La Barca de Pedro, que hace aguas por todos sus flancos

Me envían un enlace a mi WhatsApp que porta o contiene un breve vídeo de un señor que se presenta como padre Lorenzo. De este eclesiástico ya he escuchado otras predicaciones y comunicaciones. Incisivo, sin pelos en la lengua, desarrolla su ministerio presbiteral sobre todo en Madrid.

He escuchado dos veces el que me envían, de apenas 10 minutos. Muy crítico con la agenda del Nuevo Orden Mundial, con la atmósfera de apostasía imperante en la sociedad actual y en la Iglesia, y muy particularmente con Jorge Mario Bergoglio, a quien tutea y a quien considera falso papa y hereje (impulsor de la agenda globalista del NOM con sus constantes arengas a que el viejo Continente acoja todas las masas de inmigrantes africanos que están invadiéndolo, con lo que implica esto de islamización de Europa), no tengo mayor dificultad en comprender sus críticas, reservas y opiniones sobre el actual pontificado del argentino, y aun sobre la pavorosa crisis que amenaza con hundir la Barca de Pedro, como reconoció en su momento el propio Benedicto XVI, con quien este padre Lorenzo parece alinearse, al menos parcialmente. Además, ciertamente comparto bastantes de esas sus críticas.

Es decir, padre Lorenzo es tradicionalista, no es ni siquiera conservador, es más que conservador; vamos, que es tradicionalista. Pero ¿tradicionalista en plena comunión con la Santa Sede, lefebvriano o tradicionalista sedevacantista, que son las tres sensibilidades eclesiales y teológicas con que se puede hoy por hoy ser tradicionalista?

A este respecto, dedica palabras elogiosas a los periodistas, escritores y analistas de la actualidad de la Iglesia Antonio Socci y Vittorio Messori, ambos italianos y ambos muy en la línea juanpablista y ratzingueriana. De modo que me tranquiliza un poco creer alcanzar cierta comprensión: el padre Lorenzo se manifiesta como muy alarmado por la crisis actual de la Iglesia, que él en gran medida achaca al Concilio Vaticano II, solo que no parece manifestarse como negador de la legitimidad de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes como sucesores de Pedro se caracterizaron por impulsar la aplicación del Vaticano II; a decir verdad con más exactitud o alcance, ambos, el polaco y el alemán, han sido durante toda su vida unos entusiastas del Concilio Vaticano Segundo.

Mons. Marcel Lefebvre

El dato es importante y revelador, al menos para conocer ante quién nos encontramos, dado el desbarajuste o caos doctrinal, disciplinar y litúrgico que impera actualmente en la Iglesia católica, y toda vez que en el sector del tradicionalismo existen esas tres sensibilidades reseñadas: los que a pesar de todos los pesares pronuncian una final adhesión a la Santa Sede (estos podrían ser, me supongo, los allegados a la llamada Fraternidad Sacerdotal San Pablo, entre otros varios grupos existentes que en efecto celebran la misa tridentina o en latín y que se confiesan fieles a la Santa Sede), los que se alinean con el legado del arzobispo francés Marcel Lefebvre, aglutinados principalmente en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (en general, aunque estos sostienen que los papas del Concilio, desde Juan XXIII en adelante hasta Francisco, son herejes, formalmente, materialmente son papas, con lo cual la sede petrina no estaría vacante), y en tercer lugar los más radicalizados, que serían los sedevacantistas. Para estos los papas del Concilio Vaticano II no solo serían foralmente herejes sino materialmente antipapas, con lo cual la sede petrina estaría vacante. (Por lo demás, dentro del siempre muy minoritario sedevacantismo ha surgido en los últimos lustros una corriente que, sin abandonar la tesis de la herejía doctrinal de los papas del Concilio, apuesta por la solución de que materialmente son papas válidos. Pero en fin, el detalle sobre estas menudencias escapa a mis conocimientos y al propósito nuclear de esta reflexión.)

