Improvisación de mandos en 1936. (I) Los Alféreces Provisionales

Introducción 

En la improvisación de mandos de la guerra del 36, hay que distinguir la base con que la iniciaban los «gubernamentales» y los «facciosos». El Gobierno tenía en Madrid intactos todos los resortes de la Administración Central, con instalaciones, personal y medios. Contaba con los Ministerios de la Guerra y de Marina, y sus brazos ejecutivos: Subsecretarias y Estados Mayores ministeriales, los Centros de Movilización, Experimentación, Localización por el Sonido, Escuelas de Aplicación, Aviación Central, Aeródromos y Parques, Base de Carros de Combate y su mejor Regimiento, Servicios de Artillería, Ingenieros, Transmisiones, Cartográfico, de Transportes y Escuela de Automóviles.

Mandos militares (Franco entre ellos) en las maniobras de Llano Amarillo (Tetuán) poco antes del 18 de Julio de 1936

El Ejército «Nacional» tenía muy contados jefes y oficiales de Estado Mayor, la mayoría venidos de África. El comandante Barroso, que cumplía un excelente papel de agregado en París, hubo de acudir junto al general Franco, y ser su primer colaborador, con la orden inicial de: «Vaya a Salamanca y organice allí un Cuartel General». «Con lo que hubiese a mano», me comentó, ya general, en una entrevista. La planificación inicial se improvisaba. Tenían que partir de cero en todo, y bastarles lo mínimo. Aquél año, la escalilla del Cuerpo de Estado Mayor tenía 136 oficiales, faltaba saber cuantos en cada zona de la guerra.

En cambio, tanto en los Ministerios Militares como en los Cuarteles Generales de la República, podía seguir prodigándose la frase habitual en el Estado Mayor antes de tomar cualquier decisión: «Tráiganme antecedentes» y el de oficinas militares volvía cargado de legajos atados con balduque y tomos del Diario Oficial, tras lo cual se hacían «minutas» y «tantos» a secciones relacionadas con el asunto, pidiendo informes o asesoría. Ante la urgencia de improvisar mandos de Artillería con que cubrir bajas y dar cuadros a las nuevas unidades, los responsables de hacerlo trataban de asegurarse la mínima eficacia, imponer su dominio del tema y salvar su criterio de no poder abreviarse más un plan de estudios. Con datos a la vista, la máxima reducción de un programa sería dejar tres años en tres meses.

Nunca perdían de vista ser ministros del «Gobierno legítimo» de «la España oficial», y su insistencia en proclamarlo denotaba inseguridad, aún sintiéndose obligados a pensar en un futuro Ejército, distinto del que formarán parte los «tenientes en campaña» que se disponían a crear. Y al plantearse unas líneas generales para después de su supuesta victoria, se preguntarían: «¿Qué será de esos oficiales al terminar la guerra?». Los militares improvisados para la campaña tendrían que revalidar su título basándose en su actuación según el informe político-militar de sus jefes, y acaso en un examen y un breve curso; dando a todo una tendencia, o al menos promesa, hacia la efectividad de los nuevos «oficiales del pueblo», que serían base del futuro Ejército Popular. Como les entusiasma y a la vez les abruma que «los jóvenes del pueblo» sean fácilmente militares, se estudiará ya cómo asegurarles que, de no haber nada en contra, se quedarán en el Ejército.

Consideran imposible reducir a menos de tres meses los programas de las Academias de Artillería que tienen a la vista, porque los han traído como «antecedentes». También influye la moral defensiva, se trata de suprimir y nunca se tacha todo menos veinte líneas; pero tampoco se podría hacer oficiales en quince días a los analfabetos, pues era cuestión de honor, y exigencia político-sindical, que los milicianos tengan sus propios oficiales, de origen obrero –en el fondo o en la forma– cerrando el paso, no sólo al señorito universitario, sino que estaría mal visto el mero bachiller, no el maestro, lo prueba el entusiasmo con que se jalea al que de obrero manual se hace teniente, y el orgullo del «pueblo» si luego, de comandante, llega a mandar una Brigada y hasta un Cuerpo de Ejército.

Modesto y Líster

Así se admiraba a «El Campesino», que está en ese caso, pero también a Modesto y a Líster, que no lo están, pues han sido alumnos, el primero tal vez tres años, el segundo acaso algo menos, de la Academia Frunce de Moscú. En realidad, son profesionales «de carrera corta». Pero esto no lo proclaman, sino su profesión de ebanista y cantero respectivamente. Líster trabajó un año en la construcción del metro de Moscú, pero de capataz, y alternando con sus estudios militares. En suma, los «oficiales del pueblo» eran el ideal de la masa popular, compartido por los militares «leales», del primero al último, como una demagogia concesiva con las tendencias y aspiraciones revolucionarias.

Franco, sin Administración Central, sin Ministerios Militares ni Estados Mayores Centrales, sin archivos ni asesores docentes, con oficiales africanistas en su mayoría, tiene que partir de cero en todo, publicando decretos y órdenes en un Boletín Oficial inventado por la Junta de Defensa, operando con el mapa Michelín. No puede pedir «antecedentes» porque no se los traerán o llegarían demasiado tarde para la rapidez y agilidad que piden sus maniobras, su planteamiento de las operaciones, siempre ofensivas. Y en una cuartilla en blanco, improvisa el esquema mínimo de conocimientos para mandar una sección de Infantería en combate –la necesidad primordial de los rojos es de Artillería–. No se trata de ir reduciendo programas hasta llegar al límite, sino de señalar lo absolutamente indispensable, en el mínimo tiempo, quince días y, por orden de importancia, añadir lo que quepa, sin perder de vista la finalidad primordial: «táctica de sección de Infantería en combate ofensivo». Se unía la necesidad con la deficiencia, pero en cualquier caso, se avenía todo ello con su claridad de visión y su espíritu esquemático, práctico y funcional. Aunque hubiera tenido «antecedentes», quizá los hubiera apartado, cerrada la legislación y sin desatar el balduque, para preguntarse, con el mismo espíritu de Verdy du Vernois, según unos, de Moltke en Sedán, según otros: «Al diablo los principios. ¿Aquí de qué se trata?»

En el fondo se enfrentaban –como en un ajedrez bélico– las actitudes del militar de campo y el de gabinete. El problema de la improvisación de mandos no era sino un aspecto particular de lo que ocurriría en la organización general del Ejército y en la dirección de la guerra, porque en lo orgánico siempre se adelantaba la organización «republicana», sobre todo cuando el coronel Vicente Rojo, militar de Estado Mayor y de gabinete, hombre aferrado a los ejercicios sobre el plano, sintió la tentación de ser el generalísimo rival de Franco, que era de Infantería, esencialmente campero y campeador.

La importancia del tema abarca por igual a la formación de «oficiales provisionales» del Ejército Nacional, que a la de «tenientes en campaña» del Ejército Popular. En las estructuras, métodos y evoluciones docentes de unos y otros hay materia abundante de estudio y experiencia, no sólo en lo específico, sino en conexiones que parecen más remotas, como serían las operaciones de guerra, que en algunos casos se influyen mutuamente. Pese a lo cual, no hay suficientes monográficos sobre las «Escuelas Populares de Guerra».

Aún la clásica figura de «los Provisionales» se había tratado más en lo lírico o lo literario, que en lo histórico-militar, polemológico y aún social, salvo la benedictina estadística sobre los de Tierra, del general Gil Ossorio y el coronel Rousselet, de felicísima memoria y mis pacientísimos amigos; las serie de Aviación de Jesús Salas y las abundantes referencias de archivo de su hermano Ramón, sobre el despliegue de la materia; los datos de José María Blanca sobre los de la Armada. Único libro de fondo sería la crecidísima segunda edición del de Eduardo Crespo que, en su tiempo, superó lo anecdótico con datos de Gil Osorio, abundantes y oportunos. Su apéndice, más extenso que el texto, fue básico de «los Provisionales» y, de su brevedad inicial, germinó la Hermandad de Alféreces Provisionales.

