Aniversario de la caída del Cougar en Afganistán: mentiras y más mentiras

Con motivo del aniversario de la caída de un helicóptero Cougar en Afganistán el 21 de Agosto de 2005 que supuso la muerte de 17 hombres, siendo presidente del des-Gobierno el ínclito Rodríguez Zapatero –de tan nefasto recuerdo– y siendo pésimo ministro de Defensa José Bono –un perfecto cínico enfermo de afán de protagonismo–, el Ministerio de Defensa ha realizado un anodino homenaje pasando de puntillas sobre tal hecho como hace siempre que tiene que esconder sus múltiples vergüenzas o cuando la foto no da lustre ni impulsa carreras.

Lo sentimos por los fallecidos (RIP) y sus familiares. Lo sentimos por las FFAA, a las que queremos con todo el corazón. Y no lo sentimos ni por José Bono ni por todos aquellos, sobre todo los militares, que se prestaron a la farsa y la pantomima; especialmente repugnante por la circunstancia de la pérdida de 17 vidas. Pero no podemos permitir, desde esta publicación, que la mentira, esa en la que están instaladas la casta política y la funcionarial, incluida la militar, se salgan, una vez más, con la suya. Por eso, vamos a recordar lo que le ocurrió al Cougar aquel penoso día; asunto sobre el que rápidamente todos echaron tierra, máxime tras lo ocurrido no hacía tanto con el Yak-42 que tanto utilizó el PSOE políticamente.

Hipócritas

Los hechos.-

Cuando dos helicópteros españoles modelos Cougar (de fabricación francesa) realizaban un vuelo por la zona de Herat asignada al contingente español en Afganistán, uno de ellos se fue al suelo (17 muertos) y el otro realizó un aparatoso aterrizaje (varios heridos).

Las supuestas causas.-

Fueron un torrente las causas que se esgrimieron, filtraron, susurraron y, más aún, las que se contradijeron unas a otras durante unos días, después, el silencio absoluto. Desde atentando misilístico o por fuego de fusil talibán, hasta tormenta de arena, pasando por el fallo mecánico y no se sabe ya cuántas sinrazones más; sólo una ni se mentó: el fallo humano.

Las circunstancias.-

Se dijo que los aparatos realizaban un “ejercicio táctico de integración”. Pues no. Lo que estaban realizando era un vuelo de aclimatación o ambientación de los recién llegados, que lo eran del Regimiento Isabel la Católica. Por un lado, para que desde el aire pudieran captar la zona en la que se encontraban, y, por otro, para “pasearlos” y que comprobaran lo inhóspito del lugar; o sea, algo a así como una especie de «vuelo turístico» de «reconocimiento». Avisar que la idea no era mala, que ayudaba a «hacerse una idea» y que servía para dar “vidilla” a la tropa.

El suceso.-

El vuelo era, por ello, uno de esos en los que los pilotos, libres de toda condición coercitiva aérea e incluso militar, podían dedicarse a lo que en el argot aéreo se llama “caracolear”, es decir, a correr y disfrutar de un vuelo sin limitaciones y prácticamente de exhibición ante propios y ajenos. Es tentador, sin duda, acostumbrados y obligados a volar, incluso en maniobras, con grandes limitaciones tácticas, de seguridad, de multitud de normativas de vuelo, poder hacerlo en una zona sin cables, sin vías aéreas, sin edificios, etcétera. De ahí que ambos aparatos, en un recorrido previamente acordado por los pilotos, fueran a “carajo sacado” dando rienda suelta a su más lógicos y normales deseos de “volar” en toda la extensión de la palabra y de «lucirse» ante sus nuevos y recién llegados compañeros.

Ambos aparatos iban distantes el uno del otro, para mejor poder «caracolear» sin riesgos de colisión. Conocían en terreno. El día era muy bueno. De repente uno de ellos desapareció tras una loma viéndose al momento una columna de humo negro. El otro fue llevado por sus pilotos al suelo en una maniobra muy brusca y en un lugar del todo inadecuado con resultado de varios heridos por el fuerte impacto al tomar tierra.

