Hiroshima y Nagasaki: 2 crimenes de guerra en masa

ESCUCHAR NOTICIA: Las normas, supuestamente jurídicas, que luego se aplicaron en el llamado Proceso de Nuremberg a partir de noviembre de 1945, se crearon y aprobaron varios meses después de ya terminada la guerra (en Europa),  en el llamado Convenio de Londres, el 8 de agosto de 1945. Unas normas de agosto de 1945, se crearon a la carta, a “toro pasado”,  y se aplicaron retroactivamente a los años anteriores a su vigencia, y siempre en perjuicio de los acusados y sólo de los acusados, porque los aliados no se aplicaron estas normas a sus propios crímenes, porque hipócritamente sus crímenes no fueron nunca objeto de ningun juicio. El 6 de agosto de 1945, dos dias antes de la firma de este Convenio de Londres en el que se definieron los crímenes que serían esgrimidos en Nuremberg para condenar a los alemanes, los norteamericanos lanzaron la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, elegida como objetivo por el gobierno masónico norteamericano muy probablemente por ser la ciudad de Japón con mayor presencia cristiana,  que quedó completamente arrasada por el lanzamiento de esta primera bomba atómica. Según cifras oficiales, -obviamente muy a la baja-, más de 70.000 personas (125.000 según otras fuentes), murieron fulminantemente achicharradas hasta esfumarse desintegradas por la explosión, la radiación, y la bola de fuego de la honda calórica. Una cantidad similar morirían en los siguientes meses a consecuencia de las terribles quemaduras provocadas por la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de leucemia y otros tipos de cáncer, y malformaciones genéticas. Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120.000 personas, 70.000 habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido. El Presidente norteamericano F. Delano Roosevelt (sentado en el centro), en una reunión masónica. Este criminal de guerra es el ídolo de todos los meapilas de la “derecha”, del “centro centrista”, la llamada “democracia cristiana”(?), liberales, e Iglesia postconciliar El 9 de agosto, al día siguiente de la aprobación del Convenio de Londres que definía, entre otros crímenes, los “crímenes de guerra” y los “crímenes contra la Humanidad”, los norteamericanos lanzaron la segunda bomba atómica, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. Según cifras oficiales, “posiblemente” muy a la baja, más de 40.000 personas murieron instantaneamente desintegradas, y seguidamente otros 40.000 más morirían en los días, semanas y meses posteriores a consecuencia de las terribles quemaduras de la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de cáncer y malformaciones. Las bolas de fuego causadas por ambas bombas alcanzaron un diámetro de casi 6 kilómetros y temperaturas equivalentes al calor de la superficie del Sol. Ambos lanzamientos atómicos, que condenaron a la población al completo de dos populosas ciudades a ser achicharradas como si los hubieran metido en un microonadas gigantesco, sumado al dato que un año más tarde mientras transcurría el Juicio de Nuremberg y se acusaba de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra a los alemanes, los aliados -es decir, los jueces y acusadores- llevaban un año matando literalmente de hambre y de privaciones a millones de prisioneros alemanes internados ni siquiera en campos, sino en páramos alambrados a la intemperie, y EN ESOS MISMOS INSTANTES que transcurría el juicio, deportaban entre 14 y 16 millones de alemanes de sus territorios históricos de Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y los Sudetes; en condiciones tan infrahumanas que más de dos millones de los cuales perecerían por el camino de hambre, frío y agotamiento, lo que conforme a la «jurisprudencia» de Nuremberg constituía crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad, aunque los aliados lo llamaran eufemísticamente «transferencias de población»,  permiten valorar en sus justos términos la hipocresía y la «preocupación» de los organizadores del proceso de Nuremberg, por los “crímenes de guerra” y “contra la Humanidad”, (juzgando a los demás con una mano y cometiéndolos ellos con la otra con total hipocresía y normalidad), y la ingenuidad, -cuando no estupidez-,  de los que les hacen el juego. Los prisioneros de Alemania tenían barracones, los alemanes ni eso. Hombres inicialmente sanos, morían a miles a causa de las condiciones infrahumanas de vida y la falta de alimentos y medicinas básicas. Esas muertes se contabilizaban para enmascararlas como “other losses”, otras pérdias ¿Era necesario achicharrar y vaporizar a cientos de miles de personas para ganar una guerra que ya estaba ganada?. La respuesta es NO. La propaganda norteamericana, -voceada sin descanso por los medios de comunicación sincronizada, y asumida a pies juntillas  por el sistema educativo español desde tiempo inmemorial y por la llamada “derecha” española, que venera como dioses a los Presidentes masónicos norteamericanos Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman, y por supuesto a Churchill-, ha venido sosteniendo para justificar el ataque,  que  lanzó las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki por dos motivos: para poner fin a la Segunda Guerra Mundial y para salvar vidas estadounidenses. Ambos argumentos son manifiestamente falsos, la guerra estaba ganada y si de verdad hubieran querido salvar vidas americanas, no habrían azuzado para desencadenar la Segunda guerra mundial, y luego sostenerla sin posibilidades de paz, ni habrían incitado a Japón para el ataque a Pearl Harbor que tanto desearon para tener un pretexto ante la opinión pública para meterse en la guerra y salvar a Stalin que no habría podido soportar un segundo frente con Japón uniendo sus fuerzas a Alemania por la frontera de Mongolia y Manchuria. oooo La guerra no había terminado 4 meses antes porque los norteamericanos no aceptaban la única condición que proponía Japón para rendirse de forma incondicional en todo lo demás: respetar la figura del emperador. Es decir el fin de la guerra estaba en la mano de los norteamericanos desde marzo-abril de 1945, fueron los norteamericanos quienes prolongaron a propósito la guerra al no querer aceptar esta rendición si no conllevaba la desaparición de la figura del emperador. Los más importantes Generales norteamericanos  (Eisenhower, Douglas MacArthur  William Leahy, el almirante de la Flota Chester W. Nimitz,  el