José L. Segovia Bernabé, un no-cura nocivo

La reciente profanación de la iglesia de Nuestra Señora de Madrid o Madona, sita en el paseo de la Castellana de Madrid, en la que se celebró una infame ceremonia de exaltación sodomítica, incuida ofensa a dos insignes mártires a los cuales el lobby sodomítico se empeña en considerar practicantes en su día de tal desorientación sexual, ha puesto de nuevo en primera línea a un personaje nocivo donde los haya, el Rvdo. P. José Luis Segovia Bernabé.

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La reciente profanación de la iglesia de Nuestra Señora de Madrid o Madona, sita en el paseo de la Castellana de Madrid, en la que se celebró una infame ceremonia de exaltación sodomítica, incuida ofensa a dos insignes mártires a los cuales el lobby sodomítico se empeña en considerar practicantes en su día de tal desorientación sexual, ha puesto de nuevo en primera línea a un personaje nocivo donde los haya, el Rvdo. P. José Luis Segovia Bernabé.

José Luis Segovia Bernabé

José Luis Segovia Bernabé –sacerdote de los de siempre de paisano, o sea, de los cobardes que renuncian a la primera y más básica forma de evangelización que es la de vestir de lo que se es–, actual Vicario de Pastoral Social e Innovación (¿?) del arzobispado de Madrid-Alcalá tras su designación por el cardenal Osoro, vicaría que no existía hasta que éste la «innovó», es, sin lugar a dudas, el alter ego de tal prelado; por ello y para ello le nombró; también para lanzar un mensaje nítido de quién es el propio Osoro y de por dónde iban a ir los tiros de su mandato, que esperemos sea breve porque no hay cristiano que lo aguante, así que nadie se asombre de lo que estamos viendo y oyendo.

Que cabeza para el estudio tiene «Josito», como le llaman y le gusta que le llamen –lo de «padre» le rechina, no en balde va de «progre», «llano» y «cercano»–, lo demuestra su formación académica que nadie puede negar que la tiene amplia, pero como a otros muchos seres humanos con tal capacidad para el estudio, el problema es que lo estudiado, que no es lo mismo que aprendido, se le ha indigestado, produciendo en él dosis de soberbia y cretinez que le ahogan e incapacitan para sacar provecho, él y los demás, de tanta erudición.

Lo cual no deja de tener sus ventajas para los demás, pues debido a ello este cura –que no ejerce de ello habiendo renunciando a la mayor de todas las dignidades que pueden recaer sobre un ser humano, la de ser sacerdote–, despide un tufo nauseabundo de tal intensidad que permite, a quien tiene las pituitarias en forma, olerle de lejos si se conserva un poco de recia formación católica de verdad, se está alerta y se carece de ambiciones que no sean otras que la de convertirse para salvarse.

Ese tufo se deja sentir, se pone en evidencia, mediante una verborrea diarreica descomunal, por el uso de palabros altisonantes y grandilocuentes con las que busca impactar tanto en el pobre que por cualquier motivo tiene que oírle, como aún más en el imbécil que quiere escucharle; palabros, que no palabras, en buena medida inventados por él mismo en un alarde no de erudición, sino de estupidez. También se caracteriza ese hedor por lo que le gusta escucharse a sí mismo, porque lo dicho para los demás tiene su muchos efectos en él, que oye lo que dice encandilado como si viniera de la boca del propio Aristóteles o de Platón, creyéndose incluso superior a ellos.

Así, su dialéctica rezuma teología de la liberación por todos los poros, es manifiestamente modernista de la «a» la «z» y su semántica hace gala de agudos eufemismos con los que cuela barbaridades descomunales envueltas en papel celofán, igual que sandeces mayúsculas camufladas con papel de seda. Es un marxista teórico y practicante, y por ello un intolerante, totalitario y demagogo, bien que como sus admirados tiranos lo oculta eficazmente, por ahora, con ademanes de cordero para que no se le vea la zarpa de lobo. Todo lo cual le convierte en peligroso embaucador de ingenuos e ignorantes, así como de interesados, pelotas y cobardes. Además, está convencido de que el hombre sólo vive de pan. José Luis Segovia Bernabé, lo de «padre» lo evitamos, rezuma demagogia, vaciedad, hipocresía y no poca estupidez; le falta caridad de verdad, tergiversa el Evangelio y predica sólo la parte que le interesa para sostener sus errores.

