La batalla
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El terreno era ya un barrizal sobre el que los escarpines de metal se hundían dificultando cada vez más los movimientos. Embutidos en sus armaduras, antes de subir a sus monturas, los caballeros parecían gigantes con los pies de barro.
El sonido de los cuernos de guerra llegaba con claridad traído por el viento gélido de aquella tarde neblinosa, anunciando la inminencia del ataque. Había dejado de llover.
De entre las otras filas sonaron también toques más cortos y repetidos como el gemido de contestación de una bestia moribunda, ordenando la preparación para el combate. Los tambores comenzaron a sonar, por el momento con una lenta cadencia. Rápidamente, los caballeros ajustaron yelmos y bacinetes, aseguraron petos y gorgueras, colocaron manoplas, guanteletes, grebas y brafoneras, mientras los escuderos iniciaban una febril carrera por acercar armas y aparejos a las manos enguantadas de los caballeros que esperaban ya en sus inquietas caballerías.
A su vez, la infantería llevaba pacientemente un buen tiempo en posición, esperando órdenes para el comienzo del ataque, mirando de reojo el talante de los caballeros. Los hombres a pie firme charlaban en voz baja, mientras gotas de agua resbalaban por los crestones de sus capacetes y borgoñotas. Al tiempo que anudaban los barboquejos, se oían algunas risas nerviosas y algún rudo comentario, pero el ambiente general era de silencio concentrado y de fatalismo decidido. Las largas picas de madera erizaban las filas todavía en desorden, pero sus puntas de acero formaban un techo puntiagudo sobre las cabezas, coloreado por los banderines que engalanaban su extremo letal. Los coseletes de cuero y los jubones acolchados de la tropa estaban empapados, y el suelo que pisaban era una papilla oscura que salpicaba goterones de lodo a cada paso, oscureciendo el brillo del metal.
Los arcabuceros encendieron sus mechas lentas, protegiendo la combustión del serpentín cubriéndolo con su mano, que aprovechaban para calentar mientras intentaban mantenerlo incandescente. Rizos de humo salían de las rudimentarias armas para fundirse en una niebla premonitoria. A su lado, filas de ballesteros colocaban los virotes en el surco de disparo, mientras tensaban la cuerda con el cranequín o simplemente con el pie en el estribo mediante una maniobra precisa fruto de años de entrenamiento.
Como una criatura multiforme dotada de voluntad propia, el ejército se veía pletórico de actividad. Sus gigantescos tentáculos formados por enjambres de hombres armados se movían bajo el compás de una invisible orden colectiva que todo lo dirigía. El látigo de las voces de maestres y capitanes, restallaba en el aire evocando ritos ancestrales de lucha por la supervivencia. Parecía como si el monstruo de la guerra despertase hambriento de carne y sangre humanas, esperando darse un festín en aquella llanura deshabitada. Pocos hombres sabían ciertamente porque iban a morir aquel día, pero salvar la piel era un motivo más que suficiente para luchar.
El sonido de los cuernos aumentó su intensidad y el redoble del tambor se hizo más presente. Centenares de seres humanos tragaron saliva, se santiguaron, miraron hacia el cielo, murmuraron una oración, o soltaron una blasfemia maldiciendo su suerte. Por las filas extendidas cientos de metros, la argamasa de la disciplina aunó voluntades y ahuyentó miedos. Ya no quedaba tiempo para pensar, porque el instinto pasaba a ser el principal argumento de la conducta humana, y el sometimiento a sus normas la principal garantía de supervivencia. El valor y el miedo se fundían en la pálida mirada de aquellos hombres que apretaban sus lanzas y ajustaban sus escudos decididos a lo inevitable.
No hubo tiempo para más. El terreno demasiado blando, parecía romperse como barro sin cocer, mientras miles de pies lo pateaban sin moverse del sitio…
En la distancia se inició el movimiento, casi perezoso al principio. A cuatrocientos metros, una oleada de caballería pesada empezó un trote, que fue progresando en forma de cuña hasta adquirir velocidad de galope, buscando incidir como un puño de acero en el centro de la formación de hombres armados que esperaba a pie firme la embestida.