Las causas.-

Ahora, ¡ojo al dato!: todo ello sin presencia de enemigo, porque en aquel entonces y en aquella zona los talibanes brillaban por su ausencia o, al menos, por su agresividad; algo reconocido patentemente. Así pues, de ataque nada de nada. No se vio fuego de ningún tipo de arma. Menos de un misil. Tampoco nada que avalara tal hecho. Nunca hubo reivindicación por parte de los talibanes. Si se dijo fue para encubrir, para confundir, para tapar, para no reconocer. Juego en el que entraron desde el minuto uno todos, especialmente los mandos de la base y los pilotos del otro helicóptero. Y es que cuando la cosa no es lustrosa, nada mejor que crear héroes; además, siempre es mejor hacer creer a los familiares que la muerte de sus seres queridos tuvo una razón, un motivo y para ello nada mejor que hacerla heroica; a nadie le gusta perder la vida por nada.

De tormenta de arena, o de fuertes rachas de viento tampoco, algo que se cayó por su propio peso enseguida. De fallo mecánico menos, pues nada más insinuarse se desmintió también; además no hubo comunicación alguna de los pilotos del helicóptero siniestrado en ninguno de ambos sentidos; tampoco de los del aparato superviviente.

Lo que ocurrió fue que a la tripulación del helicóptero caído se le “calentó la boca”, como se dice en el argot de la profesión, y en un alarde de ¿audacia? o de ¿insensatez?, se le fue el aparato de las manos en algún momento cuando «caracoleaba» a muy baja altura, no dándoles tiempo a los pilotos ni a reaccionar cuando ya se habían matado.

Además de lo dicho, la señal en el suelo dejada por el Cougar es muy significativa para reafirmar lo anterior, pues un helicóptero, al carecer de la más mínima aerodonámica, no planea nunca ni por un segundo, sino que en cualquier caso –ataque o fallo mecánico— cae siempre girando sobre su propio eje en vertical, estrellándose contra el suelo como lo haría una piedra que se deja caer desde un tejado y dejando sólo una gran marca concreta de su impacto; la inercia de su velocidad en el momento del derribo no invalida lo dicho. Si hubiera habido ataque talibán habría caído así y su rastro hubiera sido otro.

En el caso del Cougar que nos ocupa, como puede verse en la fotografía, dejó una larga “huella” de más de trescientos metros, lo que deja claro que, yendo a gran velocidad y rasante, impactó en un punto –más bien tocó en él– y se fue arrastrando y desintegrando durante tan funesto espacio hasta quedar por completo “volatilizado” y los cadáveres y elementos materiales desparramados.

El otro helicóptero.-

El asunto fue también grave respecto al otro aparato, pues cuando se apercibió de que su compañero había caído, cundió el pánico en su tripulación y, dando por hecho lo del ataque, se fue al suelo de forma brusca e impulsiva en una zona de lo peor, de lo más inadecuada, cuando lo suyo hubiera sido, en caso de ataque, realizar una maniobra de evasión que le permitiera ocultar el aparato, pero no irse al suelo en el cual quedó indefenso y semidestrozado; máxime sin saber si dicho “suelo” estaba libre de “enemigos”. El caso fue que la maniobra, incorrecta, se hizo de forma atolondrada y el helicóptero se pegó la “sentada”, es decir, que el contacto con el suelo fue, tan brusco, que prácticamente se «cayó» en los últimos metros –además por lo angosto del lugar rompió las palas–, de ahí las lesiones de columna y cervicales de varios de sus ocupantes. El aparato avisó a la base dando por hecho el bulo del ataque sin haber comprobado tal posibilidad. Después, alguno de los “supervivientes”, presos de gran excitación, siguieron insistiendo en lo del ataque pero sin aportar prueba alguna de ello.

La pantomima, la mentira y el encubrimiento.-

A partir de ese instante, todos empezaron a mentir, con mayor o menor ahínco, temerosos de lo que los políticos de turno pudieran hacer o decir, entrando en liza Rodríguez y Bono –y Moratinos–, los más mentirosos y demagogos de todos, que impusieron, de entrada, una censura absoluta prohibiendo cualquier tipo de declaración, opinión o similar por parte de cualquiera bajo amenaza de cortarle la cabeza de inmediato. Tras la cortina de humo de la rueda de prensa de Bono en Madrid, se dio orden de guardar silencio absoluto hasta que él llegara a Afganistán con dos objetivos muy concretos: controlar lo que se iba a decir, o sea, montar la “historia oficial” y… rentabilizar políticamente el incidente marcando diferencia con la actitud de Aznar y los peperos en el caso del Yak-42.

Conclusión.-

¿Por qué no decir simplemente la verdad? ¿Por qué no reconocer un fallo humano? ¿Por qué instalarnos siempre en la mentira? Por la mediocridad y falta de principios y valor de las «élites» políticas, militares y funcionariales en general, carentes de escrúpulos y principios.

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