Iruña-Veleia: los que quieren creer

En el año 2006 se produce una noticia extraordinaria, que obliga a revisar los presupuestos de los historiadores, y a replantearse la historia de España, e incluso la del cristianismo.

Eliseo Gil

Eliseo Gil, que dirige una excavación arqueológica en Vitoria, es el encargado de dar la noticia sobre los últimos hallazgos. Se trata del descubrimiento de 476 fragmentos arqueológicos, de desigual valor, pero que en conjunto acreditarían unas conclusiones que chocan con lo que se conoce, y obligan a los especialistas a revisar sus concepciones actuales.

Una de estas conclusiones hace referencia al cristianismo, ya que entre las piezas se hallaba nada menos que la inscripción más antigua de la crucifixión de Jesús. Se trata de una pieza de cerámica con una ilustración esquemática de la crucifixión de Cristo, que pertenecería nada menos que al siglo III. Desde luego que constituiría un hecho llamativo, más teniendo en cuenta que el cristianismo llegaría a Hispania por medio de la sociedad romana, y aunque la romanización en lo que llegó a ser Álava era mayor que en el territorio de las otras dos provincias vascas, era a su vez menor que en otros lugares. Por otro lado, se habría adelantado nada menos que tres siglos a las que se conocían como primeras representaciones de Cristo en la cruz, en las catacumbas de Roma, ciudad apostólica. Extraña, en la pieza, observar la inscripción RIP (que se empezó a utilizar en torno al siglo VIII) sobre la cruz, y no INRI, la irónica inscripción que hicieron los romanos sobre la cruz de Cristo, según el Evangelio de Juan (19:19).

A Álava habrían llegado también unas inscripciones latinas sobre hechos que datan también del siglo III, en Egipto. La comunicación de Egipto con los pueblos cercanos tiene muchos siglos de historia. Pero que hubiese llegado a Álava noticias sobre hechos de Egipto recogidas en latín hizo levantar miles de cejas.

Con ser todo ello extraordinario, lo es aún más que en las excavaciones de Iruña-Veleia se encontraron además numerosas inscripciones en euskera, fechadas entre los siglos III y VI. Estos datos hubieran obligado a los historiadores a aceptar dos ideas que no estaban acreditadas: primero que el euskera se habría utilizado en Álava. Y, en segundo lugar, que ese sería el idioma de dos pueblos prerromanos que ocupaban esas y otras tierras cercanas, los várdulos y los caristios.

Las claras y sorprendentes consecuencias que se desprendían de estos hallazgos hacían que la expresión “extraordinarios y de trascendencia mundial” estuviesen justificados. Lo segundo por la temprana, casi extemporánea representación de Jesucristo crucificado. Y lo primero por multitud de razones.

Las mismas razones que, cierto es, llevaron a varios especialistas a desconfiar de su autenticidad. La inscripción RIP es suficiente para descartar, con casi total seguridad, la autenticidad del calvario. Pero había mucho más. Una comisión de 26 expertos, convocada en 2008, llegó a la conclusión de que las piezas eran falsas.

Hay nombres que no cuadran. Al emperador Augusto no se le llamó Octavio Augusto, como aparecía en una pieza, hasta más tarde de su supuesta datación. De ser ciertas las piezas, sus creadores se habrían adelantado 17 siglos en la nomenclatura de Nefertiti, pues la convención de llamar así a la reina egipcia del siglo XIV a. C. no se produjo hasta el siglo XX.

Luego hay razones lingüísticas de peso. Lo que nosotros llamamos Júpiter, en la época se llamaba Iupiter. El castellano, cuando nació en los siglos VIII-IX, cambió muchas I latinas por jotas, pero la pieza en que se hace referencia a “Jupiter” no sería más tardía del siglo VI. Se recogen comas en los textos, cuando este signo de puntuación no es anterior al medievo.

La comisión fue escogida de mutuo acuerdo entre la Diputación y el propio Eliseo Gil. Y cuando alcanzó su dictamen, Gil no refutó una sola de las razones que evidenciaban su engaño. Prefirió seguir otro camino, el de echar sobre sus críticos la sospecha del partidismo. Dijo que aquello era un linchamiento.