Ya se oía el matraqueo de las bardas de los caballos a galope, las láminas metálicas de las armaduras equinas entrechocaban formando un sonido que iba aumentando su intensidad a medida que se acercaban a las filas centrales de la formación del ejército oponente. Las brillantes capizanas en escama se continuaban por la cabeza de los caballos en la testera de acero, dotando a los animales de un aspecto irreal e impresionante, como una máquina infernal dispuesta a arrasar todo a su paso sin posibilidad de defensa. Los gallardetes de las puntas de las lanzas flameaban como coloreadas lenguas malignas, mientras las picas de acero apuntaban directamente a la cabeza de los enemigos que los esperaban pie a tierra, armados de valor, decisión y largas lanzas que componían un imponente muro de metal afilado. Algunas flechas lanzadas por los arqueros impacientes cayeron aisladas rebotando inocentemente sobre el acero de las armaduras de caballos y caballeros. Luego, una lluvia de saetas más densa y precisa, acabó derribando a numerosas monturas antes del encontronazo fatal.
Pronto, la caballería pesada contactó a máxima velocidad con las filas erizadas de lanzas percutiendo en el centro, sobre la infantería que los esperaba con las picas enhiestas. La velocidad del impacto descompuso el orden geométrico de la formación de infantería. Como un hormiguero aplastado por el dedo de un gigante, las lanzas se desordenaron y los hombres se desparramaron alrededor del ariete acorazado a caballo.
El sol, atemorizado, parecía atenuar su luz, mientras la niebla, lentamente, se adueñaba otra vez del lugar complicando todavía más la acción y empequeñeciendo el horizonte de lucha.
Enseguida, otra masa de caballería se unió a la lucha en ayuda de la infantería, que a duras penas había resistido la primera embestida, pero que claramente empezaba a retroceder empujada por el poder ofensivo de las poderosas mazas y hachas de combate de la caballería pesada.
La colisión entre las dos fuerzas a caballo fue brutal. Los hombres habían entrado en el resbaladizo terreno de la decisión automática y de la atención a los pequeños detalles. Detalles que marcaban la diferencia entre seguir vivo o acabar con una lanza atravesada entre pecho y espalda.
A través de la mirilla del visor de sus yelmos, los guerreros podían ver fugazmente los emblemas y estandartes que flameaban orgullosos al viento con el escudo de su reino y de su rey. El rey de sus hermanos, de sus hijos, y de sus padres.
En un continuo percutir de maza contra escudo de roble, las astillas salían disparadas como agujas mortales. De caballo a caballo, los hombres golpeaban y volvían a golpear, hasta que el brazo se cansaba y no podía detener el pesado golpe de maza que acababa aplastando el yelmo y el cráneo dentro de él. Las espadas buscaban las juntas de las armaduras para penetrar entre sus resquicios cortando músculos y tendones. Las hachas de doble filo concentraban sus golpes sobre la mano que manejaba la montura intentando amputarla, o descargando su golpe sobre el hombro o el cuello del que no disponía de protección suficiente.
Hombres caídos, oscurecidas sus armaduras por el barro y las pisadas de los caballos, yacían inertes en el suelo. Algunos descabalgados como consecuencia de las sacudidas, intentaban en vano alcanzar alguna montura que culebreaba asustada sin dueño, para continuar la lucha, pero eran aporreados sin clemencia desde la altura con las pesadas mazas o atravesados por los mortales golpes de espada. Otros, abandonada la esperanza de conseguir caballería, se alejaban torpemente hasta recibir un impacto mortal. Muchos se arrastraban por el suelo en busca de una inexistente salvación, otros simplemente encontraban el fin de sus vidas ahogados entre charcos de sangre enlodada y excrementos de caballo.
Había empezado a llover de nuevo. De repente, la niebla se disipó y permitió ver el escenario en su conjunto. El combate ya había comenzado en todos los sectores de la larga línea del frente de batalla. Una confusión inexplicable era la norma, al lado de un orden tan intrínseco y tan efímero como ancestral.
Escenas de horror, de valentía, de sufrimiento, de tesón y de lucha, se sucedieron hasta que la luz solar de un día que nunca pareció amanecer del todo, se fue apagando lentamente llevando con ella el ardor guerrero y la furia de los hombres.
Luego, la tarde llegó a su final cuando el sol hastiado comenzó su declive. Muchos corazones habían dejado de latir, otros latían aún más fuerte enardecidos por el combate, por la victoria y por la derrota, por la vida y por la muerte. Pero para todos los que habían luchado en aquella batalla, el tiempo, de una u otra forma, parecía haberse detenido para siempre en lo más profundo de su memoria.