Javier Barbero

Y por todo ello, cómo no, tiene en su currículum haber sido el responsable de la comisión contra la “violencia machista” y del magnífico entendimiento entre el arzobispado de Madrid y el marxismo encubierto o destapado actual que rige, cuando menos, la alcaldía. Viene siendo casamentero y celestino entre dicha diócesis y los podemitas, entre cuyos esbirros tiene especial relación con Javier Barbero, concejal de Seguridad, Salud y Emergencias, amigo suyo personal desde hace tiempo –Dios los crea y ellos se juntan–, con el cual es co-autor de un libro sobre ideología de género, cómo no, quien a su vez fue fraile camilo en su día –no hay nada peor que un seminarista o cura renegado–, para después defender a los okupas del Patio Maravillas, llamar «fascistas» a los policías municipales que dirige como concejal y mano izquierda –otra no podría ser– de Carmena; todo un personaje rancio, nostágico de la checa y el gulag.

Entre las perlas del protagonista de este artículo, el ínclito José Luis Segovia Bernabé, están las siguientes: los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron “neoconservadores”, “reduccionistas” y “restauracionistas”, habiendo supuesto según él “una verdadera ralentización del proceso de renovación iniciado después del Concilio Vaticano II”;  «la Iglesia del repliegue neoconservador de la era de Juan Pablo II y Benedicto XVI ha puesto el acento en los males de la cultura de nuestro tiempo: lo que eclipsa el rostro de Dios es que no se hable de Él, el relativismo moral, la secularización» –y lo dice precisamente él, tiene narices–, mientras que «la llegada del Papa Francisco ha supuesto un giro pastoral y estratégico: lo que eclipsa el rostro de Dios, fundamentalmente, es el sufrimiento visible, la injusticia de nuestro mundo”, o sea, pura teoría de la liberación, y, cómo no, siempre la misma tabarra una y otra vez hasta colarla “el periodo que ocupan los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Son casi 35 años (1978-2013) de la vida de la Iglesia que suponen una verdadera ralentización del proceso de renovación iniciado inmediatamente después de la celebración de Concilio”, que por supuesto no dice Vaticano II porque lo da por supuesto, ya que para él sólo puede ser ese, los otros diecinueve anteriores no existen.

Para el caso español, lógicamente, aplica la medicina más dura, además de la palabrería más cursi y chocante, cuando afirma que «En España, la Iglesia militante de los años 70 se desfondó en un activismo apresurado que vivió los excesos del enfrentamiento con el restauracionismo eclesial. La Iglesia confesante de la etapa de Juan Pablo II y Benedicto XVI sufrió de reduccionismo intraeclesial y de arrinconamiento de lo social para los especializados”.

Altar profanado de Ntra. Sra. de Madrid

Cursilería que llega a la horterada cuando afirma que “es preocupante que la liturgia oficial, con sus formulaciones muchas veces frías, formales y medievales, impidan que el homo liturgicus tome parte activa en el destino del homo technicus” (¿?); ven cómo lo que hemos dicho es cierto. Pues aún hay más “a pesar del esfuerzo de los predicadores, no se está haciendo eco de la evolución de la teología ni del mundo. En general, se sigue hablando y predicando de paradigmas moralizantes, anticuados, premodernos y desde una interpretación literalista de la Sagrada Escritura. Quizá se explique esta paralización por fijaciones doctrinales que impiden la adecuación a las cambiantes y nuevas circunstancias, así como por el perfil de los “oyentes”.

Por todo lo anterior, que nadie se extrañe de que este triste personaje haya sido el inductor de la profanación llevada a cabo recientemente en la parroquia de Nuestra Señora de Madrid o Madona, en pleno paseo de la Castellana donde se celebró una ceremonia de exaltación de la sodomía por una asociación de sodomitas pretendidamente «cristianos», de la que en breve daremos cuenta. Aunque se afirma que al arzobispado no la bendijo, no sólo no la prohibió, sino que más aún la permitió, de ahí su pecado. Y aunque el párroco al parecer no estaba de acuerdo, lo aceptó y no ha dimitido una vez que se le ha impuesto semejante barbaridad, si es que fue así, de ahí también el suyo.

Con elementos perniciosos como éste, incluyendo a Osoro, nadie se puede asombrar ni de lo que por desgracia ocurre, ni sorprenderse de lo que va a seguir ocurriendo, porque esto no ha hecho sino empezar.

 

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17 thoughts on “José L. Segovia Bernabé, un no-cura nocivo”

  1. No tienes ni idea de quién es Josito, deja de escribir tonterías y dedica tu tiempo a otra cosa, que para estas cosas está el Sálvame, ves y echa un currículum a ver si te cogen.