Resulta especialmente cordial el relato póstumo que escribió el coronel Juan de Zabala –profesor de generales– sobre la Academia de Capitanes Provisionales de Tahuima, para mi libro de 1976, del que me dictaba por teléfono unas correcciones poco antes de su súbita muerte.

Alféreces Provisionales

Los Alféreces Provisionales tuvieron un origen netamente militar de improvisación guerrera, mientras que los escasos «oficiales de milicias», anteriores a ellos, no fueron improvisados en la guerra ni para ella. Eran mandos políticos, de tiempo de paz, que salieron al frente con sus centurias de Falange o sus compañías del Requeté y subsistieron mientras les fue posible. En el total de 30.353 Oficiales Provisionales, nada supuso el escaso número de ellos que perduraron hasta el fin de la campaña, ni siquiera los 1.004 que alcanzaron el título mixto de Alférez Provisional de Milicias, como tampoco influyó en el conjunto la nonata Real Academia Militar de Requetés, ni las promociones de Jefes de Centuria Falangistas. En cambio, les dieron gran prestigio y popularidad –más aún que los 3.000 muertos que calculé– sus quince Laureadas y 363 Medallas Militares, en la respectiva proporción del 21,4 y el 33 por ciento de las concedidas en aquella guerra.

En la zona «republicana», improvisar oficiales requería como base una cultura indispensable para la profesionalización, con el fin de proletarizar los mandos del Ejército, bajo el término «Popular.» El resultado fue sacrificar mucho «populismo» de aspirantes semianalfabetos, en aras de la cultura exigible para lograr oficiales eficaces. Puede anticiparse ya que en el llamado Ejército Popular nacieron primero, con verdadera entidad, los oficiales de milicias, cuya organización y medios fueron solera de las Escuelas Populares de Guerra, militares, pero tardías respecto a las de zona nacional. Los 10.000 oficiales de las «Milicias Populares», de academia o «de a dedo» fueron, hasta el final de la guerra, más de la cuarta parte de los 38.473 del total y casi tantos como los 13.339 «Tenientes en Campaña» de las Escuelas Populares.

Pero además, la personalidad de unos y otros estuvo siempre eclipsada por los Comisarios Políticos, única figura a la que en zona roja se dio fama y honor con posibilidades de amplia resonancia. Por lo mismo, con motivo o sin él, las máximas condecoraciones de los «Oficiales en Campaña» fueron insignificantes por su poca categoría y proporción, pues sus 23 Medallas del Valor sólo suponían el cuarto orden y un 9,5 por ciento de las 240 grandes condecoraciones concedidas en el Ejército Popular.

En las Escuelas Populares destacan las pretenciosas instalaciones, los amplios programas, los nutridos cuadros de profesores, la duración y repetición de sus cursos que permitían «emboscarse» a los alumnos, y tantos otros aspectos de organización permanente, frente a la provisionalidad de las academias del Ejército Nacional. Pero no anticipemos demasiado. Ya se comprobará con pormenores en las páginas que siguen, o en panorama de conjunto el examen comparativo final.

Si en la primera parte ofrezco noticias llamativas sobre la formación de Oficiales Provisionales, tomadas de documentos ignorados; en la segunda he apurado la búsqueda hasta el extremo. Se hacía muy difícil dar una visión sistemática de la formación de oficiales en el Ejército Popular del Norte, conseguida sólo en los archivos de los Servicios Documentales de Salamanca. Del mismo modo, la visión humana de la formación de oficiales y la vida en las academias se presentaba mucho más fácil en la primera que en la segunda parte, de los Tenientes en Campaña, para la que han sido valiosos los testimonios de profesores y alumnos.

LA PENURIA DE MANDOS EN 1936 

Una de las primeras operaciones del Gobierno de la República fue la que su ministro de la Guerra, Manuel Azaña, llamó «trituración del Ejército». Prescindiendo de pormenores y análisis, que Ramón Salas aclaró en su gran Historia, interesa saber que, lo excesivo no eran las plantillas de los cuadros de mando, sino las del Ejército en general. Antes de la «trituración» había: 190 generales o asimilados y 20.303 jefes y oficiales; después quedaron: 102 generales y 15.343 jefes y oficiales, reduciéndose, por tanto, 88 de los primeros y sus asimilados, y 4.978 de los segundos. Lo expresan bien los números relativos, pues si la Monarquía –no contando los asimilados, sin mando– tubo un general en activo por cada 1.351 soldados, y un jefe u oficial por cada catorce, con la República quedó un general por cada 2.394 soldados y un jefe u oficial por cada dieciséis. La reducción había sido, pues, de 74 generales, proporción enorme, y 3.361 jefes u oficiales, proporción pequeña.

Pero lo importante era el conjunto, y de un total de 222.705 suboficiales y tropa, sólo se redujeron 17.859, cantidad mínima en cuanto al planteamiento general de la orgánica militar, como lo era en realidad la de los oficiales, que Azaña –comparando datos heterogéneos– trataba de demostrar que los «retirados extraordinarios» fueron de once a doce mil. La mayor reducción fue en el Ejército de Marruecos, razonable, puesto que, terminada la pacificación hacía tiempo –cuatro años– eran excesivas las fuerzas de ocupación que quedaron por inercia o precaución exagerada. En cambio, crecieron mucho las fuerzas de Orden Público, hasta triplicarse el cuerpo de Seguridad por el gran incremento de sus secciones de Asalto. El tema general quedó resuelto en la obra de Ramón Salas.

Tras sucesivas modificaciones de plantillas en los años de República, quedaba el 18 de julio de 1936 un Ejército con 169.819 hombres en total, incluidas las tropas de África, las dependientes de Marruecos y colonias y el arma de Aviación, entonces encuadrada en el Ejército de Tierra. En este había unos efectivos de:169.869 hombres: 96 generales, 11.668 jefes y oficiales, 9.373 suboficiales, y 148.682 de tropa.

Las fuerzas de Orden Público tenían unas considerables plantillas de mandos, quedando su fuerza en 67.300 hombres:8 generales, 2.642 jefes y oficiales, 3.785 suboficiales, y 60.865 carabineros, guardias civiles y de asalto.

La excelente disposición inicial de los militares hacia la República fue derivando primero por apatía, y más tarde por hostilidad general, dadas las torpes humillaciones a que se sometía al Ejército como institución y a la oficialidad como clase. Fue una falta de inteligencia en el trato a quienes no rechazaron de plano, ni violentamente, las reformas «trituradoras», pese a anunciarlas con tan molesto concepto el propio ministro. Y, en consecuencia, la oposición de la oficialidad, más que frente a los principios republicanos, fue contra la beligerancia que el Gobierno mostraba, con pasividad y con hechos, ante los agravios y agresiones continuas a los militares, mientras se aconsejaba al Ejército que fuera «ciego, sordo y mudo», pese a las ofensas contra la Patria, que ellos habían jurado defender de enemigos exteriores e interiores.

En el cuadro final de julio, falta la tropa, con permiso de verano extra, para mayor seguridad:

Efectivos fin de julio de 1936 Total Zona Nacional Zona republicana
Ejército de Península e Islas 77.061 37.815 39.246
Ejército de África 36.812 36.130 682
Aviación 4.303 2.156 2.147
Armada 22.017 12.383 9.634
Orden Público 60.418 23.254 37.164
TOTAL 200.611 111.738 88.873

Llamará la atención que figuren en zona republicana 682 soldados de África, totalmente sublevada, pero son los que en julio disfrutaban permiso de verano o «peninsular», la mayoría residentes en esa zona por más extensa que la «nacional», o veraneando en zona republicana. El personal de Aviación se aparta del Ejército de Tierra, al que pertenecía, por su interés bélico en el que sólo contaban aviones, pilotos y mecánicos, estando sus dos tercios en zona republicana. Por la misma razón que la Armada, pues la tropa no da idea de la Escuadra, en parecida situación.