Secretario adjunto de Guerra, John McLoy, el subsecretario de la Armada, Ralph Bird. el despiadado general Curtis LeMay, y muchos otros), sostenían que Japón se rendiría de todas formas a más tardar en el mes de noviembre de 1945, y lo hubiera hecho 7 meses antes incluso, si los norteamericanos hubieran aceptado ya entonces la única condición de Japón: mantener la figura del emperador. El General y criminal de guerra Curtis LeMay, uno de los más despiadados “halcones” de la Fuerza Aérea norteamericana, manifestó: La guerra habría terminado en dos semanas… La bomba atómica no tuvo absolutamente nada que ver con el fin de la guerra. El comandante en jefe de la Armada de EE.UU. y jefe de Operaciones Navales, Ernest J. King, declaró que: El bloqueo naval y el bombardeo anterior en Japón en marzo de 1945, habían incapacitado a los japoneses y que el uso de la bomba atómica fue innecesario e inmoral. El brigadier General Carter Clarke –el oficial de inteligencia militar a cargo de preparar los resúmenes de los cables japoneses interceptados para el presidente Truman y sus consejeros– dijo: (pg. 359 del libro “La decisión de usar la bomba atómica·, de Gar Alperovitz, 1996): Cuando no necesitábamos hacerlo, y sabíamos que no necesitábamos hacerlo y ellos sabían que no necesitábamos hacerlo, los utilizamos como un experimento para dos bombas atómicas.  El almirante William Leahy –el militar de mayor alta graduación de las fuerzas armadas de EE.UU.,  Jefe del Estado Mayor Conjunto y que estaba en el centro de todas las principales decisiones militares de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial– escribió, en su libro “Yo estuve allí, la experiencia militar estadounidense”, 1979, (pg. 441): “En mi opinión el uso de esa cruel arma en Hiroshima y Nagasaki no fue una ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y se disponían a rendirse debido al efectivo bloqueo marítimo y los exitosos bombardeos con armas convencionales.” De hecho Japón había sufrido bombardeos convencionales terribles. Los bombardeos de alfombra habían arrasado no solo las 5 ciudades más importantes de Japón, (Tokio, Osaka, Nagoya, Yokohama, y Kobe), sino también otras 64 ciudades ( 23 ciudades de entre 100.000 y 400.000 habitantes y otras 41 ciudades de unos 100.000 habitantes), destruyendo practicamente por completo la capacidad industrial japonesa. Incluso se había bombardeado antes la ciudad de Iwakuni, situada solamente a 8 km de Hiroshima. El bombardeo de Tokio efectuado en la madrugada del 9 al 10 de marzo de 1945 fue devastador (los bombardeos se efectuaban de noche para provocar mayor pánico en la población civil, y dificultar la reacción de los bomberos y servicios de emergencia). Unos  340 bombarderos norteamericanos B-29 lanzaron 1.665 toneladas de bombas incendiaras sobre la zona este de Tokio, arrasando un área de 41 kilómetros cuadrados (aproximadamente la cuarta parte de la ciudad). Lanzaron bombas de racimo que, al chocar contra el suelo, desprendía su contenido de fósforo blanco y napalm. La temperatura de la ciudad subió hasta los 980 grados, llegó a hervir el agua de ríos, canales y estanques. El fuego consumió fácilmente unas viviendas de madera y papel (materiales adecuados para minimizar los efectos de los frecuentes terremotos). Los bombardeos destruyeron 267.000 viviendas (quedando sin techo más de un millón de habitantes), ocasionaron la muerte a algo más de 105.000 personas y heridas a unas 400.000. Este bombardeo no ha tenido el protagonismo que hubiera merecido por su terrible magnitud, al quedar eclipsado por las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque en Tokio hubo más víctimas que en cada una de estas ciudades. Otras muchas ciudades corrieron la misma suerte, como antes ya la sufrieran las ciudades alemanas. El 25 de junio Tokio volvió a ser bombardeada con tres veces más bombas, y la cifra de muertos llegó a las 240.000 personas. Algunos de los más de 500.000 asesinados por los aliados en los bombardeos de Tokio de marzo de 1945 Pintura titulada «El puente de Umaya la noche del 10 de marzo», de la artista Fukushima Yasussuke, que tenía 6 años cuando se produjo el atentado En junio de 1945, el General de los EEUU y criminal de guerra Curtis LeMay, a cargo de los ataques aéreos a Japón, y responsable del bombardeo criminal de Tokio, se quejaba de que después de meses de los bombardeos con napalm no había ya nada en las ciudades japonesas más que blancos de chatarra y basura. En julio, los aviones de Estados Unidos podían volar sobre Japón sin encontrar resistencia y bombardear tanto como quisieron ya que Japón no podía defenderse. En este contexto de indefensión de Japón frente a los bombardeos indiscriminados estadounidenses, se ejecutó la orden de lanzar las bombas atómicas. No fue una decisión militar, porque no obedecía a una “necesidad” militar, sino una decisión política, del Presidente Truman y su camarilla de fanáticos, y yo añadiría que una decisión política de carácter criminal. 1. El presidente de EEUU, y criminal de guerra (valga la redundancia), Harrye Truman. 2. Secretario de guerra y criminal de guerra Henry L. Stimson (de nuevo la redundancia), sobre los que pesa la decisión, y otras criminales, de lanzar las bombas   El termino «aliado» se presenta como algo positivo pero es una expresión a medio decir, omitiendo de quién eran aliados los «aliados», (los personajes que formaban esa «alianza» a cuál peor). Los «aliados» en realidad son los aliados de alguien, ¿de quién?, de Stalin, ese es el nombre completo: «los aliados de Stalin», dato que se suele omitir. Comunismo y masonería dándose la mano   Los efectos de la bomba atómica fueron objeto de dos filmaciones importantes, la primera por un noticiario japonés, filmada por Akira Iwasaki en blanco y negro, a los pocos días de la devastación. Y otra norteamericana, filmada en color,  llevada a cabo por los tenientes del Ejército de los EEUU Daniel A. McGovern (fotógrafo del Presidente Roosevelt),  y Herbert S. Sussan,  a finales de septiembre de 1945, dentro de un proyecto del “US Strategic Bombing Survey”. La filmación japonesa fue incautada y declarada alto secreto por el Ejército de los EEUU nada más ocupar Japón, (la famosa “libertad de prensa” de las democracias liberales), para evitar que sus imágenes pudieran ser conocidas y difundidas. Las filmaciones de McGovern y de Herbert Sussan fueron igualmente clasificadas como “alto