    1. Estimado seguidor: sentimos que su opinión esté compuesta sólo de afirmaciones categóricas, que no argumenta, lo cual le pone en evidencia. Pasar mucho tiempo viendo pseudoprogramas tan poco instructivos y edificantes como ese que nombra, produce esos efectos. Háganos caso y, cuando dé opiniones donde sea, tiene que argumentarlas, si no es así, dejan incluso de serlo y pasan a la categoría de simples sonidos ininteligibles. Saludos cordiales.

  2. Una opinión argumentada desde la falta de respeto y el insulto – como la que se expone en este artículo- no es una opinión respetable ni cristiana en absoluto… ni, desde luego, merecedora de mayor comentario.

    1. Estimado seguidor: lo de falta de respeto hay que argumentarlo, so pena de cometer el mismo «pecado» que achaca. Insulto no hay ninguno, para ello basta con ir al diccionrio y repasar dicha definición. Todas las opiniones son respetables ¿no habóamos quedado hace cuatro décadas en eso? La corrección fraterna, es decir, decirle al otro que está errado, es lo más cristiano-católico que existe, pues es mandato evangélico. ¿Si no merece comentario para qué lo hace? Y… ¿por qué lo de anónimo? O sea, ¿por qué esconderse? «Josito» es lo que dice el artículo y peor aún, si es que cabe. Así nos va. En cualquier caso: respetamos su opinión, defendemos el derecho a expresarla, no estamos de acuerdo con ella, pero no vamos a descalificarla, la agradecemos y le sugerimos la posibilidad de que revise la misma no sea que esté equivocdo. Saludos cordiales

    1. Estimada seguidora: ¿De verdad? Argumente, no pontifique. Aporte, no anatemice. Las afirmaciones categóricas sin respaldo desacreditan. ¿Envidia? No, en absoluto, vergüenza ajena y compasión, deseo de que se convierta y, sí, claro, indignación por ver a alguien que hace lo que hace con los demás, porque si lo que realiza sólo fuera para sí, allá él, pero que disperse y confunda es deleznable. Saludos cordiales

  3. Poca gente como el Padre Segovia, más como él, por favor. Usted se dedica a difamar sin conocer como vive y como se entrega a los demás, especialmente a los más necesitados. En eso toma el Padre Segovia buen ejemplo de Jesus de Nazaret, de quien Usted no ha dicho una sola palabra en su escrito que contiene injurias, calumnias y difamaciones por pura ignorancia. Ojalá se convierta Usted, piense más en las heridas que deja su pluma al escribir, piense menos que el hábito hace al monje (por lo de la necesidad de vestirse de cura -que yo le he visto muchas veces al Padre Segovia vestido y revestido de tal, y se una Usted más a Dios, que es amor. Quizá de esa manera llegue Usted a ser un referente como lo es el Padre Segovia, en el camino espiritual de quien, como una servidora, ni es una pelota, ni es una ignorante, ni es una imbecil, y conoce bastante mejor al Padre Segovia que Usted. Su escrito puede rezumar mucha liturgia, pero le aseguro que no es un escrito cristiano. Por otra parte, las distintas sensibilidades en la Iglesia, la enriquecen. No es tan malo ser de izquierdas si el Padre Segovia lo fuera, como no es malo que Usted sea de derechas, y le aseguro que ėl no ha buscado el cargo que lleva con entrega ejemplar, haciendo mucho más que muchos, entre los que creo que puedo incluirme e incluirle a usted, por la Iglesia de Madrid. Ni es intransigente, ni intolerante, ni es un demagogo, ni disfraza nada al hablar, sino que el bastante claro dentro siempre de un tono cordial y muy constructivo, que sale del amor que pone en lo que hace. Y por otra parte, el Vaticano II, pienso, esta poco explorado, a ver si el Sínodo de la Amazonia consigue que profundicemos un poco más en él. En fin, señor Juan Cruz, ojalá San Juan De la Cruz, ese vigoroso místico, cuyo nombre comparte, a quien le encomiendo desde hoy mismo, día en que he tenido la suerte de leer su artículo, y de poderlo contestar, le haga comenzar la subida al monte Carmelo y le acompañe hasta la cima, donde no quede de su ego, nada, y donde todo sea Dios y Usted en eterno abrazo de amor.

