Historia verdadera del martirio y resurrección del Padre José María Murall

Son las nueve de la mañana del 21 de julio, en Barcelona. Mañana cálida, apacible, serena, de verano. La Compañía de Jesús, disuelta arbitrariamente en España, sostiene aún de una manera oficiosa y discreta su obra más bella: la de los ejercicios espirituales, legados por su fundador San Ignacio de Loyola… Y así tiene en el barrio alegre de la Bonanova su casa de Ejercicios, donde, en tandas espaciadas, se reúnen periódicamente desde los niños a los viejos, desde la inocencia de la infancia hasta la juventud ansiosa de luz y la vejez deseosa de paz.

En esta mañana son los niños los que se han recogido en meditación. Y ante las noticias inquietantes que llegan de la ciudad revolucionada, un grupo de Padres jesuitas, abnegados, decididos, valientes, no quiere huir por no abandonar a los muchachos encomendados a su custodia.

Sí. Son las nueve de la mañana del 21 de julio. En una sala austera, en una sala sencilla, está el Padre José María Murall. El Padre José María Murall es una figura de relieve en la Compañía. Hace unos días era aún Provincial. Hace muy poco ha cesado en su alto cargo. Y con esa sencillez de renunciamiento propia de la Orden, espera en la oración un nuevo destino. Con él está el Padre Félix Cots, Rector de Sarriá, redondo, risueño, anciano. Está próximo a los 70 años, pero aun se mantiene erguido y fuerte. Está también el Padre José Romá, alto, moreno, delicado, convaleciente de una enfermedad traída de los trópicos. Ha pasado casi toda su vida en Filipinas, donde ha sido hasta Vicario General de una diócesis. Y está también, bajito, seco, delgado, curtido en el trabajo, el Hermano coadjutor de la Orden, Felipe Iriondo, vasco, templado y valiente.

Están reunidos estos cuatro jesuitas y, como es lógico, están muy preocupados. ¿Cómo devolver a sus casas a aquellos niños? Y luego, ¿qué va a ser de aquella casa? ¿Y de toda su labor, acumulada en años de trabajos intensísimos, y tal vez perdida en unas horas de desbordamiento revolucionario?

Pero no pueden reflexionar mucho tiempo. Violentamente se ha abierto la puerta del recinto y han entrado en la estancia ocho tipos patibularios de la FAI.

Encaran sus fusiles. El Padre Murall, que es el único que viste sotana —los otros tres jesuitas van con traje de seglar— pregunta sencillamente:

—¿Qué se les ofrece?

—¿Tenéis armas?

—No.

Es un momento de una emoción intensísima. Un hombre, de unos cincuenta años, tosco, sucio, que parece el jefe, le dice al Padre Murall:

—Vete de aquí ahora mismo, o te mato…

El Padre Murall, digno, con calma, sale de la habitación. Otro de los asaltantes le increpa:

—Quítate la sotana, porque si no te matamos aquí mismo…

Desde luego, todos tienen, por lo visto, un interés especial en matarle.

Ya están los cuatro jesuitas fuera de su casa. El sol, avanzada ya la mañana, cae a plomo. Hay un breve diálogo en un patio pequeño. Dice el Padre Romá, ante el fusilamiento inevitable:

—¿Quieren ustedes que nos pongamos cara al sol?

—No; mejor a la sombra…

Y el jefe de la banda coloca unos bancos en los que hace sentar a los jesuitas. Pero duda, reflexiona unos momentos. Sin duda quiere hacer las cosas bien…

—No… Es mejor que me sigáis…

El Padre Murall, digno siempre, dice refiriéndose al Padre Cots:

—Conforme. Pero este señor no es de la casa… Estaba aquí de visita… Sentiría que le pasara algo malo.

El jefecillo no contesta. Pero su rostro, de inusitada crueldad, refleja una mueca de desprecio y de rabia. Sacerdote al fin, aunque no fuera de la casa de Ejercicios, no tenía perdón…

En la carretera esperan dos autos pequeños. En el primero van los tres Padres jesuitas. En el segundo, el Hermano Iriondo. La orden, seca, autoritaria, no ofrece lugar a dudas:

—Vamos al Sindicato de la calle Salmerón.