secreto” y ocultadas a la opinión pública durante décadas. De hecho la de McGovern llegó a ser destruida (“desapareció”), pero McGovern consciente de la censura, había hecho una copia de forma secreta y pudo salvarla. La prohibición e incautación de estas imágenes constituye uno de los muchos ejemplos de la censura documental de posguerra de los aliados. El modus operandi de la propaganda atifascista siempre es el mismo, por una lado se maxifican por razones de propaganda unas cosas, y por otro se tapan, se reprime y se prohibe todo lo que pueda inculpar de crímenes al bando angloamericano-soviético. Así se garantiza la manipulación de las masas. Si esto no es suficiente se recurre al uso de la censura represiva a través de la argucia del falso “delito de odio” para reprimir toda disidencia bajo una apariencia de legalidad. Lo podemos ver en España en la actualidad, con las leyes de “falsificación histórica y desmemoria antidemocrática”, con una mano se maxifican por razones de propaganda y lavado de cerebro unas cosas, y con la otra se retiran y se hacen desaparecer monumentos, lápidas, cruces, inscripciones etc. para no dejar vestigio de la Historia verdadera, y en esta dinámica llegamos al descaro de dejar fuera de esa supuesta memoria histórica a Paracuellos, el mayor fusilamiento en masa de toda la Historia de España,  se deja fuera de la “memoria histórica” porque se considera, hipócritamente, como “irrelevante”. El asesinato de 15.000 personas, de ambos sexos y de todas las edades,  irrelevante. Y se quedan tan anchos. A falsedad y falta de escrúpulos, a toda esta gente no hay quien les gane.  Porque obviamente no es la verdad lo que estas leyes pretenden, sino la politización de la sociedad a través de la falsificación de la Historia,  del lavado de cerebro, y la manipulación selectiva de la Historia, siguiendo a rajatabla el viejo lema de Lenin: “Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira”. oooo Hasta 1968 la filmación japonesa de Akira Iwasaki no fue devuelta a Japón (no sabemos si previamente censurada), parte de ella, junto con material más moderno de las secuelas en las víctimas y sus descendientes, se utilizó por el cineasta japonés Hani Susumu para la creación en 1982 de su documental pacifista “Yogen” (“Presagio”, cuyo título en inglés fue “Prophecy”),  con el que denunció los horrores de la bomba atómica y mostró los efectos a largo plazo en los supervivientes (llamados “hibakushas”), como las deformaciones en recien nacidos y los efectos de la radiación. La filmación de Herbert Sussan fue desclasificada en 1979, pero continuó sin ver la luz porque su propia existencia era desconocida. La de McGovern fue destruida (nunca se encontró en los almacenes de alto secreto bajo siete llaves donde había sido depositada), pero había escondido una copia y la remitió al Congreso de los EEUU al ser levantada la prohibición. Este pequeño trabajo está dedicado a la memoria de las personas indefensas, con nombres y apellidos,  que sufrieron los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, al sufrimiento de las victimas y al valor de los equipos de médicos, enfermeras y personas de bien que hicieron frente, con sus limitadas posibilidades, para paliar tanto dolor.   Pulse para escuchar el texto Las normas, supuestamente jurídicas, que luego se aplicaron en el llamado Proceso de Nuremberg a partir de noviembre de 1945, se crearon y aprobaron varios meses después de ya terminada la guerra (en Europa),  en el llamado Convenio de Londres, el 8 de agosto de 1945. Unas normas de agosto de 1945, se crearon a la carta, a “toro pasado”,  y se aplicaron retroactivamente a los años anteriores a su vigencia, y siempre en perjuicio de los acusados y sólo de los acusados, porque los aliados no se aplicaron estas normas a sus propios crímenes, porque hipócritamente sus crímenes no fueron nunca objeto de ningun juicio. El 6 de agosto de 1945, dos dias antes de la firma de este Convenio de Londres en el que se definieron los crímenes que serían esgrimidos en Nuremberg para condenar a los alemanes, los norteamericanos lanzaron la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, elegida como objetivo por el gobierno masónico norteamericano muy probablemente por ser la ciudad de Japón con mayor presencia cristiana,  que quedó completamente arrasada por el lanzamiento de esta primera bomba atómica. Según cifras oficiales, -obviamente muy a la baja-, más de 70.000 personas (125.000 según otras fuentes), murieron fulminantemente achicharradas hasta esfumarse desintegradas por la explosión, la radiación, y la bola de fuego de la honda calórica. Una cantidad similar morirían en los siguientes meses a consecuencia de las terribles quemaduras provocadas por la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de leucemia y otros tipos de cáncer, y malformaciones genéticas. Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120.000 personas, 70.000 habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido. El Presidente norteamericano F. Delano Roosevelt (sentado en el centro), en una reunión masónica. Este criminal de guerra es el ídolo de todos los meapilas de la “derecha”, del “centro centrista”, la llamada “democracia cristiana”(?), liberales, e Iglesia postconciliar El 9 de agosto, al día siguiente de la aprobación del Convenio de Londres que definía, entre otros crímenes, los “crímenes de guerra” y los “crímenes contra la Humanidad”, los norteamericanos lanzaron la segunda bomba atómica, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. Según cifras oficiales, “posiblemente” muy a la baja, más de 40.000 personas murieron instantaneamente desintegradas, y seguidamente otros 40.000 más morirían en los días, semanas y meses posteriores a consecuencia de las terribles quemaduras de la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de cáncer y malformaciones. Las bolas de fuego causadas por ambas bombas alcanzaron un diámetro de casi 6 kilómetros y temperaturas equivalentes al calor de la superficie del Sol. Ambos lanzamientos atómicos, que condenaron a la población al completo de dos populosas ciudades a ser achicharradas como si los hubieran metido en un microonadas gigantesco, sumado al dato que un año más tarde mientras transcurría el Juicio de Nuremberg y se acusaba de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra a los alemanes, los aliados -es decir, los jueces y acusadores- llevaban un año matando