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El terreno era ya un barrizal sobre el que los escarpines de metal se hundían dificultando cada vez más los movimientos. Embutidos en sus armaduras, antes de subir a sus monturas, los caballeros parecían gigantes con los pies de barro.
El sonido de los cuernos de guerra llegaba con claridad traído por el viento gélido de aquella tarde neblinosa, anunciando la inminencia del ataque. Había dejado de llover.
De entre las otras filas sonaron también toques más cortos y repetidos como el gemido de contestación de una bestia moribunda, ordenando la preparación para el combate. Los tambores comenzaron a sonar, por el momento con una lenta cadencia. Rápidamente, los caballeros ajustaron yelmos y bacinetes, aseguraron petos y gorgueras, colocaron manoplas, guanteletes, grebas y brafoneras, mientras los escuderos iniciaban una febril carrera por acercar armas y aparejos a las manos enguantadas de los caballeros que esperaban ya en sus inquietas caballerías.
A su vez, la infantería llevaba pacientemente un buen tiempo en posición, esperando órdenes para el comienzo del ataque, mirando de reojo el talante de los caballeros. Los hombres a pie firme charlaban en voz baja, mientras gotas de agua resbalaban por los crestones de sus capacetes y borgoñotas. Al tiempo que anudaban los barboquejos, se oían algunas risas nerviosas y algún rudo comentario, pero el ambiente general era de silencio concentrado y de fatalismo decidido. Las largas picas de madera erizaban las filas todavía en desorden, pero sus puntas de acero formaban un techo puntiagudo sobre las cabezas, coloreado por los banderines que engalanaban su extremo letal. Los coseletes de cuero y los jubones acolchados de la tropa estaban empapados, y el suelo que pisaban era una papilla oscura que salpicaba goterones de lodo a cada paso, oscureciendo el brillo del metal.
Los arcabuceros encendieron sus mechas lentas, protegiendo la combustión del serpentín cubriéndolo con su mano, que aprovechaban para calentar mientras intentaban mantenerlo incandescente. Rizos de humo salían de las rudimentarias armas para fundirse en una niebla premonitoria. A su lado, filas de ballesteros colocaban los virotes en el surco de disparo, mientras tensaban la cuerda con el cranequín o simplemente con el pie en el estribo mediante una maniobra precisa fruto de años de entrenamiento.
Como una criatura multiforme dotada de voluntad propia, el ejército se veía pletórico de actividad. Sus gigantescos tentáculos formados por enjambres de hombres armados se movían bajo el compás de una invisible orden colectiva que todo lo dirigía. El látigo de las voces de maestres y capitanes, restallaba en el aire evocando ritos ancestrales de lucha por la supervivencia. Parecía como si el monstruo de la guerra despertase hambriento de carne y sangre humanas, esperando darse un festín en aquella llanura deshabitada. Pocos hombres sabían ciertamente porque iban a morir aquel día, pero salvar la piel era un motivo más que suficiente para luchar.
El sonido de los cuernos aumentó su intensidad y el redoble del tambor se hizo más presente. Centenares de seres humanos tragaron saliva, se santiguaron, miraron hacia el cielo, murmuraron una oración, o soltaron una blasfemia maldiciendo su suerte. Por las filas extendidas cientos de metros, la argamasa de la disciplina aunó voluntades y ahuyentó miedos. Ya no quedaba tiempo para pensar, porque el instinto pasaba a ser el principal argumento de la conducta humana, y el sometimiento a sus normas la principal garantía de supervivencia. El valor y el miedo se fundían en la pálida mirada de aquellos hombres que apretaban sus lanzas y ajustaban sus escudos decididos a lo inevitable.
No hubo tiempo para más. El terreno demasiado blando, parecía romperse como barro sin cocer, mientras miles de pies lo pateaban sin moverse del sitio…
En la distancia se inició el movimiento, casi perezoso al principio. A cuatrocientos metros, una oleada de caballería pesada empezó un trote, que fue progresando en forma de cuña hasta adquirir velocidad de galope, buscando incidir como un puño de acero en el centro de la formación de hombres armados que esperaba a pie firme la embestida.
