La ambigüedad de las palabras al servicio de la sociedad multicultural

ESCUCHAR NOTICIA: En la encíclica Magnifica Humanitas y en distintos discursos y homilías, León XIV utiliza palabras plenamente católicas. Habla de Dios, de Cristo, de la fe, de la caridad y de la salvación. Sin embargo, al contemplar el conjunto, esas palabras parecen orientarse menos hacia la conversión de los hombres y el reinado de Cristo que hacia la construcción de una sociedad multicultural donde distintas religiones convivan en paz. No estamos ante una negación abierta de la fe. Cristo sigue siendo nombrado, la gracia se menciona y la Escritura es citada. El cambio es más discreto: las palabras permanecen, pero ocupan otro lugar. Cristo aparece como inspiración, aunque no gobierna realmente el proyecto social propuesto; la fe queda integrada en un ideal más amplio de diálogo, fraternidad y convivencia entre religiones. El resultado es un discurso de apariencia católica que puede ser aceptado por una sociedad sin necesidad de convertirse. Basta con que sea más tolerante, menos violenta y más abierta al diálogo. El ideal ya no parece ser una sociedad que reconozca públicamente la soberanía de Jesucristo y ordene sus leyes conforme a la ley de Dios, sino una sociedad plural donde cristianos, musulmanes y miembros de otras religiones se respeten y colaboren. La convivencia pacífica es un bien. La Iglesia debe rechazar la violencia, la injusticia y la persecución religiosa. Pero la paz cristiana no consiste solamente en evitar conflictos. Nace del orden querido por Dios y exige verdad, justicia, conversión y obediencia a su ley. Por eso resulta significativo el predominio de palabras como dignidad, encuentro, diálogo, inclusión, fraternidad, escucha e integración. Ninguna es mala en sí misma. El problema comienza cuando ocupan casi todo el discurso, mientras quedan en segundo plano el pecado, la conversión, la gracia, el bautismo, la ley de Dios y la realeza de Cristo. Se habla mucho de dignidad, pero poco del pecado que hiere al hombre. Se habla de acompañamiento, pero poco de conversión. Se habla de diálogo entre religiones, pero raramente se invita al no cristiano a reconocer a Jesucristo como único Salvador. De este modo, el mundo puede aceptar el mensaje sin abandonar sus leyes contrarias a Dios, sin reconocer la realeza de Cristo y sin convertirse. Solo se le pide que trate mejor a las personas y favorezca la convivencia entre culturas y religiones. Aquí se encuentra el verdadero problema. El cristianismo deja de presentarse como la verdad que debe convertir y ordenar al mundo, y comienza a aparecer como una ayuda espiritual para hacer más humana la sociedad actual. Pero Cristo no envió a los Apóstoles únicamente a tender puentes y evitar enfrentamientos. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación. La Iglesia puede dialogar y colaborar con todos, pero no puede olvidar que su misión principal es anunciar a Jesucristo y llamar a la conversión. Cuando este mandato se oscurece, Cristo puede seguir siendo citado, pero deja de gobernar el orden social propuesto. Se habla de Él como fuente de inspiración, pero no se reclama que las familias, las leyes y los pueblos reconozcan su autoridad. No basta con que las personas se respeten si las leyes permiten el aborto, la eutanasia o la destrucción de la familia. No basta con hablar de dignidad si se rechaza a Dios, que es su fundamento. No basta con evitar conflictos religiosos si Jesucristo es tratado como una opción más. León XIV no niega directamente la doctrina católica. El cambio se produce de otra manera: conserva las palabras tradicionales, pero la fraternidad humana pasa a ocupar el centro. Cristo es nombrado, pero la sociedad propuesta no queda sometida a su realeza. Así se avanza hacia un cristianismo adaptado a la sociedad multicultural, el cual es capaz de convivir con todas las religiones, pero cada vez menos dispuesto a pedir que los hombres, las leyes y las naciones se sometan a Cristo. El peligro final es una Iglesia cada vez más aceptable para el mundo porque exige cada vez menos al mundo. Una Iglesia que denuncia la pobreza, la violencia y la exclusión, pero habla con menor fuerza del pecado, del juicio de Dios, de la conversión y de la salvación eterna. La Iglesia pertenece a Jesucristo. Fue fundada para custodiar la fe, administrar los sacramentos, llamar a la conversión y conducir las almas a la vida eterna. Su misión no consiste solamente en hacer el mundo más pacífico y habitable, sino en llamar a los hombres y a los pueblos a obedecer a Cristo y alcanzar en Él la salvación.   