    1. Estimada seguidora: pues allá usted. Lo normal es que los lobos se vistan de corderos, balen y lo parezcan, porque lo anormal, y no son tontos, es que den la cara como lo que son, lobos; al P. Segovia le ocurre mucho de lo dicho. Lo de las «diferentes sensibilidades» es parte de esa piel de cordero que ha «protestantizado» a la Iglesia como es evidente, ya que cada una de ellas va por donde mejor le parece, y ninguna por dónde debiera: un solo pastor, un solo rebaño. En cuanto a profundizar en el Vaticano II… pues si con los resultados más que conocidos después de «profundizar» en él durante décadas no es suficiente no sé a dónde vamos a llegar… bueno sí, a la Pachamama que es donde estamos. Claro que cada cual es libre de escoger su camino. Saludos cordiales

  4. No tienes ni puta idea de todo lo bueno que ha realizado Josito, antes de publicar tan nauseabuendo articulo deberias informarte un poco de todo lo que hace josito por los más desfavorecidos, por los pobres y por la gente sin techo. Eres un puto mierda que lo único que te mereces por desprestigiar asi a una persona tan humana como es Josito, que no le llegas ni a la suela de los zapatos es que te abran la cabeza.

    1. Estimado seguidor: nuestra política de comentarios es muy laxa, por lo que en un principio y ante los términos de su comentario íbamos a borrarla, pero… mejor no, que quede constancia de lo siguiente: a) el insulto es el rebuzno del hombre, b) el insulto es la razón de los sin razón, c) ergo, lo que usted dice de Josito es falso porque su único argumento para defenderlo es el insulto y d) el «bien» que haya podido hacer Josito, según usted mismo nos dice, es sólo pura filantropía, no caridad, porque va dirigido sólo a lo material, según usted mismo acredita, desechando lo más importante que es lo espiritual, el alma; y es que el lobo no es tonto y siempre se presenta con piel de oveja. Por último: si usted y su comentario es el resultado de la labor pastoral de Josito, usted mismo la desacredita y nos da toda la razón; que por otra parte tenemos. Saludos cordiales

  5. Ya que usted condena de modernista a este hombre, que por otro lado es sacerdote, sepa que afirmaciones tales como que hay un derecho a expresar la opinión son problemáticas a la luz de los puntos 11 y 12 de la encíclica Mirari Vos (1832) de Gregorio XVI.

    Entendiendo que existe ese derecho no hay justificación posible a los índices de libros prohibidos y a la quema pública de escritos perniciosos para la fe. Es habitual la indignación ante estos hechos, pero eso supone admitir un error tan craso en la historia de la Iglesia que los errores de este pobre hombre serían de dudosa relevancia.

    Por lo cual decida usted si mantiene la tesis del derecho a expresar la propia opinión, porque en ese caso la Iglesia es una institución que ha ido en contra del derecho.

    Una vez decidida esa cuestión, si ha tomado la resolución de que la Iglesia ha obrado como corresponde al derecho, pregúntese qué derecho tiene usted a publicar un escrito que presumiblemente va a provocar escándalo. Aparte de la introducción de un titular sesgado, como es decir «no-cura» de un hombre que ha recibido el sacramento del Orden y que sigue ejerciendo su ministerio.

    No se preocupe de publicar este comentario o no hacerlo, yo no voy a esgrimir un derecho que no creo tener.

    Un saludo cordial.

    1. Estimado seguidor: como ve el comentario se ha publicado ipso facto; reconocemos el derecho a esa libertad de expresión para todos, también para los que, con formas adecuadas, disientes, como usted. En cuanto a las prohibiciones de la Iglesia sobre algunos libros no tiene nada que ver con la libertad de expresión, porque la Iglesia lo que ha prohibido, y bien, algún tiempo, es: a) que los fieles leyeran ciertos libros considerados nocivos, tóxicos, para la salvación de las almas, no su publicación y b) su publicación de parte sólo de clérigos y teólogos, o sea, de los de dentro, derecho que le asiste como asiste a cualquier institución que es que los propios no publiquen contra ella misma; hasta en un club de ajedrez así lo se hace, porque si se está dentro y no se está de acuerdo en lo básico, en lo doctrinal, caso de la Iglesia, debe uno irse y disentir desde afuera. No-cura porque aunque sea cura, que lo es, y su orden sacerdotal lo tiene para siempre, no ejerce como tal su labor, no predica el Evangelio como es, no practica la doctrina, etc., no-cura es que aunque lo sea, no lo es en su ejercicio; es una expresión clara, a no ser que se lea, como parece su caso, como si negáramos que no tiene esa condición. Modernista por todo lo dicho, vea sus vídeos, vea lo que dice, analícelo en detalle. Sepa que el modernismo es posiblemente la herejía de las herejías, compendio de todas las habidas y la más peligrosa y eficaz por su extremada sutilidad que, entre otras cosas, la hace muy difícil de descubrir hasta que el mal está hecho y no tiene mucha reparación. Saludos cordiales

