Historia del futuro de España
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…Entonces cogí el libro entre mis manos, y comencé la lectura.
La llamada Segunda Guerra Civil se había desencadenado abruptamente y de forma casi inesperada en 2036, mientras unos discutían sobre el sexo de los ángeles en tertulias televisivas, otros permanecían absortos ante la pantalla viendo concursos gastronómicos y el resto pasaba el tiempo consumiendo compulsivamente en centros comerciales. Lo cierto, es que una concatenación de factores se conjugó para que la relativa paz social se rompiese justamente a los cien años desde la última contienda española. La decidida apuesta por la independencia de Cataluña efectuada por los movimiento políticos separatistas amamantados por las ubres del propio estado, encontró en la inestabilidad política, consecuencia de la fragilidad electoral del sistema partitocratico, el caldo de cultivo para mantener en el tiempo su pulso secesionista con a priori, pocas garantías de éxito.
Sin embargo, circunstancias de carácter extranacional intervinieron acelerando una situación que parecía controlada internamente. En efecto, la descomposición de la llamada Unión Europea, una ficticia estructura política supranacional con más influencia aparente que real, carcomida desde dentro por su propia corrupción y por su inoperancia política efectiva, permitió el abandono del último inconveniente que aún mantenía activos los temores de la clase media periférica a aventurarse en inciertas aventuras independentistas lejos del supuesto paraguas europeo.
Luego llegó la rebelión del País Vasco, que de inmediato se sumó al proyecto rupturista catalán, considerando llegado el momento tan largamente esperado para dar el paso adelante que con tanta paciencia habían estado preparando. La desobediencia civil se extendió como una imparable mancha de aceite en ambas regiones, que fue empapando a una sociedad civil pródigamente adoctrinada desde el sistema educativo y los medios de comunicación.
La lenta, torpe e ineficaz respuesta del poder central en la represión de las regiones rebeldes, tuvo el efecto esperado por los dirigentes del proceso. Pronto desde la izquierda y sus tentáculos mediáticos y culturales se apeló suicidamente a un entendimiento pacifico, lo que unido al débil consenso parlamentario, desembocó en una tardía evaluación de las consecuencias rupturistas.
En poco tiempo se sumó Valencia, las Baleares y Galicia, donde la derecha que había gobernado durante muchos años había allanado el camino para el desembarco de los grupos independentistas, que vieron ante sí una ocasión histórica.
Y de igual forma se sumaron al proyecto secesionista, grandes masas de población inmigrante musulmana, que azuzados por sus dirigentes religiosos, financiados por los países del golfo y dirigidos por la inteligencia magrebí, advirtieron en la descontrolada situación política, la ocasión propicia para hacer valer su creciente poder demográfico y desligarse de incómodas supervisiones centralizadoras. Estimando acertadamente que su densidad poblacional les permitiría obtener una mejor posición política en el hipotético futuro estado independiente, y un mayor control del manejo de fondos públicos que nutrían sus cuantiosas subvenciones. Así en Cataluña y País Vasco su decidida apuesta por la secesión estaba preñada de cálculo político postcrisis, ligado a su predominio social mayoritario en numerosas comarcas y en algunas ciudades ya bajo su control político municipal. De una forma u otra, esperaban cobrarse con creces el apoyo prestado a la causa independentista.
Para cuando el Gobierno, una inestable coalición de izquierdas apoyadas parlamentariamente en las mismas fuerzas que dirigían la insurrección, comprendió la gravedad de la situación, ya era tarde. Una sociedad entre asustada e indiferente, dejó hacer, embotada por una información manipulada y teledirigida hacia el fomento de la tranquilidad social como bien supremo, y criada en la idea de evitar la violencia a toda costa.
En pocos meses, la autoridad efectiva del gobierno y de los tribunales superiores había desaparecido en gran parte de España, al mismo tiempo que núcleos de personas se habían organizado en los territorios rebeldes en contra de la nueva legitimidad en la que querían ampararse las sobrevenidas autoridades fácticas locales.
Era inevitable el estallido de la violencia. Focos aislados de desobediencia contra las fuerzas del orden autonómico fueron reprimidos con virulencia por estas mismas fuerzas ayudadas por ciudadanos fanatizados por la causa independentista. Semejante situación produjo una espiral de represalias y contra represalias, donde los grupos rebeldes anti-independentistas rápidamente se fueron unificando y aumentado su poder combativo, confluyendo en un desbocado aumento de las pulsiones violentas.