En el cuadrante se calcula la situación entre el 18 y el 31 de julio, en que se supone la falta de mandos militares, por la aportación de milicias, con semejantes efectivos –104.000 voluntarios y 114.000 soldados– mas tal crecimiento de tropas que, a finales de 1936 eran más de medio millón los enfrentados, mientras que sus mandos sólo tendrían bajas, de no hacerse escaladas de ascensos, insuficientes en número o deficientes en competencia por excesivos.

Oficiales de Complemento 

La esencia de la escala de complemento fue y es siempre, en todos los Ejércitos, economizar oficiales en tiempos de paz y contar con ellos en caso de movilización. La República varió por completo, democratizándolo, el sistema de reclutamiento de estos oficiales, con lo cual aumentaron considerablemente, de modo que de 2.202 que eran en enero de 1931, llegaron a unos 6.100 al empezar la guerra. La única estadística concreta es: la figura en una escalilla de Artillería de 25 de mayo de 1936 –es decir, tres semanas antes del Alzamiento Nacional–, más los datos parciales de los incorporados en zona republicana, según su escalafón de 1º de mayo de 1938 y los incorporados en Caballería en zona nacional, según una escalilla del arma de 1º de julio de 1939. Referencias incompletas son las del número de oficiales de complemento que pasaron por las Academias de Transformación al terminar la guerra. Con lo cual puede componerse y darse por muy aceptable el siguiente cuadro:

Oficiales de Complemento en 1936
Capitanes Tenientes Alféreces Total
Infantería 16 195 2.489 2.700
Caballería 15 146 1.219 1.380
Artillería 16 99 1.201 1.316
Ingenieros 36 95 469 600
Intendencia 25 135 160
TOTAL 83 560 5.513 6.156

He completado el cuadro por un sistema de proporciones entre armas y entre empleos, comparando los términos conocidos con sus equivalentes en 1931, para hallar los desconocidos. En cuanto a la distribución en ambos Ejércitos, el mayor número de datos, todos los de la zona republicana, permite una gran aproximación y ha ayudado además a contrastar los totales. El resultado, suficientemente verosímil, sería el que figura a continuación:

Oficiales de Complemento en 1936-1939
Existirían Zona Nacional Zona Republicana Sin incorporar
Infantería 2.700 900 401 1.399
Caballería 1.380 419 57 904
Artillería 1.316 500 354 462
Ingenieros 600 180 217 203
Intendencia 160 50 87 23
TOTAL 6.156 2.049 1.116 2.991

Las cantidades de zona nacional son las más aleatorias, pero aún así he utilizado la situación que contiene la escalilla de Artillería en junio de 1940, con 268 oficiales de complemento transformados en la Academia. He moderado suponer que, al terminar la guerra, sólo hubiesen optado por seguir la carrera militar, poco más de la mitad de los que combatieron en ella.

Los reiterados y amenazadores llamamientos que en el Ejército de Euzkadi veremos, para que se incorporen los oficiales de complemento, nos hacen comprender que en mayo de 1938 sólo existiesen en las filas del Ejército Popular, esos 1.116 de la escalilla, aunque antes pudieron haber sido hasta 1.250, suponiendo que hubiesen sufrido poco más de un diez por ciento de bajas irrecuperables.

En el Ejército Nacional bien pudo haber esos dos mil calculados y no es extraño que quedasen sin incorporar unos tres mil, la mayoría en zona republicana, pues la normal división geográfica determina indefectiblemente más densidad de población en ella. Puede suponerse que estarían en esa zona entre 2.000 y 2.500 de los oficiales de complemento que no se incorporaron a ninguno de los ejércitos contendientes.

LOS PRIMEROS ALFÉRECES PROVISIONALES 

Las habilitaciones 

Las columnas iniciales iban mandadas por jefes de empleos inferiores a los que tácticamente les corresponderían, pero su preparación profesional hacía que ello no fuese inconveniente, máxime, dada la penuria de medios, que limitaba los problemas casi al mando de hombres. Durante el primer mes de guerra el aumento de unidades y las bajas de mandos subalternos en combate, iban creando situaciones críticas que se trataban de solucionar por sucesión de mandos, de modo que pronto todos los oficiales y clases mandarían unidad superior a la normal para ellos. Al avanzar el mes de agosto se vio que había que afrontar de lleno la previsible penuria de mandos en un futuro próximo.

Cualquier hallazgo documental de esta época de la guerra incipiente, con la mínima burocracia, adquiere hoy un valor desproporcionado a su contenido. No he encontrado otro antecedente de las habilitaciones que un telegrama del 11 de agosto de 1936 dirigido por Mola, desde Valladolid, como jefe del Ejército del Norte, a Franco, jefe del Expedicionario de Marruecos, en Sevilla, contestando a alguna pregunta sobre el tema:

En este Ejército no se conceden ascensos, únicamente se habilita para ejercer empleos superiores, sin perjuicio de confirmarlos cuando termine la campaña.

Una vez más, como en tantos casos importantes, al empezar la guerra, el entendimiento directo entre Franco y Mola iba a ser rápidamente eficaz. Con ello, tres semanas después se unificarían y regularían de modo oficial y permanente, para toda la campaña, las habilitaciones de mandos.

En lo profesional nacieron las «habilitaciones». Comprometidos los militares del Alzamiento a renunciar a ascensos por méritos de guerra en un movimiento nacional, que era rápido, espontáneo y popular, se trataba de evitar éstos, aunque la guerra larga haría luego necesario establecerlos. Pero tampoco convenía que los mandos de las unidades saltasen demasiados escalones, dando la indigente impresión de que un teniente mandase una bandera. Las «habilitaciones» salvaban el obstáculo. No eran ascensos, pero era selección de los más aptos para el mando superior y al otorgarse las divisas del empleo correspondiente a éste, bien que sin compromiso ni especiales derechos, la impresión de los saltos de empleo se borraba. La decisión tomó cuerpo oficial en el decreto número 94 de la Junta de Defensa Nacional, firmado el 4 de septiembre de 1936, publicado tres días después en su Diario Oficial. Aquella primera disposición se refería a crear una nueva oficialidad subalterna, se recogía en su artículo sexto esta otra solución complementaria del problema de los mandos:

Sexto. Se habilitará para desempeñar el cometido de empleos superiores inmediatos hasta el de coronel inclusive, a los jefes y oficiales en activo o retirados, actualmente en filas del Ejército, siempre que reúnan las condiciones siguientes:

a) Los que acrediten especiales condiciones de mando práctico en las tropas y hayan demostrado aptitudes y valor en las operaciones realizadas, sea cualquiera el tiempo que hayan ejercido el mando correspondiente al empleo que tengan.

Se establecía que las «habilitaciones» no suponían ningún incremento económico, pero si los derechos y obligaciones del superior empleo y que la concesión se haría en virtud de propuesta de los jefes de columna, para continuar estableciendo una novedad en el distintivo, que haría famosos a los «estampillados», mote que surgiría entonces por ser moda tal nombre oficial, para los billetes de banco de zona nacional:

Octavo. El distintivo del cargo que se desempeñe se hará ostensible en tira de tela de color negro y dimensiones de siete por trece centímetros, en la que se colocarán las divisas respectivas y se unirá al uniforme en el costado izquierdo de la guerrera y a la altura del segundo botón superior de la misma, conservando en todas las prendas las divisas del empleo que se disfrute. 

Aquellas dimensiones del paño negro estaban previstas para que cupiesen en él las tres grandes estrellas de los coroneles habilitados. El artículo final advertía la transitoriedad de tal medida:

Noveno. Cuando el Gobierno Nacional lo estimare oportuno, los jefes y oficiales así promovidos cesarán en el desempeño de sus cometidos, reintegrándose al empleo que disfrutan en propiedad.

Así ocurrió al suprimirse las habilitaciones en 1940, lo que en la práctica supuso para algunos habilitados el descenso de un grado en su empleo, al menos moralmente.

Distintivo de Alférez Provisional: una estrella de seis puntas sobre fondo negro

Nacen los Alféreces Provisionales 

Su nacimiento es sólo veinte días posterior a la publicación del Decreto de Habilitaciones. Y el documento origen de los Alféreces Provisionales, fue una carta de Mola a Franco, el 30 de agosto de 1939, donde exponía a su consideración la escasez de oficiales, y el posible modo de crear otros que la cubriesen. Por lo urgente, le anticipaba su esencia en un telegrama de la misma fecha, ganado tiempo al correo postal de Valladolid a Cáceres.