  6. Se bifurcan las cuestiones. De entrada me disculpo por la longitud, hay al final una recapitulación.

    En primer lugar, no se trata de lo que usted reconozca. El derecho a la libertad de expresión no hace acepción ninguna de lo que se dice; por tanto caben dentro de ella las más dispares aberraciones, según la formulación moderna con que usted la presenta, en la cual es el propio hombre el que decide desde su libertad soberana lo que quiere hacer, sin atender a criterio que no sea su propia conciencia. Si bien es cierto que aludiendo a la libertad de imprenta, se lee en Mirari Vos 11: «Debemos también tratar en este lugar de la libertad de imprenta, nunca suficientemente condenada, si por tal se entiende el derecho de dar a la luz pública toda clase de escritos». Siempre que usted conceda que una página como la suya entra dentro de la luz pública y los comentarios, amparados por la libertad que usted defiende, se pueden considerar una clase de escritos.

    En segundo lugar, la Iglesia no tiene derecho solo sobre sus fieles. Porque no son los fieles los que han constituido la Iglesia, sino el mismo Jesucristo. De forma que el derecho que tiene la Iglesia a velar por el orden doctrinal no está limitado a los fieles católicos, siendo cosa distinta cómo se ejerza. Ejercicio, por cierto, que no está sometido ni a su juicio, ni al mío. Salvo que usted pretenda que en este mundo la Iglesia adquiere validez tan sólo por la participación de sus fieles, siendo por tanto una institución humana. Tomemos Quas Primas 15: «El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano».

    Como poco se puede decir que la Iglesia no tiene como límite en su sana censura a los católicos, ni siquiera en países que no sean católicos, porque lo que lo que la Iglesia hace no está justificado por un asentimiento de conciencia de los fieles. En consecuencia, aunque un hombre no pertenezca de derecho a la Iglesia no por eso la Iglesia no puede limitarle su expresión. Esto en vía de principio, pues cada situación exige la aplicación de los principios.

    Pero si esto es cierto, su afirmación de un derecho a la libertad de expresión estaría por delante del derecho de la Iglesia a limitar su expresión, no en una cuestión concreta, sino como principio. Pero si esto es así, podría decirse que cualquiera tiene derecho a «decir Misa». Si opone usted sentimientos religiosos, está usted reconociendo implícitamente que los del pretendido celebrante son válidos. Por lo cual, sólo se le podría prohibir la ofensa a Dios en virtud de que alguien se sintiera ofendido. Si opone usted los derechos de Dios, está claro que no existe tal derecho de expresión ilimitado, según usted propone.

    Cosa distinta es que esté usted considerando que antes está el ordenamiento jurídico del Estado que la competencia de la Iglesia en cuestiones que atañen a la salvación. Porque la libertad de expresión, amparada por el ordenamiento jurídico del Estado, contiene bajo sí cosas que son contrarias a la fe, aunque sólo fuera por el escándalo. Por lo cual, si usted la defiende sin cortapisas está haciendo suyas también las manifestaciones no sólo de los que puedan ofender a Dios de palabra, sino el escándalo que puedan provocar.

    En tercer lugar, afirma usted que no ejerce como tal su labor. Entonces surge la pregunta de quién le ha hecho a usted juez en esta materia. Tomemos Apostolicam actuositatem 24: «la Jerarquía encomienda a los laicos algunas funciones que están muy estrechamente unidas con los ministerios de los pastores, como en la explicación de la doctrina cristiana, en ciertos actos litúrgicos, en cura de almas. En virtud de esta misión, los laicos, en cuanto al ejercicio de su misión, están plenamente sometidos a la dirección superior de la Iglesia». Tal vez alguna autoridad de la Iglesia le haya encargado que juzgue a los curas, que determine qué es buena doctrina, que determine si los curas ejercen de curas y además publicarlo amparándose en la libertad de expresión en un medio que no de la Iglesia. Si es el caso, retiro por completo mi objeción.

    Recapitulando, en primer lugar: la libertad de expresión es de suyo ilimitada, cosa que choca con el ilimitado derecho de Dios. En segundo lugar: la Iglesia por su misión recibe de Dios ciertos derechos que son independientes del ordenamiento jurídico contingente. En tercer lugar: no habiendo recibido usted de la Iglesia la potestad específica para juzgar, y condenando a un miembro de la Iglesia, parece que lo hace usted amparándose en un sentimiento religiosos (y según parece, esto sí que es modernismo)

    Un último punto, dice usted que «si se está dentro y no se está de acuerdo en lo básico, en lo doctrinal, caso de la Iglesia, debe uno irse y disentir desde afuera». No quiero ni pensar que diga usted que haya alguien que deba irse de la Iglesia, o ¿es que la opinión de esa persona le concede derecho a ofender a Dios?

