y que, sin espíritu de suficiencia propia, cuenta sólo con la gracia, al revés de los de Laodicea que se creían ricos y eran miserables.

Cuando andamos en busca de algo, todos queremos encontrar las puertas abiertas para entrar a donde vamos. Si se trata de la búsqueda de un empleo, nos gustaría que nos abran las puertas del lugar donde pretendemos trabajar en lugar de que la cierren en nuestras narices. Si vamos de compras a una tienda, nos gustaría encontrarla abierta y no llegar tarde cuando haya cerrado sus puertas. En Esta frase apocalíptica, el Señor promete a Su iglesia fiel que le pondrá delante una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar.

Voy a narrar una visión que me conto un amigo hace años. Me decía que se vio acostado sobre lo que, en principio, creía ser el suelo y sintió una gran paz. Al abrir mis ojos en la visión, vio que estaba recostado sobre algo blanco, no sobre un pasto verde como había pensado. Sin embargo, supo que no se trataba de nieve porque sentí algo cálido mi lugar de descanso.

Observando mejor y descubrió que estaba acostado sobre nubes y vio ángeles volando a su alrededor. Incorporado de su descanso se le acercaron dos ángeles y le dijeron: “Ven, no tengas miedo, te llevaremos ante Su presencia.” Cada uno de ellos le tomaron por sus brazos y alzaron su vuelo. Me contaba que sintió un gozo infinito y una gran paz que sobrepasaba todo entendimiento.

Al instante, llegamos ante Su presencia, ante Su trono y, tanto los ángeles como yo, de confesaba, nos postramos para adorarle. Todo era muy impresionante y sentí temor y respeto porque podía percibir con todos mis sentidos Su hermosa santidad. Me uní a todos los presentes cantando: “Santo, Santo, Santo.”

Escuché al Señor decirme “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”.

Siento con esta historia que Dios está queriendo decir algo al remanente fiel de Su iglesia. En estos tiempos difíciles en los cuales se están cerrando muchas puertas para aquellos siervos de Dios comprometidos con la verdad, el Señor nos dice que está abriendo una puerta que nadie puede cerrar. No importa si los que predican el evangelio bíblico, sin distorsionarlo, tengan poca fuerza, Dios sabe que todos ellos han guardado Su Palabra y no han negado Su nombre.

Si fuera un torneo deportivo, diríamos que estamos en la etapa del campeonato, donde se separan los hombres de los muchachos, como decía un locutor de radio. Los cristianos fieles van a ser probados para ver quien niega o afirma serlo ante la presión del mundo. ¿De qué lado estarás tú? Yo quiero estar del lado del Señor pase lo que pase. ¿Piensas hacer lo mismo tú? Recuerda la promesa del Señor, aunque seamos débiles, “Él nos abrirá una puerta que nadie podrá cerrar”.

Esta puerta abierta para la flaqueza del hombre contemporáneo es el Corazón Inmaculado de María.

Efectivamente, nada puede darnos mayor confianza, esperanza más fundada, estímulo más seguro, que la convicción de que en todas nuestras miserias, en todas nuestras caídas, no tenemos sólo mirándonos con rigor de Juez, a la infinita Santidad de Dios, sino también al Corazón lleno de ternura, de compasión y de misericordia, de Nuestra Madre celestial.

Omnipotencia suplicante, Ella sabrá conseguir para nosotros todo cuanto nuestra flaqueza pide para la gran tarea de nuestro reafirmación moral.

Con este Corazón, todos los terrores se disipan, todos los desánimos se desvanecen, todas las incertidumbres se despejan.

El Corazón Inmaculado de María es la Puerta del Cielo abierta de par en par para los hombres de nuestro tiempo, tan extremamente débiles. Y esta puerta “nadie la podrá cerrar”, ni el demonio, ni el mundo, ni la carne.

En tus manos, Madre amorosa, ponemos la causa de nuestra salvación a Ti confiamos nuestras almas. Queremos ser inscrito entre tus más especiales servidores; no nos deseches. Tú andas buscando a los miserables para auxiliarles: no abandones a unos pobres pecadores que recurre a Ti. Habla en nuestro favor; tu Hijo hace todo cuanto le pides. Tómanos bajo tu protección y esto nos basta, pues si Tú nos proteges, nada tememos, No tememos nuestros pecados porque Tú, según esperamos, nos obtendrás el perdón; no tememos a los demonios, porque Tú eres más poderosa que todo el infierno; no tememos a mí mismo Juez, Jesús, porque, ante una súplica tuya, se aplacará. Protégenos y alcánzanos, Madre nuestra, el perdón de todos nuestros pecados, el amor de Jesús, la santa perseverancia, la buena muerte y, finalmente, el Paraíso.

Se nuestra puerta abierta y ruega pues, a Jesús por nosotros. Oh María, Reina nuestra, en Ti confiamos; en esta esperanza descañamos y vivimos, y con esta esperanza queremos morir.


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