Pulse para escuchar el texto En la encíclica Magnifica Humanitas y en distintos discursos y homilías, León XIV utiliza palabras plenamente católicas. Habla de Dios, de Cristo, de la fe, de la caridad y de la salvación. Sin embargo, al contemplar el conjunto, esas palabras parecen orientarse menos hacia la conversión de los hombres y el reinado de Cristo que hacia la construcción de una sociedad multicultural donde distintas religiones convivan en paz. No estamos ante una negación abierta de la fe. Cristo sigue siendo nombrado, la gracia se menciona y la Escritura es citada. El cambio es más discreto: las palabras permanecen, pero ocupan otro lugar. Cristo aparece como inspiración, aunque no gobierna realmente el proyecto social propuesto; la fe queda integrada en un ideal más amplio de diálogo, fraternidad y convivencia entre religiones. El resultado es un discurso de apariencia católica que puede ser aceptado por una sociedad sin necesidad de convertirse. Basta con que sea más tolerante, menos violenta y más abierta al diálogo. El ideal ya no parece ser una sociedad que reconozca públicamente la soberanía de Jesucristo y ordene sus leyes conforme a la ley de Dios, sino una sociedad plural donde cristianos, musulmanes y miembros de otras religiones se respeten y colaboren. La convivencia pacífica es un bien. La Iglesia debe rechazar la violencia, la injusticia y la persecución religiosa. Pero la paz cristiana no consiste solamente en evitar conflictos. Nace del orden querido por Dios y exige verdad, justicia, conversión y obediencia a su ley. Por eso resulta significativo el predominio de palabras como dignidad, encuentro, diálogo, inclusión, fraternidad, escucha e integración. Ninguna es mala en sí misma. El problema comienza cuando ocupan casi todo el discurso, mientras quedan en segundo plano el pecado, la conversión, la gracia, el bautismo, la ley de Dios y la realeza de Cristo. Se habla mucho de dignidad, pero poco del pecado que hiere al hombre. Se habla de acompañamiento, pero poco de conversión. Se habla de diálogo entre religiones, pero raramente se invita al no cristiano a reconocer a Jesucristo como único Salvador. De este modo, el mundo puede aceptar el mensaje sin abandonar sus leyes contrarias a Dios, sin reconocer la realeza de Cristo y sin convertirse. Solo se le pide que trate mejor a las personas y favorezca la convivencia entre culturas y religiones. Aquí se encuentra el verdadero problema. El cristianismo deja de presentarse como la verdad que debe convertir y ordenar al mundo, y comienza a aparecer como una ayuda espiritual para hacer más humana la sociedad actual. Pero Cristo no envió a los Apóstoles únicamente a tender puentes y evitar enfrentamientos. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación. La Iglesia puede dialogar y colaborar con todos, pero no puede olvidar que su misión principal es anunciar a Jesucristo y llamar a la conversión. Cuando este mandato se oscurece, Cristo puede seguir siendo citado, pero deja de gobernar el orden social propuesto. Se habla de Él como fuente de inspiración, pero no se reclama que las familias, las leyes y los pueblos reconozcan su autoridad. No basta con que las personas se respeten si las leyes permiten el aborto, la eutanasia o la destrucción de la familia. No basta con hablar de dignidad si se rechaza a Dios, que es su fundamento. No basta con evitar conflictos religiosos si Jesucristo es tratado como una opción más. León XIV no niega directamente la doctrina católica. El cambio se produce de otra manera: conserva las palabras tradicionales, pero la fraternidad humana pasa a ocupar el centro. Cristo es nombrado, pero la sociedad propuesta no queda sometida a su realeza. Así se avanza hacia un cristianismo adaptado a la sociedad multicultural, el cual es capaz de convivir con todas las religiones, pero cada vez menos dispuesto a pedir que los hombres, las leyes y las naciones se sometan a Cristo. El peligro final es una Iglesia cada vez más aceptable para el mundo porque exige cada vez menos al mundo. Una Iglesia que denuncia la pobreza, la violencia y la exclusión, pero habla con menor fuerza del pecado, del juicio de Dios, de la conversión y de la salvación eterna. La Iglesia pertenece a Jesucristo. Fue fundada para custodiar la fe, administrar los sacramentos, llamar a la conversión y conducir las almas a la vida eterna. Su misión no consiste solamente en hacer el mundo más pacífico y habitable, sino en llamar a los hombres y a los pueblos a obedecer a Cristo y alcanzar en Él la salvación.