literalmente de hambre y de privaciones a millones de prisioneros alemanes internados ni siquiera en campos, sino en páramos alambrados a la intemperie, y EN ESOS MISMOS INSTANTES que transcurría el juicio, deportaban entre 14 y 16 millones de alemanes de sus territorios históricos de Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y los Sudetes; en condiciones tan infrahumanas que más de dos millones de los cuales perecerían por el camino de hambre, frío y agotamiento, lo que conforme a la «jurisprudencia» de Nuremberg constituía crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad, aunque los aliados lo llamaran eufemísticamente «transferencias de población»,  permiten valorar en sus justos términos la hipocresía y la «preocupación» de los organizadores del proceso de Nuremberg, por los “crímenes de guerra” y “contra la Humanidad”, (juzgando a los demás con una mano y cometiéndolos ellos con la otra con total hipocresía y normalidad), y la ingenuidad, -cuando no estupidez-,  de los que les hacen el juego. Los prisioneros de Alemania tenían barracones, los alemanes ni eso. Hombres inicialmente sanos, morían a miles a causa de las condiciones infrahumanas de vida y la falta de alimentos y medicinas básicas. Esas muertes se contabilizaban para enmascararlas como “other losses”, otras pérdias ¿Era necesario achicharrar y vaporizar a cientos de miles de personas para ganar una guerra que ya estaba ganada?. La respuesta es NO. La propaganda norteamericana, -voceada sin descanso por los medios de comunicación sincronizada, y asumida a pies juntillas  por el sistema educativo español desde tiempo inmemorial y por la llamada “derecha” española, que venera como dioses a los Presidentes masónicos norteamericanos Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman, y por supuesto a Churchill-, ha venido sosteniendo para justificar el ataque,  que  lanzó las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki por dos motivos: para poner fin a la Segunda Guerra Mundial y para salvar vidas estadounidenses. Ambos argumentos son manifiestamente falsos, la guerra estaba ganada y si de verdad hubieran querido salvar vidas americanas, no habrían azuzado para desencadenar la Segunda guerra mundial, y luego sostenerla sin posibilidades de paz, ni habrían incitado a Japón para el ataque a Pearl Harbor que tanto desearon para tener un pretexto ante la opinión pública para meterse en la guerra y salvar a Stalin que no habría podido soportar un segundo frente con Japón uniendo sus fuerzas a Alemania por la frontera de Mongolia y Manchuria. oooo La guerra no había terminado 4 meses antes porque los norteamericanos no aceptaban la única condición que proponía Japón para rendirse de forma incondicional en todo lo demás: respetar la figura del emperador. Es decir el fin de la guerra estaba en la mano de los norteamericanos desde marzo-abril de 1945, fueron los norteamericanos quienes prolongaron a propósito la guerra al no querer aceptar esta rendición si no conllevaba la desaparición de la figura del emperador. Los más importantes Generales norteamericanos  (Eisenhower, Douglas MacArthur  William Leahy, el almirante de la Flota Chester W. Nimitz,  el Secretario adjunto de Guerra, John McLoy, el subsecretario de la Armada, Ralph Bird. el despiadado general Curtis LeMay, y muchos otros), sostenían que Japón se rendiría de todas formas a más tardar en el mes de noviembre de 1945, y lo hubiera hecho 7 meses antes incluso, si los norteamericanos hubieran aceptado ya entonces la única condición de Japón: mantener la figura del emperador. El General y criminal de guerra Curtis LeMay, uno de los más despiadados “halcones” de la Fuerza Aérea norteamericana, manifestó: La guerra habría terminado en dos semanas… La bomba atómica no tuvo absolutamente nada que ver con el fin de la guerra. El comandante en jefe de la Armada de EE.UU. y jefe de Operaciones Navales, Ernest J. King, declaró que: El bloqueo naval y el bombardeo anterior en Japón en marzo de 1945, habían incapacitado a los japoneses y que el uso de la bomba atómica fue innecesario e inmoral. El brigadier General Carter Clarke –el oficial de inteligencia militar a cargo de preparar los resúmenes de los cables japoneses interceptados para el presidente Truman y sus consejeros– dijo: (pg. 359 del libro “La decisión de usar la bomba atómica·, de Gar Alperovitz, 1996): Cuando no necesitábamos hacerlo, y sabíamos que no necesitábamos hacerlo y ellos sabían que no necesitábamos hacerlo, los utilizamos como un experimento para dos bombas atómicas.  El almirante William Leahy –el militar de mayor alta graduación de las fuerzas armadas de EE.UU.,  Jefe del Estado Mayor Conjunto y que estaba en el centro de todas las principales decisiones militares de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial– escribió, en su libro “Yo estuve allí, la experiencia militar estadounidense”, 1979, (pg. 441): “En mi opinión el uso de esa cruel arma en Hiroshima y Nagasaki no fue una ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y se disponían a rendirse debido al efectivo bloqueo marítimo y los exitosos bombardeos con armas convencionales.” De hecho Japón había sufrido bombardeos convencionales terribles. Los bombardeos de alfombra habían arrasado no solo las 5 ciudades más importantes de Japón, (Tokio, Osaka, Nagoya, Yokohama, y Kobe), sino también otras 64 ciudades ( 23 ciudades de entre 100.000 y 400.000 habitantes y otras 41 ciudades de unos 100.000 habitantes), destruyendo practicamente por completo la capacidad industrial japonesa. Incluso se había bombardeado antes la ciudad de Iwakuni, situada solamente a 8 km de Hiroshima. El bombardeo de Tokio efectuado en la madrugada del 9 al 10 de marzo de 1945 fue devastador (los bombardeos se efectuaban de noche para provocar mayor pánico en la población civil, y dificultar la reacción de los bomberos y servicios de emergencia). Unos  340 bombarderos norteamericanos B-29 lanzaron 1.665 toneladas de bombas incendiaras sobre la zona este de Tokio, arrasando un área de 41 kilómetros cuadrados (aproximadamente la cuarta parte de la ciudad). Lanzaron bombas de racimo que, al chocar contra el suelo, desprendía su contenido de fósforo blanco y napalm. La temperatura de la ciudad subió hasta los 980 grados, llegó a hervir el agua de ríos, canales y estanques. El fuego consumió fácilmente unas viviendas de madera y papel (materiales adecuados para minimizar