¿Homosexualidad en la antigua Grecia? —el mito se está derrumbando (I/II)

Está por todas partes. Se menciona por encima en tertulias televisivas, se escribe en libros de texto, está en boca de profesores de universidad e Internet lo repite incesantemente, incluso en la Güiquipedia ―como por ejemplo en este “artículo” (por llamarlo de alguna manera) sobre la pederastia en Grecia. Todo el mundo lo parafrasea, se ha convertido en un “meme”, un eslogan que las masas repiten sin pensar, de modo similar al famoso “todos somos iguales”. Se han vertido toneladas y toneladas de basura sobre la historia griega, e innumerables autorzuelos del tres al cuarto han desarrollado páginas y páginas dando por sentado que la mentira es cierta.

¿A qué nos referimos? A que hoy todo el mundo asume que los antiguos griegos eran una panda mariconas redomadas. Sin embargo, este dogma no es más que otro gigante con pies de barro, y aquí será desmenuzado y se demostrará por qué es así.

En otro artículo quedó demostrada la falsedad del mito de que los griegos fuesen “mediterráneos”. En éste nos ocuparemos del mito griego más desafortunadamente conocido: el mito de que la homosexualidad formaba sistemáticamente parte de la sociedad griega y de que la pedofilia era una práctica común y socialmente aceptada. Como se verá, la tesis no es que no existiese homosexualidad entre ellos, sino que la moral tradicional tenía a los homosexuales mal vistos. También se demostrará que, en la mayor parte de los casos, existían castigos prescritos por conducta homosexual, como por ejemplo la pena de muerte, el exilio o la marginación de la vida pública.

Esto va dirigido, ante todo, a quienes algo “no les cuadra” en eso de la homosexualidad griega y a quienes quieren fundamentar tales sospechas para que sean algo más que simples sospechas. Efectivamente, hubo homosexuales en Grecia, pero como se verá, que haya habido homosexuales no significa que haya sido una “práctica habitual” ni mucho menos que la pedofilia fuese una “institución social”, como han llegado a afirmar disparatadamente algunos autores homosexuales, a quienes nadie ha arrojado a la cárcel por hacer apología de la pedofilia ―y además sin bases para ello, difamando y ensuciando gratuitamente la historia de todo un país. Y es que es detestable que se utilice la mitología de hace milenios para legitimar fenómenos decadentes de la vida moderna y sólo moderna. Desde arriba, la doctrina oficial del Sistema pretende presentar a la antigua Grecia como la tierra prometida de los gays, una suerte de paraíso homo, y eso es demasiado para un amante de Grecia como un servidor, al cual nadie le puede vender la moto porque conoce bastante bien el imaginario mitológico de la Hélade, o para muchos griegos modernos, que aborrecen que otras sociedades decadentes utilicen la historia de su país para justificar sus propias desviaciones. Como veremos después, la película “Alejandro Magno” se mostró sólo 4 días en Grecia y fue un fracaso absoluto: los griegos conocen su propia historia como la palma de su mano, se han leído bien todos los libros (en griego antiguo inclusive) y saben lo que hay, como para que ahora vengan cuatro escritores neoyorkinos psicológicamente destrozados, a explicarles cómo era su propio país.

LA TEORÍA DEL PROTESTANTE DESCONFIADO

El protestantismo puede ser considerado como una escisión sumamente negativa del cristianismo, especialmente en su vertiente calvinista-puritana. Este blog no es fan del cristianismo, pero es fácil ver en el catolicismo la repetición de algunos arquetipos y símbolos pertenecientes a la Europa precristiana. El Renacimiento, y la mayor parte del arte europeo, se concentran en zonas católicas, mientras que las zonas protestantes renovaron ese fundamentalismo semita de arremeter contra las imágenes (“idolatría”) y despojaron al mundo nórdico de la herencia más dionisiaca (los protestantes eran más “apolíneos” en la importancia que le daban a la palabra y a la música, que culminó con Bach), visual y litúrgica, y del legado clásico greco-romano, que era, por definición, pagano.

Sin embargo, no todo en el protestantismo fue negativo ni mucho menos. Por un lado, se disciplinaron las congregaciones y se creaban sentimientos comunitarios fuertes que, bajo el punto de vista racial, preservaban mucho mejor el legado genético de sus fieles que el de los católicos ―esto queda en evidencia cuando comparamos la colonización de Norteamérica con la colonización de Iberoamérica.