En la encíclica Magnifica Humanitas y en distintos discursos y homilías, León XIV utiliza palabras plenamente católicas. Habla de Dios, de Cristo, de la fe, de la caridad y de la salvación. Sin embargo, al contemplar el conjunto, esas palabras parecen orientarse menos hacia la conversión de los hombres y el reinado de Cristo que hacia la construcción de una sociedad multicultural donde distintas religiones convivan en paz.

No estamos ante una negación abierta de la fe. Cristo sigue siendo nombrado, la gracia se menciona y la Escritura es citada. El cambio es más discreto: las palabras permanecen, pero ocupan otro lugar. Cristo aparece como inspiración, aunque no gobierna realmente el proyecto social propuesto; la fe queda integrada en un ideal más amplio de diálogo, fraternidad y convivencia entre religiones.

El resultado es un discurso de apariencia católica que puede ser aceptado por una sociedad sin necesidad de convertirse. Basta con que sea más tolerante, menos violenta y más abierta al diálogo.

El ideal ya no parece ser una sociedad que reconozca públicamente la soberanía de Jesucristo y ordene sus leyes conforme a la ley de Dios, sino una sociedad plural donde cristianos, musulmanes y miembros de otras religiones se respeten y colaboren.

La convivencia pacífica es un bien. La Iglesia debe rechazar la violencia, la injusticia y la persecución religiosa. Pero la paz cristiana no consiste solamente en evitar conflictos. Nace del orden querido por Dios y exige verdad, justicia, conversión y obediencia a su ley.

Por eso resulta significativo el predominio de palabras como dignidad, encuentro, diálogo, inclusión, fraternidad, escucha e integración. Ninguna es mala en sí misma. El problema comienza cuando ocupan casi todo el discurso, mientras quedan en segundo plano el pecado, la conversión, la gracia, el bautismo, la ley de Dios y la realeza de Cristo.

Se habla mucho de dignidad, pero poco del pecado que hiere al hombre. Se habla de acompañamiento, pero poco de conversión. Se habla de diálogo entre religiones, pero raramente se invita al no cristiano a reconocer a Jesucristo como único Salvador.

De este modo, el mundo puede aceptar el mensaje sin abandonar sus leyes contrarias a Dios, sin reconocer la realeza de Cristo y sin convertirse. Solo se le pide que trate mejor a las personas y favorezca la convivencia entre culturas y religiones.

Aquí se encuentra el verdadero problema. El cristianismo deja de presentarse como la verdad que debe convertir y ordenar al mundo, y comienza a aparecer como una ayuda espiritual para hacer más humana la sociedad actual.

Pero Cristo no envió a los Apóstoles únicamente a tender puentes y evitar enfrentamientos. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación. La Iglesia puede dialogar y colaborar con todos, pero no puede olvidar que su misión principal es anunciar a Jesucristo y llamar a la conversión.