«Vista falta oficiales, propongo crearlos de complemento con bachilleres mediante curso corto y enseñanzas prácticas. Dime tu opinión.»

Al recibir Franco el telegrama de Mola, le respondió con otro al día siguiente, aceptando en principio la idea de su propuesta con el siguiente telegrama:

«Estoy conforme con propuesta crear oficiales complemento en forma que indica.»

La carta de Mola, –sintetizada en telegrama de las misma fecha– detallaba suficientes precisiones y discutibles precauciones que detallaba bien:

«Mi querido general y amigo: Dada la escasez de oficiales, é incluso cadetes para habilitarlos como tales, he pensado en hacer una promoción de alféreces de complemento con chicos de relativa cultura. Estos jóvenes podrían habilitarse después de un cursillo de mes o mes y medio, sin derecho ninguno después de la campaña a ser reconocidos como oficiales técnicos para evitar lo que ocurrió con los antiguos «provinciales.» (2’)

Yo creo que la Academia podría establecerse en Pamplona o Burgos, y quisiera saber con anticipación tu opinión sobre el asunto, forma de hacer el ingreso si lo que propongo lo juzgas viable, así como de que materias debe constar el cursillo.

Para abreviar, puedes incluso hacer un adelanto del proyecto de Decreto.

En espera de tu inmediata contestación, se despide tu affmo. s.s. amigo y compañero que te abraza. 

Franco le responde a esa carta con otro telegrama –a vuelta de correo– fechado el lº de septiembre:

Para hacer promoción alféreces complemento estoy conforme, pero creo poco tiempo un mes o mes y medio, opinando que cursillo debe ser de dos meses.

Materias cursillo deben ser: disciplina, educación moral, y parte práctica indispensable para mandar sección infantería, pues en ese tiempo es imposible hacer oficiales artillería e ingenieros.

Solo así, con esa conformidad previa de Franco que Mola juzgaba indispensable –un mes antes de tenerle por caudillo– nacían esos oficiales de complemento, por cuya especial forma de creación merecerían distinguirse con un título fresco expresivo y hasta simbólico como era el de «provisionales» que les caracterizaría, con desenfadada y sospechosa necrofilia, mejor que el de «complemento», especie de «reserva de la paz para la guerra», cuando los nuevos oficiales serían «de la guerra para la guerra, sin previsible continuación en la paz.»

La orden de «habilitaciones» sólo resolvía el problema de mandar unidades superiores al empleo del jefe y oficial. Con o sin ella, pronto mandarían compañía todos los tenientes profesionales disponibles y habría que crear nuevos jefes de sección, para lo cual era insuficiente cualquier recurso ordinario. El decreto lo solucionaría conjuntamente. En él se subrayaba que la necesidad de una formación de oficiales «rápida y eficaz» obligaba a «romper ciertos moldes» reglamentarios que no eran adaptables a la situación del momento, por lo que la medida tendría sólo una «efectividad provisional».

La reiterada insistencia en esa provisionalidad hizo que, a partir del 27 de octubre, los nuevos alféreces fuesen oficialmente «Provisionales». Había mucha preocupación y mucha reserva en el legislador por lo que la decisión pudiera tener de medida revolucionaria en las tradicionales normas del Ejército; por eso se insistía en las acotaciones restrictivas. Aquel Decreto n.º 94 de 4 de septiembre de 1936, decía:

La necesidad de que a todos los mandos lleguen los verdaderamente capacitados, obliga a seleccionar y a formar los que han de ejercerlos de un modo rápido y eficaz y sin que la concesión provisional de que se trata pueda servir de base a reclamaciones posteriores de derecho. La formación y selección ha de ser: rápida, para remediar a tiempo la escasez de mandos que se siente; eficaz, para dotar al Ejército de mandos verdaderamente eficientes, circunstancia ésta que lleva consigo el romper momentáneamente con ciertos moldes reglamentarios que no son adaptables a las necesidades del momento.

Nada de ello implica una alteración radical en la constitución interna del Ejército, toda vez que las medidas que se proponen sólo tienen una efectividad provisional, dejando con ello al Gobierno Nacional con entera libertad y amplitud para moldear el funcionamiento futuro de nuestro Ejército. 

Tan insistente utilización del término «provisional» hace pensar que el legislador se había encariñado con él, cosa que inducía a la general aceptación y estaba a un paso de consagrarse oficialmente, pese a que la idea primaria sólo fuese improvisar oficiales de complemento, como se advierte en la referencia inicial del texto mecanográfico, suprimida al publicarse, que decía:

«Dictando normas para cubrir bajas en distintos empleos y Reclutamiento de Oficiales de Complemento.» Lo cual parecía lógico y evitaba la creación de nuevas escalas, pero la fuerza del vocablo nacido por azar evitó, como contrapartida para su aceptación, enojosas distinciones entre los de complemento de antes y de ahora, dada la diferencia de condiciones exigidas.

En la parte dispositiva se señalaban las condiciones que habían de reunir los futuros «Alféreces Provisionales»: Ser suboficiales, clases o soldados de infantería o artillería, o individuos de las milicias militarizadas, presentes en filas. Tener un título académico oficial, y como mínimo el de bachiller, estando comprometidos, a título de ejemplo, los maestros, peritos, aparejadores, etc., y las distintas carreras del Estado. Tener veinte años cumplidos, sin llegar a los treinta, y aptitud física adecuada. Aprobar un curso de aptitud de quince días, en el que las enseñanzas serían «eminentemente prácticas y relacionadas con el mando de sección en campaña». Tras ello serían destinados «a ser posible a unidades distintas del cuerpo de «procedencia». 

Las primeras Escuelas de Burgos y Sevilla 

Se establecía una Escuela en Burgos para las unidades del Ejército del Norte y otra en Sevilla para las restantes, en las que se desarrollarían los cursos según instrucciones de los generales de las VI y II Divisiones respectivas, no excediendo de 250 el número de alumnos que tomasen en cada «período de instrucción», lo que luego alguien llamaría vulgarmente «cursillo». Su uniforme iba a ser el de oficial del Ejército, sin estrellas en las mangas, sólo en la prenda de la cabeza y otra en el pecho, sobre aquel paño negro, medido para coroneles, y que enlutaba demasiado la pequeña estrella de los alféreces.

Ocho días después, el 15 de septiembre, se iniciaban las clases en la Escuela de Alféreces Provisionales creada de Burgos bajo la dirección del coronel retirado de Artillería don Félix Gil Verdejo, teniendo como profesores en la Sección de Infantería a dos capitanes: Eugenio Alonso-Miñon González (Táctica, Moral, Detall y Contabilidad) y Gerardo González Ruiz (Logística, Topografía y Fortificación). Los de Artillería eran el capitán Aurelio Diez Conde y el teniente Andrés García Duque.

Se habían convocado plazas para 200 oficiales de Infantería y 50 de Artillería. Las clases se daban en los locales destinados a Academias en sus respectivos Regimientos.

El 3 de octubre, en el salón de actos del San Marcial, se entregaban los pasaportes para la incorporación a sus nuevos destinos a los flamantes oficiales de la primera promoción: 139 de Infantería y 44 de Artillería. El primer caído de Infantería, fue el alférez Escalera, muerto en el frente de Aragón el 5 de octubre, a los dos días de recibir su pasaporte.

El documento más antiguo conservado de aquella Escuela, alude al nombramiento de profesores: Es un oficio que el general Gonzalo de Benito, jefe de la VI División Orgánica dirige desde Burgos al general Mola, jefe del Ejército del Norte en Valladolid, diciéndole el 6 de octubre de 1936, que según el coronel Gil Verdejo, director del Curso de Alféreces Provisionales, puede prescindir del teniente profesor don Andrés García Duque, por presentarse voluntarios al cuadro de profesores el teniente coronel de Artillería don Pedro Obregón Matti y el capitán don Francisco Laffont Cabannas, ambos retirados y agregados al Regimiento de Artillería número 11. Al aprobarlo, se expedía pasaporte al teniente García Duque para el 14 Ligero de Valladolid. Con aquella doble incorporación, el cuadro de Profesores de Artillería, se constituiría así para el Segundo Curso:

Jefe del Curso: Comandante Aurelio Díaz Conde, profesor de Táctica y Guerra Química.