Dejando de lado el celo abrahámico del protestantismo, de origen judío, se le puede reconocer un mérito innegable: el haber inculcado en pueblos enteros el deber de leer, puesto que gracias a esto, se favoreció la alfabetización, el acceso a la lectura, a la cultura y a la información. El objetivo original de esta política era que cada cual pudiese interpretar la Biblia a su manera, pensar por sí mismo y conocer la “palabra de Dios” de primera mano sin tener que recurrir a “intermediarios” como el clero, que tendía a hacer de los feligreses católicos un rebaño sin opiniones propias. En la práctica, lo que hizo esto fue favorecer el libre pensamiento, la posibilidad de, si no te gustaba el rollo “oficial”, fundar tu propia comunidad religiosa amparándote en tal o cual versículo bíblico y, en todo caso, recurrir a las fuentes escritas originarias para intentar averiguar la verdad o reflexionar sobre su validez. No es de extrañar, por tanto, que donde antes se implantaron medidas eugenésicas, fuese en naciones protestantes, y que personajes como Nietzsche o Darwin procediesen de entornos protestantes, donde el conocimiento de la Biblia estaba a la orden del día y donde la cultura escrita gozaba de una difusión mucho mayor.

¿A qué viene este rollo?

A que lo que se defenderá de nuevo en este artículo será precisamente la posibilidad que tiene cada hombre libre de conocer la pura y simple verdad, sin tener que confiar en intermediarios de dudosa reputación (medios de comunicación, revistas, programas de TV, sensacionalismo, manipulación, intereses políticos, económicos e internacionales), y recurriendo a las fuentes escritas originarias ―en este caso, las fuentes griegas. Por tanto se recurrirá en este artículo a fuentes griegas para demostrar que la homosexualidad en la antigua Grecia no era, ni de lejos, un fenómeno social extendido y aceptado. Escaparemos, pues, de la tiranía del pensamiento único y de los intereses que, siguiendo una agenda impuesta desde arriba, intentan hacer creer a todo el planeta que Grecia, una de las civilizaciones más interesantes que haya existido, estaba basada en la homosexualidad, y examinaremos la evidencia que hay para llegar a una conclusión personal despojada de cualquier influencia que no provenga de la misma Grecia antigua, revelando también quiénes predican irresponsablemente la teoría de los griegos petaojetes.

EL ORIGEN DEL MITO

La primera “coincidencia” que clama al cielo y que la gente pasa por alto porque las masas son demasiado perezosas como para cuestionarse algo salido de la sacrosanta TV, las infalibles revistas y los libros de texto oficiales, es que casi todos los “expertos” que han reclamado una extensión endémica de la pedofilia homosexual en Grecia… fueron o son homosexuales ellos mismos. Esto no es asunto baladí, ya que implica necesariamente que las perspectivas de tales autores están inevitablemente influenciadas por sus tendencias personales y por su deseo desesperado de legitimar su opción sexual minoritaria en un entorno “hostil” (se quiera o no, la mayor parte de la población es incurablemente heterosexual), cosa que les hace ver homosexualidad hasta en la reproducción de las amebas.

Walter Pater

Hablamos, por ejemplo, de “expertos” de la talla de Walter Pater, Michel Foucault, John Boswell, John Winkler, David Halperin y Kenneth James Dover, quienes, al parecer, vivieron en sus mentes una serie de fantasías a costa de la historia griega. Quien lo empezó todo fue precisamente Walter Pater (1839-1894), profesor de Oxford. Por alguna extraña casualidad, él y todo su círculo de seguidores, eran homosexuales (por ejemplo, Pater fue profesor de Oscar Wilde, el conocido poeta inglés), y por tanto, no sorprende que extrapolase las relaciones sodomitas que mantenía con sus alumnos, a las relaciones de entrenamiento maestro-alumno en Grecia, y más cuando había sido abandonado por su mentor veterano, Benjamin Jowett, debido a un escandaloso  lío que Pater mantuvo con un tal William Money Hardinge, un estudiante de 19 años que había atraído hacia sí la atención pública de la facultad presumiendo de su homosexualidad. Probablemente el argumento más desviado y disparatado de Pater sea que el “amor platónico” no tenía nada que ver con Psiqué, sino que era algo puramente sexual.