Volvamos al curso principal o hilo de esta reflexión. El padre Lorenzo, sin duda tradicionalista, afirma en un momento de su comunicación o prédica que el papa Pablo VI fue «medio masón». Y ahí se queda. Otros eclesiásticos, como el italiano Luigi Villa (colaboró con el santo padre Pío, alcanzó fama mundial como predicador e incansable impulsor del catolicismo tradicionalista), sentencian que Pablo VI fue totalmente masón y, además -Dios y el propio padre Luigi Villa me disculpen si tal dato que diré es falso-, gay (con algún que otro amante conocido)De modo que entonces, así las cosas, el balance de la persona toda de Pablo VI, proclamado santo por la Iglesia bajo el pontificado de Francisco (en el siglo, llamado Pablo VI Giovanni Battista Montini), y particularmente el balance que nos merece el Vaticano Segundo que él continuó y culminó, ¿inclinan la balanza a lo positivo, noble, justo, auténtico, católico, bienintencionado, o más bien la inclinan a lo desastroso, tóxico, negativo, destructivo, dinamitador de la doctrina católica…?

Yo iría incluso un poco más lejos. A saber: aun en el caso (un suponer) de que el pontificado de Pablo VI fuese juzgado, con total certeza y rigor documental, como más negativo que positivo, la persona de Giovanni Battista Montini, Papa número 262 de la Iglesia católica, ¿nos seguiría mereciendo ese particular respeto filial que tradicionalmente ha sido una de las marcas de la casa de los católicos, no en balde llamados despectivamente papistas justamente por esto por los protestantes?

Por lo demás, coincidio con el padre Lorenzo en cargar las tintas sobre la responsabilidad del Concilio Vaticano II en la crisis actual de la Iglesia católica. Sin embargo, en modo alguno el Vaticano Segundo es el único responsable-causante de la crisis actual de la Iglesia: la novela española de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX es espejo de no pocos vicios y males eclesiales y, especialmente, clericales. Todo lo cual me lleva también a la siguiente conclusión: los progreeclesiales, también llamados ultraprogres o secularistas, no son en modo alguno solución a los problemas actuales de la Iglesia; son más bien parte del problema, son causantes directos del desastre, son cómplices, son la causa.

Aunque tal certeza, para mí sin fisuras, no me lleva tampoco a sentenciar que los progres es que no tienen ya ni fe en Cristo, como dicen de ellos no pocos tradicionalistas, sobre todo los más extremistas o radicalizados; no, tampoco es esto. Verbigracia: el obispo, misionero claretiano y poeta Pedro Casaldáliga ha muerto hace unos días. Figura estelar del progresismo eclesial, ¿tenía fe en Cristo y en su Iglesia? Gracias a Dios, no me compete a mí juzgar esto; no obstante, lector de prácticamente toda su poesía publicada (sobre la que en su momento escribí un breve ensayo que al parecer el propio Casaldáliga leyó, y por el cual me felicitó en carta muy cariñosa), a la luz de esta me atrevo a declarar que claro que sí que creía en Jesucristo y en su Iglesia, aunque tal fe suya se fuera con el tiempo contaminando con influjos marxistas, progresistas, feministas, izquierdistas, secularistas…

Y ya está, no me hago más conflicto: Casaldáliga para mí fue un creyente en Cristo con toda probabilidad más entusiasta y más generoso que yo. Y santas pascuas, aleluya. Punto pelota (repito), bendito sea Dios.

Continuamos con la crisis actual de la Iglesia. Esta es la madre del cordero. A saber: en el diagnóstico y análisis de esta innegable crisis, ¿tiene razón Benedicto XVI con su propuesta de hermenéutica de la continuidad entre ese Concilio convocado por Juan XXIII (tenido también por masón en sectores del tradicionalismo católico) y el resto de los anteriores? Desde luego, en algunos ratos libres a mí me ha dado por investigar por mi cuenta y riesgo sobre estas cuestiones disputadas teológicas y eclesiológicas, y lo que con asombro me parece haber descubierto es lo siguiente: hay aspectos doctrinales novedosos del Vaticano II que no es posible entroncar con el Magisterio anterior al Concilio. De manera que ante mis ojos, oídos y sentidos todos asombrados suelo preguntarme (retóricamente): qué me está ocurriendo, ¿será que me estoy volviendo tradicionalista?, ¿será que la verdad es la verdad aunque vaya en alguna medida en contra de la verdad que defiende alguien tan sabio como el papa emérito Benedicto XVI…?