Profesores: Teniente Enrique Gasset de las Morenas (Topografía y Tiro). Teniente Federico Cuenca Romero (Material). Brigada Martiniano Dehesa (Ordenanzas militares, Legislación y Contabilidad). Teniente coronel retirado Pedro Obregón Matti (Equitación).

Col. Moreno Calderón

El 19 de septiembre, cuarto día de curso en Burgos, el coronel Moreno Calderón, jefe del E.M. del Generalísimo, daba instrucciones al coronel Montaner para que al convocar el Segundo Curso diese tiempo a los aspirantes de formular sus instancias, y a la vez que se preveían plazas, muy pocas, para Caballería e Ingenieros, ampliadas a 25 al convocarse.

En una nueva promoción, entrarían ya: Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros. Con ocho a diez plazas cada una. Condiciones: Para Caballería, tener la equitación aprendida. Para Ingenieros, con carreras adecuadas. Anunciando la convocatoria con tiempo para ser conocida.

La carta revela la rapidez con que se perfeccionaba entonces el más incipiente mecanismo administrativo. En cuanto a la promoción producto del curso recién comenzado, que sería la primera, decía:

El día que terminen los alumnos, cuya salida se retrasa esta vez tres fechas (hasta el 3 de octubre), serán promovidos a Alféreces y ese mismo día destinados a Cuerpo en el B.O., según relación que te remitiré desde aquí. Los nuevos Alféreces se incorporarán con urgencia a sus destinos.

Se atendía a tener rápidamente oficiales en los frentes, ya que sólo su alarmante disminución había provocado tan extraordinaria medida de crearlos en quince días. El texto es de los más expresivos en cuanto al expeditivo lenguaje empleado en el Cuartel General del Generalísimo cuando apremiaba la urgencia sobre cualquier otra consideración.

El 29 de septiembre, el general De Benito anticipaba a Mola el resultado numérico del primer curso de Burgos, marcados con una equis al margen el nombre. de los tres eliminados de Artillería y dos de Infantería, mas otros doce de esta Arma con la observación «No tiene». En total, tres en Artillería y catorce en Infantería.

La promoción de Burgos iba a salir el 3 de octubre. Pero el día 1 estuvo formaba ante Capitanía como compañía de honores del Jefe del Estado.

Cuando 25 años después, se convocó a los 183 Alféreces (139 de infantería y 44 de artillería), no faltó ninguno de los 103 supervivientes. En sus filas, unos 80 huecos de caídos en campaña, los cubrían otros tantos hijos de Alféreces Provisionales.

De la Escuela de Burgos salía el primer Alférez Provisional de Infantería, el primero de la Historia: Sebastián Camarero López, paradigma de la sencillez de su figura; un soldado de San Marcial, ni falangista ni requeté, destinado a mandar también soldados, del regimiento de Aragón 17. No fue héroe oficial, pues aunque se le reconoció su valor al proponérsele para la Medalla Militar, quedó sin conseguirla; no hizo carrera militar, aunque llegó a la cumbre de la provisionalidad, capitán con mando de batallón, ni tuvo la triste gloria del caído en campaña. Sin provecho ni prebendas, volvió a ser el mismo maestro de un pueblo burgalés que había salido a la guerra y esperó su jubilación con la serenidad de quien sabe que en unos años vitales para España vio claro su deber y lo cumplió. En la promoción hermana, el primer Alférez Provisional de Artillería, fue Antonio Lorente Ramírez, un soldado del Regimiento número 10, que destinado al 9° Ligero, de Zaragoza, como el de Camarero. Pudieron llegar juntos al Cuartel General de Aragón, despertando curiosidad con su uniforme «estampillado».

En Sevilla no se inició el primer curso hasta primeros de octubre, casi a la vez que el segundo de Burgos. Dirigió la Escuela el general de Estado Mayor, en reserva, don Eduardo Curiel Miarons, y la sección de Artillería, el coronel Manuel de Lizaur Paul. El 23 de octubre se promovían 142 alféreces de Infantería y 65 de Artillería y el 28 de noviembre, 14 de Caballería.

El 21 de septiembre se convocó un segundo curso para oficiales de las cuatro armas (Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros), que se celebraría en las dos Escuelas anteriores y en dos más, que se creaban en Tetuán (funcionó en Xauen) y en Santa Cruz de Tenerife. Con 500 plazas en Burgos, 300 en Sevilla, 30 en Tenerife y «las que se pueda» en Xauen.

Los aspirantes de Ingenieros deberían tener aprobada la mitad de la carrera de ingeniero o arquitecto, o el título de aparejador, ayudante o sobrestante.

Los de Caballería deberían saber equitación. Su escuela se estableció en el regimiento de Lanceros de España Sus profesores eran: El capitán don Carlos Sabater Gaitán de Ayala y el teniente don Francisco Manella Duquesne, ambos del arma y en la plaza. El 25 de octubre salió la Promoción con 36 alféreces, encabezados por José Antonio Alonso Villalobos.

El 4 de noviembre de 1936 ordenaba Franco que para sucesivos cursos de Burgos y Sevilla se formase el cuadro de profesores con los disponibles, de la Academia de Infantería, ya liberada Toledo, y los anotó a lápiz junto a la relación: «Podrían ir para no distraer a otros, en los cursos de Burgos y Sevilla para alféreces de complementoPero no quedaban disponibles más que el teniente coronel Valencia y el teniente Ramírez Casanova, ambos de Caballería. El día 9, como el tiempo apremiaba, se le informó de haberse cubierto ya el profesorado de Burgos con jefes y capitanes destinados en cuerpos activos o en la Secretaría de Guerra, que cubrirían el cargo sin perjuicio de su cometido, proponiendo lo mismo para Sevilla. Tres días después, Franco aprobaba tal decisión del Secretario de Guerra en los «cursillos de Alféreces Provisionales». Ahora ya se refería a Provisionales, pero usaba la rara voz popular «cursillos»,que no se usó con carácter oficial, más que una vez, y por descuido.

El primer curso de Alféreces Provisionales no se debió difundir lo suficiente, o la reacción fue tardía. Pero los bachilleres estaban a la espera y cuando, el 24 de septiembre se anunció el segundo curso, llovieron solicitudes, sobre la mesa del general De Benito, jefe de la 6ª División Orgánica, en cuyo archivo consta el aluvión de los cinco días. El 29, víspera del plazo, apreció unas 2.000 instancias para 300 plazas en la Escuela de Burgos, lo cual le alarmó, diciendo:

El número de instancias presentadas para el próximo curso de Alféreces, es tal, que terminado el plazo llegarán a dos mil, haciendo precisa una cuidada selección de los admitidos para lograr resultados eficaces en la Escuela.

El decreto 94 da tan gran amplitud a los títulos académicos, que es difícil aquilatar los méritos escolares con los del artículo quinto, teniendo en cuenta además, que ha de tratarse de personal de carácter y energía capaces de arrastrar al combate a nuestras tropas.

Ante esta consideración, el general que suscribe ruega a V. E., si a bien lo tiene, se digne dictar normas complementarias para que el acierto en la elección presida el criterio más justo y eficaz.

No consta respuesta de Mola, pero su minuta manuscrita al pie del «recibido», el 1º de octubre de 1936 –día grande, pero de trabajo– decía:

«Procede que V. E. como más interesado, exponga la selección del personal que ha de seguirse para el próximo curso».

Por si hubiese dudas, la minuta encabezada con la fecha, lleva al final un

«fecho» que corrobora el trabajo. Sería por la tarde y en Valladolid, sede de Mola, Jefe del Ejército del Norte.