Entonces intervino el ejército, nunca se supo si empujado por el monarca, o como consecuencia de su propia dinámica existencial. Hasta entonces se había mantenido expectante en una parálisis ausente, a la espera de las órdenes del poder civil, o de las de su jerarquía natural, el rey. Sin embargo ante la ausencia cada vez más evidente de control político y del incremento de la confrontación ciudadana, las unidades militares se movilizaron bajo las órdenes del JEMAD, y salieron de sus cuarteles en toda España.
Esto echó más leña al fuego de la gran hoguera que ya había comenzado a arder. Su tardía reacción, propiciada por la negligente acción política, se encontró con unas fuerzas policiales y paramilitares regionales que en los dos meses pasados desde el inicio del conflicto, se habían rearmado de forma desmesurada en los mercados internacionales de armas y mediante la diligente ayuda del estado sionista israelí, feliz de balcanizar la península ibérica y de cobrarse una deuda histórica pendiente contra la antigua Sefarad. El choque era forzoso, de manera que la dimensión inicial relativamente limitada desembocó en una contienda bélica en toda regla.
Fuerzas armadas enfrentadas entre sí, apoyadas por población partidaria y opuesta en terreno que todos consideraban como propio, la precisa descripción de la guerra civil.
La guerra fue corta, dado el desequilibrio de fuerzas enfrentadas. El ejército español, pronto fue capaz de efectuar un aparente control de la situación. Pero atenazado por sus limitaciones operativas en el uso del armamento pesado, no pudo obtener una victoria efectiva sobre las grandes ciudades al verse constreñido en la utilización de sus propias armas contra población civil no beligerante, empleada por las fuerzas rebeldes a modo de escudos humanos.
Tras cuatro meses de lucha intensiva y más de diez mil mil muertos, llegó la hora de los políticos, como la de los buitres sobre el campo de batalla, que se afanaron en un rosario de concesiones y claudicaciones mutuas para acortar y terminar la contienda pensando, como siempre, en su beneficio personal y en el de su partido. El resultado fue una victoria de facto de la insurrección periférica que consiguió muchos de sus objetivos fundamentales. Pero ya todo había cambiado con respecto a la situación prebélica, y nada podría volver a ser igual. Las heridas habían sido profundas y las cicatrices dejaron una huella indeleble.
La primera consecuencia fue la desaparición de la monarquía, descompuesta ante su pusilánime incapacidad para ejercer una autoridad efectiva, sujeta a las trabas impuestas constitucionalmente y dócilmente asumidas casi con carácter funcionarial por esta. Casi nadie lloró su pérdida.
La segunda, fue la reformulación del modelo de Estado, que quedó constituido en una república federal, una superestructura política que venía a sustituir efectiva y sentimentalmente a la vieja nación española. La llamada República Democrática Ibérica (RDI) presidida desde Madrid como históricamente había venido sucediendo, pero con unas limitadas atribuciones ejecutivas, contrapesadas por una amplia capacidad normativa de los poderes surgidos en las nuevas repúblicas periféricas. En la práctica el sistema era más de carácter confederal y solo la coactiva consecuencia de la victoria militar en la fugaz guerra civil, consiguió mantener un artificio de unidad estatal.
La tercera, fue el ascenso y consolidación en el poder de toda la península de las llamadas fuerzas progresistas de izquierdas, cuya cosmovisión preñada de feminismo, multiculturalismo, igualdad, diversidad e inclusión, completó la impregnación, ya notablemente avanzada, de todas las colectividades sociales y de todos los medios de comunicación, que plenamente consagrados a esas ideas, redoblaron sus esfuerzos en la búsqueda de una sociedad alejada de anacronismos históricos y de viejos conceptos del pasado, en última instancia considerados responsables ideológicos de la confrontación armada.
Así pues, a partir de entonces, abandonados nombre, bandera e himno, cualquier recuerdo de la antigua España constituyó una antigualla indeseable, una historia merecedora de olvido. La nueva nación acababa de nacer…
… Y de repente, empapado en sudor, me desperté de la pesadilla.
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…Entonces cogí el libro entre mis manos, y comencé la lectura.