En tales casos, me asiste una solución: quiero creer cum Petro et sub Petro, y ciertamente doctores tiene la Iglesia que conocen la doctrina de la fe católica más profunda y rigurosamente que yo; ergo, igual lo que yo no veo claro es porque no me alcanza a verlo claro la cortedad de mis luces, sin que ello signifique, ni modo, que voy a disminuir o contener mi pasión por aprehender la verdad justamente por ese tomar conciencia de que la verdad en plenitud nunca podré alcanzarla, y asimismo por ese tener conciencia de que en la Iglesia universal doctores hay con mucha más sapiencia que yo.

En definitiva, humildad tan necesaria como recomendable, en pro de la cual seguimos teniendo los canarios un ejemplo estupendo: el obispo Pildain, de celebrada memoria a pesar de sus errores y exageraciones integristas en sus críticas y reservas al cine y a autores como Benito Pérez Galdós o Miguel de Unamuno. Habiendo sido padre conciliar en el Vaticano II, nunca entendió ni aceptó en su conciencia personal la libertad religiosa enseñada por el Concilio. Pero, «como hijo fiel de la Iglesia que me considero» -concluía él-,  «acepto lo que la Iglesia me propone, aunque no lo entienda así en mi conciencia personal o incluso no lo comparta».

Conozco de la propuesta de una suerte de syllabus que clarifique aspectos ambiguos y errados del propio Vaticano Segundo, planteada por un obispo como Atanasio Schneider. ¿Sería suficiente para comenzar a sanar la crisis actual que sufre la Iglesia, su caos doctrinal, litúrgico y disciplinar?

Atanasio Schneider

Comoquiera que sea, ni Benedicto XVI ni Atanasio Schneider condenan en bloque el Vaticano II. Yo, que sigo siendo un imberbe teológico, tampoco lo condeno en bloque; lo acepto, sin las alharacas, mixtificaciones y manipulaciones propias de la progresía eclesial, la cual en verdad no cree en el Concilio y sí en que, utilizado este como pantalla o coartada, la Iglesia acabe secularizada-mundanizada (y desfigurada) hasta los tuétanos. Por esto no me escandalizan las opiniones críticas, reservas y objeciones sobre ese Concilio de alguien como monseñor Carlo Maria Viganó, que sí que se está mostrando más crítico con Vaticano II que los citados Benedicto XVI o Atanasio Schneider, y particularmente crítico con el pontificado de Bergoglio; bueno, a decir verdad al menos Benedicto XVI, perito en ese acontecimiento eclesial desde posiciones entonces más progresistas, sigue siendo un entusiasta del Concilio. 

Sin embargo, desde sectores tradicionalistas muy radicalizados (sedevacantistas o fronterizos con el sedevacantismo), es cierto que se aplaude parcialmente y se le guiña un ojo al arzobispo italiano Carlo Maria Viganó, solo que desde esos mismos sectores ultratradicionalistas se acaba arremetiendo contra el propio Viganó, al que se acusa de «oportunista, aprovechado, hipócrita que nada entre dos aguas o que pretende nadar y guardar la ropa, proclamador de la verdad de la espantosa crisis de la Iglesia solo a medias…». 

Entonces, así las cosas, ¿dónde está más plenamente la verdad de los hechos, esto es, de todos los hechos que ponen de manifiesto la debacle doctrinal, litúrgica y disciplinar de la Iglesia en nuestro tiempo histórico? 

Al final de este breve apunte reflexivo percibo tener más dudas que cuando inicié este escrito. O dicho con otras palabras: creo en la plenitud e integridad de la verdad, solo que la actitud hacia esta de no pocos sectores llamados tradicionalistas me parece cuando menos muy discutible. Lo intentaré ilustrar con el siguiente ejemplo: el arzobispo ortodoxo Atenágoras I y los cristianos evangélicos o protestantes Paul Tillich, Jürguen Moltmann, Dietrich Bonhoefer y Martín Luther King fueron personas beneméritas, idealistas, honestas, generosas, sensibles, enamoradas de Jesucristo aunque no de su Iglesia, ciertamente (Jürguen Moltmann aún vive, alemán de 94 años). Cuando me acuerdo de ellos lo primero que me viene a la mente no es que fueran «herejes y cismáticos» sino todo el bien que hicieron a los demás, a sus respectivas comunidades, a las personas que amaron, etcétera; reparo asimismo en todo lo que nos une, y no solo propiamente en materia de fe cristiana sino en toda clase de cuestiones ideológicas, existenciales y culturales, y en todo lo que puedan enseñarme; y finalmente, sí que considero lo que nos separa, no lo paso por alto, y hasta lo suelo lamentar desde mi posición de católico para en efecto ponderar que todos esos hermanos separados, por muy beneméritos que hayan sido o que sean, en efecto nunca pudieron ni pudieran alcanzar la plenitud de la verdad de los misterios de la fe cristiana al estar separados de la plena comunión con Roma.