Todo debió ser muy rápido y anticipado telefónicamente , pues parece consecuencia del informe del general De Benito la orden de 30 de septiembre, publicada el 2 de octubre, ampliando a 500 las 300 plazas convocadas en Burgos de la forma siguiente: Infantería: 365. Artillería: 85. Caballería: Ingenieros: Total: 500.

El problema del aluvión no debió de plantearse en Sevilla, pues no se cita. En cambio en la misma orden se creaba una tercera Escuela, en Tenerife, para las Canarias, con 30 plazas de Infantería y 10 de Artillería, que luego se ampliaron, pues el 15 de diciembre salieron de ella dos promociones con 52 alféreces de Infantería encabezados por Alonso Ascanio Baker y 15 de Artillería por Manuel García Jorge.

La inmediata experiencia del primer curso, recién concluido, y del segundo, recién convocado, hacía necesario modificar las normas de convocatorias para que todo fuese «más rápido y eficaz», según el texto creador de los Provisionales; insistiendo con fuerza en «romper ciertos moldes».Había que romper más. No bastaba ampliar plazas aunque aliviaba el problema, sino en el oficio de respuesta a Mola el 7 de octubre –día de Lepanto y fiesta del Rosario– donde el general Beníto anotó cuatro problemas y cinco soluciones, a la vista de las dificultades vistas en las dos primeras convocatorias anunciadas:

  1. º Los muchos peticiones y el corto plazo para asistir, pugnan con la selección en Burgos.
  2. º Es difícil coordinar la selección militar por antigüedad con la civil, por títulos.
  3. º Devolver los documentos admitidos es, abrumador y expuesto a pérdidas importantes.
  4. º Las instancias al libre albedrío requieren lectura casi total, con gran pérdida de tiempo.

Para cursos sucesivos, propongo:

  1. Asignar número de plazas al personal militar, aparte del de
  2. Autorizar dividir plazas en Divisiones ª a 8.ª, con más pronta selección en sus cabeceras
  3. Entregar partidas de nacimiento y de títulos al presentarse al Director de Escuela.
  4. Que los solicitantes del Curso hayan permanecido al menos un mes en el frente.
  5. Las instancias según formulario dado, dobles: una para archivo alfabético y otro por méritos.

El general Mola ya no podía decidir por sí, ni consultar a Franco Había cambiado todo desde aquel 1º de octubre en que contestó al oficio del 29 de septiembre del General Jefe de la VI Región. Se ve en la minuta del margen que traslada el escrito «al Jefe del Gobierno». Lógico, pues asumiendo Franco doble jefatura, el tema no iba al Jefe del Estado, bajaba un escalón.

Pero era extraño, y acaso no se repitió, al hacerse habitual dar a Franco su título supremo, el de Generalísimo. Mola le remitía el escrito, «con algunas observaciones atinadas para el caso de convocarse alguna otra promoción de Alféreces Provisionales». Llevaba un «fecho» del 10 de octubre de 1936, Así se pensaba cuando se tomaba Irún, «perecían casi mil mineros en ataques inútiles a Oviedo,» y la «Columna Madrid» tomaba rápida Cebreros y El Tiemblo. La guerra iba a ser corta y bastarían 1.500 alféreces de otro par de promociones.

El Segundo Curso de Burgos, también de quince días hábiles, se anunciaba iniciarlo el 5 de octubre, pero quizá se retrasó al 10, pues terminó del 25 al 27, según fuera de Caballería, Artillería o Infantería. Como fue normal, se aprobaba cinco días después. En posteriores cursos, los alumnos de Infantería aumentaron de los 139 del primero a 229 del segundo y 501 del quinto, Necesitando un local más amplio y cómodo para las clases teóricas, pasaron a darse por la mañana, de nueve a una y media en el Teatro Principal y las del sexto curso en el Teatro-Cine Avenida. Se eliminaba del curso al alumno que tuviese tres faltas de asistencia, ya la segunda se le apercibía públicamente y se consideraba falta de asistencia, la de puntualidad, «aunque sea de minutos», como aprenderían en las Ordenanzas.

En el 5º y 6º Curso de Burgos, los alumnos tenían ya impreso un cuadernillo con las ordenanzas que aprenderían de memoria: las generales para oficiales, y las del soldado y el cabo Y además unos folletos de apuntes de táctica, logística y topografía, redactados a toda prisa por aquellos únicos profesores y editados en la imprenta del regimiento de San Marcial. Eran excesivamente esquemáticos, pero muy útiles para repasar lo esencial de las lecciones.

El primer día de clase se entregaba a los alumnos un horario y un calendario impresos. El calendario del 6º Curso, (mayo de 1937), ya harto perfeccionado, establecía una triple división de las actividades: a) Conferencias. b) Cuatro ejercicios escritos eliminatorios. c) Seis días de preguntas sobre lo explicado. Con cuatro domingos, cuatro exámenes, y los tres finales del mes para Jura de Bandera y fin de curso, quedaban sólo 17 días de. clase,o conferencias, como decía el calendario.

El horario comprendía pues: Tres clases diarias, de nueve a una de la mañana. Cuatro exámenes escritos, eliminatorios, que se celebraban en el comedor del cuartel, única dependencia con acomodo suficiente. El cuartel, a diario, era sólo punto de partido para las prácticas de combate en el campo: dos o tres días de orden cerrado, sin armas, que se limitaban al desfile por el paseo de la Quinta, con escasísimas formaciones y evoluciones en minutos previos a las prácticas. Y al final, canto del himno de Infantería

Pese al corto tiempo, se aprendían de memoria las órdenes generales para oficiales y las ordenanzas del soldado y el alférez, y sólo se estudiaban con cierto detenimiento la táctica de combate y la topografía, limitando al mínimo de horas las demás materias. Y de acuerdo con las normas recibidas aún se encontraba en el curso una hora para oír alguna conferencia, como la que los alumnos recuerdan de «Psicosis de Guerra», pronunciada por el entonces coronel médico y ya psiquiatra eminente don Antonio Vallejo Nájera.

La creación de los Alféreces Provisionales tenía que suscitar forzosamente una serie de cuestiones de competencia, pequeños conflictos profesionales para quienes, con mucha antigüedad en empleos inmediatamente inferiores al de Alférez, veían saltárseles delante a muchachos que en quince días alcanzaban el empleo sin más experiencia militar que unos meses en el frente. Era de injusticia, por ejemplo, aquella disposición del 23 de noviembre de 1936 sobre ascenso de los brigadas que llevasen más de dos años de antigüedad en su anterior empleo de sargentos. Pero no entraba en el espíritu del Alzamiento conceder amplios ascensos efectivos, ni por méritos de guerra, cuando ésta se preveía corta y podía producir una hinchazón de mandos profesionales. La orden limitaba, pues, el ascenso a Alféreces Provisionales, aunque parecía inarmónica la medida para quienes eran brigadas y más cuando el carácter de los Provisionales parecía identificarse con el de los cursos, hasta el punto de que en voz popular se decía también «alférez de cursillos» a los provisionales. La disposición decía:

De orden de S. E. el Generalísimo de los Ejércitos Nacionales se dispone: Serán también nombrados rápidamente por las autoridades antes citadas, Alféreces Provisionales, todos los brigadas de Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros e Intendencia que, al ser promovidos a dicho empleo, lleven más de dos años en el de sargento.

Con el tiempo, esto dio lugar a seis relaciones de brigadas ascendidos, la última de ellas larguísima y continuada desde el 1 de enero de 1938 hasta el 28 de marzo de 1939. Ocupaban muy numerosas páginas del Boletín Oficial del Estado, empezando la primera el 5 de diciembre de 1936 y sucediéndose las listas a lo largo de 118 números de Boletín.

Escuelas de Ingenieros 

La Academia de Alféreces Provisionales de Ingenieros se inauguró en Burgos, como consecuencia de la orden de 21 de septiembre de 1936, en el paraje forestal de Fuentes Blancas. El curso terminó el 26 de octubre, con 28 alumnos promovidos a Alféreces, el primero de ellos, Alejandro Allaregui Félez. Se nombró director al teniente coronel don Juan Casado Rodrigo, habilitado para coronel en marzo del siguiente año. Los demás profesores fueron: comandantes de Ingenieros, don Luis Troncoso Sagredo y don Antonio Alonso Nieto; capitanes, don Antonio Correa Veglison y don José Garda Roselló, y teniente, don Antonio Vela Castrillo.