los efectos de los frecuentes terremotos). Los bombardeos destruyeron 267.000 viviendas (quedando sin techo más de un millón de habitantes), ocasionaron la muerte a algo más de 105.000 personas y heridas a unas 400.000. Este bombardeo no ha tenido el protagonismo que hubiera merecido por su terrible magnitud, al quedar eclipsado por las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque en Tokio hubo más víctimas que en cada una de estas ciudades. Otras muchas ciudades corrieron la misma suerte, como antes ya la sufrieran las ciudades alemanas. El 25 de junio Tokio volvió a ser bombardeada con tres veces más bombas, y la cifra de muertos llegó a las 240.000 personas. Algunos de los más de 500.000 asesinados por los aliados en los bombardeos de Tokio de marzo de 1945 Pintura titulada «El puente de Umaya la noche del 10 de marzo», de la artista Fukushima Yasussuke, que tenía 6 años cuando se produjo el atentado En junio de 1945, el General de los EEUU y criminal de guerra Curtis LeMay, a cargo de los ataques aéreos a Japón, y responsable del bombardeo criminal de Tokio, se quejaba de que después de meses de los bombardeos con napalm no había ya nada en las ciudades japonesas más que blancos de chatarra y basura. En julio, los aviones de Estados Unidos podían volar sobre Japón sin encontrar resistencia y bombardear tanto como quisieron ya que Japón no podía defenderse. En este contexto de indefensión de Japón frente a los bombardeos indiscriminados estadounidenses, se ejecutó la orden de lanzar las bombas atómicas. No fue una decisión militar, porque no obedecía a una “necesidad” militar, sino una decisión política, del Presidente Truman y su camarilla de fanáticos, y yo añadiría que una decisión política de carácter criminal. 1. El presidente de EEUU, y criminal de guerra (valga la redundancia), Harrye Truman. 2. Secretario de guerra y criminal de guerra Henry L. Stimson (de nuevo la redundancia), sobre los que pesa la decisión, y otras criminales, de lanzar las bombas   El termino «aliado» se presenta como algo positivo pero es una expresión a medio decir, omitiendo de quién eran aliados los «aliados», (los personajes que formaban esa «alianza» a cuál peor). Los «aliados» en realidad son los aliados de alguien, ¿de quién?, de Stalin, ese es el nombre completo: «los aliados de Stalin», dato que se suele omitir. Comunismo y masonería dándose la mano   Los efectos de la bomba atómica fueron objeto de dos filmaciones importantes, la primera por un noticiario japonés, filmada por Akira Iwasaki en blanco y negro, a los pocos días de la devastación. Y otra norteamericana, filmada en color,  llevada a cabo por los tenientes del Ejército de los EEUU Daniel A. McGovern (fotógrafo del Presidente Roosevelt),  y Herbert S. Sussan,  a finales de septiembre de 1945, dentro de un proyecto del “US Strategic Bombing Survey”. La filmación japonesa fue incautada y declarada alto secreto por el Ejército de los EEUU nada más ocupar Japón, (la famosa “libertad de prensa” de las democracias liberales), para evitar que sus imágenes pudieran ser conocidas y difundidas. Las filmaciones de McGovern y de Herbert Sussan fueron igualmente clasificadas como “alto secreto” y ocultadas a la opinión pública durante décadas. De hecho la de McGovern llegó a ser destruida (“desapareció”), pero McGovern consciente de la censura, había hecho una copia de forma secreta y pudo salvarla. La prohibición e incautación de estas imágenes constituye uno de los muchos ejemplos de la censura documental de posguerra de los aliados. El modus operandi de la propaganda atifascista siempre es el mismo, por una lado se maxifican por razones de propaganda unas cosas, y por otro se tapan, se reprime y se prohibe todo lo que pueda inculpar de crímenes al bando angloamericano-soviético. Así se garantiza la manipulación de las masas. Si esto no es suficiente se recurre al uso de la censura represiva a través de la argucia del falso “delito de odio” para reprimir toda disidencia bajo una apariencia de legalidad. Lo podemos ver en España en la actualidad, con las leyes de “falsificación histórica y desmemoria antidemocrática”, con una mano se maxifican por razones de propaganda y lavado de cerebro unas cosas, y con la otra se retiran y se hacen desaparecer monumentos, lápidas, cruces, inscripciones etc. para no dejar vestigio de la Historia verdadera, y en esta dinámica llegamos al descaro de dejar fuera de esa supuesta memoria histórica a Paracuellos, el mayor fusilamiento en masa de toda la Historia de España,  se deja fuera de la “memoria histórica” porque se considera, hipócritamente, como “irrelevante”. El asesinato de 15.000 personas, de ambos sexos y de todas las edades,  irrelevante. Y se quedan tan anchos. A falsedad y falta de escrúpulos, a toda esta gente no hay quien les gane.  Porque obviamente no es la verdad lo que estas leyes pretenden, sino la politización de la sociedad a través de la falsificación de la Historia,  del lavado de cerebro, y la manipulación selectiva de la Historia, siguiendo a rajatabla el viejo lema de Lenin: “Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira”. oooo Hasta 1968 la filmación japonesa de Akira Iwasaki no fue devuelta a Japón (no sabemos si previamente censurada), parte de ella, junto con material más moderno de las secuelas en las víctimas y sus descendientes, se utilizó por el cineasta japonés Hani Susumu para la creación en 1982 de su documental pacifista “Yogen” (“Presagio”, cuyo título en inglés fue “Prophecy”),  con el que denunció los horrores de la bomba atómica y mostró los efectos a largo plazo en los supervivientes (llamados “hibakushas”), como las deformaciones en recien nacidos y los efectos de la radiación. La filmación de Herbert Sussan fue desclasificada en 1979, pero continuó sin ver la luz porque su propia existencia era desconocida. La de McGovern fue destruida (nunca se encontró en los almacenes de alto secreto bajo siete llaves donde había sido depositada), pero había escondido una copia y la remitió al Congreso de los EEUU al ser levantada la prohibición. Este pequeño trabajo está dedicado a la memoria de las personas indefensas, con nombres y apellidos,  que sufrieron los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, al sufrimiento de las victimas y al valor de los equipos de médicos, enfermeras y personas de bien que hicieron frente, con sus limitadas posibilidades, para paliar tanto dolor.