En un caso, el de un obispo ortodoxo (empero válida y legítimamente ordenado, esto es, digno sucesor de los Apóstoles), no en comunión plena con el obispo de Roma, y en los cuatro restantes, nos encontramos con dos testigos del Señor fallecidos a los 39 años cada uno por enamorados de Jesucristo hasta el derramamiento de la propia sangre. Mientras que me parece que los tradicionalistas en su inmensa mayoría -si es que no cabe incluirlos a todos- procederían de la siguiente manera: la Iglesia católica es la única depositaria de la verdad completa, ergo, no hay necesidad alguna de diálogo con no católicos, aunque sean ortodoxos, evangélicos… Se les acusa de herejes y cismáticos, en primer lugar, de entrada, y como nada hay que podamos los católicos aprender de ellos, se acabó el diálogo. Y adiós, muy buenas.

No quiero pasar por alto que me indignan las posiciones enrocada y sectariamente anticatólicas típicas de amplios sectores del protestantismo (marca de la casa desde los tiempos del grotesco heresiarca Martín Lutero), de suerte que me visto y escuchado en Youtube no pocos vídeos de apologética católica, principalmente orientada a desautorizar a los protestantes, protagonizados por los muy carismáticos padre Luis Toro y el Dr. Fernando Casanova, este último expastor evangélico. Solo que también me duele que en los más de entre los círculos tradicionalistas sean implacable e inmisericordemente considerados herejes los papas del Vaticano II: el hereje Juan XXIII, el hereje Pablo VI, el brevísimo hereje Juan Pablo I, el hereje Juan Pablo II, el hereje Benedicto XVI… Me duele esta actitud. Porque incluso -supongamos- en el caso de que los papas del Concilio Vaticano II sean todos en efecto de doctrina católica dudosa o ambigua o hasta herética en tal o cual aspecto, ¿esto los hace de suyo o per se malas personas, moralmente ruines, despreciables, perversas, indignas…?

Pues esto es lo que se desprende de algunas páginas de tradicionalismo radicalizado, digámoslo así. Se llega a llamar al emérito Benedicto XVI con denominaciones tan irrespetuosas como «Ratzinger Tauber, infiltrado hebreo o cabalista, líder de la Vaticueva o Sinagoga de Satanás»… Por no hablar del odio y el resentimiento que se traen entre sí sedevacantistas y lefebvristas. En algunas de sus publicaciones he llegado a leer despiadados anatemas de unos contra otros (especialmente procedentes del sector de los sedevacantistas contra todo lo que se menea en la Iglesia y no lleva el cuño del sedevacantismo) con afirmaciones del tipo: «Fulano de Tal, que era seguidor del infausto e hipócrita Marcel Lefebvre (o Lafiebre, como lo llama uno), seguro que estará calentito ahora en el infierno».

Qué pasada: a mí todo esto me suena a fanatismo, a integrismo, a falta total de entrañas de misericordia, a la soberbia de creerse en posesión de la verdad absoluta. ¿Por qué llamar a Marcel Lefebvre Lafiebre, por ejemplo? Yo que procedo de ciertos sectores del progresismo eclesial y que he sido votante de partidos siempre a la izquierda del PSOE, por más que de todo ello hoy por hoy descrea, no comparto esas recíprocas condenas.