Su coronel, hombre de iniciativas y de grandes dotes, quiso dar un decálogo a sus alumnos, y no creyendo oportuno transferirles el que Franco hizo para sus cadetes de Zaragoza –éstos no eran cadetes sino oficiales de campaña– redactó uno propio, sin más mérito que el de observar que la frase «Viva Franco» con diez letras servía de acróstico al Decálogo, cosa fácil prescindiendo del verso, esencial para un acróstico.

La 1ª promoción salía el 26 de octubre, con 28 Alféreces, de ellos, Alejandro Allarregui Félez, con el número uno.

En las tres promociones de esas Escuelas –desde el 15 de octubre de 1936 al 2 de mayo de 1937– convocando un total de 125 plazas, salieron promovidos 77 Alféreces Provisionales de Ingenieros. Entre el 15 y el 30 de octubre , la Primera Promoción, con 28 ó 30 alumnos, el primero Juan Manuel García Ruiz.

En Sevilla se convocaron dos cursos más: el Segundo, del que salieron 24 alféreces el 15 de febrero de 1937, y el Tercero con 29 alféreces el 12, 18 y 31 de mayo. En total 53 alféreces provisionales. El más antiguo de todos fue Manuel García Ruiz, de la 1ª promoción.

Escuelas de Intendencia 

El 1º curso, simultáneo al tercero de Infantería, se convocó en Burgos del 10 de noviembre al 4 de diciembre de 1936 en el cuartel del 6.° Grupo de Intendencia. Fueron profesores, los capitanes don José Suárez Germán y don Francisco Barriocanal Rueda.

Tanto esta Escuela como la de Ingenieros se mantuvieron en Burgos, como únicas Academias de Orgaz. para sus Cuerpos, aunque ya con el coronel Martínez Cuartero.de Director y otro cuadro de profesores.

De las Escuelas, salieron 40 alféreces en el primer curso y 75 en el segundo, llamándose ya Escuela Especial de Intendencia, única y definitiva en Burgos,. El número uno fue José Candial Burillo, alférez desde 5 de diciembre de 1936.

Escuela de Marruecos 

El 21 de septiembre de 1936 se creó la Escuela de Tetuán para que el 5 de octubre se iniciase en ella un curso simultáneo a los segundos de Burgos y Sevilla, «para cubrir las plazas posibles» de solicitantes de Marruecos. El teniente coronel de Martínez Simancas, simultaneó su Dirección al mandar el Batallón de Cazadores del Serrallo núm. 8.

No se inauguró en Tetuán, sino en Xauen, sin duda por las facilidades del cuartel de la plaza. Contó con cinco profesores, para Táctica, Tiro y Topografía, Educación Física, Equitación, , y Artillería.

Al tercer día, el 7 de noviembre, recibía Mola en Valladolid un telegrama de Franco, de utilidad dudosa para veintitrés días de curso, por la dificultad de transportes:

Sírvase ordenar pronta incorporación a Xauen según curso Alfereces, que dará comienzo 9 actual, falangistas Fernando Tejero y Ramón Ochoa Ochoa de centurias llegadas recientemente de África pertenecientes ese Ejército.

A aquel primer curso Mohamed ben Mohamed Uld Negra, hermano del teniente general Abselam de las Fuerzas Reales Marroquíes y antiguo oficial del Ejército Español, que en la misa de clausura, a «la elevación» se arrodilló con todos, «por no llamar la atención».

El 1º de noviembre salían de Xahuen 98 Alféreces de la primera promoción de Infantería, la segunda el 20 de diciembre y la tercera el 2 de marzo de 1937. Total 403 Alféreces Provisionales de Infantería:

Entre los tres cursos de Xahuen y uno de Riffien, se promovían: 621 de Infantería; 26 de Caballería; 57de Artillería; 27 de Ingenieros; y 18 de Intendencia. Total 749 nuevos oficiales.

El cuarto curso se celebró ya como primero de Dar Riffien, después de unos días iniciales en Xauen. Entre las razones del traslado, podía contar la disentería que producían las aguas del acuartelamiento, recuerdan los alumnos.

En Sevilla sólo hubo la promoción de 15 de febrero de 1937 con Pedro Vilches, número 1.

En la convocatoria de aquel curso aún se especificaba la sutil restricción de «no tratarse de un curso de Alféreces», sino «para la habilitación del desempeño del cometido de Alférez» –cosa muy distinta ser alférez a desempeñar sus funciones–. Se anunciaban 200 plazas de Infantería para súbditos españoles, que además de las condiciones generales del decreto nº 94, se atendrían a las 17 bases allí enumeradas, que exigían fotografías para fichas y carnet, uniforme de presentación y otros extremos. Y la base número 13; una prueba de aptitud física un tanto exigente, no practicada en otras Escuelas, e) De coordinación: Lanzamiento de granadas. Era la promoción «Legionaria» para los alumnos

La Escuela de Lluch 

Las Islas Baleares eran un caso especial para formar de oficiales. Las primeras necesidades hicieron crear la Escuela de Alféreces en Palma. Un radiograma del Generalísimo ordenaba el 18 de febrero de 1937, destinar a la Península el 50 por 100 de sus capitanes, oficiales subalternos, suboficiales y sargentos y 250 individuos de trcpa, compensándolo con ascender a sargentos y clases los indispensables cabos y soldados y convocando un curso de Alféreces Provisionales en el monasterio de Lluch (Escorca). Todo expresaba escasez de mandos, al afectar a islas para desembarcos enemigos.

El curso previsto de Alféreces debía ofrecer dificultades, pues el 18 de marzo, al mes, se consultaba si podía aspirar a él un bachiller elemental. Cuatro días después, un telegrama cifrado y reiterado el 6 de mayo, decía que la condición era el bachillerato completo (universitario), pero si faltaran aspirantes podían admitirse con el elemental.

El 11 de diciembre de 1936 terminaba el primer curso, con solo 43 nuevos Alféreces de las tres armas convocadas, el más exigua de la guerra, y el segundo, el 10 de mayo de 1937 el 2º curso, con 157, de verdad de tres armas, pues se hizo una promoción de Artillería en vez de Intendencia. El nuevo Curso, en agosto de 1937, era ya de las Academias de Orgaz.

La efímera Escuela de Luarca 

La guerra en el sitio de Oviedo, con poca guarnición y muchas milicias sobre todo falangistas, hizo pensar a fines de 1936 en cursos «para jefes de sección y compañía de hombres de jóvenes Milicias.» No hay rastro de aquel curso, irregular y autónomo, de los Provisionales, aún con los de F.E. de La Jarilla, en Sevilla, y Pedro Llen en Salamanca. Sería en diciembre o enero de 1937, porque el día 25, ya se citaba al primero de sus jefes de Falange, Modesto Martínez Meri, como «oficial muy apto para mandar de centuria». Ese «oficial» sugiere que, «con ese curso», acaso Aranda les asimilase a Alféreces.

El 25 de enero se proyectaba un 2º Curso en la Comandancia Militar en la base de Luarca (Asturias), que comenzase el 1 de febrero, remitiendo al

C.G.G. la propuesta de profesores, seguramente para perfeccionar la organización del anterior. No se debió de celebrar. Se preparaba la gran ofensiva contra Oviedo, y no se iban a sustraer profesores al combate. Pero está claro que el curso era sólo para mandar milicias, con profesores militares, teniendo por Director al comandante de Artillería, José Cossío de las Bárcenas.

Un telegrama del general Aranda, jefe de la VIII División, a Mola, jefe del Ejército del Norte, el 9 de marzo de 1937 urgía la necesidad de reponer bajas de oficiales.