Las normas, supuestamente jurídicas, que luego se aplicaron en el llamado Proceso de Nuremberg a partir de noviembre de 1945, se crearon y aprobaron varios meses después de ya terminada la guerra (en Europa),  en el llamado Convenio de Londres, el 8 de agosto de 1945.

Unas normas de agosto de 1945, se crearon a la carta, a “toro pasado”,  y se aplicaron retroactivamente a los años anteriores a su vigencia, y siempre en perjuicio de los acusados y sólo de los acusados, porque los aliados no se aplicaron estas normas a sus propios crímenes, porque hipócritamente sus crímenes no fueron nunca objeto de ningun juicio.

El 6 de agosto de 1945, dos dias antes de la firma de este Convenio de Londres en el que se definieron los crímenes que serían esgrimidos en Nuremberg para condenar a los alemanes, los norteamericanos lanzaron la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, elegida como objetivo por el gobierno masónico norteamericano muy probablemente por ser la ciudad de Japón con mayor presencia cristiana,  que quedó completamente arrasada por el lanzamiento de esta primera bomba atómica.

Según cifras oficiales, -obviamente muy a la baja-, más de 70.000 personas (125.000 según otras fuentes), murieron fulminantemente achicharradas hasta esfumarse desintegradas por la explosión, la radiación, y la bola de fuego de la honda calórica. Una cantidad similar morirían en los siguientes meses a consecuencia de las terribles quemaduras provocadas por la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de leucemia y otros tipos de cáncer, y malformaciones genéticas.

Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120.000 personas, 70.000 habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido.

El Presidente norteamericano F. Delano Roosevelt (sentado en el centro), en una reunión masónica. Este criminal de guerra es el ídolo de todos los meapilas de la “derecha”, del “centro centrista”, la llamada “democracia cristiana”(?), liberales, e Iglesia postconciliar

El 9 de agosto, al día siguiente de la aprobación del Convenio de Londres que definía, entre otros crímenes, los “crímenes de guerra” y los “crímenes contra la Humanidad”, los norteamericanos lanzaron la segunda bomba atómica, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. Según cifras oficiales, “posiblemente” muy a la baja, más de 40.000 personas murieron instantaneamente desintegradas, y seguidamente otros 40.000 más morirían en los días, semanas y meses posteriores a consecuencia de las terribles quemaduras de la radiación, sin contar las secuelas que todavía perduran en forma de cáncer y malformaciones.

Las bolas de fuego causadas por ambas bombas alcanzaron un diámetro de casi 6 kilómetros y temperaturas equivalentes al calor de la superficie del Sol.

Ambos lanzamientos atómicos, que condenaron a la población al completo de dos populosas ciudades a ser achicharradas como si los hubieran metido en un microonadas gigantesco, sumado al dato que un año más tarde mientras transcurría el Juicio de Nuremberg y se acusaba de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra a los alemanes, los aliados -es decir, los jueces y acusadores- llevaban un año matando literalmente de hambre y de privaciones a millones de prisioneros alemanes internados ni siquiera en campos, sino en páramos alambrados a la intemperie, y EN ESOS MISMOS INSTANTES que transcurría el juicio, deportaban entre 14 y 16 millones de alemanes de sus territorios históricos de Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y los Sudetes; en condiciones tan infrahumanas que más de dos millones de los cuales perecerían por el camino de hambre, frío y agotamiento, lo que conforme a la «jurisprudencia» de Nuremberg constituía crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad, aunque los aliados lo llamaran eufemísticamente «transferencias de población»,  permiten valorar en sus justos términos la hipocresía y la «preocupación» de los organizadores del proceso de Nuremberg, por los “crímenes de guerra” y “contra la Humanidad”, (juzgando a los demás con una mano y cometiéndolos ellos con la otra con total hipocresía y normalidad), y la ingenuidad, -cuando no estupidez-,  de los que les hacen el juego.

Los prisioneros de Alemania tenían barracones, los alemanes ni eso. Hombres inicialmente sanos, morían a miles a causa de las condiciones infrahumanas de vida y la falta de alimentos y medicinas básicas. Esas muertes se contabilizaban para enmascararlas como “other losses”, otras pérdias

¿Era necesario achicharrar y vaporizar a cientos de miles de personas para ganar una guerra que ya estaba ganada?.

La respuesta es NO.

La propaganda norteamericana, -voceada sin descanso por los medios de comunicación sincronizada, y asumida a pies juntillas  por el sistema educativo español desde tiempo inmemorial y por la llamada “derecha” española, que venera como dioses a los Presidentes masónicos norteamericanos Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman, y por supuesto a Churchill-, ha venido sosteniendo para justificar el ataque,  que  lanzó las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki por dos motivos: para poner fin a la Segunda Guerra Mundial y para salvar vidas estadounidenses.

Ambos argumentos son manifiestamente falsos, la guerra estaba ganada y si de verdad hubieran querido salvar vidas americanas, no habrían azuzado para desencadenar la Segunda guerra mundial, y luego sostenerla sin posibilidades de paz, ni habrían incitado a Japón para el ataque a Pearl Harbor que tanto desearon para tener un pretexto ante la opinión pública para meterse en la guerra y salvar a Stalin que no habría podido soportar un segundo frente con Japón uniendo sus fuerzas a Alemania por la frontera de Mongolia y Manchuria.

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La guerra no había terminado 4 meses antes porque los norteamericanos no aceptaban la única condición que proponía Japón para rendirse de forma incondicional en todo lo demás: respetar la figura del emperador. Es decir el fin de la guerra estaba en la mano de los norteamericanos desde marzo-abril de 1945, fueron los norteamericanos quienes prolongaron a propósito la guerra al no querer aceptar esta rendición si no conllevaba la desaparición de la figura del emperador.

Los más importantes Generales norteamericanos  (Eisenhower, Douglas MacArthur  William Leahy, el almirante de la Flota Chester W. Nimitz,  el Secretario adjunto de Guerra, John McLoy, el subsecretario de la Armada, Ralph Bird. el despiadado general Curtis LeMay, y muchos otros), sostenían que Japón se rendiría de todas formas a más tardar en el mes de noviembre de 1945, y lo hubiera hecho 7 meses antes incluso, si los norteamericanos hubieran aceptado ya entonces la única condición de Japón: mantener la figura del emperador.

El General y criminal de guerra Curtis LeMay, uno de los más despiadados “halcones” de la Fuerza Aérea norteamericana, manifestó:

La guerra habría terminado en dos semanas… La bomba atómica no tuvo absolutamente nada que ver con el fin de la guerra.

El comandante en jefe de la Armada de EE.UU. y jefe de Operaciones Navales, Ernest J. King, declaró que:

El bloqueo naval y el bombardeo anterior en Japón en marzo de 1945, habían incapacitado a los japoneses y que el uso de la bomba atómica fue innecesario e inmoral.

El brigadier General Carter Clarke –el oficial de inteligencia militar a cargo de preparar los resúmenes de los cables japoneses interceptados para el presidente Truman y sus consejeros– dijo: (pg. 359 del libro “La decisión de usar la bomba atómica·, de Gar Alperovitz, 1996):

Cuando no necesitábamos hacerlo, y sabíamos que no necesitábamos hacerlo y ellos sabían que no necesitábamos hacerlo, los utilizamos como un experimento para dos bombas atómicas. 