Cuando este mandato se oscurece, Cristo puede seguir siendo citado, pero deja de gobernar el orden social propuesto. Se habla de Él como fuente de inspiración, pero no se reclama que las familias, las leyes y los pueblos reconozcan su autoridad.

No basta con que las personas se respeten si las leyes permiten el aborto, la eutanasia o la destrucción de la familia. No basta con hablar de dignidad si se rechaza a Dios, que es su fundamento. No basta con evitar conflictos religiosos si Jesucristo es tratado como una opción más.

León XIV no niega directamente la doctrina católica. El cambio se produce de otra manera: conserva las palabras tradicionales, pero la fraternidad humana pasa a ocupar el centro. Cristo es nombrado, pero la sociedad propuesta no queda sometida a su realeza. Así se avanza hacia un cristianismo adaptado a la sociedad multicultural, el cual es capaz de convivir con todas las religiones, pero cada vez menos dispuesto a pedir que los hombres, las leyes y las naciones se sometan a Cristo.

El peligro final es una Iglesia cada vez más aceptable para el mundo porque exige cada vez menos al mundo. Una Iglesia que denuncia la pobreza, la violencia y la exclusión, pero habla con menor fuerza del pecado, del juicio de Dios, de la conversión y de la salvación eterna.

La Iglesia pertenece a Jesucristo. Fue fundada para custodiar la fe, administrar los sacramentos, llamar a la conversión y conducir las almas a la vida eterna. Su misión no consiste solamente en hacer el mundo más pacífico y habitable, sino en llamar a los hombres y a los pueblos a obedecer a Cristo y alcanzar en Él la salvación.


4 respuestas a «La ambigüedad de las palabras al servicio de la sociedad multicultural»

  1. A los legos estas historias les llegan poco y mal
    Doctores tiene la Santa Madre Iglesia y es deber de los fieles seguir sus dictados…O NO.
    Por más que se enrolle este o aquel para el católico medio la sencillez es costumbre
    Si este fulano, Papa, Cardenal, Obispo o cura de pueblo llega al corazon del feligres sera aceptado y si no será rechazado.
    Y ya pueden venir con monsergas sobre esto o aquello, el cristiano reaccionará bien si quien a el se dirige lo convence con su forma de ser y estar.
    Si no hay ejemplo de conducta y palabra, solo conseguirá general rechazo

  2. El barroco es el adorno, es como dar vueltas para llegar a ninguna parte… las palabras de más… el relativismo liberaloide; la corrupción, adulteración del cristianismo; sencillo, parco, sobrio…
    Es Sánchez o alguno de su banda ‘dando explicaciones’, es Zparo disolviendo dudas… es la mentira sistemática del Sistema cabalista/satánico marranomasón.
    Obras son amores y no buenas razones.

    1. La idea es servirse de los iconos de la religión para inducir a las agendas del gobierno mundial de los amos. Por eso se cita a Jesús y al Padre, para que los borregos acepten el cambio climático, el Kalergi, la homosexualidad, el aborto y todas las demás maldades habidas y por haber. Una vez dejen de ser útiles esas cáscaras vacías, se esconderán el el baúl; ya que quieren borrar todos los símbolos incompatibles con otras creencias; irán cambiando el discurso y pasaran finalmente a hablar del Gran Arquitecto del Universo; engañabobos que no se creen ni ellos; son efectivamente los ateos a los que se refería el marrano Disraeli.
      Pondrán en boca del Hijo cualquier burrada progre, porque para ellos todo vale( el fin justifica los medios ); y el pobre oyente el domingo saldrá tan contento pensando que es o lo dijo el Cristo; y no se molestará en buscarlo en el Evangelio; o lo que es peor; creerá más al masón que ofició misa que lo que dice Mateo que dijo Jesús. Y esto ya ha pasado, pues escrito está que lo que Dios unió que no lo separe el hombre, y ahí está la Iglesia, antes del CVII negado al Cristo/ al Padre; porque hay que ir con los tiempos; imbéciles.

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