    1. Estimado seguidor:
      Muy fácil:
      a) La libertad de expresión NO es ilimitada; faltaría más, o mejor decir que así nos va. No se pueden expresar barbaridades en aras a dicha supuesta libertad ilimitada, como ocurre hoy en día con los resultados que conocemos.
      b) Por ser obra de Dios, y ser Cristo su cabeza, la Iglesia tiene derechos que no tienen otras instituciones finitas, limitadas, sólo humanas.
      c) Como muchos, no conoce usted lo que significa «juzgar». Tenemos que discernir a la luz de los hechos que vemos lo bueno y lo malo, que es distinto a juzgar, de otra forma, como usted pretende, apañados íbamos.. en realidad vamos.
      d) Último: sí, claro que deben irse de la Iglesia los que no comulgan con su doctrina, que es la de Dios, claro que sí, deberían irse, cosa que han hecho durante siglos los herejes que conservaron al menos un ligero rasgo de decencia, de la cual que carecen los herejes mayoritariamente modernistas de hoy en día, que se quedan para destruirla.
      Saludos cordiales

  7. Le agradezco la sintética respuesta. Yo abusaré un poco más de su confianza si lo permite.

    a) Coincido. Me gustaría que me respondiera, si le es posible, cuál es el criterio por el que unas cosas entran dentro de la libertad de expresión y otras no.
    b) Coincido. Tal vez el derecho de examinar a sus sacerdotes sea prerrogativa de la Iglesia, y no de cualquiera por el hecho de tener un periódico.
    C) El juicio es la segunda operación del entendimiento. Se pueden distinguir de un lado la composición o división de conceptos, de otro lado la existencia de esta composición o división. Ya sabrá usted eso de sujeto y de predicado, y todas las desavenencias entre el tomismo y la lógica matemática contemporánea. Por mis estudios tengo algún conocimiento, mínimo, de estas materias.
    No obstante, usted establece entre discernir y juzgar una diferencia que no tiene fundamento en la realidad. Le reto si no a que me diga cuál es. Voy a suponer aquí que usted tiene unos rudimentos de la filosofía que la Iglesia recomienda para la enseñanza. Ambas son cosas que hace el entendimiento, luego la diferencia no está ahí. Las operaciones del entendimiento son tres, simple aprehensión, juicio y razonamiento. Evidentemente el discernimiento no es ni simple aprehensión ni razonamiento. Luego, o bien el discernimiento es un tipo concreto de juicio o bien son idénticos. Esto se lo dejo a su elección.
    Lo verdaderamente importante, no obstante, no es eso. Es evidente que tenemos que juzgar o discernir sobre algunas cosas, pero no sobre todas. Tal y como usted lo presenta, no parece haber limitación ninguna a su «tenemos que discernir a la luz de los hechos que vemos lo bueno y lo malo». Esto puede hacerle pensar a uno, ya ni siquiera en un derecho, sino en una obligación de formarse un juicio o discernimiento o criterio (según el libro de Balmes) acerca de cuestiones que no son de nuestra competencia. Y esto es aún más grave cuando se entiende que esa obligación se extiende a informar a los demás de esas cosas que se escapan a nuestra labor. Otra vuelta de tuerca dan los que piensan que tienen la obligación de lanzar dicterios, por mucho fundamento que tengan en la realidad, sobre cuestiones en las que nadie autorizado les ha pedido su opinión.
    Usted, por otro lado, habla de bondad o maldad en el discernimiento. Sabrá usted que bueno significa aquello que es apetecible. Una cosa es lo bueno para usted, otra cosa lo bueno para su familia, otra lo bueno para la sociedad. Claro que hay un bien común del cual todos participan, pero el juicio sobre ese bien común corresponde a la autoridad que gobierna sobre esa comunidad. Las cosas que atañen a su bien individual deben ser deliberadas, utilizo aquí el término precisamente, por usted. Las cosas que atañen a un bien común deben ser deliberadas por la autoridad. Tres son las virtudes teologales. La fe no la puede perder usted porque este hombre actuara mal, salvo que su voluntad lo permitiese, pero la fe es del entendimiento. La esperanza la puede perder usted si presta atención a cosas a las que no debe, como el deprimido que presta atención a su tristeza; justo como comenta algún Padre de la Iglesia de Judas Iscariote, quien se deleitaba en su misma tristeza. Su caridad tampoco está amenazada por las acciones de este hombre.
    Tendría sentido que usted se defendiera de lo que dice si afectara a su amistad con Dios, pero queda otro medio mucho más proporcional, que es dejar que se encargue la autoridad competente y alejarse de la disputa. Ya que estamos, recoge Santo Tomás es su Catena Aurea, citando a San Agustín: «Mansos son aquellos que ceden a las exigencias injustas, no resisten el mal y vencen las malas acciones con las buenas».
    Porque, insisto en lo que he dicho: nadie que tenga esa misión, la de juzgar la ortodoxia de los sacerdotes en la Iglesia, le ha pedido que informe usted sobre la corrección en el ministerio de este hombre. Si lo hubiera hecho, sería otra la cuestión.
    d) Si me permite tomarme las confianzas, aparenta usted una actitud de rebeldía frente a la Iglesia. Un símil sería el niño que castiga a su hermano sin esperar a que su padre haga algo. Cuando su padre lo descubra, que ha suplantado su autoridad, alguna acción tendrá que tomar contra él.
    Un mínimo rasgo de decencia lo conservan aquellos que no desnudan a su padre a la mínima ocasión, o a la máxima, eso es igual. Cuando Noé se embriagó, Cam se llevó una maldición por anunciar su desnudez a sus hermanos.
    No digo que usted sea un rebelde, pero considere que este artículo suyo lo pueden leer muchas personas, ya ni siquiera hermanos, por mantener la analogía, sino enemigos de Dios. ¿Cree usted que le está prestando un servicio a Dios dejando a la vista de todos, a alguien que está configurado ontológicamente con él, sus vergüenzas? ¿Haría lo mismo con sus padres biológicos?
    Ni usted ni yo somos quiénes para determinar quién sea hereje o no, sólo podemos acudir con humildad y prudencia a lo que la Iglesia ha dicho para averiguar qué doctrinas sean heréticas. Recalco esto porque usted ya ha tomado por modernista a este hombre, cosa que ni siquiera su confesor podría decir.
    Es posible, que usted tenga en tanta estima su derecho a opinar sobre cuestiones de la estructura eclesiástica, o juzgar o discenir o criticar, que no entienda que el derecho de Dios a que sea cualquier hombre de hoy en día católico está muy por encima del derecho que tenga a mantener sus opiniones.
    De lo contrario, a un lector poco avezado, distraído o malintencionado, puede parecerle que dice usted, en efecto, que antes que sustraerse a su opinión debe hacer una crítica constructiva desde fuera de la Iglesia. Incluso podría pensar que la Iglesia actual no es más que la nueva Babilonia, y que él es un elegido de Dios para revertir esa situación. ¿Le suena esta manera de pensar…?