Una carrera rápida, veloz, peligrosísima. Y a los pocos minutos una parada en la calle Salmerón.

Suben a deliberar lo que han de hacer. Discuten, seguramente, sobre la condena, durante más de un cuarto de hora. En este tiempo los prisioneros, abajo en los autos, escuchan de la plebe que les rodea todas las procacidades, todas las blasfemias, todos los insultos. Lo más bajo, lo más ruin, lo más soez. Unas amenazas escalofriantes y horribles. Los jesuitas ven su muerte ya segura. Y entonces, los tres Padres, en su auto, rodeados de la muchedumbre borracha de odio acumulado en siglos de literatura herética y de demagogia infernal, los jesuitas, sencillos y tranquilos, se confiesan uno al otro. Este acto, de una magnificencia emocionante, enardece aún más la ira del gentío, del que surge unánime la sentencia:

—Os mataremos a todos porque sois curas y no ha de quedar ni uno.

En aquel momento un individuo, vestido de militar, pero sin americana, con un máuser en la mano, sube al coche y dice:

—A la Rabasada…

El conductor del primer coche —en el que iban los tres Padres— obedeció pesaroso. Su rostro reflejaba un gran disgusto. Diríase que iba más despacio como si no quisiera llegar nunca al lugar del sacrificio.

Pararon en la parte alta que mira a la ermita llamada de San Genís. Ha llegado el momento culminante. Una orden para que los tres sacerdotes desciendan del auto. Y luego, la sentencia:

—Subid hacia la montaña y no volváis la cabeza atrás…

El Padre Murall, que ha ofrecido con sus compañeros el sacrificio de sus vidas, dice con temple heroico, con voz firme, con serenidad de mártir:

—¡Muero por Jesucristo! No tengo remordimiento alguno. Y a vosotros todos os perdono de todo corazón.

Los otros dos sacerdotes, o sea el Padre Cots y el Padre Romá, pronuncian con igual entereza parecidas palabras.

Y avanzan… Pero allá, en el otro auto, queda el Hermano Iriondo, un poco asustado. Su valor seco de buen vasco, se rebela ante la idea de irse al otro mundo sin la absolución. Y levantando el brazo, avanza, pálido, descompuesto, gritando:

—¡Eh! ¡Eh! ¡Absolución! ¡Absolución!

El Padre Romá se ha detenido en el camino de la muerte. Lento y solemne alza su mano ungida en una bendición suprema:

Ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti.

Y los cuatro jesuitas, preparados ya para el viaje supremo, emprenden su ruta. Han avanzado unos pasos y ha sonado una voz dura:

—¡Alto!

Y acto seguido una descarga cerrada. Los cuatro cuerpos han caído pesadamente confundidos. El Padre Murall respira aún. Lo notan los asesinos.

—Ese, todavía respira.

—Si tiene el cerebro fuera. ¿Cómo va a respirar?

—Pues yo le daría el tiro de gracia.

—No malgastes balas, hombre…

Y los asesinos se alejan.

El Padre Murall, en efecto, respira aún. Una bala le ha herido superficialmente en la cabeza y de rebote se le ha clavado en la mano, con la cual, instintivamente, intentaba parar el golpe. Un río de sangre le brota de las dos heridas. Pero, no obstante, su cabeza rige, su ánimo es fuerte, su seguridad de vivir absoluta.

Y el Padre Murall, con las debidas precauciones, se levanta. Comprueba, quizá con un poco de envidia, la muerte de sus tres hermanos en religión y en martirio. Y se aleja del lugar glorioso.

Le cuesta bajar por la montaña. Pero llega, al fin, al llano y entra en una casita de campo:

—Soy un herido…

—¿Eres fascista?

—Soy un sacerdote…

—Ven…

Y aquella buena gente le cura.

Pero aún no ha acabado la odisea del Padre Murall. Y un grupo de la FAI entra de nuevo para hacer un registro en la casa…

—¿Quién es este herido?

—Un sacerdote.

—Pues tendremos que acabar de matarlo…

Por fortuna, surge la discusión. ¿Es lícito matar un herido? Y le perdonan.