La llamada Segunda Guerra Civil se había desencadenado abruptamente y de forma casi inesperada en 2036, mientras unos discutían sobre el sexo de los ángeles en tertulias televisivas, otros permanecían absortos ante la pantalla viendo concursos gastronómicos y el resto pasaba el tiempo consumiendo compulsivamente en centros comerciales. Lo cierto, es que una concatenación de factores se conjugó para que la relativa paz social se rompiese justamente a los cien años desde la última contienda española. La decidida apuesta por la independencia de Cataluña efectuada por los movimiento políticos separatistas amamantados por las ubres del propio estado, encontró en la inestabilidad política, consecuencia de la fragilidad electoral del sistema partitocratico, el caldo de cultivo para mantener en el tiempo su pulso secesionista con a priori, pocas garantías de éxito.
Sin embargo, circunstancias de carácter extranacional intervinieron acelerando una situación que parecía controlada internamente. En efecto, la descomposición de la llamada Unión Europea, una ficticia estructura política supranacional con más influencia aparente que real, carcomida desde dentro por su propia corrupción y por su inoperancia política efectiva, permitió el abandono del último inconveniente que aún mantenía activos los temores de la clase media periférica a aventurarse en inciertas aventuras independentistas lejos del supuesto paraguas europeo.
Luego llegó la rebelión del País Vasco, que de inmediato se sumó al proyecto rupturista catalán, considerando llegado el momento tan largamente esperado para dar el paso adelante que con tanta paciencia habían estado preparando. La desobediencia civil se extendió como una imparable mancha de aceite en ambas regiones, que fue empapando a una sociedad civil pródigamente adoctrinada desde el sistema educativo y los medios de comunicación.
La lenta, torpe e ineficaz respuesta del poder central en la represión de las regiones rebeldes, tuvo el efecto esperado por los dirigentes del proceso. Pronto desde la izquierda y sus tentáculos mediáticos y culturales se apeló suicidamente a un entendimiento pacifico, lo que unido al débil consenso parlamentario, desembocó en una tardía evaluación de las consecuencias rupturistas.
En poco tiempo se sumó Valencia, las Baleares y Galicia, donde la derecha que había gobernado durante muchos años había allanado el camino para el desembarco de los grupos independentistas, que vieron ante sí una ocasión histórica.
Y de igual forma se sumaron al proyecto secesionista, grandes masas de población inmigrante musulmana, que azuzados por sus dirigentes religiosos, financiados por los países del golfo y dirigidos por la inteligencia magrebí, advirtieron en la descontrolada situación política, la ocasión propicia para hacer valer su creciente poder demográfico y desligarse de incómodas supervisiones centralizadoras. Estimando acertadamente que su densidad poblacional les permitiría obtener una mejor posición política en el hipotético futuro estado independiente, y un mayor control del manejo de fondos públicos que nutrían sus cuantiosas subvenciones. Así en Cataluña y País Vasco su decidida apuesta por la secesión estaba preñada de cálculo político postcrisis, ligado a su predominio social mayoritario en numerosas comarcas y en algunas ciudades ya bajo su control político municipal. De una forma u otra, esperaban cobrarse con creces el apoyo prestado a la causa independentista.
Para cuando el Gobierno, una inestable coalición de izquierdas apoyadas parlamentariamente en las mismas fuerzas que dirigían la insurrección, comprendió la gravedad de la situación, ya era tarde. Una sociedad entre asustada e indiferente, dejó hacer, embotada por una información manipulada y teledirigida hacia el fomento de la tranquilidad social como bien supremo, y criada en la idea de evitar la violencia a toda costa.
En pocos meses, la autoridad efectiva del gobierno y de los tribunales superiores había desaparecido en gran parte de España, al mismo tiempo que núcleos de personas se habían organizado en los territorios rebeldes en contra de la nueva legitimidad en la que querían ampararse las sobrevenidas autoridades fácticas locales.
Era inevitable el estallido de la violencia. Focos aislados de desobediencia contra las fuerzas del orden autonómico fueron reprimidos con virulencia por estas mismas fuerzas ayudadas por ciudadanos fanatizados por la causa independentista. Semejante situación produjo una espiral de represalias y contra represalias, donde los grupos rebeldes anti-independentistas rápidamente se fueron unificando y aumentado su poder combativo, confluyendo en un desbocado aumento de las pulsiones violentas.