    1. Estimado seguidor: no puede ser. ¿Cómo vamos a caminar por este enmarañado mundo lleno de lazos, trampas y obstáculos si no usamos nuestro intelecto para discernir lo que es bueno de lo malo, dentro de nuestras limitadas y no pocas veces erróneas capacidades? No podemos pecar de ingenuidad, de ese mal entendido «no juzguéis». Juzgar implica emitir sentencia, eso no, porque efectivamente no sabemos lo profundo de cada cual, eso sólo los sabe Dios, que será quien juzgue. Pero eso no impide que, dentro de la prudencia y seriedad debida, debemos y es imprescindible conocer al otro y discernir si lo que vemos que hace o dice es bueno o malo. De no hacerlo caeremos en la inanidad y seremos aún más fácilmente engañados y manipulados de lo que ya de por sí somos. Claro que podemos decir quién es o no hereje, aquél cuyas palabras u obras no se ajustan a la doctrina. Recuerde: «Si alguien os dice algo distinto, aunque sea … a lo que enseñó Nuestro Señor…»; es decir, que debemos conocer lo que Él enseñó y, sobre tal base, determinar si alguien, de palabra u obra, dice o hace lo contrario. No es juzgar, porque no le sentenciamos, pero hay que corregirle, no sea que su culpa caiga sobre nosotros. Saludos cordiales

      1. Ahora que ya hay confianza, reconozco que me resulta sorprendente su incapacidad de entender lo que pretendo decirle. Por mucho que intento ser delicado en la acusación que formulo, usted parece empeñado en perderse en ambigüedades.

        El juicio puede ser teórico o práctico. Tratan de la verdad o del bien, respectivamente. El que trata acerca del bien no deja de ser verdadero o falso, sólo que considera la verdad bajo otro aspecto. Usted no dice las cosas que del escrito porque sean verdad, usted esgrime lo bueno que es que se sepa eso. Así que su juicio es práctico.

