José Mª Carrera: un periodista en la peregrinación a Covadonga

José Mª Carrera

Agradecemos su testimonio en este medio, muy valioso pues es la visión de un joven periodista católico, que además de peregrinar, caminar y rezar en familia, con su intrépido espíritu periodístico no se perdió un detalle de lo vivido y fue testigo de la acción de Dios en las almas.

¿Por qué decidió este año peregrinar a Covadonga por segundo año consecutivo?

Sería imposible hablar de un único motivo. Quizá el más relevante es el de adherirme junto a mi mujer, Ana, y nuestras hijas, Gema y Candela a la principal intención de la organización convocante: “La restauración del espíritu de la Cristiandad y el orden social cristiano” a través de la oración, la penitencia y el usus antiquior del rito romano o “misa tradicional». Esta peregrinación está marcada por la gracia, la misión apostólica, la tradición y la virtud del patriotismo. Precisamente por ello también es una magnífica ocasión de dar una respuesta a un sistema que se muestra enemigo declarado de la fe, las naciones, la familia y las raíces.

Por otro lado, todo el que haya peregrinado es consciente del profundo valor que pueden tener estas marchas en el fortalecimiento de la fe familiar y para estrechar lazos con buenas familias y amigos, asentando un entorno fiable para nuestros hijos. Y por qué no decirlo, aún siendo una peregrinación penitencial, son incontables los momentos únicos de alegría y diversión sanas que también me llevan a considerar esta cita como ineludible cada año en el calendario. Huelga hablar de acudir a la Virgen de Covadonga, que tanto ha ayudado a España y a mi familia, para agradecer y solicitar su intercesión.

Este año ha continuado el notable incremento en el número de peregrinos, superando los 1.200 inscritos y con un número significativo de participantes no inscritos. ¿Qué cree que despierta el interés en los jóvenes?

Quizá esta pregunta deban responderla los expertos. Yo no tengo más conocimiento que la experiencia como fiel de esta misa desde 2011. En mi caso, diría que en este rito el alma encuentra y vislumbra su propio sentido, como si “volviese a casa». Realmente se trata de una herencia milenaria de la Iglesia que, aunque “nunca fue abrogada», sí ha sido y está siendo dificultada o perseguida. Pero todo hijo y todo joven aspira a la herencia espiritual que le corresponde de sus mayores. Los peregrinos no se refieren a esta misa como un derecho -no lo es-, sino como el más perfecto alimento del alma, que todos necesitamos. Un buen amigo que este año no pudo venir lo explica así: “La misa tradicional no es tridentina, ni gregoriana, ni primitiva. Es la misa transmitida. Es la que en homogénea evolución y sin violencia nos han entregado y nos sentimos obligados a recibir».

¿Puede hablar de algún aspecto concreto?

Las decenas de jóvenes con los que he tenido ocasión de hablar -y entre los que me incluyo- coincidimos en ser “neófitos” en este sentido. Por lo general, la hemos descubierto por invitación, con nuestras familias, por casualidad, por estudio o incluso por una actitud contracultural… pero todos coincidimos en lo mismo: la reverencia, el silencio, la sacralidad, el sentido real de universalidad y comunidad, la belleza, el deseo y posibilidad de rezar y adorar como lo hicieron la mayoría de santos de la Iglesia, la práctica inexistencia de abusos litúrgicos… son los aspectos más valorados por los jóvenes y están presentes en esta misa y en esta peregrinación.

Los más estudiosos apuntan también a cómo los cuatro fines y efectos de la misa se cumplen con la mayor perfección posible, a la libertad del fiel en su postura corporal o en el método que escoja para seguir la misa -mismamente, con el rosario o el misal-, a la precisión lingüística del latín como lengua universal o a la centralidad de Dios. Todo eso llama, es difícil resistirse, y desde luego, marca. Te cambia la vida.

¿Qué supone haberlo hecho en familia y junto con otras familias?