Ya se oía el matraqueo de las bardas de los caballos a galope, las láminas metálicas de las armaduras equinas entrechocaban formando un sonido que iba aumentando su intensidad a medida que se acercaban a las filas centrales de la formación del ejército oponente. Las brillantes capizanas en escama se continuaban por la cabeza de los caballos en la testera de acero, dotando a los animales de un aspecto irreal e impresionante, como una máquina infernal dispuesta a arrasar todo a su paso sin posibilidad de defensa. Los gallardetes de las puntas de las lanzas flameaban como coloreadas lenguas malignas, mientras las picas de acero apuntaban directamente a la cabeza de los enemigos que los esperaban pie a tierra, armados de valor, decisión y largas lanzas que componían un imponente muro de metal afilado. Algunas flechas lanzadas por los arqueros impacientes cayeron aisladas rebotando inocentemente sobre el acero de las armaduras de caballos y caballeros. Luego, una lluvia de saetas más densa y precisa, acabó derribando a numerosas monturas antes del encontronazo fatal.
Pronto, la caballería pesada contactó a máxima velocidad con las filas erizadas de lanzas percutiendo en el centro, sobre la infantería que los esperaba con las picas enhiestas. La velocidad del impacto descompuso el orden geométrico de la formación de infantería. Como un hormiguero aplastado por el dedo de un gigante, las lanzas se desordenaron y los hombres se desparramaron alrededor del ariete acorazado a caballo.
El sol, atemorizado, parecía atenuar su luz, mientras la niebla, lentamente, se adueñaba otra vez del lugar complicando todavía más la acción y empequeñeciendo el horizonte de lucha.
Enseguida, otra masa de caballería se unió a la lucha en ayuda de la infantería, que a duras penas había resistido la primera embestida, pero que claramente empezaba a retroceder empujada por el poder ofensivo de las poderosas mazas y hachas de combate de la caballería pesada.
La colisión entre las dos fuerzas a caballo fue brutal. Los hombres habían entrado en el resbaladizo terreno de la decisión automática y de la atención a los pequeños detalles. Detalles que marcaban la diferencia entre seguir vivo o acabar con una lanza atravesada entre pecho y espalda.
A través de la mirilla del visor de sus yelmos, los guerreros podían ver fugazmente los emblemas y estandartes que flameaban orgullosos al viento con el escudo de su reino y de su rey. El rey de sus hermanos, de sus hijos, y de sus padres.
En un continuo percutir de maza contra escudo de roble, las astillas salían disparadas como agujas mortales. De caballo a caballo, los hombres golpeaban y volvían a golpear, hasta que el brazo se cansaba y no podía detener el pesado golpe de maza que acababa aplastando el yelmo y el cráneo dentro de él. Las espadas buscaban las juntas de las armaduras para penetrar entre sus resquicios cortando músculos y tendones. Las hachas de doble filo concentraban sus golpes sobre la mano que manejaba la montura intentando amputarla, o descargando su golpe sobre el hombro o el cuello del que no disponía de protección suficiente.
Hombres caídos, oscurecidas sus armaduras por el barro y las pisadas de los caballos, yacían inertes en el suelo. Algunos descabalgados como consecuencia de las sacudidas, intentaban en vano alcanzar alguna montura que culebreaba asustada sin dueño, para continuar la lucha, pero eran aporreados sin clemencia desde la altura con las pesadas mazas o atravesados por los mortales golpes de espada. Otros, abandonada la esperanza de conseguir caballería, se alejaban torpemente hasta recibir un impacto mortal. Muchos se arrastraban por el suelo en busca de una inexistente salvación, otros simplemente encontraban el fin de sus vidas ahogados entre charcos de sangre enlodada y excrementos de caballo.
Había empezado a llover de nuevo. De repente, la niebla se disipó y permitió ver el escenario en su conjunto. El combate ya había comenzado en todos los sectores de la larga línea del frente de batalla. Una confusión inexplicable era la norma, al lado de un orden tan intrínseco y tan efímero como ancestral.
Escenas de horror, de valentía, de sufrimiento, de tesón y de lucha, se sucedieron hasta que la luz solar de un día que nunca pareció amanecer del todo, se fue apagando lentamente llevando con ella el ardor guerrero y la furia de los hombres.
Luego, la tarde llegó a su final cuando el sol hastiado comenzó su declive. Muchos corazones habían dejado de latir, otros latían aún más fuerte enardecidos por el combate, por la victoria y por la derrota, por la vida y por la muerte. Pero para todos los que habían luchado en aquella batalla, el tiempo, de una u otra forma, parecía haberse detenido para siempre en lo más profundo de su memoria.