Y el Padre José María Murall puede llegar a una clínica. Allí está un mes curándose de sus heridas, y ante el riesgo eminente de ser descubierto de un momento a otro. Luego, otros días de zozobra, de inquietudes, peregrinando de casa en casa. La vida de todos los amenazados de muerte.

Hasta que un amanecer bendito le sorprende en alta mar rumbo a tierra extranjera, acogedora.

***

Este caso estupendo es absolutamente cierto. Me lo ha contado en la acogedora Italia, en el pintoresco San Remo, el propio Padre Murall, convaleciente aún de sus heridas. Yo he tenido siempre una gran amistad con el Padre Murall, y su relato, que he procurado reflejar con la mayor exactitud, me ha conmovido profundamente. Cuando le he leído mis notas y mis apuntes, el Padre Murall me ha dicho:

—Certifico que son mártires mis tres gloriosos compañeros. Yo estoy firmemente convencido que Dios me ha guardado la vida para que así pueda testimoniarlo. Sí. Cuando yo vi que salía con vida de un trance tan terrible, pensé que Dios me la reservaba para poder dar fe de aquel martirio. Yo certifico que son mártires…

Y en la mirada limpia, en la mirada encendida y exaltada del Padre Murall, yo leo la verdad, esa verdad dulce y alegre para esos tres benditos jesuitas que, desde el Cielo, al implorar por sus amigos y por sus enemigos, imploran también por la salvación total, definitiva, de nuestra amada España…

***

Este caso estupendo es absolutamente cierto. Me lo ha contado en la acogedora Italia, en el pintoresco San Remo, el propio Padre Murall, convaleciente aún de sus heridas. Yo he tenido siempre una gran amistad con el Padre Murall, y su relato, que he procurado reflejar con la mayor exactitud, me ha conmovido profundamente. Cuando le he leído mis notas y mis apuntes, el Padre Murall me ha dicho:

—Certifico que son mártires mis tres gloriosos compañeros. Yo estoy firmemente convencido que Dios me ha guardado la vida para que así pueda testimoniarlo. Sí. Cuando yo vi que salía con vida de un trance tan terrible, pensé que Dios me la reservaba para poder dar fe de aquel martirio. Yo certifico que son mártires…

Y en la mirada limpia, en la mirada encendida y exaltada del Padre Murall, yo leo la verdad, esa verdad dulce y alegre para esos tres benditos jesuitas que, desde el Cielo, al implorar por sus amigos y por sus enemigos, imploran también por la salvación total, definitiva, de nuestra amada España…

De «El Terror Rojo en Cataluña» (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)


Una respuesta a «Historia verdadera del martirio y resurrección del Padre José María Murall»