Entonces intervino el ejército, nunca se supo si empujado por el monarca, o como consecuencia de su propia dinámica existencial. Hasta entonces se había mantenido expectante en una parálisis ausente, a la espera de las órdenes del poder civil, o de las de su jerarquía natural, el rey. Sin embargo ante la ausencia cada vez más evidente de control político y del incremento de la confrontación ciudadana, las unidades militares se movilizaron bajo las órdenes del JEMAD, y salieron de sus cuarteles en toda España.
Esto echó más leña al fuego de la gran hoguera que ya había comenzado a arder. Su tardía reacción, propiciada por la negligente acción política, se encontró con unas fuerzas policiales y paramilitares regionales que en los dos meses pasados desde el inicio del conflicto, se habían rearmado de forma desmesurada en los mercados internacionales de armas y mediante la diligente ayuda del estado sionista israelí, feliz de balcanizar la península ibérica y de cobrarse una deuda histórica pendiente contra la antigua Sefarad. El choque era forzoso, de manera que la dimensión inicial relativamente limitada desembocó en una contienda bélica en toda regla.
Fuerzas armadas enfrentadas entre sí, apoyadas por población partidaria y opuesta en terreno que todos consideraban como propio, la precisa descripción de la guerra civil.
La guerra fue corta, dado el desequilibrio de fuerzas enfrentadas. El ejército español, pronto fue capaz de efectuar un aparente control de la situación. Pero atenazado por sus limitaciones operativas en el uso del armamento pesado, no pudo obtener una victoria efectiva sobre las grandes ciudades al verse constreñido en la utilización de sus propias armas contra población civil no beligerante, empleada por las fuerzas rebeldes a modo de escudos humanos.
Tras cuatro meses de lucha intensiva y más de diez mil mil muertos, llegó la hora de los políticos, como la de los buitres sobre el campo de batalla, que se afanaron en un rosario de concesiones y claudicaciones mutuas para acortar y terminar la contienda pensando, como siempre, en su beneficio personal y en el de su partido. El resultado fue una victoria de facto de la insurrección periférica que consiguió muchos de sus objetivos fundamentales. Pero ya todo había cambiado con respecto a la situación prebélica, y nada podría volver a ser igual. Las heridas habían sido profundas y las cicatrices dejaron una huella indeleble.
La primera consecuencia fue la desaparición de la monarquía, descompuesta ante su pusilánime incapacidad para ejercer una autoridad efectiva, sujeta a las trabas impuestas constitucionalmente y dócilmente asumidas casi con carácter funcionarial por esta. Casi nadie lloró su pérdida.
La segunda, fue la reformulación del modelo de Estado, que quedó constituido en una república federal, una superestructura política que venía a sustituir efectiva y sentimentalmente a la vieja nación española. La llamada República Democrática Ibérica (RDI) presidida desde Madrid como históricamente había venido sucediendo, pero con unas limitadas atribuciones ejecutivas, contrapesadas por una amplia capacidad normativa de los poderes surgidos en las nuevas repúblicas periféricas. En la práctica el sistema era más de carácter confederal y solo la coactiva consecuencia de la victoria militar en la fugaz guerra civil, consiguió mantener un artificio de unidad estatal.
La tercera, fue el ascenso y consolidación en el poder de toda la península de las llamadas fuerzas progresistas de izquierdas, cuya cosmovisión preñada de feminismo, multiculturalismo, igualdad, diversidad e inclusión, completó la impregnación, ya notablemente avanzada, de todas las colectividades sociales y de todos los medios de comunicación, que plenamente consagrados a esas ideas, redoblaron sus esfuerzos en la búsqueda de una sociedad alejada de anacronismos históricos y de viejos conceptos del pasado, en última instancia considerados responsables ideológicos de la confrontación armada.
Así pues, a partir de entonces, abandonados nombre, bandera e himno, cualquier recuerdo de la antigua España constituyó una antigualla indeseable, una historia merecedora de olvido. La nueva nación acababa de nacer…
… Y de repente, empapado en sudor, me desperté de la pesadilla.
…Entonces cogí el libro entre mis manos, y comencé la lectura.
La llamada Segunda Guerra Civil se había desencadenado abruptamente y de forma casi inesperada en 2036, mientras unos discutían sobre el sexo de los ángeles en tertulias televisivas, otros permanecían absortos ante la pantalla viendo concursos gastronómicos y el resto pasaba el tiempo consumiendo compulsivamente en centros comerciales. Lo cierto, es que una concatenación de factores se conjugó para que la relativa paz social se rompiese justamente a los cien años desde la última contienda española. La decidida apuesta por la independencia de Cataluña efectuada por los movimiento políticos separatistas amamantados por las ubres del propio estado, encontró en la inestabilidad política, consecuencia de la
fragilidad electoral del sistema partitocratico, el caldo de cultivo para mantener en el tiempo su pulso secesionista con a priori, pocas garantías de éxito.
