Ignorancia supina

Nuestra denominada sociedad occidental corre desbocada hacia el desastre total y no solo en su conjunto sino también de modo individualizado; cada persona parece creerse un ser excepcional, lo que antiguamente no ocurría, pero la propaganda y el lavado de cerebro en que la época actual ha sumido al ser humano ha terminado por desquiciarle por completo, no sabiendo ya donde están sus límites, cuáles son sus conocimientos y valor y por tanto desconociendo por completo su lugar dentro del entramado social.

Tal estado de cosas ha llegado al paroxismo con el advenimiento de Internet y las redes sociales; cualquiera, desde el más ignorante al más docto puede situar en la red lo que desee, esgrimir cualquier ocurrencia y lo que es más increíble, puede terminar influenciando a otros e incluso formando un grupo de acólitos o palmeros, efecto psicológico que es la base de la creación de grupos sectarios.

También da lugar a la auto-exaltación de personas que creen saber más, pero mucho más de lo que realmente conocen, con enorme deshonestidad intelectual, y que por supuesto no soportarán o censuraran a todo el que descubra su juego o les ponga delante del espejo en que se observen realmente.

Georges Salet

El caso que comentaré seguidamente es al respecto de un personaje sobre el que ya he tratado anteriormente (“Suicidio cultural”) y al respecto de un artículo «Azar y certeza» publicado en su blog AQUÍ en el que pretende rebatir una obra de Georges Salet (“Azar y certeza”) y en respuesta a un teórico reto lanzado por mí.

Por supuesto su único interés es su propio ego, herido en otras varias ocasiones, y el deseo de “quedar por encima” o “decir la última palabra” aprovechando su posibilidad de censura, por lo que ya avisa en los comentarios que da por zanjado el tema, con lo que evita la posibilidad de rebatirle, cuestión extraña pues ¿no se publica esta entrada para tratar específicamente este tema? ¿Por qué se elimina de raíz una vez expuesto? Como ya he indicado, el orgullo herido, la falta de argumentos y la nula honradez intelectual son la causa.

El tema tratado en el libro de Salet le viene muy grande a esta persona, a todos los niveles. Por no conocer no sabe siquiera:

a) Comprender el planteamiento del problema

b) Comprender que pretende solucionar el problema

c) No tiene conocimientos de matemática y mucho menos de probabilidad.

d) Por tanto no sabe resolver ni siquiera el “problema por el imaginado”, no hablemos ya del real.

e) Por ello el “resultado” alcanzado en dicho artículo es una barbaridad matemática de tal calibre que daría el suspenso inmediato a cualquier alumno de EGB.

         Es de verdadera risa:

Ni siquiera comprende:

a) Que se trata en concreto de matrices de probabilidad no probabilidades individuales, a pesar de que se indica en el libro la formación de estas

b) No conoce siquiera el producto de matrices

c) No conoce la potenciación de matrices

d) No comprende la notación y los resultados de estas operaciones

e) No conoce su desarrollo por elementos individuales de estas, también reflejados en el libro

Etc.

En fin, no conoce nada y lo primero que debería hacer es aprender algo de probabilidad, matrices y matemática en general y después intentar ver si al menos puede comprender lo menores rudimentos de este problema.

Desde esta falta total de conocimiento pretende desarrollar una “fórmula” cuyo resultado es una total barbaridad, como ya hice notar, dando probabilidades superiores a 1 en el grado que queramos, p. e. podría dar el valor 157.324 o cualquier otro. De pena.

Ni siquiera de esa “operación propia” se da cuenta que tal fórmula ya es comentada anteriormente en el libro de Salet, con todas las aclaraciones al respecto, y que su valor es solo una aproximación, nulo salvo para productos “pN” muy pequeños; realmente no se utiliza para establecer valores de una probabilidad sino para conocer el total posible de casos en que se da un determinado resultado con probabilidad “p” y ensayos “N”.

Hay que tener una ceguera intelectual supina para creer que puede rebatir así, de un plumazo, a un profesional que en décadas no ha sido rebatido y eso ¡sin tener la menor idea de matemática! Estos personajes realmente no tienen solución.

Estos perniciosos efectos son comunes a los que se creen expertos en cualquier tema sin serlo en ninguno, pero pontifican como si fuesen el Oráculo de Delfos, lo que como ya he comentado es plaga en el mundo moderno y sobre todo en la red, lugar propio de cualquier dislate.

Estas inclinaciones de censura son a la vez muy propias de fanatismos, que al respecto de estos temas podemos dividir en dos grupos: los materialistas y los espiritualistas. Los primeros no admiten absolutamente nada que se salga de su cuadro material ni aún en el caso ¡de que para ello tengan que contradecir una parte de su propia visión para intentar “reforzar” otra! (Véase “Las contradicciones del materialismo” en esta misma web)

Los segundos se adscriben a los dogmas de su creencia de tal modo que pueden contradecir partes de conocimiento que creen también tener bien asentadas, produciendo severa disonancia cognitiva en su pensamiento. P. e. si un dogma les dice: “Solo por la fe podemos tener el conocimiento ‘X’ ”, entonces a partir de tal aserto, aunque pudiésemos llegar a ese conocimiento por otras vías estas serán descartadas de base y si es preciso se convertirán para tal caso en los más furibundos materialistas con tal de negar cualquier otra posibilidad; para ello pueden admitir, p. e., que la naturaleza y sus leyes materiales pueden explicar el mundo observado al completo sin llegar a contemplar la idea de que ¿para qué necesitamos creer en la existencia de entes imaginarios si lo conocido es capaz de explicarlo y demostrarlo todo? Pues nada, asumen la disonancia y a seguir adelante.

Expondré en próximos artículos el tema en concreto de probabilidad, generación de la vida y evolución biológica, a ver si cierta clase de personas aprenden algo, aunque se sobradamente que esto es imposible, ya que por lo general el ego, la edad, los intereses, el fanatismo o la falta de plasticidad neuronal se lo impiden, pero ello no ha de ser motivo para no exponerlo y como dijo aquel: “El que quiera entender que entienda”.


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