Pero ¿quién querría lincharle y por qué? La importancia de los supuestos hallazgos va más allá, y sobre todo más acá, de su impronta sobre la historia del cristianismo. Todas las falsificaciones estaban encaminadas a apuntalar el relato pseudo histórico nacionalista. Tanto el calvario como las noticias del Egipto de la XVIII dinastía situarían a Álava en el mapa en un momento en el que la historia se olvidaba de esos pagos, y transcurría por otros derroteros.

No cabe descartar, por otro lado, que pese a que el nacionalismo vasco ha sacrificado al cristianismo en la pira de la socialdemocracia, en el corazón de muchos peneuvistas lata aún el deseo de que la tierra que consideran suya fuera un prístino territorio cristiano.

Sobre todo, las piezas plantearían una continuidad de la etnografía vasca, un relato de pureza cultural y biológica muy del gusto del cambio del siglo XIX al XX, y característico de movimientos políticos que, como el nacional socialismo, despreciamos a no ser que estén en nuestra casa y se proclamen antifranquistas.

En el caso del euskera, estas inscripciones del siglo III quedarían a trece siglos de cuando comenzó la escritura propia en euskera. Hablamos, claro, del siglo XVI. Que esta es una cuestión ideológica y no científica lo certifica la ex subdirectora de la excavación, Idoia Filloy, cuando achaca a los críticos haber creado una polémica no científica, que ella achaca “fundamentalmente a la aparición de textos en euskera”. E insiste: “No tengo ya muchas dudas de que la aparición de textos y palabras escritos en lengua vasca, con la obvia lectura política que algunos pudieran hacer y han hecho ya, subyace también desde el principio en el intento de desacreditar el hallazgo”.

Pero el elemento esencial no es ni siquiera la lucha contra una historia que, contra todos los esfuerzos del nacionalismo, no da ningún motivo para atestiguar la continuidad en la pureza étnica vasca. Lo esencial es el lugar, Álava. Para el nacionalismo es una obsesión euskaldunizar una región íntimamente vinculada a Castilla, y con muy poca presencia del idioma vasco, utilizado por el bacilo nacionalista como vehículo para su expansión. No es casualidad que la capital del gobierno y del parlamento autonómico vascos sea Vitoria.

Filloy, demostrando el grado de su aprecio por la ciencia, dice que de este asunto “uno es muy libre de opinar lo que quiera sobre el tema. Cada cual sabrá en qué bases argumentales se sustentan sus conclusiones y será o no consciente de los intereses, filias o fobias que las puedan o no condicionar”. Ella niega la mayor, y dice que la comisión no aportó ninguna prueba, pero lo que hace es sacar el debate del ámbito científico y llevarlo al político. El artículo tiene el título más exacto que se le podría dar: Iruña-Veleia: Sobre dimes y diretes.

En febrero del año que viene comenzará el juicio por el presunto fraude de la excavación. No creo que el proceso dirima la cuestión científica. Y la llama nacionalista, con el inagotable combustible del dinero público, calentará el asunto durante años. Servirá de alimento espiritual para el resentimiento nacionalista contra la innombrable España.

Eliseo Gil tenía muy buenos motivos para engatusar a las instituciones autonómicas. Gil fue contratado por medio de su empresa, Lurmen. Recibió 3,7 millones de euros de patrocinio de la sociedad pública Euskotren, que se suman al contrato con la sociedad dueña de la excavación, que es la Diputación de Álava. El señuelo étnico motivó la millonaria contratación de su empresa. Una ideología que no se basa en la realidad conduce a deformaciones y corrupciones como esta.

El periodista Alberto Barandiarán ha escrito un libro, Veleia afera, en el que recoge el fraude científico. En una entrevista reciente le preguntan a quién cree que hizo daño el libro. La respuesta es clara: “A los que no querían saber, sino creer”. Es la eterna lucha entre la ciencia y los mitos, que es tan viva hoy como lo pudo ser en el siglo XVI.

Para Disidentia

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