  1. Tesela a tesela, o pieza a pieza, -como si de la confección de un puzle, un mosaico o de una construcción de Lego se tratara-, se están poniendo las bases y las condiciones sociopolíticas para que este tremendo relato vuelva a ser el triste presente de España.
    La complicidad de todos con el Comunismo stalinista y con el Comunismo libertario lo podemos ver en los sucesos de Barcelona con el pretexto de la condena a Paul Hasel o antes con las manifestaciones también violentas de los mismos esta vez con el pretexto del separatismo catalán. Cómo las manifestaciones violentas, el saqueo de tiendas, los destrozos en el pavimento y en el mobiliario urbano, los ataques a matar a la policía (con líquido inflamable, adoquines a la cabeza, tirachinas con bollas de rodamiento a modo de proyectiles, sprays de pintura, y un largo etcétera) son tolerados por la policía y sus mandos políticos, (que ya de «policía» sólo conserva el nombre, porque se ha convertido en una fuerza mercenaria, vacía de todo contenido moral, que ha perdido toda noción de lo que es el delito y la lucha moral contra el mismo, sino que está para lo que está una fuerza mercenaria mientras le paguen, si hoy hay que defender una cosa buena se defiende, no por buena sino porque así se ha mandado; si mañana hay que ir por las casas deteniendo curas o mujeres por asistir a misa ahí que irán ellos con sus uniformes a cumplir lo que se les mande porque una fuerza mercenaria y politizada en el el comunismo y la masonería, carece de formación moral y militar, y con tal carencia lo mismo le da una cosa que la otra), y desde todos los ámbitos de la sociedad, toda ella corrompida en el comunismo y el liberalismo cómplice, garantizan la impunidad para los violentos.
    Y lo podemos ver también en cómo de laxo las televisiones y demás medios de comunicación tratan a los jefes comunistas en España, con qué suavidad y con qué complicidad. Piense el lector si las Residencias de ancianos en España en lugar de a cargo de Pablo Iglesias como Ministro responsable de las mismas, hubieran estado en manos de Esperanza Aguirre o la fallecida Rita Baberá , cómo se abrirían los telediários y cómo no se ensañarían las editoriales con el fuego de sus baterías. Y de la Fiscalía y algún juez de «Jueces para el Comunismo y la tiranía», ya ni hablamos. En cambio al comunismo todo son carantoñas, vaselina y se le planta por todos, Rey incluido, la alfombra roja y la reverencia genuflexa.
    Ya veremos cómo de caro pagan algunos esta complicidad y este servilismo con el Comunismo, porque si algunos presentadores mal llamados periodistas, y otros muchos que ocupan cargos importantes en los aparatos del Estado y el tejido empresarial creen, en su ingenuidad, que el barro no les llegará a manchar a ellos las botas, ya lo veremos si eso es así o no, porque muchos de los que contribuyeron al desencadenamiento de la tragedia de 1936, empezando por los asesinos materiales de Calvo Sotelo, se creyeron que a ellos no les iba a afectar lo que estaban cometiendo, crecidos en su impunidad, y no había llegado el otoño y ya habían pagado todos ellos con sus vidas el vil asesinato. Ya veremos si los cálculos que se hacen los que promueven el Comunismo en España, son exactos o la honda expansiva, calórica y de metralla, les alcanza también a ellos cuando se creían que por haber contribuido a crear y amamantar el monstruo con ellos no se meterían, que asesinó Stalin más generales y colaboradores suyos, que enemigos declarados.
    Esto que se lo apunten también los Obispos rojos, que Roma no paga a traidores, y menos la Roma Comunista que está acostumbrada a coger lo que le apetece e irse sin pagar, a llevárselo todo gratis con la complicidad de muchos de los que por razón de sus cargos deberían combatirla.

    Viendo las colas de miles de españoles a las puertas de las parroquias y de los bancos de alimentos para que les llenen de comida sus carritos de la compra, (porque si Marcelino Camacho levantara la cabeza y viera a lo que él la situación de los trabajadores a la que él con su demagogia comunista ha contribuido a crear, que ya no tienen para comer se avergonzaría), buscando esa comida no en la puerta de los líderes comunistas, que a pesar de las cantidades de dinero que amasan en sus cuentas bancarias, según se ha publicado recientemente, no es a las puertas de estos líderes donde los pobres encuentran amparo, sino como siempre a las puertas de las parroquias se ha hecho público la parte de dinero y de riquezas. Viendo estas colas, que pasaría si en España no hubiera más que comunismo, hasta dónde no llegarían las colas, y exterminadas las parroquias, dónde encontrarían comida las cada vez más nutridas filas de los pobres en España. Qué cara está pagando la clase media española el haberse dejado engañar por la patraña antifranquista.
    Qué hubiera pasado si Franco no gana la guerra, y la España de Franco hubiera compartido con la España roja que siguiendo las directrices comunistas de la política de tierra quemada, lo había arrasado todo, y no tenían de nada. De qué y de dónde habrían comido los españoles si Franco no gana la guerra para acoger también a los vencidos en el glorioso proyecto de una España Una, Grande y Libre para todos, también para ellos.
    Nadie escarmienta en cabeza ajena, dicen. Pues la España de ahora, va a tener la triste ocasión de escarmentar en cabeza propia. Los colaboracionistas del comunismo, esos los primeros que van a pagar amargamente su error. No merecen menos. Ye veremos si entonces le parece tan divertido servir al triunfo del Comunismo como ahora les parece.

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