José Mª Carrera con su mujer e hijo en la peregrinación

La de mi familia es una logística particular. El año pasado “nos lanzamos” a acudir con la pequeña Gema, entonces de 1 año, pero caminando con el capítulo del Instituto Lepanto, Nuestra Señora de las Victorias y Santiago Apóstol. Nos turnábamos para cuidarla mientras uno andaba. Aunque no lo parecía, vimos que acompañar al capítulo alternando etapas de marcha con ayuda logística y alojándonos en casas rurales cercanas a la comitiva era posible. Este año repetimos con nuestra segunda hija, Candela, pudiendo caminar en mi caso la mayor parte de la peregrinación. Vimos con alegría como otros matrimonios y familias hacían lo mismo este año.

¿Algún ejemplo?

Conocimos a María Jesús y Juan Pablo un matrimonio con cinco hijos, una familia ejemplar, normal y corriente, con una denodada historia por impulsar este rito en su ciudad. También coincidimos con otros matrimonios que, aunque no anduviesen, acudían a las misas de los campamentos con hasta cinco, seis o más hijos. Hablando con ellos surgían en la conversación múltiples iniciativas apostólicas que están dando sus frutos especialmente en el ámbito familiar, en la formación matrimonial o en el surgimiento de nuevas amistades con la fe como argamasa. También responsables del apostolado público, como es el caso de Rosario por España, cuya familia fundadora también peregrinaba con sus ocho hijos. Sin duda, con estos matrimonios se respiraba algo difícil de definir: ya fuesen conocidos o recién presentados, surgía una confianza mutua que trascendía la amistad pero que permitía comenzar o madurar relaciones que independientemente “de todo lo demás», se ven unidas de inmediato por lo más sagrado que pueda darse en el mundo: la Santa Misa.

¿Cómo ha sido el ambiente de piedad y devoción que ha visto?

Lo cierto es que cada año se respira una mayor “dosis” de oración. Es evidente que para una mayoría de peregrinos, esos grandes momentos de diversión de los que hablábamos son importantes. Pero ahora que las ampollas y agujetas dan paso a la perspectiva, lo que uno recuerda especialmente es el rezo del rosario a pleno pulmón en cuestas interminables, el silencio y devoción atronador en cada misa solemne, las continuas llamadas a la oración de nuestro jefe de capítulo, Javier Alonso, o las meditaciones de los capellanes pronunciadas sin apenas aliento, buscando un alma que tocar a toda costa.

También es importante compartir la fe con gente de otras regiones, incluso otros países…

Precisamente ahí está parte de la universalidad de la Iglesia, y es en buena medida debido al latín. Había capítulos franceses, americanos, holandeses… En lo “menos importante», nos podíamos malentender chapurreando un inglés o francés básico, pero en el Santo Sacrificio, espero que se me permita decir que éramos algo así como “forofos»: todos éramos uno, nos entendemos cuando el “introibo ad altare Dei” marca el comienzo de la misa. Conocer la piedad de otros fieles de este rito de otros países también permite pensar en cómo mejorar las muestras de devoción comunitaria en España. Como ejemplo, creo que muchos peregrinos coincidirán en que a los franceses hay que darles un tanto en lo coral, lo que en París-Chartes se muestra en todo su esplendor: hasta en el capítulo más tosco y pequeño, los cánticos al unísono de sus integrantes resuena angelical.

¿Cómo ha sido la solemnidad de la Misa?

Lo que más me gusta de esto es que no puedo decir “espectacular», al menos en el sentido comparativo. Sí, las misas destacaron por la solemnidad y belleza y al mismo tiempo por la austeridad y sobriedad. Y fueron “espectaculares»… pero como lo son siempre. Como cada domingo, sea misa privada, solemne, cantada o rezada. En este rito, uno se da cuenta de que no son necesarias recreaciones, explicaciones, agregados litúrgicos, traductores simultáneos o apasionantes sermones para atraer al fiel. Seguir el misal basta.