El terreno era ya un barrizal sobre el que los escarpines de metal se hundían dificultando cada vez más los movimientos. Embutidos en sus armaduras, antes de subir a sus monturas, los caballeros parecían gigantes con los pies de barro.
El sonido de los cuernos de guerra llegaba con claridad traído por el viento gélido de aquella tarde neblinosa, anunciando la inminencia del ataque. Había dejado de llover.
De entre las otras filas sonaron también toques más cortos y repetidos como el gemido de contestación de una bestia moribunda, ordenando la preparación para el combate. Los tambores comenzaron a sonar, por el momento con una lenta cadencia. Rápidamente, los caballeros ajustaron yelmos y bacinetes, aseguraron petos y gorgueras, colocaron manoplas, guanteletes, grebas y brafoneras, mientras los escuderos iniciaban una febril carrera por acercar armas y aparejos a las manos enguantadas de los caballeros que esperaban ya en sus inquietas caballerías.
A su vez, la infantería llevaba pacientemente un buen tiempo en posición, esperando órdenes para el comienzo del ataque, mirando de reojo el talante de los caballeros. Los hombres a pie firme charlaban en voz baja, mientras gotas de agua resbalaban por los crestones de sus capacetes y borgoñotas. Al tiempo que anudaban los barboquejos, se oían algunas risas nerviosas y algún rudo comentario, pero el ambiente general era de silencio concentrado y de fatalismo decidido. Las largas picas de madera erizaban las filas todavía en desorden, pero sus puntas de acero formaban un techo puntiagudo sobre las cabezas, coloreado por los banderines que engalanaban su extremo letal. Los coseletes de cuero y los jubones acolchados de la tropa estaban empapados, y el suelo que pisaban era una papilla oscura que salpicaba goterones de lodo a cada paso, oscureciendo el brillo del metal.
Los arcabuceros encendieron sus mechas lentas, protegiendo la combustión del serpentín cubriéndolo con su mano, que aprovechaban para calentar mientras intentaban mantenerlo incandescente. Rizos de humo salían de las rudimentarias armas para fundirse en una niebla premonitoria. A su lado, filas de ballesteros colocaban los virotes en el surco de disparo, mientras tensaban la cuerda con el cranequín o simplemente con el pie en el estribo mediante una maniobra precisa fruto de años de entrenamiento.
Como una criatura multiforme dotada de voluntad propia, el ejército se veía pletórico de actividad. Sus gigantescos tentáculos formados por enjambres de hombres armados se movían bajo el compás de una invisible orden colectiva que todo lo dirigía. El látigo de las voces de maestres y capitanes, restallaba en el aire evocando ritos ancestrales de lucha por la supervivencia. Parecía como si el monstruo de la guerra despertase hambriento de carne y sangre humanas, esperando darse un festín en aquella llanura deshabitada. Pocos hombres sabían ciertamente porque iban a morir aquel día, pero salvar la piel era un motivo más que suficiente para luchar.
El sonido de los cuernos aumentó su intensidad y el redoble del tambor se hizo más presente. Centenares de seres humanos tragaron saliva, se santiguaron, miraron hacia el cielo, murmuraron una oración, o soltaron una blasfemia maldiciendo su suerte. Por las filas extendidas cientos de metros, la argamasa de la disciplina aunó voluntades y ahuyentó miedos. Ya no quedaba tiempo para pensar, porque el instinto pasaba a ser el principal argumento de la conducta humana, y el sometimiento a sus normas la principal garantía de supervivencia. El valor y el miedo se fundían en la pálida mirada de aquellos hombres que apretaban sus lanzas y ajustaban sus escudos decididos a lo inevitable.
No hubo tiempo para más. El terreno demasiado blando, parecía romperse como barro sin cocer, mientras miles de pies lo pateaban sin moverse del sitio…
En la distancia se inició el movimiento, casi perezoso al principio. A cuatrocientos metros, una oleada de caballería pesada empezó un trote, que fue progresando en forma de cuña hasta adquirir velocidad de galope, buscando incidir como un puño de acero en el centro de la formación de hombres armados que esperaba a pie firme la embestida.