El origen del mito de la homosexualidad griega y el “aprendizaje por pedofilia” se remonta a este hombre, Walter Pater, un profesor de Oxford conocido por su homosexualidad y por sus líos con alumnos, como por ejemplo William M. Hardinge o el famoso poeta Oscar Wilde. Esta camarilla de victorianos decadentes es la responsable de haber acomodado la historia griega a sus fantasías personales (es de esperar que, para un profesor que mantenía escarceos con sus propios alumnos, le viniese bien justificar que en la antigua Grecia las relaciones de maestro-alumno estaban teñidas de homosexualidad), siendo su obra jaleada un siglo después con el advenimiento de otra oleada de autores ―”casualmente”, todos o casi todos, homosexuales reconocidos― que retomaron su causa durante la época hippie. Desde entonces, los supersabios de las tertulias televisivas, de las revistas sensacionalistas, de las verdulerías de barrio, de los empollonarivms virtuales, de la Güiquipedia y de las saunas gays, se han dedicado a repetir este meme como cacatúas, sin tan siquiera molestarse en comprobar su veracidad.

En sus escritos, dichos autores son prudentes, usando siempre frase cautas y ambiguas como “parece ser”, “es posible”, “tiene aspecto de”, para crear el margen necesario en donde maniobrar con su propia visión, tendente siempre a ver fantasmas y signos homosexuales donde no los hay. Más adelante veremos bien hasta qué punto tales escritores fuerzan y manipulan las cosas para ver homosexualidad debajo de cada piedra, pero baste decir de momento que, sin excepción, los “argumentos” que manejan sólo persuaden a quienes de antemano desean ser persuadidos.

Desde que esos autores escribieron sus teorías, principalmente a finales del Siglo XIX y luego durante la oleada hippie-izquierdista post-1968 del siglo pasado, nadie ha aportado nada nuevo, simplemente todas las revistas y todos los tentáculos de los medios de comunicación, muy volcados en derrocar cualquier cosa “tradicional”, repitieron como discos rayados y parafrasearon lo que dichos autores habían escrito. Toda la información que plaga Internet, y que se limita a aseverar gratuitamente que “los griegos eran homosexuales”, procede simplemente de gente de pocas luces que se limita a repetir lo que otros escribieron, y que realmente no llegan a conclusiones por su propio pie ―o bien proceden de los homosexuales mismos.

¿Dónde está, pues, el problema griego? El problema está en que:

  • Los griegos, particularmente los de herencia jonia (como los atenienses), quienes estaban más influidos por las costumbres orientales, tendían a “recluir” mucho a sus mujeres y apartarlas de la vida pública, suprimiendo la imagen femenina, cosa que fue bastante bien satirizada por el historiador Indro Montanelli. Esta situación no era panhelénica, ya que en la Esparta doria las mujeres tenían una libertad realmente notable, pero, en todo caso, los vínculos personales más fuertes solían darse entre hombres, como veremos más abajo.
  • Los griegos ―y en esto coincidían todos― admiraban la belleza sin importar dónde se manifestase ésta, fuese en hombres o en mujeres, pero de ahí a que tradujesen siempre tal atracción en actos sexuales hay un buen trecho, como veremos después.
  • En un pueblo que daba tanta importancia al entrenamiento deportivo, al combate y a la camaradería, era normal que, en el seno de aventuras y grandes batallas lejos del hogar, se forjasen vínculos extremadamente profundos entre hombres, vínculos raramente comprendidos por una sociedad pacifista, afeminada y sedentaria como la nuestra, pero que en todo caso no iban más allá de una sólida hermandad, la propia de toda männerbund. A pesar de la enorme importancia que tenía la relación maestro-discípulo en Grecia, y de que, a no dudarlo, con el advenimiento de la decadencia algunas de estas relaciones quizás degeneraron en homosexualidad, enseguida veremos que no pocos Estados tomaron medidas para salvaguardar la sacralidad de esta institución educativa.
  • Si existía un lugar donde la conducta disonante del sodomita estaba mal vista, era sin duda en las asociaciones de cazadores y soldados del pasado remoto (llamadas männerbunden en alemán), donde el trabajo en equipo, la hermandad, el deber y la camaradería del honor predominaban sobre los instintos individuales, los cuales se descargaban en combate o con mujeres, a menudo capturadas y tomadas por la fuerza. El mejor documento para familiarizarse con la mentalidad, la psicología y el modo de vida de una männerbund del pasado, es sin duda la «Ilíada» de Homero, gran epopeya por excelencia del mundo griego, y donde se relatan tradiciones que se remontan al mismísimo Paleolítico.