Sin embargo, circunstancias de carácter extranacional intervinieron acelerando una situación que parecía controlada internamente. En efecto, la descomposición de la llamada Unión Europea, una ficticia estructura política supranacional con más influencia aparente que real, carcomida desde dentro por su propia corrupción y por su inoperancia política efectiva, permitió el abandono del último inconveniente que aún mantenía activos los temores de la clase media periférica a aventurarse en inciertas aventuras independentistas lejos del supuesto paraguas europeo.
Luego llegó la rebelión del País Vasco, que de inmediato se sumó al proyecto rupturista catalán, considerando llegado el momento tan largamente esperado para dar el paso adelante que con tanta paciencia habían estado preparando. La desobediencia civil se extendió como una imparable mancha de aceite en ambas regiones, que fue empapando a una sociedad civil pródigamente adoctrinada desde el sistema educativo y los medios de comunicación.
La lenta, torpe e ineficaz respuesta del poder central en la represión de las regiones rebeldes, tuvo el efecto esperado por los dirigentes del proceso. Pronto desde la izquierda y sus tentáculos mediáticos y culturales se apeló suicidamente a un entendimiento pacifico, lo que unido al débil consenso parlamentario, desembocó en una tardía evaluación de las consecuencias rupturistas.
En poco tiempo se sumó Valencia, las Baleares y Galicia, donde la derecha que había gobernado durante muchos años había allanado el camino para el desembarco de los grupos independentistas, que vieron ante sí una ocasión histórica.
Y de igual forma se sumaron al proyecto secesionista, grandes masas de población inmigrante musulmana, que azuzados por sus dirigentes religiosos, financiados por los países del golfo y dirigidos por la inteligencia magrebí, advirtieron en la descontrolada situación política, la ocasión propicia para hacer valer su creciente poder demográfico y desligarse de incómodas supervisiones centralizadoras. Estimando acertadamente que su densidad poblacional les permitiría obtener una mejor posición política en el hipotético futuro estado independiente, y un mayor control del manejo de fondos públicos que nutrían sus cuantiosas subvenciones. Así en Cataluña y País Vasco su decidida apuesta por la secesión estaba preñada de cálculo político postcrisis, ligado a su predominio social mayoritario en numerosas comarcas y en algunas ciudades ya bajo su control político municipal. De una forma u otra, esperaban cobrarse con creces el apoyo prestado a la causa independentista.
Para cuando el Gobierno, una inestable coalición de izquierdas apoyadas parlamentariamente en las mismas fuerzas que dirigían la insurrección, comprendió la gravedad de la situación, ya era tarde. Una sociedad entre asustada e indiferente, dejó hacer, embotada por una información manipulada y teledirigida hacia el fomento de la tranquilidad social como bien supremo, y criada en la idea de evitar la violencia a toda costa.
En pocos meses, la autoridad efectiva del gobierno y de los tribunales superiores había desaparecido en gran parte de España, al mismo tiempo que núcleos de personas se habían organizado en los territorios rebeldes en contra de la nueva legitimidad en la que querían ampararse las sobrevenidas autoridades fácticas locales.
Era inevitable el estallido de la violencia. Focos aislados de desobediencia contra las fuerzas del orden autonómico fueron reprimidos con virulencia por estas mismas fuerzas ayudadas por ciudadanos fanatizados por la causa independentista. Semejante situación produjo una espiral de represalias y contra represalias, donde los grupos rebeldes anti-independentistas rápidamente se fueron unificando y aumentado su poder combativo, confluyendo en un desbocado aumento de las pulsiones violentas.
Entonces intervino el ejército, nunca se supo si empujado por el monarca, o como consecuencia de su propia dinámica existencial. Hasta entonces se había mantenido expectante en una parálisis ausente, a la espera de las órdenes del poder civil, o de las de su jerarquía natural, el rey. Sin embargo ante la ausencia
cada vez más evidente de control político y del incremento de la confrontación ciudadana, las unidades militares se movilizaron bajo las órdenes del JEMAD, y salieron de sus cuarteles en toda España.