Ya se oía el matraqueo de las bardas de los caballos a galope, las láminas metálicas de las armaduras equinas entrechocaban formando un sonido que iba aumentando su intensidad a medida que se acercaban a las filas centrales de la formación del ejército oponente. Las brillantes capizanas en escama se continuaban por la cabeza de los caballos en la testera de acero, dotando a los animales de un aspecto irreal e impresionante, como una máquina infernal dispuesta a arrasar todo a su paso sin posibilidad de defensa. Los gallardetes de las puntas de las lanzas flameaban como coloreadas lenguas malignas, mientras las picas de acero apuntaban directamente a la cabeza de los enemigos que los esperaban pie a tierra, armados de valor, decisión y largas lanzas que componían un imponente muro de metal afilado. Algunas flechas lanzadas por los arqueros impacientes cayeron aisladas rebotando inocentemente sobre el acero de las armaduras de caballos y caballeros. Luego, una lluvia de saetas más densa y precisa, acabó derribando a numerosas monturas antes del encontronazo fatal.
Pronto, la caballería pesada contactó a máxima velocidad con las filas erizadas de lanzas percutiendo en el centro, sobre la infantería que los esperaba con las picas enhiestas. La velocidad del impacto descompuso el orden geométrico de la formación de infantería. Como un hormiguero aplastado por el dedo de un gigante, las lanzas se desordenaron y los hombres se desparramaron alrededor del ariete acorazado a caballo.
El sol, atemorizado, parecía atenuar su luz, mientras la niebla, lentamente, se adueñaba otra vez del lugar complicando todavía más la acción y empequeñeciendo el horizonte de lucha.
Enseguida, otra masa de caballería se unió a la lucha en ayuda de la infantería, que a duras penas había resistido la primera embestida, pero que claramente empezaba a retroceder empujada por el poder ofensivo de las poderosas mazas y hachas de combate de la caballería pesada.
La colisión entre las dos fuerzas a caballo fue brutal. Los hombres habían entrado en el resbaladizo terreno de la decisión automática y de la atención a los pequeños detalles. Detalles que marcaban la diferencia entre seguir vivo o acabar con una lanza atravesada entre pecho y espalda.
A través de la mirilla del visor de sus yelmos, los guerreros podían ver fugazmente los emblemas y estandartes que flameaban orgullosos al viento con el escudo de su reino y de su rey. El rey de sus hermanos, de sus hijos, y de sus padres.
En un continuo percutir de maza contra escudo de roble, las astillas salían disparadas como agujas mortales. De caballo a caballo, los hombres golpeaban y volvían a golpear, hasta que el brazo se cansaba y no podía detener el pesado golpe de maza que acababa aplastando el yelmo y el cráneo dentro de él. Las espadas buscaban las juntas de las armaduras para penetrar entre sus resquicios cortando músculos y tendones. Las hachas de doble filo concentraban sus golpes sobre la mano que manejaba la montura intentando amputarla, o descargando su golpe sobre el hombro o el cuello del que no disponía de protección suficiente.
Hombres caídos, oscurecidas sus armaduras por el barro y las pisadas de los caballos, yacían inertes en el suelo. Algunos descabalgados como consecuencia de las sacudidas, intentaban en vano alcanzar alguna montura que culebreaba asustada sin dueño, para continuar la lucha, pero eran aporreados sin clemencia desde la altura con las pesadas mazas o atravesados por los mortales golpes de espada. Otros, abandonada la esperanza de conseguir caballería, se alejaban torpemente hasta recibir un impacto mortal. Muchos se arrastraban por el suelo en busca de una inexistente salvación, otros simplemente encontraban el fin de sus vidas ahogados entre charcos de sangre enlodada y excrementos de caballo.
Había empezado a llover de nuevo. De repente, la niebla se disipó y permitió ver el escenario en su conjunto. El combate ya había comenzado en todos los sectores de la larga línea del frente de batalla. Una confusión inexplicable era la norma, al lado de un orden tan intrínseco y tan efímero como ancestral.

Escenas de horror, de valentía, de sufrimiento, de tesón y de lucha, se sucedieron hasta que la luz solar de un día que nunca pareció amanecer del todo, se fue apagando lentamente llevando con ella el ardor guerrero y la furia de los hombres.
Luego, la tarde llegó a su final cuando el sol hastiado comenzó su declive. Muchos corazones habían dejado de latir, otros latían aún más fuerte enardecidos por el combate, por la victoria y por la derrota, por la vida y por la muerte. Pero para todos los que habían luchado en aquella batalla, el tiempo, de una u otra forma, parecía haberse detenido para siempre en lo más profundo de su memoria.