Ante urgencia funcionamiento Academias Oficiales Luarca, a causa grandes bajas sufridas estas fuerzas e imposibilidad reponerlas, ruego V.E. autorización para anunciar convocatoria, dentro 8ª División, de clases, soldados y movilizados que lleven más de tres meses en el frente y posean título académico.

El texto es ambiguo. No dice de qué sería la convocatoria, pues alude a Academias de Luarca, en plural. Acaso pensaba también en sargentos, o de varias armas con las requisitos de los Provisionales, y un mes de frente. No fueron inadvertidos tales detalles en el Cuartel.General., donde el Generalísimo decretó al margen en rojo: «Conforme, sin administración ni título.», En el papel recibido, el Estado Mayor puso a mano una especial minuta para el general Aranda: «Puede V.E. anunciar en esa División convocatoria para academia oficiales Luarca, sin que individuos que terminen curso tengan derecho a percibir sueldo ni título oficial.» Ambas notas llevaban fecha 10 de marzo. El texto quedaba extraño, pues de lo decretado por Franco parece que los promovidos no tendrían derecho a administrar sus compañías ni a título de oficial. Tal minuta requirió nuevas consultas al Generalísimo.

Por lo que sugiere en sí, la minuta no surtió efecto, pues no quedar copia en limpio, y en el mínimo tiempo, el 20 marzo se cambiaba el plan, con la lógica de incluir el curso en los oficiales de Alféreces Provisionales de Luarca sin limitarlo a milicias, el Generalísimo firmaba en Salamanca este telegrama postal al Secretario de Guerra, y contagiado por tercera vez, con el tópico civil de «cursillo»:

He resuelto que en Luarca se establezca una Academia para cursillos de Alféreces Provisionales que funcione como las demás establecidas, ajustándose a los mismos planes y quedando como todas bajo la inspección de esa Secretaría de Guerra, que nombrará un Inspector para que haya unidad en su funcionamiento. Convendría que el número de admitidos para este curso de Infantería en Burgos, se elevara hasta mil, si es posible.

Esa orden subordinaba la Escuela de Luarca a la de Burgos, que para el curso, de 1º de abril, contaba ya con las filiales, de Vitoria y Palencia. Todo muy urgente desde ese telegrama del 20 de marzo, pues faltaban diez días para iniciar el curso. Por eso, el Secretario de Guerra cifraba al Caudillo, el 2 de abril, un telegrama oficial firmado el día anterior, indicando la penuria de oficiales en Asturias, ya conocida:

Al hallarse en el frente jefes otras categorías, he nombrado Director Academia Alféreces Provisionales Luarca a coronel de Infantería Cecilio Arias Fariña, que reúne excepcionales condiciones para cargo, rogando aprobación.

Aquella promoción, única de la Escuela, tuvo, pues, tan efímera vida como un curso de mandos de milicias y otro de alféreces provisionales. Éstos salieron con antigüedad de 4 de mayo de 1937, con la promoción general de 295 alféreces de la Escuela de Burgos y sus filiales de Vitoria, Palencia y Luarca.

Escuelas de Palencia y Vitoria

No quedan muy claros los cursos, que fueron dos: el primero en marzo de 1937 y el segundo en abril, unido a los de Vitoria y Luarca, el 2 de mayo, si bien los de Palencia salieron antes. El cuadro de profesores lo formaban el comandante mutilado don Luis Villar Olleta, que luego pasó a la Academia de Ávila, y el capitán de regulares, don Antero Touchard, herido entonces en la plaza y ascendido a comandante a fin de curso.

Las clases teóricas se celebraban en el Teatro Principal, y las prácticas en las explanadas próximas al cuartel de Villarrobledo. Llamaba la atención la mezcolanza de uniformes, lo subrayó el general Orgaz al visitar la Escuela en abril de 1936, por los días en que se haciéndose cargo del MIR y sus cursos de Alféreces Provisionales.: «No he visto Escuela con mejor instrucción ni vestuario más heterogéneo.»

Del primer curso salieron 120 alféreces y del segundo no consta, por figurar englobados en el total de la promoción de Burgos.

El curso de Vitoria tuvo por Director al comandante Ramón Saleta Goya, por profesores a los capitanes Pedro Campanega Olandía y Daniel Landa Lauzurica y al teniente de complemento, mutilado, Alberto Alcalá-Galiano y Chávarri, todos de Infantería destinados en la plaza.

Aquellas promociones fueron únicas y sólo de Infantería. El 26 de abril se anticipó la salida de 120 alféreces, de Palencia, y el día 30, la de 40 de Vitoria Eran los procedentes del Ejército. El resto fueron 295 que venían de milicias, sin distinguir que Sección de la común Escuela de Burgos.

El fin de las Escuelas 

En enero de 1937 se reducía a dieciocho años la edad mínima y se ampliaba la duración del curso a veinticuatro días lectivos, admitiéndose a individuos de las milicias. Aumentan la convocatoria en cada promoción, hasta el punto de que en Burgos, las clases del 5º Curso, en marzo, han de darse en el Teatro Principal. Y tiene ya Secciones destacadas de Palencia y Vitoria. Ese curso anticipó cierta noche la promoción de sus 50 primeros alumnos, perdiendo una semana de clases, por la urgencia de reponer bajas en el frente. Antes, la 3ª promoción de Burgos, pidió en bloque destino a La Legión, electrizada por la arenga y la figura del general Millán Astray. La 6ª y última absorbió además de las otras dos Secciones provinciales, la de Luarca (Asturias), un conato de Escuela independiente.

Al darse carácter oficial a la renacida Escuela de Lluch (Mallorca) el 20 de marzo de 1937, advertía el Generalísimo que en el próximo 6° Curso de Burgos, a ser posible, se elevasen a mil las plazas de Infantería. No pudo hacerse ya, pero estando convocadas 600, se promovieron 802 oficiales. Acaso sin anunciarlo, se llamó a más aspirantes de los ya seleccionados. El 4º Curso de Marruecos se desarrolló en Dar Riffien, como último de las Escuelas, aunque se continuarían allí mismo los de las Academias que los continuarían.

Pues el mismo día ordenaba Franco nombrar un general Inspector de Academias, para unificarlas. Lo que tuvo amplio desarrollo en la creación del MIR (Movilización, Instrucción y Recuperación) bajo la jefatura del general Orgaz.

A lo largo de mayo de 1937 salían de las Escuelas de Alféreces Provisionales las últimas promociones. Era el fin de la fase inicial, empezada como episodio para un par de cursos y un millar de alféreces, se convertía en ensayo de Academias mucho más estables y sistematizadas. En las Escuelas se había celebrado veinte cursos, distribuidos así:

Burgos: 7. Sevilla: 5. Marruecos: 4. Baleares: 2.Canarias: 2.

Entre todas se promovieron: 5.133 Alféreces Provisionales. De ellas 2.565 (casi la mitad), en la Escuela de Burgos y sus Secciones filiales de Vitoria, Palencia y Luarca

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3 respuestas a «Improvisación de mandos en 1936. (I) Los Alféreces Provisionales»

  1. Buenos días. Algunas de las fotos corresponden sí a Alféreces o Tenientes Provisionales pero son fotos POSTERIORES a la guerra. Llevan ya el uniforme según el Reglamento de 1943. Eso sí algunos, de ellos con cordones rojos de cadetes pues deben ser alumnos, de los cursos de Trasformación en oficiales regulares, profesionales, algunos de los cuales se convocaron ¡después de 1945!
    J. Mª Gárate Córdoba falleció en 2017, creo. Estaría bien indicar la fuente ¿el libro «Alféreces provisionales» de Edit. San Martin o algún artículo en revistas, especializadas? Por lo demás, muy ilustrativo artículo, pero no se olviden de los Sargentos, ¿eh? ¡Los eternos olvidados! ¡Sin los sargentos no funciona nada!

  2. La foto de FRANCO con otros militares que aparece datada en las maniobras del Llano Amarillo en realidad fue hecha en el Monte de La Esperanza (Isla de Tenerife) en el mes de junio de 1936 durante una reunión que el entonces Comandante General de Canarias mantuvo con mandos militares destinados en el archipiélago.

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