Esto echó más leña al fuego de la gran hoguera que ya había comenzado a arder. Su tardía reacción, propiciada por la negligente acción política, se encontró con unas fuerzas policiales y paramilitares regionales que en los dos meses pasados desde el inicio del conflicto, se habían rearmado de forma desmesurada en los mercados internacionales de armas y mediante la diligente ayuda del estado sionista israelí, feliz de balcanizar la península ibérica y de cobrarse una deuda histórica pendiente contra la antigua Sefarad. El choque era forzoso, de manera que la dimensión inicial relativamente limitada desembocó en una contienda bélica en toda regla.
Fuerzas armadas enfrentadas entre sí, apoyadas por población partidaria y opuesta en terreno que todos consideraban como propio, la precisa descripción de la guerra civil.
La guerra fue corta, dado el desequilibrio de fuerzas enfrentadas. El ejército español, pronto fue capaz de efectuar un aparente control de la situación. Pero atenazado por sus limitaciones operativas en el uso del armamento pesado, no pudo obtener una victoria efectiva sobre las grandes ciudades al verse constreñido en la utilización de sus propias armas contra población civil no beligerante, empleada por las fuerzas rebeldes a modo de escudos humanos.
Tras cuatro meses de lucha intensiva y más de diez mil mil muertos, llegó la hora de los políticos, como la de los buitres sobre el campo de batalla, que se afanaron en un rosario de concesiones y claudicaciones mutuas para acortar y terminar la contienda pensando, como siempre, en su beneficio personal y en el de su partido. El resultado fue una victoria de facto de la insurrección periférica que consiguió muchos de sus objetivos fundamentales. Pero ya todo había cambiado con respecto a la situación prebélica, y nada podría volver a ser igual. Las heridas habían sido profundas y las cicatrices dejaron una huella indeleble.
La primera consecuencia fue la desaparición de la monarquía, descompuesta ante su pusilánime incapacidad para ejercer una autoridad efectiva, sujeta a las trabas impuestas constitucionalmente y dócilmente asumidas casi con carácter funcionarial por esta. Casi nadie lloró su pérdida.
La segunda, fue la reformulación del modelo de Estado, que quedó constituido en una república federal, una superestructura política que venía a sustituir efectiva y sentimentalmente a la vieja nación española. La llamada República Democrática Ibérica (RDI) presidida desde Madrid como históricamente había venido sucediendo, pero con unas limitadas atribuciones ejecutivas, contrapesadas por una amplia
capacidad normativa de los poderes surgidos en las nuevas repúblicas periféricas. En la práctica el sistema era más de carácter confederal y solo la coactiva consecuencia de la victoria militar en la fugaz guerra civil, consiguió mantener un artificio de unidad estatal.
La tercera, fue el ascenso y consolidación en el poder de toda la península de las llamadas fuerzas progresistas de izquierdas, cuya cosmovisión preñada de feminismo, multiculturalismo, igualdad, diversidad e inclusión, completó la impregnación, ya notablemente avanzada, de todas las colectividades sociales y de todos los medios de comunicación, que plenamente consagrados a esas ideas, redoblaron sus esfuerzos en la búsqueda de una sociedad alejada de anacronismos históricos y de viejos conceptos del pasado, en última instancia considerados responsables ideológicos de la confrontación armada.
Así pues, a partir de entonces, abandonados nombre, bandera e himno, cualquier recuerdo de la antigua España constituyó una antigualla indeseable, una historia merecedora de olvido. La nueva nación acababa de nacer…
… Y de repente, empapado en sudor, me desperté de la pesadilla.
¿Pesadilla durmiendo?
Lo de la balcanización apoyada por el Kalergi tiene bastante sentido, pero no creo que la conclusión sea tan benigna, pues esto ya es una república( con florero ) mega progre-woke, con frente popular y todo; y donde la oposición, no es más que lo mismo.
Hace tiempo que lo de piensa mal y acertarás, se quedó en poco. Alguien vendrá a ‘salvarnos’ del caos y la auto destrucción de una u otra antítesis, e inevitablemente; como en el resto del planeta; la cosa terminará en esclavitud; por muy adornada que la pinten. Todo lo visto hasta hace nada, ha quedado superado.
https://eldiestro.tv/video/a-ver-si-se-entera-la-gente-de-como-funciona-la-cosa-de-verdad/
Me ha gustado mucho! Casi parece un documental, oiga.