El almirante William Leahy –el militar de mayor alta graduación de las fuerzas armadas de EE.UU.,  Jefe del Estado Mayor Conjunto y que estaba en el centro de todas las principales decisiones militares de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial– escribió, en su libro “Yo estuve allí, la experiencia militar estadounidense”, 1979, (pg. 441):

“En mi opinión el uso de esa cruel arma en Hiroshima y Nagasaki no fue una ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y se disponían a rendirse debido al efectivo bloqueo marítimo y los exitosos bombardeos con armas convencionales.”

De hecho Japón había sufrido bombardeos convencionales terribles. Los bombardeos de alfombra habían arrasado no solo las 5 ciudades más importantes de Japón, (Tokio, Osaka, Nagoya, Yokohama, y Kobe), sino también otras 64 ciudades ( 23 ciudades de entre 100.000 y 400.000 habitantes y otras 41 ciudades de unos 100.000 habitantes), destruyendo practicamente por completo la capacidad industrial japonesa. Incluso se había bombardeado antes la ciudad de Iwakuni, situada solamente a 8 km de Hiroshima.

El bombardeo de Tokio efectuado en la madrugada del 9 al 10 de marzo de 1945 fue devastador (los bombardeos se efectuaban de noche para provocar mayor pánico en la población civil, y dificultar la reacción de los bomberos y servicios de emergencia). Unos  340 bombarderos norteamericanos B-29 lanzaron 1.665 toneladas de bombas incendiaras sobre la zona este de Tokio, arrasando un área de 41 kilómetros cuadrados (aproximadamente la cuarta parte de la ciudad). Lanzaron bombas de racimo que, al chocar contra el suelo, desprendía su contenido de fósforo blanco y napalm. La temperatura de la ciudad subió hasta los 980 grados, llegó a hervir el agua de ríos, canales y estanques. El fuego consumió fácilmente unas viviendas de madera y papel (materiales adecuados para minimizar los efectos de los frecuentes terremotos). Los bombardeos destruyeron 267.000 viviendas (quedando sin techo más de un millón de habitantes), ocasionaron la muerte a algo más de 105.000 personas y heridas a unas 400.000. Este bombardeo no ha tenido el protagonismo que hubiera merecido por su terrible magnitud, al quedar eclipsado por las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque en Tokio hubo más víctimas que en cada una de estas ciudades.

Otras muchas ciudades corrieron la misma suerte, como antes ya la sufrieran las ciudades alemanas. El 25 de junio Tokio volvió a ser bombardeada con tres veces más bombas, y la cifra de muertos llegó a las 240.000 personas.

Algunos de los más de 500.000 asesinados por los aliados en los bombardeos de Tokio de marzo de 1945
Pintura titulada «El puente de Umaya la noche del 10 de marzo», de la artista Fukushima Yasussuke, que tenía 6 años cuando se produjo el atentado

En junio de 1945, el General de los EEUU y criminal de guerra Curtis LeMay, a cargo de los ataques aéreos a Japón, y responsable del bombardeo criminal de Tokio, se quejaba de que después de meses de los bombardeos con napalm no había ya nada en las ciudades japonesas más que blancos de chatarra y basura. En julio, los aviones de Estados Unidos podían volar sobre Japón sin encontrar resistencia y bombardear tanto como quisieron ya que Japón no podía defenderse.

En este contexto de indefensión de Japón frente a los bombardeos indiscriminados estadounidenses, se ejecutó la orden de lanzar las bombas atómicas.

No fue una decisión militar, porque no obedecía a una “necesidad” militar, sino una decisión política, del Presidente Truman y su camarilla de fanáticos, y yo añadiría que una decisión política de carácter criminal.

1. El presidente de EEUU, y criminal de guerra (valga la redundancia), Harrye Truman. 2. Secretario de guerra y criminal de guerra Henry L. Stimson (de nuevo la redundancia), sobre los que pesa la decisión, y otras criminales, de lanzar las bombas

 

El termino «aliado» se presenta como algo positivo pero es una expresión a medio decir, omitiendo de quién eran aliados los «aliados», (los personajes que formaban esa «alianza» a cuál peor). Los «aliados» en realidad son los aliados de alguien, ¿de quién?, de Stalin, ese es el nombre completo: «los aliados de Stalin», dato que se suele omitir. Comunismo y masonería dándose la mano

 

Los efectos de la bomba atómica fueron objeto de dos filmaciones importantes, la primera por un noticiario japonés, filmada por Akira Iwasaki en blanco y negro, a los pocos días de la devastación. Y otra norteamericana, filmada en color,  llevada a cabo por los tenientes del Ejército de los EEUU Daniel A. McGovern (fotógrafo del Presidente Roosevelt),  y Herbert S. Sussan,  a finales de septiembre de 1945, dentro de un proyecto del “US Strategic Bombing Survey”.

La filmación japonesa fue incautada y declarada alto secreto por el Ejército de los EEUU nada más ocupar Japón, (la famosa “libertad de prensa” de las democracias liberales), para evitar que sus imágenes pudieran ser conocidas y difundidas. Las filmaciones de McGovern y de Herbert Sussan fueron igualmente clasificadas como “alto secreto” y ocultadas a la opinión pública durante décadas. De hecho la de McGovern llegó a ser destruida (“desapareció”), pero McGovern consciente de la censura, había hecho una copia de forma secreta y pudo salvarla. La prohibición e incautación de estas imágenes constituye uno de los muchos ejemplos de la censura documental de posguerra de los aliados.

El modus operandi de la propaganda atifascista siempre es el mismo, por una lado se maxifican por razones de propaganda unas cosas, y por otro se tapan, se reprime y se prohibe todo lo que pueda inculpar de crímenes al bando angloamericano-soviético. Así se garantiza la manipulación de las masas. Si esto no es suficiente se recurre al uso de la censura represiva a través de la argucia del falso “delito de odio” para reprimir toda disidencia bajo una apariencia de legalidad.