Es más: últimamente estoy yendo de cuando en cuando a la misa tridentina del Vetus Ordo, mas yo acepto sin mayor problema, sin rasgarme las vestiduras, el Novus Ordo, si bien deploro la superficialidad, las prisas y la falta total de unción y decoro con que no pocos presbíteros celebran la llamada nueva misa. Lo que sí no se me ocurre es echar pestes de alguien como Lefebvre, de quien se me indigestan algunas posiciones eclesiológicas y teológicas y quien, desde luego, me parece que fue un celoso pastor de la Iglesia universal que, quién sabe si por soberbia, por deficiencias en la comprensión de la debida obediencia eclesial, por deficiencias en la comprensión de la propia dinámica de la Tradición, o sabe Dios por qué, protagonizó un conflicto con Roma que ha supuesto una dolorosa herida en el único Cuerpo de Cristo. Pero aun con conflicto y todo, y con toda la carga de debilidades, fragilidades y pecado personal del arzobispo y misionero francés, fue un hombre providencial a quien muchos hechos innegables de la crisis y la apostasía hoy por hoy imperantes en la Iglesia, y la deriva misma del multiculturalismo en Europa, están dando la razón

Por lo demás, sin duda el Papa debería ser el principal guardián del depósito de la doctrina de la fe, por mandato expreso de Jesucristo (cfr. Lucas 22, 32-32). En contra de las tesis de los protestantes y aun de las de los ortodoxos, creo convencidamente en el primado de Pedro, cuyo fundamento escriturístico está fuera de toda duda razonable y cuyo entroncamiento con la Tradición (apostólica, patrística, conciliar, sinodal…) es igualmente incuestionable.Totalmente conformes con este cometido del vicario de Cristo. Con todo, ¿no sería más humano, evangélico, cristiano, loable, justo, delicado y respetuoso con la persona del Papa analizar primero cuanto hay de verdadero y bueno en su pontificado, sin enseñar de entrada los dientes, sin ponerle a la voz de ya esas etiquetas, esos sambenitos: «que si masón, que si hereje…»

Porque asimismo necesariamente nos asalta esta perplejidad: ¿cuántos  hombres y mujeres que han hecho el bien a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, a su paso por este mundo fueron acusados de herejes, llevados a los tribunales formados por hombres, y finalmente sentenciados a muerte, y luego sin embargo la posteridad se ha ido encargando de mostrar, con nuevas luces y nuevas revisiones, que ni fueron tales herejes ni tales malditos y sí más bien hombres y mujeres nobles, justos, loables, honestos, idealistas…?

Tiempos recios, apocalípticos, el final de los tiempos… 
Ciertamente, hay tantas señales en nuestro día a día que apuntan a la constatación de que en efecto nos encontramos en el final de la historia… Solo que el tiempo es de Dios: los plazos o períodos de ese tiempo son de Dios; ergo, hoy como ayer, a los que inmerecidamente según nuestros méritos y sí por los méritos del don de la gracia somos creyentes en Cristo y en su Iglesia, nos toca seguir dando testimonio del Crucificado-Resucitado. Confiados en esta promesa del propio Jesús nuestro Señor, el Salvador de la humanidad: » Y ahora, yo te digo: «Tú eres Pedro, o sea, Piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las fuerzas del infierno no la podrán vencer.» (cfr. Mt 16, 18). Y también: «Entonces Jesús, acercándose, les habló con estas palabras: ‘Todo poder se me ha dado en el Cielo y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo.’ » (cfr. Mt 28, 18-20)

Pues esto mismo: la Barca de Pedro hace aguas por todas partes (como que atraviesa la que acaso sea la peor crisis en su bimilenaria historia), y a muchos asusta con acabar hundiéndose. El propio papa emérito Benedicto XVI lo reconoció en su momento en los días en que murió el santo padre Juan Pablo II. Pero la Iglesia es la esposa del Esposo y tiene la promesa de este: nada podrá con ella, ni la mucha maldad de muchos sus hijos e hijas.


3 respuestas a «La Barca de Pedro, que hace aguas por todos sus flancos»

  1. Brillante y documentado artículo, más bien un auténtico ensayo, por su gran claridad y documentaión, que nos ayuda a entender las diversas formas de ver la Iglesia actualmente…
    Muchas gracias por su esfuerzo, que espero no caiga en saco roto.

  2. Confiados siempre en la promesa de Nuestro Señor Jesucristo al apóstol Pedro… ¿no será LA NUEVA «BARCA» de Montini y del CVII la que realmente se está hundiendo?

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