La misa celebrada en Covadonga el 24 de julio fue prácticamente idéntica a la que se podría estar celebrando en Argentina, Japón o París el mismo día… o hace siglos. Y creo que ese es otro gran factor de atracción de este rito sobre la población joven: en un mundo cada vez más carente de sentido, de trascendencia e inmutabilidad, la misa tradicional nos ofrece a las “víctimas” de las nuevas generaciones la sacralidad por excelencia, la roca firme que no pasa ni cambia, la seguridad de que la verdad y el Sacrificio pueden ser contemplados en su máximo esplendor. No ofrece “un sentido” de la existencia, sino “el sentido” y el por qué de la misma.

¿Qué otros detalles edificantes le han impactado de la peregrinación?

No puedo dejar de mencionar mi admiración por un capítulo concreto. Habrá quienes critiquen o valoren esta peregrinación pensando que sus peregrinos y sacerdotes se las dan de puristas y puritanos, o por el contrario, acusándoles de mero postureo por “no haber llevado una sotana en su vida». He presenciado ambas.

Lo que yo vi en algunos casos eran peregrinos que, si nos guiamos por los prejuicios, podríamos cambiar de acera al verles. Pero desde la misma fe, frente a frente, veías como vivían la misa con una piedad envidiable, que te ofrecían una mano cuando las tuyas no eran suficientes para cargar con tu hijo y que te miraban como a un hermano aún sin conocerte. Lo que yo vi eran sacerdotes que luchan contra viento y marea por mantener la fe en ciudades donde hacerlo es un riesgo en sus vidas, con o sin sotana, y siempre que pueden, desde el rito tradicional. Al menos a mí, me cuesta poner eso en tela de juicio.

Hay quienes se escandalizaron cuando Francisco dijo que hay “cristianos melancólicos que tienen más cara de pepinos en vinagre que de personas alegres», pero no le falta razón. Todos los fieles asentimos en misa cuando el sacerdote pronuncia en el canon el Nobis quoque peccatoribus -también a nosotros, pecadores-, pero vivir eso no es fácil: el primer pecador es uno mismo, y aquí nadie ha nacido salvo. Esta no es una peregrinación de ángeles, sino de hombres conscientes de nuestras faltas que miramos con sana envidia la realidad expresada por el padre Raúl Olazábal en su homilía de cierre: “España nunca se salvó por un puñado de votos, sino por un puñado de santos». Serlo es nuestra vocación, y para eso caminamos. Para que la Santina nos ayude.

¿Qué supone este tercer año para la consolidación de la peregrinación?

Quizá aún sea pronto, pues son tres ediciones y queda mucho por andar. Pero personalmente creo que este año ya se ha “cruzado la brecha». La consolidación es una realidad si no patente, cercana. En tres años se ha triplicado la asistencia, se ha expandido internacionalmente, ha corregido errores, superado los obstáculos y progresado en organización… Y todo ello viendo la luz su primera edición días después de que se promulgase Traditionis Custodes. Ante la adversidad, Nuestra Señora de la Cristiandad no se limita a sobrevivir.

¿Observa una mayor aceptación entre las autoridades?

Depende del lugar claro, pero sí. En este caso, una muestra fue la bendición del obispo Sanz Montes: “Me consta que vais a admirar una liturgia respetuosa con el misterio, con la gloria y la alabanza que solamente a Dios se le brinda. Cuidad esa liturgia… En mis pequeñas manos os abraza la entera diócesis, se alegra de vuestra presencia y os saluda con la bendición que viene del cielo». De estas palabras se desprende que la misa tradicional comienza a ser vista de nuevo con naturalidad, gracias en parte a tantos sacerdotes, obispos y fieles por clamar como voz en el desierto desde hace décadas sobre este tesoro único de la Iglesia.

¿Tiene algo que añadir?

Agradecer la labor de los organizadores y voluntarios, también a nuestro capellán, a nuestro jefe de capítulo y sus integrantes: si Dios quiere, ¡nos vemos en Covadonga el año que viene!


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