    Hoy en día el ideal de belleza del imaginario colectivo es la mujer de treinta y tantos años (lo cual no convierte en lesbianas a todas las mujeres). En Grecia, el ideal de belleza era el muchacho que se hallaba entre la adolescencia y la madurez, ya que se consideraba que era el único tipo humano que combinaba una vida de violento ejercicio al aire libre, con la salud de la juventud y la fuerza de la masculinidad.

  • Los vocablos griegos para designar al maestro iniciador y al joven iniciado que aspiraba a convertirse en hombre, eran respectivamente erasteseromenoslo cual, traducido literalmente, sería algo así como “amante” y “amado”. Sin embargo, como veremos enseguida, la mentalidad de la Antigüedad distinguía claramente entre el amor carnal y el amor platónico, y estas relaciones estaban fundamentadas en el segundo, considerado más elevado, más desinteresado, disociado de lo carnal, y más capaz de inculcar virtud y sabiduría. Y es que en Grecia se pensaba que un hombre joven necesitaba la tutela y el consejo de uno mayor para llegar a ser sabio en la vida o excelso en el deporte, en la caza y en el combate.

Como ya se ha dejado claro, este artículo no tiene por objetivo negar que existía homosexualidad en Grecia (si se promulgaron leyes en su contra, es porque se dieron casos), ni que todos los factores expuestos se prestaban a devenir con el paso de los siglos ―especialmente bajo condiciones de decadencia y olvido de la tradición ancestral―, en relaciones sexuales entre hombres. Lo que sí se niega en este artículo es que estas relaciones fuesen endémicas, normales y socialmente aceptadas y “reguladas”, o que tuviesen nada que ver con la tradición helénica originaria.

Dicho todo esto, comencemos a desmenuzar el mito.

ALGUNOS APODOS PARA LOS HOMOSEXUALES EN GRECIA SOBRE LA IMPORTANCIA DE AIDÓS

La mayor parte de sociedades humanas han proscrito y estigmatizado las prácticas sexuales estériles o aquellas que conllevaban riesgo de infecciones. La homosexualidad reúne ambas condiciones, ya que por un lado es incapaz de engendrar nueva vida, y por el otro, el orificio empleado no es precisamente la parte más limpia, sana o higiénica del cuerpo humano. En la Grecia antigua, que no era una excepción a esta regla general, no existían palabros modernos como «homosexual», «gay» o «heterosexual». Los «heteros» eran sencillamente la gente normal que cumplía con lo que era natural, y para los homosexuales se reservaban una serie de vocablos, generalmente de significado altamente infamante e indigno:

 Euryproktos: culo abierto.

 Lakkoproktos: culo de pozo.

 Katapygon, kataproktos: homosexual pasivo.

– Arsenokoitai: homosexual activo.

– Marikas: el que salta arriba y abajo.

– Androgynus: hombre-mujer, «travelo», afeminado, mariquita, ambiguo.

– Kinaidos (κιναίδος): Causador de vergüenza. Deriva de kineo (mover) y Aidos (vergüenza, diosa del pudor, el respeto, la modestia, la reverencia, diosa acompañante de Nemesis y castigadora de las transgresiones morales). «Aquel que acarrea la cólera de Aidos». Como veremos, el problema de Aidós es que siempre iba acompañada del cruel Némesis (Indignación), una divinidad vengadora que encaja bien en la noción de «karma» o de castigo por los pecados, y que revela que los griegos pensaban que todo aquel que hubiese incurrido en sodomía, tenía una espada de Damocles pendiendo pacientemente sobre su cabeza, para caer tarde o temprano. Pero el dato más relevador es que en el imaginario griego, Aidós iba asociada precisamente al ano:

Cuando Zeus creó al ser humano y a sus propiedades del alma, las introdujo en cada ser humano. Sin embargo, dejó fuera a la VERGÜENZA (Aidós, reverencia, respeto, pudor, modestia). Puesto que no sabía dónde insertarla, ordenó que fuese insertada en el ano. La Vergüenza, sin embargo, se quejó de esto y se molestó, considerando que la petición de Zeus estaba por debajo de su dignidad. Puesto que se quejaba profusamente, la Vergüenza dijo: «accederé a ser insertada de este modo, sólo a condición de que, cuando entre algo después de mi, yo saldré inmediatamente». (Esopo, «Fábulas», 528).