Lo podemos ver en España en la actualidad, con las leyes de “falsificación histórica y desmemoria antidemocrática”, con una mano se maxifican por razones de propaganda y lavado de cerebro unas cosas, y con la otra se retiran y se hacen desaparecer monumentos, lápidas, cruces, inscripciones etc. para no dejar vestigio de la Historia verdadera, y en esta dinámica llegamos al descaro de dejar fuera de esa supuesta memoria histórica a Paracuellos, el mayor fusilamiento en masa de toda la Historia de España,  se deja fuera de la “memoria histórica” porque se considera, hipócritamente, como “irrelevante”. El asesinato de 15.000 personas, de ambos sexos y de todas las edades,  irrelevante. Y se quedan tan anchos. A falsedad y falta de escrúpulos, a toda esta gente no hay quien les gane.  Porque obviamente no es la verdad lo que estas leyes pretenden, sino la politización de la sociedad a través de la falsificación de la Historia,  del lavado de cerebro, y la manipulación selectiva de la Historia, siguiendo a rajatabla el viejo lema de Lenin:

“Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira”.

oooo

Hasta 1968 la filmación japonesa de Akira Iwasaki no fue devuelta a Japón (no sabemos si previamente censurada), parte de ella, junto con material más moderno de las secuelas en las víctimas y sus descendientes, se utilizó por el cineasta japonés Hani Susumu para la creación en 1982 de su documental pacifista “Yogen” (“Presagio”, cuyo título en inglés fue “Prophecy”),  con el que denunció los horrores de la bomba atómica y mostró los efectos a largo plazo en los supervivientes (llamados “hibakushas”), como las deformaciones en recien nacidos y los efectos de la radiación.

La filmación de Herbert Sussan fue desclasificada en 1979, pero continuó sin ver la luz porque su propia existencia era desconocida. La de McGovern fue destruida (nunca se encontró en los almacenes de alto secreto bajo siete llaves donde había sido depositada), pero había escondido una copia y la remitió al Congreso de los EEUU al ser levantada la prohibición.

Este pequeño trabajo está dedicado a la memoria de las personas indefensas, con nombres y apellidos,  que sufrieron los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, al sufrimiento de las victimas y al valor de los equipos de médicos, enfermeras y personas de bien que hicieron frente, con sus limitadas posibilidades, para paliar tanto dolor.


10 respuestas a «Hiroshima y Nagasaki: 2 crimenes de guerra en masa»

  1. De lo de 200 médicos que oficialmente existían en Hiroshima, solo quedaron 20.
    De las 1680 enfermeras que oficialmente estaban registradas, solo sobrevivieron aptas para el servicio 150.

  2. ¿Si España dispusiera de bombas atómicas y se viera en peligro inminente de ser invadida por un ejército formado por millones de musulmanes (marroquíes, argelinos, egipcios, turcos, etc) no las utilizaría?

    1. Que se sepa Japon no invadió USA y lo que recibió fue una masacre que no era necesaria por lo que dice el. articulo.
      Su pregunta Jose Luis no tiene nada que ver con lo ocurrido en 1945.

      De otra parte decir que no se debería usar nunca más una cosa de este tipo. Hoy en día hay muchas maneras de evitar una agresíon de ese tipo, la fundamental es vivir conforme a la voluntad de Dios, evita tanto problemas personales como sociales.

    2. D. José Luis, EEUU no estaba en ningún peligro inminente.
      El ataque japones a Pearl Harbor estaba provocado y propiciado por los EEUU.
      Si EEUU coge y le hace un bloqueo naval a Japón sin permitir que entre o salga ningún barco sea cual sea su bandera, y se lo haces a un país como Japón que no tiene materias primas y todo lo tiene que importar, al final lo estás forzando a la guerra.
      El ataque japones no fue ningún secreto porque EEUU tenía descifrados los códigos de las comunicaciones japonesas, Pearl Harbor fue utilizada como un señuelo para meterse en la guerra

    3. Sea usted razonable Sr. Fernández
      …España se las regalaría y entregaría a domicilio a sus enemigos
      acompañadas de un mapa de Castilla para indicarles dónde tirarlas y así hacer el mayor daño posible.

  3. Desde la antigüedad el que pierde la guerra paga
    Cesar venció a Vercingetorix y tras pasearlo por Roma, un esclavo lo estrangulo y lo tiro a un basurero
    Desde siempre el pueblo que pierde una guerra paga sus consecuencias
    Alemania perdió la guerra frente los aliados y sus dirigentes militares y civiles pagaron con su vida la derrota, pero como en ese momento los vencedores intentaban pasar como naciones «mas apañaditas, crearon unas leyes y las aplicaron de forma retroactiva, Todos los vencidos fueron colgados
    USA lanzo dos artefactos nucleares contra Japon y a dia de hoy sigue justificando semejante matanza diciendo que de esa manera se salvaban vidas americanas y el mundo lo acepta sencillamente por que los EEUU mandan y gobiernan
    Y esalegalidad barbara y anormal es la misma por la que se justifican la destrucción de media Europa a manos de los anglosajones y del exterminio por cremación que hicieron en todas las grandes ciudades alemanas.
    Y asi seguimos, sino que recuerden a Gadafi, a Sadam Hussein…o a lo que sucede en Palestina

  4. Y aparte de esos dos inmensos crímenes contra la Creación (no solo contra la Humanidad), obrados por la «filantrópica» república masónica estadounidense (tras la oportuna desaparición, literalmente…, del presidente Franklin D. Roosevelt), véase esto otro:

    Entrevista de Abel Basti a Diego Horten (argentino), hijo de Reimar Horten; creador, junto a su hermano Walter, del prototipo aeronáutico Horten Ho 229 (ala volante):

    https://youtu.be/-LkT3zZ5JzA?si=QnJ5r9csf4ny9x2a

  5. Magnifico trabajo. Lo mejor que he visto y con un enfoque que casi todos esquivan cobardemente.
    Lo repito, magnífico.
    Ese fue el horror gratuito.
    ¿O no? Porque, además de borrar la mayor parte de la Cristiandad Católica, la única en puridad, aunque eso lo tenían previsto hacer de cualquier otra forma, hay quien ha llegado a escribir que fue un diabólico sacrificio al «príncipe de este mundo que les había otorgado su poder a cambio de cosas como esa y las que vinieron.

    ¿Han pensado alguna vez qué no habrían hecho en España si hubiéramos entrado en la 2ªGM? La eficacia heroica de la División Azul y el eficacísimo control del Estrecho de Gibraltar por parte nuestra, además de la genial visión del Caudillo, nos evitó lo que sin duda habría sido una copia de Japón y Alemania, vamos, lo que nos hicieron anglos y franchutes en la Guerra contra la Revolución Napoleónica. Es decir, que casi todos los que alentamos ahora no habríamos nacido.

  6. El marrano sembró las dos antítesis, pero desde una de ellas( como de costumbre ); y como no…; la peor con diferencia. Justo en la que estamos. Virgencita que me quede como estoy.
    Y como siempre, se corta la cabeza al de la otra antítesis, y al primer cristiano que pase por ahí.

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