        Lo bueno es siempre algo concreto y algo a lo que la voluntad tiende. Ya hablemos de bien honesto, útil o deleitable. Doy por hecho que no es honesto ni deleitable el tipo de bien que persigue usted «no sentenciando» a este hombre. Si fuera honesto, haría esto sin tomar en consideración un fin más allá de ese «no sentenciar» suyo. Si fuera deleitable, estaría «no sentenciando» por el placer de hacerlo. Así, persigue otro bien distinto de la «no sentencia» cuando lleva a cabo esta peculiar acción. Recuerdo, por si acaso, que mal significa ausencia debida de bien.

        ¿Su escrito persigue la corrección del sacerdote en cuestión?

        Está entonces usurpando funciones que no le corresponden. Utilizando medios desproporcionados, por otro lado

        ¿Su escrito persigue la fe del pueblo fiel?

        La fe de todos los lectores de este periódico, los que la tengan, no tiene por qué verse escandalizada por su conducta, mayormente porque no le conozcan o porque tengan una fe más fuerte y menos condicionada por los hombres que la suya. Por lo cual está informando a alguien de algo que no le hace falta; distrayendo a los buenos, dando munición a los malos. Si hubiera alguno escandalizado, no se entiende por qué por uno sólo escribe en público. Si fueran todos, no es tampoco consciente de a cuántos va a llegar ya que una página web puede verla cualquiera, por lo cual obra imprudentememte también.

        ¿Su escrito persigue el mantenimiento de su propia fe?

        En tal caso avise a la autoridad competente y sométase a la decisión que tome. Es más, eleve hasta el Papa su queja, pero por los cauces oportunos. Y si le dice algo distinto de lo que quiere oír, entonces podrá usted dar satisfacción a su sueño de que los modernistas salgan de la Iglesia encabezando usted la comitiva.

        Si me dice que todos tenemos derecho a saber las miserias de este hombre, yo le diré que tiene usted obligación de conocer antes muchas cosas que le afectan más. Por ejemplo aprender a respetar a las autoridades eclesiásticas, en cuestiones que no le competen a usted.

        Ahora consideremos concretamente lo que dice usted en su última respuesta:

        Dice que juzgar es emitir sentencia. Usted lo califica de modernista. Usted ya ha hecho lo que haría un juez, lo ha declarado culpable. Aunque no tenía legitimidad para juzgar, sentenciar, opinar, discernir, criticar…

        Dice que caeremos en la inanidad y en la manipulación si no «discernimos». Supongo que se ha leído el comentario precedente, a pesar de que siga ahondando en la misma diferencia arbitraria entre discernimiento y juicio. Sin embargo, claro que hay que saber lo que es bueno, pero lo que a uno le corresponde. De lo contrario puede usted hacerse juez de este hombre, de la Iglesia o del mismo Dios, todo por el mismo principio. Donde dice hacerse juez, para facilitar su comprensión, diga hacerse discernidor.
        Dicho de otra forma, dedíquese a sus labores y conozca y haga lo bueno en ellas.

        Dice usted que podemos decir que es hereje. Según esa regla de tres, el hecho de que usted defienda su inteligencia como criterio universal para discernir, juzgar, criticar, exponer, suponer, sentenciar a este hombre lo convierte en protestante.

        Sin embargo, «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma». Usted no conoce la pertinacia de su negación. Aunque la conociera no le corresponde a usted la última palabra. Además, su apelación para que abandone dicha doctrina no tiene ningún derecho sobre él, de este modo la negación que él le hiciera a usted no sería pertinaz. Pensemos en un padre que va por una ciudad desconocida y quiere llegar a un sitio, y va errando el camino. Si su hijo pequeño le dice el camino correcto y él no le hace caso pensando que no sabe de lo que habla, no se niega pertinazmente. Si se lo dice su mujer, podríamos hablar de otra cosa. Usted habla como si las autoridades eclesiásticas, el menos poderoso de los diáconos, tuviera que tomar en consideración su criterio, y eso es falso. En su ministerio sólo responden a Dios y a sus superiores, no a nosotros.

        Dice usted que cómo caminaremos por este enmarañado mundo lleno de lazos si no utilizamos nuestro intelecto… En principio es sencillo, aplicando el intelecto a los que se debe, lo contrario es materia de pecado contra la templanza. De todas formas, tiene usted en mucha estima su inteligencia si piensa que a pesar de los errores a los alude, es quién para conocer lo que hace falta para llamar modernista a un hombre. Usted no sólo ha leído la Pascendi y demás magisterio, también lee las inteligencias y las voluntades de los sacerdotes y sabe cuándo sostienen A y B, y cuando se mantienen en el error pertinazmente.

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