De este mito se deduce que, según la mentalidad tradicional griega, el sexo anal implica, a la vez, desvergonzarse (el pudor era considerado virtud en Grecia) y esparcir la vergüenza alrededor de uno.

Afrodita

Otro asunto aparte es que, en una cultura europea pagana donde cada actividad, cada oficio, cada momento de la vida, tiene su propio dios «patrón» o protector, uno esperaría encontrar ―particularmente en una sociedad donde supuestamente la homosexualidad campa a sus anchas―, una divinidad, un numen o un espíritu de algún tipo, que se ocupase de la homosexualidad, y no lo hay. O mejor dicho, sí lo hay: se trata de los sátiros, daimones degenerados que llevaban al cabo todas las perversiones imaginables para la mente humana, y que en Grecia no gozaban precisamente de buena fama. Pero esto se tratará más adelante. Por otro lado, en una civilización que concede estatus «regular» a la homosexualidad, y que la favorece por encima de la heterosexualidad, uno esperaría que el erotismo estuviese personificado en una divinidad representada por un muchacho joven, pero la realidad, de nuevo, no es tal: la diosa del amor, la traedora de Eros y de todas aquellas cosas que hacen perder la cabeza a los hombres, es Afrodita, el arquetipo de la hembra alfa.

EL MITO DE LAYO COMO EJEMPLO DE AIDÓS EN ACCIÓN

El mito de Layo es un ejemplo perfecto de lo que pasa si se insulta aAidós atrayendo Hybris (o Hubris) y provocando la venganza de Némesis, según el concepto de la Hélade arcaica y clásica. Comenzaremos hablando sobre el primer kinaidos y pedófilo de la mitología griega, Layo, y veremos qué es lo que sucede tras su «pecado».

Layo (del griego Λάϊος o «zurdo»), era del linaje real de la ciudad de Tebas, pero cuando le correspondió ocupar el trono, sus primos lo usurparon y tuvo que exiliarse a Pisa, donde el rey Pélope (de cuyo nombre procede «Peloponeso») lo acogió como huésped. Pélope quiso que Layo le enseñase a su hijo Crisipo a conducir caballos, con lo cual le «asigna» al niño para formar una pareja maestro-alumno. Sin embargo, Layo profana la sacralidad y el carácter platónico de esa relación y abusa sexualmente del pobre chaval. Éste, por pura vergüenza (recordemos a Aidós) se termina suicidando. La inaudita transgresión de Layo acarrea sobre él la venganza divina y, del mismo modo que Aidós había hecho que Crisispo se suicidase, Némesisacompañante de Aidós, se ocupará de castigar el pecado de Layo. Los dioses traman un plan para canalizar su cólera ante el crimen, a la vez que dan ejemplo para el resto de los mortales, castigando la perversión y maldiciendo a todo el linaje de Layo hasta que desaparezca en un baño de sangre.

La Esfinge y Edipo. Aunque tuvo éxito acabando con el monstruo y entronizándose como rey de Tebas, el héroe Edipo, por ser el hijo del kinaidos Layo, estaba maldecido por los dioses, y cuando supo que había matado a su padre y se había casado con su madre teniendo hijos con ella (algo así como el sacrilegio o Hubris absoluto), se sacó los ojos.

La maldición comienza cuando los dioses mandan la Esfinge a Tebas. Este ser, con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de pájaro, se dedica a sembrar el terror por los campos tebanos, destruyendo las cosechas y estrangulando a todos los que son incapaces de resolver sus acertijos. Layo se termina casando con Yocasta, pero el oráculo de Delfos le advierte de que no tenga progenie, porque sería un varón, mataría a su padre y se casaría con su madre. Moira (el destino) no se puede evitar, así que la profecía se cumple: Edipo, quien había sido mandado lejos de su familia, mata a su padre sin saber quién era y, por haber salvado a Tebas de la esfinge, se casa con su madre, la reina Yocasta, haciéndose rey de Tebas hasta que, cuando finalmente se conocen los hechos, por vergüenza (Aidós y Némesis entran en acción), Yocasta se ahorca y Edipo se saca los ojos. En cuanto a los hijos que habían nacido de este casamiento incestuoso, dos de ellos, Etéocles y Polínices, se matan en combate el uno al otro, mientras que las hijas, Antígona e Ismele, son condenadas a muerte. La justicia está servida, por culpa de lo que Layo, su malvado abuelo, había hecho.

En lo que respecta al asunto de la homosexualidad en este mito, habría que hacerse varias preguntas.  ¿Por qué Crisipo se suicida si el sexo entre maestro y alumno era tan normal? ¿Por qué Zeus manda a la Esfinge a Tebas como castigo? ¿Por qué el linaje de Layo pasa a estar maldito? Este mito, claramente, fue ideado para prevenir contra la homosexualidad y contra quienes se alzan ingratos contra la hospitalidad de sus anfitriones, profanando suciamente la dignidad de criaturas inocentes. Y es que del mito de Layo y Edipo pueden sacarse bastantes moralejas. Por un lado, que la aberración siempre es castigada por los dioses tarde o temprano, téngase conocimiento de ella o no, y que Aidós siempre es seguida, tarde o temprano, por la venganza «kármica» de Némesis. Por otro lado, que los pecados de los padres se pagan, al menos, hasta la tercera generación. Y, por último, que los seres malignos y los monstruos (la Esfinge) son los hijos de la traición y de la aberración, creados por las transgresiones de los hombres, especialmente sexuales.

Cuando pensamos que este mito era una tradición pasada oralmente de generación a generación, y representada teatralmente año tras año en una civilización que concedía extrema importancia al estar en paz con los dioses, resulta difícil pensar que los griegos ―particularmente los tebanos, en cuya polis había tenido lugar el mito de Layo― se hiciesen kinaidos a escala masiva así como así, que es lo que pretenden dar a entender los adoctrinadores oficiales del Sistema actual.

Por esa razón, deberíamos ahora dirigir nuestra atención hacia la Banda Sagrada, un cuerpo de élite del ejército tebano formado por Epaminondas o Górgidas en el 378 AEC, que acabaría derrotando y ocupando la misma Esparta, y que, según ciertos autores, estaba formada por 150 «parejas homosexuales». Se cree que existe una alusión a la Banda Sagrada en el «Banquete» de Platón (178e), cuando se habla de la conveniencia de tener «un ejército de amantes y amados». Si examinamos la fuente original de la frase, nos encontramos con el griego «genesthai e stratopedon eraston te kai paidikon», en la que la palabra eromenos (muerdealmohadas según los escritores homosexuales modernos, alumno según el sentido común de cualquier persona normal que haya leído literatura griega) no aparece por ningún lado, sino que aparece paidikon, es decir, «muchacho». Lo que los pseudoexpertos han fallado en mencionar es que la innovación de Epaminondas consistió en modificar las tácticas de combate de su ejército. Antaño, los jóvenes (alumnos, fuerza, impulso) eran la línea frontal, y los veteranos (tutores, sabiduría, experiencia) la línea trasera. Lo que hizo Epaminondas fue mezclarlos por igual en todas las líneas, combinando a partes iguales la veteranía con el arrojo. Por lo demás, como en tantos otros casos, no existe absolutamente nada, salvo la mente de cada cual, que muestre homosexualidad en estas «parejas», que se equiparan con el binomio de combate de la Infantería Ligera de nuestros días, o con la ya mencionada institución de maestro-alumno, de carácter platónico.

Como confirmación, el año 338 AEC, tras la Batalla de Queronea, en la que aplastó la resistencia griega a su invasión, el rey Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, contemplaba sobre los campos los cuerpos sin vida de soldados tebanos que habían luchado heroicamente hasta la muerte. Tras mirarlos largo tiempo, exclamó «¡Que perezcan miserablemente quienes piensen que estos hombres hicieron o sufrieron cualquier cosa vergonzosa!».

Otra cita referente al caso de Layo la tenemos en las «Leyes» de Platón (836c), cuando el anciano ateniense, representante de las opiniones platónicas, habla de «la costumbre que estaba vigente antes de Layo y dice que es correcto no mantener relaciones carnales con jóvenes varones como si fueran mujeres, apoyándose en el testimonio de la naturaleza de los animales y mostrando que el macho no toca al macho con este fin porque eso no se adecua a la Naturaleza». Layo sería visto aquí, pues, como el que transtornó la ley natural contraviniendo a los dioses. El ateniense defiende la idea de que la ley no debe ser benevolente para con la homosexualidad, ya que ésta no inculca autocontrol en el alma del «activo» (a quien se acusa de lascivia) ni valor en el alma del «pasivo» (a quien se acusa de imitar antinaturalmente el papel femenino).

Fin de la primera parte de dos


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